Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 10 Lo que queda en el collar #2
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Capítulo 10 Lo que queda en el collar #2

—Qué conveniente para tus planes de alianza, tío —repliqué con una frialdad cortante—. Fabricar una amenaza de guerra costera para obligar a los barones a firmar un pacto que no desean.

—¡No estoy fabricando nada! —protestó Odran, golpeando el suelo con su bastón contera de plata—. ¡Exijo ver los resultados del análisis ahora mismo!

Miré a Iven.

El médico sostuvo mi mirada durante una fracción de segundo, imperceptible para los dos hombres que teníamos enfrente. Había una complicidad silenciosa en sus ojos, la misma disciplina con la que habíamos salvado compañías enteras de soldados durante las fiebres del invierno pasado.

Iven se dio la vuelta hacia la mesa, tomó el primer frasco —el que contenía la base de supresor barato con sales de plomo— y lo colocó sobre una bandeja de madera junto a un pliego de pergamino recién secado.

—Aquí tiene su informe preliminar, Maestre Vane —dijo Iven con una cortesía impecable que sonaba a desprecio absoluto—.

La muestra analizada corresponde a un compuesto de inhibición aromática común, adulterado con sales de plomo y extracto de sauce amargo.

Es un preparado clandestino de uso doméstico, idéntico a las trescientas muestras de contrabando que la guardia urbana requisa cada mes en los callejones del muelle.

No hay rastros de venenos de guerra, ni de toxinas pulmonares, ni de fórmulas de asedio.

Vane tomó el frasco con manos temblorosas, lo acercó a la luz de una vela y frunció los labios con una decepción evidente.

—¿Esto es todo? —preguntó el anciano, mirando a Odran con desconcierto—. ¿Solo un supresor de mercado negro?

—Es lo que había en la placa de latón —afirmó Iven sin pestañear—.

La portadora es una consumidora habitual de sustancias no reguladas que sufrió una crisis de intoxicación por sobredosis.

Si el capitán Thorne desea encontrar el taller donde se fabricó esta porquería, le sugiero que busque en los sótanos de boticarios expulsados del gremio en los suburbios de Asteria, no en las flotas de la Marea Gris.

Lord Odran apretó las mandíbulas, clavando sus ojos canosos en el pergamino firmado por Iven.

—El Consejo examinará este informe en la sesión del mediodía —dijo mi tío, con una voz cargada de veneno burocrático—.

Pero te advierto una cosa, Darian: si descubro que estás usando la autoridad médica de Ardel para encubrir la identidad de esa intrusa y protegerla de la justicia de los linajes, la acusación ante el Consejo no será de negligencia. Será de complicidad.

—Agradezco tu consejo, tío —respondí, señalando hacia la puerta abierta—. Ahora, salgan de mi laboratorio. Tengo un reino que mantener en orden.

Odran hizo un gesto brusco a sus guardias y salió al rellano sin despedirse, seguido por el Maestre Vane, que sujetaba el frasco de supresor barato contra el pecho como si fuera una limosna envenenada.

La puerta de roble se cerró tras ellos con un golpe pesado que hizo vibrar los frascos en las estanterías.

Iven esperó a que el eco de los pasos de los guardias se apagara por completo en el caracol de la escalera antes de soltar un largo suspiro de alivio.

Se acercó a la puerta, pasó el cerrojo de hierro forjado y regresó a la mesa de pizarra.

—Estuvo cerca —murmuró, pasándose la manga por la frente sudorosa.

—¿Por qué les diste solo la primera fracción? —pregunté, colocándome a su lado.

—Porque si Vane hubiera visto la tercera fracción, Odran habría tenido su justificación de guerra antes del mediodía —respondió el médico con gravedad.

Se inclinó sobre un armario bajo empotrado en la mampostería, abrió un compartimento secreto protegido por una cerradura de combinación y extrajo un pequeño soporte de madera de tejo donde descansaba un tubo de ensayo sellado al fuego.

En el fondo del tubo, sumergido en un líquido oleoso de color azul cobalto, flotaba un racimo diminuto de cristales microscópicos que emitían una fosforescencia fría y pálida bajo la penumbra del laboratorio.

—La tercera fracción —dije, mirando el brillo azulado con el ceño fruncido.

—La encontré anoche en el fondo del canal de descarga de la placa —explicó Iven, sosteniendo el tubo con una reverencia casi religiosa—.

No pertenece al supresor doméstico y tampoco formaba parte de la fórmula del bloqueador de Alfa.

Quien fabricó esa dosis experimental introdujo un reactivo genético de marcaje profundo.

—¿Un reactivo genético?

—Es un marcador alquímico sintético que se une de forma selectiva a las proteínas de la sangre de los linajes de la costa —dictaminó Iven—.

No tiene ninguna función biológica de disfraz; no cambia el aroma ni apaga el celo.

Permanece adherido como una baliza química latente, pero esta muestra no revela si ya fue activada, qué podría despertarla ni quién tendría el reactivo capaz de recibir su señal.

El aire se me congeló en los pulmones.

—La marcaron antes de que pisara el alcázar —susurré, sintiendo una furia helada que me recorrió la columna vertebral como una descarga de acero.

