Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 9 Estado de alerta #3
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Capítulo 9 Estado de alerta #3

Thorne recogió sus pergaminos de la mesa, me dedicó una última mirada cargada de resentimiento contenido y salió tras ellos, cerrando las pesadas hojas de roble a su espalda.

Solo quedamos Iven y yo en la inmensa sala iluminada por las velas agonizantes.

Me dejé caer sobre el sillón de nogal de la cabecera, pasándome ambas manos por el rostro para limpiarme el sudor frío que me empapaba la frente.

El silencio que quedó en la estancia era pesado, denso, cargado de una fatiga que me calaba hasta los huesos.

Mi bestia seguía arañando el interior de mi pecho, un aullido sordo y solitario que me recordaba a cada segundo que la otra mitad de mi ser estaba corriendo sola en la nieve, herida,

ardiendo por el veneno y huyendo de la única persona en todo el reino que habría puesto su vida entre ella y las ballestas.

Iven se acercó a la mesa, sacó un frasco de vidrio ámbar de su maletín y vertió tres gotas de una tintura amarga en un vaso de agua antes de empujarlo hacia mi mano.

—Bébetelo —dijo el médico—. Tu pulso está a ciento veinte y tienes las pupilas dilatadas como si hubieras estado inhalando polvo de belladona. La resonancia te está quemando el sistema nervioso.

Agarré el vaso y me tragué el líquido de un trago. El sabor a corteza de sauce y menta silvestre me adormeció la lengua, bajando la marea de calor que me golpeaba las sienes.

—Dime la verdad, Iven —susurré, mirando el fondo del vaso vacío—. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una loba en ese estado?

El médico se quitó los anteojos y los limpió con el borde de su manga con una lentitud exasperante.

—Si fuera una loba común, te diría que doce horas —respondió—.

Pero esa criatura no es común, Darian. Logró sostenerte la mirada durante tres compases de la Rueda de Invierno mientras sus glándulas estaban a punto de reventar, y cruzó un pasadizo cerrado y saltó una estacada de diez pies con un virote rozándole las costillas.

Tiene una voluntad de hierro y una estirpe Omega que no he visto en treinta años de oficio. No se dejará morir en una cuneta.

—Tiene un lugar al que ir —dije, levantando la vista hacia el mapa de Eryndor extendido sobre la mesa.

Iven enarcó una ceja:

—¿Crees saber quién es?

Me puse de pie, me acerqué al mapa y señalé con el dedo índice una zona de colinas y tierras de labor situada a unas diez millas al este de la capital, en la margen izquierda del río.

—El jubón que vestía estaba cortado en lana de peine ancho —dije, repasando en mi memoria cada detalle de la danza—.

Un tejido denso, con trama espigada y tintura de cáscara de nuez que no se fabrica en Asteria desde antes de la peste.

Es el patrón característico de las fincas libres de la meseta este.

Y el baúl que forzó en la cancillería baja pertenecía a Lady Maevra Valen.

Iven abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y comprensión súbita:

—La casa Valen. La viuda que envió la solicitud para presentar a su hija Alfa en la Gala.

—La misma —continué, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar con una lógica implacable—.

Hace dos semanas, cuando revisamos la solicitud de presentación de Celene Valen y los informes médicos adjuntos, encontramos el nombre de una pariente no presentada en la corte.

Una supuesta huérfana Beta que consumía extractos de supresión de bajo coste para tratar una supuesta afección nerviosa.

Iven dio un respingo:

—Liora Valen.

El nombre sonó en la sala vacía como una campana de plata tañendo en medio de la niebla.

Liora.

Mi lobo soltó un quejido profundo, un sonido de reconocimiento absoluto que me vibró en el esternón.

Me acerqué al ventanal apuntado de la cancillería, aparté el pesado cortinaje de lana y miré hacia el horizonte oriental.

A lo lejos, por encima de las almenas del alcázar y de los tejados nevados de Asteria, los primeros rayos grises del amanecer del día veinticuatro comenzaban a rasgar la oscuridad del cielo de invierno.

La nevada había cesado, dejando tras de sí un manto blanco, limpio y silencioso que cubría las copas de los abedules y los caminos de labor que se extendían hacia el este.

Ella estaba allí fuera.

Estaba corriendo a través de la nieve con la herida en la palma, el veneno en la sangre y un pergamino sujeto entre los colmillos, creyendo que todo el poder de mi reino se desataría para cazarla, enjaularla y arrebatarle lo poco que le quedaba.

«No te cazaré», pensé, apoyando la frente contra el cristal helado mientras el viento del amanecer silbaba en las troneras.

«Te buscaré. Limpiaré el camino de sabuesos y ballestas, desarmaré a los consejeros que quieran convertir tu sangre en un trofeo, y cuando te encuentre, no habrá grilletes ni mandatos de Estado entre los dos».

Me di la vuelta hacia Iven con la voz firme y la mirada fija en el mapa:

—Prepara tu equipo de laboratorio, Iven. Necesito que analices cada molécula de ese residuo antes de que termine el día. Quiero saber qué componentes tiene, de qué boticario salió y cómo podemos fabricar un neutralizador antes de que lleguemos a la finca Valen.

El médico asintió con solemnidad:

—Me pondré a trabajar de inmediato, soberano.

Ajusté mi espada al cinto, abrí las puertas de la cancillería y salí al corredor para recibir el primer día de una cacería en la que mi única victoria sería mantenerla con vida.