Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 9 Estado de alerta #2
36%

Capítulo 9 Estado de alerta #2

Su loba intentará correr para purgar el veneno, pero si no encuentra agua limpia, refugio y reposo absoluto, los músculos entrarán en fallo por rabdomiólisis antes de cuatro días.

Una garra de hielo me apretó las entrañas.

—Cuatro días —repetí.

—Con suerte —matizó el médico—. Si se queda en el bosque a la intemperie bajo esta nevada, la hipotermia completará el trabajo antes del segundo amanecer.

Miré hacia la linde de los abedules, donde la cortina blanca de la ventisca empezaba a borrar el rastro de ramas rotas que la loba había dejado a su paso.

—No morirá en la nieve —dije.

—El Consejo no te permitirá salir a buscarla como un rastreador de frontera —advirtió Iven con voz sombría—.

Odran ya está en la sala de mando reuniendo a los representantes de las tres casas mayores.

Si no entras allí ahora y tomas el control del relato, Thorne redactará el bando de busca y captura antes de que amanezca.

Y en ese bando, la palabra que usarán será «terrorista».

Asentí una sola vez, me ajusté el cinturón de la espada y eché a andar hacia la entrada de la cancillería baja.

La sala de mando de la cancillería baja olía a cera quemada, cuero húmedo y al sudor rancio de doce hombres que veían desmoronarse sus cálculos políticos en medio de la noche más larga del año.

Cuando empujé las dos hojas de roble reforzadas con bandas de hierro, el murmullo encendido de las conversaciones se cortó en seco.

Lord Odran estaba de pie junto a la gran mesa de nogal donde se extendía el mapa de Eryndor, con la túnica de terciopelo morado desabrochada en el cuello y el rostro congestionado por una cólera que apenas lograba disimular bajo su habitual máscara de gravedad senatorial.

A su derecha, dos barones de la meseta norte discutían en voz baja con el canciller de aduanas; a su izquierda, el capitán Thorne permanecía apoyado contra la chimenea de piedra con un legajo de pergaminos bajo el brazo, observando mi entrada con una serenidad gélida.

—Darian —dijo mi tío, avanzando dos pasos hacia mí con las manos abiertas en un gesto que pretendía ser de conciliación pero que temblaba de furia mal contenida—.

La corte entera está en un estado de pánico absoluto.

Cuatrocientos invitados de los doce linajes mayores han sido retenidos en el gran salón bajo guardia armada mientras tú desaparecías en los patios bajos persiguiendo a una fiera.

Crucé la estancia sin mirarlo y me coloqué en la cabecera de la mesa, apoyando ambas palmas sobre el borde de madera pulida.

—La fiera ya no está en el recinto de Vhal —dije, mirando a cada uno de los presentes a los ojos—.

Las puertas exteriores están aseguradas y no hay ninguna amenaza armada dentro de los muros.

Despejen el Salón del Solsticio. Permitan que los invitados que deseen marcharse a sus residencias en Asteria lo hagan bajo escolta regular de la guarnición urbana, y que los nobles que pernocten en la fortaleza sean conducidos a las alas residenciales con el protocolo debido.

—¡No podemos permitir que nadie abandone la fortaleza sin un registro completo!

—estalló el barón Karr, un hombre corpulento de cabello canoso y barba recortada que representaba a la casa de la consorte que el Consejo intentaba imponerme—.

Un intruso desconocido se infiltró en la Gala, violó la cancillería baja, burló la seguridad del soberano y huyó transformado en bestia ante los ojos de nuestros emisarios.

Si dejamos salir a los carruajes sin revisar hasta el último baúl, la noticia de que la Corona ha perdido el control de su propia sede llegará a las provincias del norte antes del mediodía.

—El barón Karr tiene razón —intervino Thorne desde la chimenea, dando un paso al frente y depositando los pergaminos sobre el mapa—.

He redactado una orden de estado de excepción para el distrito capital.

Autoriza el cierre inmediato de las cuatro puertas de la muralla de Asteria, el registro sistemático de todas las posadas, cuadras y almacenes ribereños, y la requisa de cualquier individuo que no porte un salvoconducto sellado por esta capitanía.

Además, he emitido una orden de busca y captura con recompensa de quinientas piezas de plata para quien entregue a la intrusa, viva o muerta.

—«Viva o muerta» —repetí, levantando la vista despacio hacia Thorne.

La temperatura de la sala pareció descender diez grados. Mi lobo asomó en el fondo de mi garganta con un gruñido sordo, una vibración tan pesada que la llama de las cuatro velas de sebo sobre la mesa osciló hacia la izquierda.

—Es el formulario estándar para casos de alta traición e infiltración militar, mi señor —se defendió Thorne, manteniendo el mentón levantado.

—Retira ese documento de la mesa, capitán.

—Soberano, la ley de emergencia de la confederación—

—He dicho que retires ese documento —ordené, y esta vez el peso de mi presencia Alfa cayó sobre la estancia con una fuerza que hizo que el barón Karr retrocediera medio paso hasta chocar con el respaldo de su silla—.

Nadie firmará una orden de ejecución sumaria en mi nombre.

