Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 8 Medianoche
31%

Capítulo 8 Medianoche

Liora

El aire de las terrazas bajas me golpeó el rostro como un lienzo empapado en agua de nieve.

No miré atrás. En cuanto comenzó el segundo baile, no me detuve a comprobar si Lord Odran ordenaba a los guardias de la antesala cerrar las arcadas o si las cuatrocientas personas del Salón del Solsticio empezaban a romper el círculo de la pista.

Corrí pegada a la balaustrada de granito, con las suelas de cuero resbalando sobre la escarcha acumulada en los peldaños y la mano izquierda apretada contra las costillas para proteger el bulto del pergamino.

Bajo la faja de lienzo, el papel encerado crujía con cada zancada.

El cuerpo me ardía con una intensidad que ya no era fiebre, sino un incendio químico desbocado.

La resina fósil que Soren me había hecho tragar en el callejón del Clavo estaba perdiendo la cohesión; sentía mis venas como conductos de estaño derretido, y en la base de la garganta el sabor amargo a brea y corteza de cedro había desaparecido por completo,

devorado por una marea densa de salmuera y agua de lluvia que me llenaba la boca de un sabor metálico.

«Hora y media», me advertí mientras bajaba el segundo tramo de escaleras hacia la galería de intendencia. «Apenas hora y media antes de que las glándulas se abran».

A lo lejos, en el piso superior del alcázar, el eco sordo de los clarines de guardia rebotó contra los muros de sillería.

Eran tres toques secos, espaciados y graves: la señal de cierre de puertas secundarias.

El capitán Thorne no había esperado a que terminara la segunda danza.

Darian había proclamado el salvoconducto de honor ante la corte entera, pero el segundo mando de la guardia estaba moviendo sus piezas en la oscuridad de los pasadizos exteriores,

aprovechando el desconcierto del Consejo para estrangular las salidas bajas antes de que yo pudiera alcanzar los establos.

Me deslicé bajo el arco de una bóveda ciega.

En la penumbra del deambulatorio, dos criados que arrastraban un carro de leña verde se apartaron de golpe al verme pasar.

No fue miedo a mi jubón ni respeto a la máscara de terciopelo; fue el hedor discordante que empezaba a emanar de mis hombros: una mezcla rota, violenta y caótica de humo de forja y feromonas de marea que hizo que uno de los mozos se tapara la nariz con la manga de su sayal antes de persignarse.

Giré a la derecha, buscando la rampa que descendía hacia las caballerizas cubiertas.

Detrás de mí, a una veintena de pasos en la oscuridad del corredor alto, sonó el roce seco de una suela sobre el mortero suelto.

Me detuve contra la mampostería, conteniendo el aliento.

No era el paso pesado y marcial de los soldados de Thorne, ni el chasquido metálico de las cotas de malla. Eran pisadas rápidas, ligeras y medidas, acompañadas por el tintineo sordo de frascos de vidrio amortiguados en cuero.

El médico real.

Recordé la mirada que Darian había cruzado con el hombre del maletín en la galería este antes de que yo cruzara el umbral del salón.

El soberano no me había enviado soldados con grilletes de hierro; me había mandado a su boticario personal con neutralizantes de veneno para impedir que mis pulmones colapsaran en el camino.

La compasión de un Alfa primal era una trampa más peligrosa que una celda.

Si dejaba que el médico me alcanzara, si permitía que vertiera una gota de jarabe en mi lengua o que me quitara la faja de lienzo para examinar la hinchazón de mi cuello, la farsa terminaría en ese mismo rellano.

Descubriría el linaje materno, el registro ausente y la sangre que mi madre había ocultado durante veinte años en la ceniza de los hornos.

Apreté los dientes y reanudé la carrera por la rampa de servicio.

La antesala del patio de carretas estaba a oscuras, iluminada únicamente por la rendija de una linterna sorda colgada junto a la traba del portón de roble.

Llegué al pie de la escalera con los pulmones ardiendo y las rodillas temblando por el esfuerzo de sostener mi propio peso.

El frío del exterior se filtraba por las rendijas de los maderos, pero dentro de mi ropa el calor era tan sofocante que el sudor me corría por los pómulos bajo la máscara, pegando la seda a la piel como una quemadura fresca.

Me llevé la mano a la faltriquera del jubón.

El collar de latón —el dispositivo que me había quitado en la buhardilla antes de beber el bloqueador— estaba ardiendo a través de la tela del forro.

Las placas de metal poroso, saturadas por años de residuos químicos y calor corporal, vibraban con un zumbido casi imperceptible, sobrecargadas por el rebote glandular que se acumulaba en la base de mi nuca.

Frente a mí, a diez varas, la puerta de salida hacia el patio cubierto estaba bloqueada.

Una rastra de hierro forjado había caído sobre las guías de piedra, cerrando el vano con una hilera de dientes afilados que se clavaban tres pulgadas en el suelo de losas.

Al otro lado de los barrotes, en el recinto empedrado donde los caballos de tiro descansaban bajo los cobertizos de paja, divisé las siluetas de cuatro guardias de la guarnición con las sobrevestas negras de la guardia personal.

