Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 9 Estado de alerta
34%

Capítulo 9 Estado de alerta

Darian

El viento del norte barría el patio bajo como una guadaña de hielo, arrastrando remolinos de ceniza y nieve sucia contra los contrafuertes de la muralla.

No me moví.

Permanecí plantado en medio del lodazal congelado, con los talones hundidos en la tierra y el antebrazo izquierdo latiéndome con una punzada sorda donde el virote de Thorne había rozado el brazalete de plata.

A cinco pasos de mis botas, la empalizada de madera mostraba la marca fresca de dos garras clavadas en la tabla superior: el punto exacto donde la loba gris perla se había impulsado hacia el vacío del foso antes de perderse bajo las sombras de los abedules.

El aire del recinto todavía apestaba a azufre quemado y a la brea de las antorchas, pero debajo de esa mugre militar flotaba el rastro que mi bestia intentaba devorar a bocanadas desesperadas.

Lluvia sobre piedra tibia. Flor nocturna. Sal de marea abierta.

Un aroma tan puro y devastador que cada fibra de mis músculos me exigía soltar el mando, saltar la estacada y correr en cuatro patas tras ella hasta darle alcance en la espesura.

Reclamarla. Cubrirla con mi cuerpo. Hundir el hocico en su cuello hasta que el temblor de la fiebre dejara de sacudirle los costados.

Apreté los puños dentro de las mangas hasta que las uñas me perforaron la piel de las palmas.

«Cálmate», me ordené, masticando la sangre que me subió a la lengua. «Si la sigues como un lobo, la matarás como un soberano».

Mi padre había cedido a esa misma marea de sangre hacía diez años en la sala de embajadores: había dejado que la bestia tomara sus ojos durante una disputa de límites y había destrozado la garganta de un emisario de los valles antes de que los guardias lograran derribarlo con cadenas de hierro.

El Consejo había utilizado cada gota de aquella sangre para levantar el andamiaje legal que ahora pretendía atarme las manos a una consorte dócil y a una regencia tutelada.

Si saltaba esa empalizada, si me internaba en el bosque detrás de una loba sin nombre ni registro ante los ojos de cuarenta soldados armados, Thorne tendría su justificación al amanecer: el Alfa soberano enajenado por el celo, incapaz de gobernar,

cazando fantasmas en la nieve mientras las manadas de frontera rompían el pacto de invierno.

—¡Bajen las armas! —La voz del capitán Thorne cortó el silbido del viento desde lo alto del adarve—. ¡Formación de cerco en el portillo este! ¡Traigan a los sabuesos de cuadra antes de que la ventisca borre la huella!

Levanté la vista hacia el adarve.

Thorne estaba apoyado sobre las almenas de sillería, con la espada desenvainada en la mano derecha y la capa negra inflada por el vendaval como las alas de un cuervo carroñero.

A sus costados, los tres ballesteros que habían disparado contra la enmascarada manipulaban las manivelas de tensión con dedos torpes, intentando encajar nuevos proyectiles de punta cuadrada en las guías de bronce.

—Capitán —dije.

No grité. No necesité alzar el tono para que mi voz cruzara el patio y golpeara los sillares con la densidad de un bloque de plomo.

Thorne se detuvo a mitad de un gesto de mando.

—Soberano —respondió, bajando la punta del acero tres pulgadas pero manteniendo el cuerpo envarado—.

Una criatura salvaje forzó el conducto de deshielo e intentó franquear el perímetro de intendencia durante la Gala.

Es una brecha de seguridad de grado uno.

Si no soltamos a la jauría ahora, alcanzará la espesura del bosque real y perderemos el contacto antes de una legua.

Caminé tres pasos hacia la base de la torre, despacio, dejando que el crujido del fango bajo mis suelas marcara el único compás en el silencio que se había apoderado del recinto.

Los soldados que custodiaban la rastra de carretas se replegaron contra las tablas de los cobertizos, bajando los faroles para no sostener mi mirada.

—¿Quién dio la orden de abrir fuego, Thorne?

El capitán apretó las mandíbulas; la tensión le dibujó dos cordones de tendones rígidos en el cuello.

—El protocolo de guardia de la fortaleza establece que todo intruso no identificado que huya en forma animal tras violar las dependencias de servicio debe ser neutralizado con fuerza letal para proteger a la corte.

—En la pista central del Salón del Solsticio, ante cuatrocientos testigos y doce consejeros con derecho a voto, otorgué salvoconducto de honor a ese invitado —dije, deteniéndome bajo el arco de tiro de las ballestas—.

Un salvoconducto pronunciado por mi propia boca bajo los fueros fundacionales de Eryndor.

¿Estás diciéndome que tu capitanía tiene autoridad para revocar una palabra soberana en mi propio patio?

Uno de los ballesteros, un muchacho joven con el emblema de los valles del este en el broche de la sobrevesta, soltó la nuez de la cuerda con un chasquido tembloroso y dio un paso atrás hacia la sombra del matacán.

Thorne sostuvo mi mirada con una insolencia fría y calculada:

—En el salón bailó con un Alfa enmascarado de los valles, mi señor.