No mientras yo sea el señor de esta casa.

Lord Odran dio un golpe seco con los nudillos sobre el mapa:

—¡Estás protegiendo a quien intentó destruirte, Darian!

¡Esa mujer —o lo que sea que haya debajo de esa piel— se burló de ti en medio de la pista de baile!

¡Te obligó a concederle un salvoconducto público mientras se reía de las leyes que sostienen este reino!

¿Vas a permitir que una criminal ande suelta por nuestros distritos solo porque tu orgullo no tolera admitir que fuiste burlado?

—No fui burlado, tío —respondí con una calma glacial que me costó un esfuerzo inmenso sostener—. Dame una prueba. Una sola prueba comprobable que demuestre que esa intrusa portaba armas, colocó explosivos o atentó contra la vida de alguno de los nobles congregados en esta sala.

Odran abrió la boca, pero no encontró palabras inmediatas.

—Violó el archivo de la cancillería —dijo Thorne, señalando hacia el pasadizo este—. Forzó un baúl de intendencia.

—Un baúl privado —corregí—. El baúl de una casa menor de la meseta que ni siquiera forma parte del Consejo de Ancianos.

No se ha sustraído ningún registro de Estado, ningún plano militar ni ninguna correspondencia diplomática.

Iven Ardel ya ha inspeccionado la sala de arcas y los sellos reales están intactos.

Metí la mano en la faltriquera de mi túnica, extraje la placa rota de latón poroso y la arrojé en el centro del mapa, justo sobre el trazado del río que atravesaba Asteria.

El metal repiqueteó contra la madera con un sonido seco y pesado.

Todos los ojos se clavaron en el objeto.

—Eso es lo que quedó en el fango del patio bajo —dije—.

Una placa de supresión clandestina, manipulada para forzar una sobredosis de bloqueadores químicos de grado experimental.

La persona que entró en este alcázar no vino a encabezar una rebelión armada; vino por un motivo personal y lo hizo consumiendo una sustancia que está a punto de matarla por fallo multiorgánico.

Iven Ardel dio un paso adelante desde la sombra de la puerta:

—Como médico de la Corona, certifico que la portadora de este dispositivo se encuentra en un estado de intoxicación química severa.

Si la guardia la persigue con perros de presa y ballestas, el estrés feromonal acelerará el colapso y morirá antes de que podamos interrogarla.

Si queremos saber quién fabricó esa fórmula, quién se la suministró y qué intereses operan detrás del contrabando de sustancias en la capital, necesitamos a esa mujer viva, consciente y con capacidad de prestar declaración legal.

El silencio volvió a adueñarse de la cancillería.

Odran miró la placa de metal ennegrecida, luego miró a Thorne y finalmente clavó sus ojos canosos en los míos, buscando la fisura que le permitiera forzar su ventaja.

—Si no declaramos el estado de traición —dijo mi tío, midiendo cada palabra con veneno burocrático—, ¿cómo justificaremos ante los doce linajes el despliegue de tropas en la ciudad? No podemos fingir que no ha ocurrido nada.

—No fingiremos nada —contesté—. Declararemos un estado de alerta sanitaria y aduanera por contrabando de sustancias de grado prohibido en el distrito capital.

Thorne frunció el ceño:

—¿Una alerta sanitaria?

—Exactamente —dije, apoyando las manos en la mesa y dictando los términos con una precisión que no admitía réplica—.

La guardia de la ciudad establecerá puestos de control en las cuatro puertas principales de Asteria y en los muelles del canal.

Registrarán cargamentos de boticas, fardos de comerciantes y carretas de grano en busca de bloqueadores no registrados y reactivos de supresión ilegal.

Queda terminantemente prohibido el uso de virotes de punta cuadrada, trampas de colmillo y sabuesos de presa en cualquier batida dentro o fuera de las murallas.

Cualquier sospechoso que presente síntomas de alteración aromática o fiebre glandular será trasladado de inmediato al ala médica del alcázar bajo la custodia exclusiva del doctor Ardel.

—Eso nos atará las manos en los registros —protestó Thorne con amargura.

—Tus manos estarán atadas a la ley, capitán —repliqué—.

Cada muestra incautada, cada detención preventiva y cada informe de guardia será visado por Iven Ardel antes de que llegue a tu despacho.

Si descubro que uno solo de tus hombres retiene a un sospechoso en una celda clandestina sin parte médico, consideraré la falta como una usurpación de funciones judiciales y ordenaré tu arresto inmediato.

Thorne apretó los dientes hasta que la mandíbula le tembló, pero inclinó la cabeza un centímetro:

—Se cumplirá según su voluntad, soberano.

—Despejen la sala —ordené—. Redacten las proclamas con el texto que he fijado y comiencen la evacuación ordenada del gran salón. Odran, acompaña a los emisarios de la casa Karr y asegúrales que el Consejo mantendrá su sesión ordinaria dentro de cinco días, cuando el distrito esté asegurado.

Los consejeros comenzaron a recoger sus papeles en medio de murmullos de descontento, saliendo en fila hacia la galería alta.