Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 10 Lo que queda en el collar
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Capítulo 10 Lo que queda en el collar

Darian

El laboratorio de la torre oriental olía a vinagre de madera, azufre frío y al humo denso del carbón de sauce que ardía en el tiro del fogón.

Hacía dos días que la ventisca se había retirado hacia las cumbres del norte, dejando sobre Asteria un cielo de plomo pálido y un frío seco que congelaba el agua en los cubos antes de que los criados alcanzaran los rellanos altos.

Iven Ardel no había dormido más de cuatro horas seguidas desde la noche del Solsticio.

El médico de la Corona estaba inclinado sobre una mesa de pizarra gris manchada de reactivos, con las mangas de su camisa de lino recogidas hasta los codos y un delantal de cuero encerado protegiéndole el torso.

A través de los cristales gruesos de sus anteojos de trabajo, sus ojos enrojecidos seguían el goteo rítmico de un serpentín de vidrio donde un vapor denso, de color ámbar oscuro, se condensaba gota a gota en una ampolla de cuarzo sumergida en nieve triturada.

Sobre el soporte de hierro, la placa frontal del collar de latón poroso —la pieza que yo había recogido del fango junto al desagüe— descansaba sumergida en un baño de alcohol rectificado y sales de tártaro.

El metal había perdido su pátina negruzca; los canales de descarga, antes obstruidos por la mugre acumulada de seis años de dosis clandestinas, mostraban ahora su estructura interna como las venas secas de una hoja de otoño.

Caminé hacia la mesa, procurando que las suelas de mis botas no resonaran sobre las losas de piedra.

—Dime que tienes algo, Iven —dije, deteniéndome a dos pasos del alambique.

El médico no levantó la vista de la ampolla. Esperó a que la última gota de condensado resbalara por el cuello de vidrio antes de retirar el recipiente con unas pinzas de madera y taparlo con un tapón de cera virgen.

—La química no tiene piedad, Darian —respondió, dejando las pinzas sobre la mesa con un tintineo seco—. He dividido el residuo de los microconductos en tres fracciones mediante destilación fraccionada. Lo que esa mujer estuvo metiéndose en el cuerpo durante años habría matado a un buey.

Me acerqué a la pizarra.

En la superficie de piedra, Iven había trazado con tiza tres columnas de anotaciones meticulosas, con pesos, temperaturas de ebullición y símbolos alquímicos que yo había aprendido a descifrar durante las campañas de frontera.

—Empieza por la base —ordené.

Iven señaló con el extremo romo de una espátula de plata el primer frasco de vidrio común, donde reposaba un precipitado terroso y grisáceo.

—La base es un supresor doméstico de baja estofa, del tipo que los boticarios sin licencia destilan en los suburbios ribereños a partir de corteza de sauce amargo, sales de plomo y ceniza.

Es barato, inestable y sucio. No apaga el aroma de una Omega; solo inflama las glándulas laterales hasta que el tejido se vuelve insensible y el olor se degrada en una nota neutra, semejante a tela húmeda o paja podrida.

Sentí una punzada de cólera en el estómago, un calor amargo que me tensó los tendones de la nuca.

—¿Plomo? —pregunté.

—Plomo y acetato de cobre —confirmó Iven, quitándose los anteojos de trabajo para limpiarlos con un paño de gamuza—.

Quienquiera que le suministraba esas dosis le estaba cobrando por envenenarla a fuego lento.

El uso continuo de esta mezcla causa temblores musculares, migrañas crónicas y una pérdida progresiva de la capacidad de cambiar.

Su loba ha estado viviendo encerrada en una jaula de metal oxidado.

Cerré los puños. La imagen de Liora en el salón, con la barbilla levantada y los ojos desafiantes detrás de la máscara de plata, volvió a cruzarme la mente con una nitidez dolorosa. Recordé su respuesta en medio de la danza: «Puedo soportarlo».

No estaba presumiendo de valentía. Estaba describiendo su vida entera.

—¿Y la segunda fracción? —pregunté, señalando el frasco intermedio, donde un líquido denso y transparente refractaba la luz de las lámparas de aceite con un matiz verdoso.

Iven cambió de postura; la rigidez de sus hombros delató una cautela distinta, más técnica y peligrosa.

—La segunda fracción es el bloqueador de inversión glandular —dijo en voz baja, bajando el tono como si las paredes de sillería de la torre pudieran escuchar—.

Es una obra maestra de la alquimia prohibida.

Combina resina fósil con un extracto purificado de glándula de Alfa macho y alcaloides.

Al ingerirlo, la sustancia satura los receptores aromáticos y obliga al cuerpo a proyectar una presencia territorial ajena, aumentando la temperatura superficial y simulando la autoridad de un señor de linaje puro durante aproximadamente seis horas.

—Seis horas —repetí—. La ventana que calculamos en la cancillería.

—Sí. Pero el precio es monstruoso. Para sostener esa mentira biológica, el bloqueador exige que el organismo humano trabaje al triple de su capacidad cardíaca.

Cuando la sobrecarga feromonal en el gran salón quebró la resina, la barrera no se disolvió despacio: estalló como una caldera bajo presión.