Llevaban ballestas cortas terciadas al pecho y faroles de aceite humeantes que proyectaban sombras alargadas sobre la nieve pisoteada.

—El capitán dijo que nadie cruza hacia el camino real sin sello de intendencia —decía uno de los soldados, golpeando la nieve de sus botas con la contera de la vaina—. Si el enmascarado intenta salir por las cuadras, lo clavamos contra las tablas y después preguntamos al Consejo.

—El soberano dio salvoconducto en la pista central —replicó el más joven, ajustándose el barboquejo del yelmo con manos enguantadas—. Si Thorne se equivoca, seremos nosotros los que colguemos de las almenas.

—Thorne no se equivoca de noche, muchacho. Mantén la cuerda tensa.

Retrocedí despacio hacia la sombra del contrafuerte, midiendo las distancias con la respiración entrecortada.

La rastra principal estaba trancada. El camino de carretas estaba cubierto por ballesteros. El tordo que había dejado en el cobertizo estaba a cincuenta pasos, pero cruzar el patio abierto a pie bajo los faroles equivalía a recibir un virote en el omóplato antes de alcanzar las bridas.

Entonces, un espasmo violento me dobló el torso en dos.

Fue una sacudida brutal, una contracción muscular que me desgarró el diafragma y me arrancó un gemido sordo contra la tela de la capucha.

En el interior de mi garganta, la barrera del bloqueador se quebró como un cristal fino bajo un martillazo.

La falsa presencia de Alfa noble —esa capa artificial de cedro seco y resina que me había permitido cruzar las puertas de Asteria— se evaporó en una fracción de segundo, disuelta por el fuego que me recorría la médula espinal.

Y desde mis glándulas inflamadas, desde la piel de mi cuello y la raíz de mi cabello, una oleada pura, concentrada y salvaje de mi verdadero aroma Omega se desató en el pasadizo.

Lluvia sobre piedra tibia. Flor nocturna de los pantanos. Sal de marea abierta.

El aire en la galería se volvió tan denso que los dos sabuesos de presa atados al poste exterior de las caballerizas levantaron las cabezas al unísono.

No gruñeron con la cautela de quien huele a un intruso.

Soltaron un aullido largo, agudo y enloquecido, arañando la madera del cobertizo con las garras y tirando de las cadenas de hierro con una desesperación animal que hizo temblar los postes de la techumbre.

—¡Los perros! —gritó el sargento en el patio—. ¡Algo ha salido por la rampa de servicio! ¡Abran los faroles!

El haz de luz amarilla barrió los barrotes de la rastra, buscando en la oscuridad del pasadizo.

Me pegué contra el muro occidental, donde el canal de desagüe de las cocinas viejas formaba una hendidura estrecha en la sillería.

El conducto de descarga de agua de deshielo.

Mi madre me lo había descrito hacía diez años: una arqueta de piedra por donde los antiguos cocineros arrojaban el agua sucia hacia el foso bajo, cerrada por una reja de hierro podrida por el salitre.

Me arrodillé sobre los adoquines helados.

Mis dedos temblaban con tal violencia que apenas logré descorrer el cerrojo carcomido de la reja. El óxido me desgarró la palma de la mano derecha, dejando un reguero caliente de sangre sobre la piedra, pero el hierro cedió hacia adentro con un crujido chirriante.

Un segundo espasmo me golpeó la espalda.

Esta vez, el dolor fue tan agudo que vi destellos blancos delante de los ojos. Mis costillas crujieron bajo la faja de lienzo; sentí la presión de mis propios huesos empujando contra el vendaje, exigiendo el espacio que seis años de supresión les habían negado.

Bajo mi piel, la loba no estaba esperando permiso.

Estaba rompiendo la carne.

La resonancia del contacto con Darian Corven en la pista de baile, sumada a la toxicidad del bloqueador envenenado, había activado el mecanismo biológico más antiguo de mi estirpe: la transformación defensiva involuntaria.

Me arrastré de cabeza por el conducto de piedra, con el pergamino de mi madre aplastado contra el pecho y el frío del fango invernal empapándome las rodillas.

Salí al terraplén del patio bajo jadeando por aire limpio.

La nieve me rodeó las muñecas como un collar de agujas heladas. Estaba en la base del muro exterior, a quince varas de los cobertizos y a diez pasos del portillo secundario que daba al foso seco y a la linde del bosque de abedules.

El cielo sobre Asteria era una cúpula negra salpicada de estrellas frías.

A lo lejos, en la torre más alta del Alcázar de Vhal, el gran reloj de bronce inició su tañido solemne.

Un golpe grave. Dos golpes.

Las campanas de la medianoche.

Cada campanada vibraba en mis tímpanos con el peso de una maza de forja.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas humanas ya no respondían a las órdenes de mi cerebro.

Los tendones de mis tobillos se tensaron con una rigidez dolorosa, estirándose hacia atrás; mis dedos se crisparon sobre la nieve mientras las uñas se engrosaban, oscureciéndose en puntas de hueso negro que se clavaron en la tierra congelada.