—Exactamente —confirmó Iven—. El boticario que le suministró el bloqueador en Asteria no era un simple comerciante clandestino. Trabajaba para alguien que quería conservar la posibilidad de localizarla, aunque todavía no sabemos cómo ni cuándo.

Iven tomó la placa de latón limpia del baño de tártaro, la colocó sobre un paño de terciopelo negro y ajustó una lente de aumento montada sobre un brazo articulado de bronce sobre la juntura de la bisagra rota.

—Mira aquí —dijo, cediéndome el espacio frente a la lente.

Me incliné sobre el instrumento óptico.

A través del cristal de aumento, sobre la cara interna del latón pulido, justo en el borde donde el metal se había quebrado bajo la compresión de la transformación, divisé una marca microscópica grabada con buril de joyero: dos líneas onduladas paralelas coronadas por una media luna invertida.

El sello de la Marea Gris.

—El mismo grabado que encontramos hace dos semanas en el pergamino incautado en la esclusa cuatro —dije, apretando los dientes con una fuerza que me hizo rechinar los molares—. La red de contrabando que Thorne intentó encubrir en los informes de aduana.

—La misma red —asintió Iven—. Y ahora sabemos que Liora Valen es el objetivo central de esa trama.

No sabemos por qué la eligieron ni qué relación guarda Elayne con los clanes rebeldes, pero quien financió ese bloqueador quería asegurarse de que Liora no pudiera esconderse en ningún rincón de Eryndor.

Me aparté de la lente de aumento y miré hacia el mapa de la meseta extendido sobre la mesa lateral.

Las piezas del tablero estaban a la vista, desnudas de retórica cortesana.

Por un lado, Lord Odran y el Consejo de Ancianos, intentando utilizar el pánico del Solsticio para forzar una alianza matrimonial con las casas del norte y arrebatarme el mando militar.

Por otro, el capitán Thorne, manipulando los registros de aduanas para justificar un estado de excepción que le otorgara poder absoluto sobre los distritos urbanos.

Y en las sombras de la frontera occidental, una red proscrita que había plantado una baliza en la sangre de Liora con un propósito que todavía desconocíamos.

—¿Puedes fabricar un neutralizador? —pregunté, volviéndome hacia Iven con una determinación absoluta.

El médico asintió despacio, frotándose los párpados con las yemas de los dedos:

—Puedo sintetizar una solución de sales de potasio, carbón vegetal activo y extracto de flor de sauco para quelar el plomo y purgar la resina del hígado.

Pero el neutralizador no servirá de nada si se administra por la fuerza o si la paciente está inconsciente durante el tratamiento.

Requiere administración oral dosificada, reposo absoluto y abundante agua limpia durante al menos tres días.

—Lo prepararemos —dije—. Divide la fórmula en tres viales de transporte y guárdalos en tu maletín personal. No quiero que este compuesto figure en ningún inventario del Círculo.

Iven me miró con una sombra de preocupación en los ojos:

—Darian… Si Thorne descubre que estamos preparando un antídoto para una persona específica mientras la guardia busca contrabando genérico, sabrá que ya conocemos la identidad de la fugitiva.

—Que lo descubra —respondí, ajustándome la espada al cinto con un movimiento seco—. Si Thorne intenta cruzar la línea de mi autoridad, no necesitaré un tribunal militar para recordarle quién es el señor de esta manada.

Me acerqué a la mesa auxiliar donde descansaba una pequeña redoma de cristal de cuarzo que Iven había apartado al inicio del análisis.

En su interior, destilada a partir del residuo del collar, flotaba una gota minúscula de aceite puro: la muestra biológica no contaminada que la resina no había logrado destruir.

Destapé el frasco despacio.

El aroma se liberó en el aire frío de la torre como una exhalación limpia y luminosa que borró de golpe el olor a azufre y vinagre del laboratorio.

Lluvia de primavera sobre roca caliente. Flor silvestre de ribera. Sal de marea abierta.

La bestia en mi pecho se calmó al instante, un suspiro hondo y solemne que me llenó los pulmones de una certeza inquebrantable.

La reclamación posesiva del patio —aquel «Eres mía» que el instinto primal había arrancado de mi boca en medio del fango— resonaba ahora en mi memoria no como un derecho de propiedad, sino como una deuda sagrada de protección.

Ella no era mía para gobernarla, ni para enjaularla en un palacio, ni para convertirla en el escudo político de mi linaje.

Era mía para defender.

Volví a tapar la redoma con cuidado y me la guardé en el bolsillo interior de la túnica, justo sobre el latido firme de mi corazón.

—Iven —dije, dirigiéndome hacia la puerta—. Termina el neutralizador antes de que caiga la tarde. En cuanto el operativo sanitario quede asegurado en Asteria, saldremos hacia los distritos de la periferia este.

El médico hizo una reverencia sobria:

—Estará listo, mi señor.

Descorrí el cerrojo de hierro y bajé por la escalera de caracol hacia el patio de armas, donde los clarines de la guardia anunciaban el inicio de los registros en los distritos exteriores bajo un cielo que empezaba a abrirse en franjas de luz plateada.