En este patio teníamos a una loba sin marca que reventó una reja de intendencia y rompió la paz del Solsticio.

Si la bestia que saltó esa estacada portaba veneno, planos de la fortaleza o un encargo de los rebeldes de la costa, mi deber era impedir que la información saliera de Vhal.

—Tu deber era obedecer mi mando —repliqué—. Y si vuelves a levantar un arco contra alguien a quien yo haya concedido paso libre, haré que te retiren los galones en la plaza de armas antes del mediodía.

El capitán tragó saliva despacio. No había sumisión en su postura, solo el repliegue táctico de un oficial que sabía cuándo un terreno era desfavorable.

—Comprendido, mi señor. ¿Cuáles son las órdenes para la guarnición exterior?

—Nadie cruza la empalizada —ordené, abarcando con la mirada a los doce hombres apostados en el adarve—.

No habrá batidas en el bosque de abedules.

No habrá jaurías sueltas en la linde del camino real.

Y cualquier soldado que dispare un virote sin mi autorización directa responderá ante un tribunal militar por insubordinación en tiempo de tregua.

Thorne enfundó la espada con un golpe seco de la empuñadura contra el brocal de cuero.

—Los consejeros están bajando a la cancillería baja, soberano. Lord Odran está exigiendo una sesión de urgencia.

—Que esperen —contesté.

Me di la vuelta y me arrodillé en el fango, a dos pasos de la reja oxidada del conducto de desagüe.

La nieve alrededor de la boca del desagüe estaba teñida de un barrillo oscuro mezclado con hollín y escarcha.

Allí, medio enterrado bajo una costra de hielo fino que crujió al contacto con mis dedos desnudos, brillaba un fragmento metálico del tamaño de una nuez.

Lo recogí con cuidado.

Era una placa frontal de latón poroso, curvada para ajustarse a la línea lateral de una garganta humana.

Tenía los bordes dentados y deformados por la compresión de una mandíbula animal y el ensanchamiento súbito de un músculo en transformación; en la cara interna, tres microconductos de descarga estaban taponados por un residuo negruzco y gomoso que desprendía un hedor acre a ácido sulfúrico,

resina rancia y cobre quemado.

Un collar de supresión de grado doméstico.

Pero no era un dispositivo legal expedido por el gremio de boticarios de Asteria.

El metal carecía del cuño oficial de la Corona y los canales de dosificación habían sido manipulados a mano con una lima basta para forzar una salida más rápida del reactivo.

La pieza estaba saturada de una sustancia que reconocí de inmediato: la misma brea fosilizada que la intrusa había utilizado para enmascarar su presencia.

Acerqué el metal a mi nariz.

Bajo la podredumbre química del supresor averiado, la huella biológica me golpeó el centro del cráneo con una violencia que me hizo cerrar los ojos.

Lluvia limpia. Sal de roca. Una nota dulce y frágil de lirio de ribera que ardía con la fiebre de una herida abierta.

«Estaba usando esto para fingir que era una Beta», comprendí, apretando la placa metálica en el hueco de la palma. «¿Cuántos años de dosis baratas? ¿Cuánto tiempo quemándose las glándulas para que nadie supiera lo que llevaba en la sangre?».

Unos pasos cautelosos resonaron sobre las losas húmedas de la rampa de servicio.

No necesité levantar la cabeza para saber quién se acercaba. El olor a tintura de adormidera, alcohol de grano y cuero viejo precedía a Iven Ardel antes de que su figura delgada cruzara el umbral del patio cubierto.

El médico real se detuvo a tres varas, con el maletín de cuero sujeto bajo el brazo izquierdo y la respiración agitada por la carrera a través de las galerías bajas.

Tenía la capa salpicada de nieve y los anteojos empañados por el contraste térmico entre los corredores caldeados y el vendaval exterior.

—¿Llegó a salir? —preguntó Iven en un susurro áspero.

—Saltó la estacada —respondí, poniéndome de pie despacio y guardando la placa de latón en la faltriquera de mi túnica—. Thorne le disparó tres virotes desde el adarve. Ninguno le dio de lleno, pero vi sangre en la reja del desagüe.

Iven se acercó a la arqueta de piedra, se agachó sobre una rodilla y pasó la yema de su dedo enguantado por el borde astillado del hierro oxidado. Examinó la mancha roja que brillaba bajo la luz mortecina de los faroles.

—Es sangre humana —dictaminó, frotando el líquido entre el pulgar y el índice antes de olerlo—. La transformación se completó en el exterior, justo antes de que saltara al foso. El desgarro en la palma ocurrió cuando forzó el cerrojo con las manos humanas.

—¿Qué tan grave es la intoxicación?

Iven se puso de pie, ajustándose los anteojos sobre el puente de la nariz con un gesto cansado.

—Si la sustancia que bebió para imitar a un Alfa es lo que creo que es —dijo, mirando hacia la oscuridad del bosque de abedules—, su organismo está librando una guerra civil en cada vaso sanguíneo.

El colapso del bloqueador libera de golpe todas las toxinas acumuladas en el hígado y las glándulas aromáticas.

La fiebre puede alcanzar temperaturas críticas en menos de doce horas.