Capítulo 8 Medianoche #2
—¡Allí! ¡En el terraplén junto al desagüe! —rugió la voz de Riven Thorne desde lo alto del adarve de guardia.
Miré hacia arriba con la vista nublada por el sudor y la fiebre.
El capitán de la guardia estaba apostado sobre el pretil de piedra, señalando hacia mi posición con su espada desenvainada. A su lado, tres soldados colocaban virotes de punta cuadrada en las nueces de sus ballestas, apuntando directamente hacia el foso bajo.
—¡Fuego a discreción! —ordenó Thorne—. ¡Aseguren el objetivo antes de que cruce la estacada!
El chasquido metálico de las tres cuerdas al soltarse rasgó el silencio de la noche.
No pude esquivarlos como humana.
El cambio me partió el cuerpo en dos.
Fue una explosión de calor salvaje que me desgarró la camisa de lino y reventó la faja de lienzo alrededor de mi pecho.
El cuero del jubón cedió en las costuras de la espalda con un chasquido sordo de hilo roto.
Mis vértebras se arquearon hacia arriba, mis hombros se ensancharon bajo una capa densa de pelaje gris perla, y la máscara de terciopelo cayó sobre la nieve pisoteada, inútil y vacía.
En el bolsillo interior, el collar de latón quedó atrapado entre el cuero del jubón y el brusco ensanchamiento de mi hombro.
La bisagra central del metal poroso crujió bajo la compresión y se partió en dos pedazos desiguales.
Una mitad del collar —la placa frontal con los sellos de supresión ennegrecidos por el ácido— saltó hacia un lado y cayó en el barro congelado del patio, junto a la huella de una bota militar.
La funda de paño encerado se deslizó de la faja desgarrada. La atrapé entre los dientes antes de que tocara el barro.
El primer virote de ballesta silbó sobre mi lomo, cortando un mechón de pelo gris y clavándose en el tronco de una carretilla de leña con un impacto sordo.
El segundo virote rebotó contra una losa de granito a dos pulgadas de mis patas delanteras, levantando una lluvia de esquirlas de piedra.
El tercer virote iba directo a mi garganta.
Entonces, una sombra inmensa cayó desde la terraza alta con la violencia de un alud de roca.
Darian Corven aterrizó en el terraplén entre los ballesteros y mi posición.
No llevaba su capa de lobo ni los guantes de gala; vestía solo la túnica negra de paño militar, con el pecho agitado por la carrera y una furia territorial tan inmensa y aterradora emanando de su cuerpo que los caballos en los establos se arrodillaron sobre la paja en un silencio sepulcral.
Con el brazo izquierdo extendido, Darian interceptó la línea de tiro de la tercera ballesta, apartando la trayectoria del proyectil con el antebrazo protegido por cuero endurecido. El virote rozó su brazalete de plata y se perdió en la oscuridad del foso.
—¡ALTO! —rugió el soberano.
La voz de su lobo primal no fue un grito humano; fue una orden biológica absoluta que reverberó en los muros del alcázar como un trueno de invierno.
Los tres soldados retrocedieron tres pasos sobre el adarve, con las manos temblorosas sobre los arcos y los ojos desorbitados por el terror ante la presencia que acababa de aplastar su voluntad de mando.
En lo alto del pretil, Thorne bajó la espada despacio, con las mandíbulas apretadas por una rabia impotente que no se atrevió a contradecir la voz del Alfa soberano.
Darian no miró a sus guardias.
Se dio la vuelta lentamente en medio del fango helado.
Sostuve su mirada a cinco varas de distancia.
Yo estaba sobre cuatro patas en la nieve: una loba de pelaje gris perla con una franja oscura recorriéndome el espinazo, con el pergamino de mi madre sujeto entre los colmillos dentro de su funda de paño encerado y las costillas subiendo y bajando en jadeos cortos y dolorosos por la intoxicación de
la droga.
Darian se quedó inmóvil.
En sus ojos ámbar no había cálculo cortesano, ni exigencias del Consejo, ni la severidad del juez que dicta una sentencia militar.
Había un reconocimiento tan puro, tan doloroso y absoluto que me atravesó el pecho con la fuerza de una marca viva.
Sus fosas nasales se abrieron, absorbiendo la marea incontrolable de lluvia, flor nocturna y sal marina que brotaba de mi pelaje empapado.
Supo, sin necesidad de pergaminos, sellos de cancillería ni testimonios de boticario, exactamente lo que yo era: su pareja de sangre, una Omega pura que la corte consideraba extinta, huyendo de su palacio envenenada por las mismas sustancias que sus leyes toleraban.
El Alfa dio medio paso hacia adelante, con las manos abiertas y los dedos temblando por el impulso contenido de tocarme.
—Eres mía —dijo.
Apenas fue un susurro, pero la reclamación resonó en mi mente con la claridad de una campana de plata.
No avanzó más.
No intentó cerrarme el paso hacia la estacada. No llamó a sus hombres para rodearme, ni proyectó su mando territorial para obligar a mi loba a doblar las patas delanteras en señal de sumisión.
Se interpuso entre mi cuerpo y las ballestas de la guardia, cubriéndome la retirada con su propia espalda.
Me estaba dando una elección.
La primera elección real que alguien me concedía en seis años de encierro.
Podía quedarme en el patio bajo su protección soberana y arriesgarme a que el Consejo convirtiera mi cuerpo en un trofeo de Estado, o podía saltar hacia la oscuridad del bosque con el testamento de mi madre entre los dientes y luchar por mi libertad en mis propios términos.
Mi loba soltó un bufido ronco sobre la nieve, clavó las garras traseras en el fango congelado y se impulsó hacia adelante.
Salté la empalizada de madera en un arco limpio.
Crucé el foso seco en dos zancadas desesperadas y me sumergí bajo las ramas bajas de los abedules, donde la nieve virgen apagó el sonido de mis pisadas en la noche.
Detrás de mí, la duodécima campanada de la medianoche terminó de extinguirse sobre el Alcázar de Vhal, dejando a mi espalda un palacio en llamas de sospecha, una placa del collar en el suelo del patio y el rastro imborrable de una tormenta que acababa de comenzar.
El bosque de abedules era una maraña de troncos pálidos, zarzas congeladas y sombras que se cerraban sobre mí como fauces de madera.
Corrí durante horas sin mirar atrás.
El pergamino de mi madre estaba a salvo entre mis mandíbulas, pero la fiebre del bloqueador colapsado me devoraba la carne a cada kilómetro que dejaba atrás.
El veneno químico circulaba por mi sangre en oleadas ardientes, entumeciéndome las patas delanteras y nublándome la vista con halos de fuego ambarino que se confundían con la luz de la luna entre las ramas.
A cada salto, el recuerdo de los ojos de Darian protegiéndome en el fango volvía a golpearme el pensamiento: un Alfa primal que había renunciado a su derecho de sangre para no romper mi voluntad.
Tropecé contra la raíz de un pino caído y me levanté a duras penas, sacudiendo la escarcha de mi hocico.
Me quedaban cuatro días de camino hacia el este. Cuatro días de frío, delirio y cacería en la sombra antes de alcanzar la buhardilla de la finca Valen y esconder el testamento bajo las tablas del suelo.
Apreté los colmillos sobre el paño encerado, hundí las patas en la nieve honda y continué corriendo hacia la oscuridad.
Acto II
La cacería de sombras