Las glándulas liberaron en un solo segundo todo el aroma retenido durante semanas, desatando una fiebre tóxica y forzando a su loba a tomar el control del cuerpo para evitar que los pulmones se le llenaran de líquido.

—¿Dónde está ahora? —pregunté, mirando hacia la ventana enrejada que daba al este—. Han pasado más de sesenta horas desde la medianoche del Solsticio.

—Si sigue corriendo en cuatro patas hacia la meseta, debe de estar atravesando el valle de los sauces —calculó Iven con frialdad clínica—.

Su temperatura interna debe de rondar los cuarenta grados.

La loba se detendrá por agotamiento antes de llegar a la finca Valen.

Y cuando la transformación ceda y vuelva a su forma humana, no recordará cómo cruzó el último tramo del camino.

Estará deshidratada, delirante y con la carne viva por la reacción del veneno.

El aire del laboratorio se volvió irrespirable.

Mi lobo arañó el fondo de mi esternón con un gruñido ronco, desesperado, exigiendo que rompiera los frascos, ensillara a mi semental negro y cruzara las puertas de Asteria a galope tendido hasta encontrarla tirada en la maleza.

«No puedes ir», me recordó la voz fría del estratega. «Si el soberano abandona la capital mientras la guardia registra las boticas, Odran convocará al Consejo de regencia antes de que caiga la noche».

Antes de que pudiera formular la siguiente orden, el sonido de pasos apresurados y el crujido de cotas de malla resonaron en el rellano exterior de la escalera de caracol.

La puerta de roble del laboratorio se abrió sin previo aviso.

Lord Odran cruzó el umbral con el empaque ceremonioso de quien considera que todos los cerrojos de la fortaleza le pertenecen por derecho de linaje.

Detrás de él caminaba Maestre Vane, el decano del Círculo de Alquimistas de la corte: un anciano encorvado de barba blanca rala, vestido con la túnica de paño escarlata y el collar de eslabones de plata que acreditaba su autoridad sobre los registros de sustancias del reino.

Dos guardias de la librea personal de mi tío se apostaron en la entrada, con las alabardas cruzadas sobre el vano.

—Darian —dijo Odran, deteniéndose a cuatro pasos de la mesa de pizarra con las manos cruzadas sobre el vientre—.

Me informaron de que habías pasado las últimas dos horas encerrado en la torre este.

Los emisarios de las casas Karr y Sarr siguen esperando en la cancillería una resolución sobre el calendario matrimonial, y el capitán Thorne necesita que la comisión de seguridad selle las actas de registro de los distritos tres y cuatro.

Me volví hacia ellos sin moverme de mi posición, interponiendo mi cuerpo entre la mesa de trabajo de Iven y la mirada escrutadora del viejo alquimista.

—Los registros de la guardia avanzan según el protocolo sanitario que dicté en la cancillería —respondí con voz llana—.

Thorne no necesita una resolución política para revisar boticas de contrabando.

Y los emisarios de la meseta recibirán su respuesta cuando este laboratorio termine de examinar la evidencia material.

Maestre Vane dio un paso adelante, arrastrando los pies con una lentitud calculada mientras estiraba el cuello para atisbar los alambiques y los matraces sobre la pizarra:

—Con el debido respeto al señor de la Corona, la custodia de cualquier compuesto químico de origen desconocido incautado en dependencias de Estado corresponde por fuero al Círculo de Alquimistas.

Lord Odran ha solicitado que traslademos las muestras al laboratorio central de la cancillería para realizar un peritaje independiente ante los escribanos del Consejo.

—No habrá ningún traslado, maestre —cortó Iven Ardel antes de que yo pudiera responder.

El médico real dio un paso al frente, con la espátula de plata todavía en la mano y la barbilla levantada hacia el anciano del Círculo:

—Este análisis forma parte de un expediente de auxilio médico y toxicología de emergencia bajo jurisdicción directa del soberano. La muestra es inestable y cualquier cambio de temperatura en el traslado arruinaría las fracciones volátiles.

—¿Fracciones volátiles? —repitió Vane con una sonrisa condescendiente que le arrugó las mejillas apergaminadas—.

Estamos hablando de un atentado contra la seguridad del Solsticio, doctor Ardel.

El Consejo tiene informes fidedignos de que la sustancia utilizada por el intruso contenía extractos de guerra biológica desarrollados por los rebeldes de la costa.

Si ustedes retienen las pruebas en esta torre sin la supervisión del Círculo, los señores de la meseta podrían interpretar que la Corona está ocultando la verdadera gravedad de la sedición.

—«Extractos de guerra biológica» —repetí, dando un paso hacia Odran y Vane.

El anciano alquimista retrocedió un palmo, intimidado por la sombra que mi cuerpo proyectó sobre su túnica escarlata.

—Es una de las hipótesis que baraja el Consejo, sobrino —intervino Odran, endureciendo el tono—.

Si demostramos que la enmascarada portaba venenos de los clanes proscritos, tendremos causa legal para declarar el estado de guerra en toda la frontera oeste y exigir que las manadas del norte aporten sus contingentes de caballería de inmediato.