Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 7 El Alfa imposible #3
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Capítulo 7 El Alfa imposible #3

Ella dio un paso en falso. El tacón de su bota resbaló una pulgada sobre el mármol pulido, y tuve que sostenerla con ambos brazos para que no perdiera el equilibrio frente a los cuatrocientos testigos que nos observaban.

Al acercarla contra mi pecho, su frente rozó la curva de mi mandíbula.

Fue un segundo de contacto absoluto.

El calor de su piel encendida me inundó los sentidos; sentí el latido enloquecido de su corazón golpeando contra mis costillas a través de las capas de cuero y lino,

y mi lobo soltó un aullido mudo de posesión que me obligó a clavar los talones en el suelo para no envolverla entre mis brazos y sacarla de esa sala maldita antes de que el mundo entero descubriera lo que era.

Ella no se apartó de inmediato.

Durante dos compases de música, mientras los violines alcanzaban el crescendo del tema invernal, apoyó su peso contra mi cuerpo con una rendición momentánea, casi imperceptible, como si el contacto con mi presencia Alfa fuera lo único que aliviaba el fuego atroz que le consumía las venas.

—Estás enferma —le susurré al oído, con la voz ronca por el esfuerzo de contener a mi bestia—. La fórmula que bebiste está saturando tus glándulas. Si no recibes un neutralizador antes de dos horas, la loba en tu interior intentará romper la transformación y te desgarrará los músculos.

Ella levantó la cabeza despacio.

Sus ojos estaban empañados por el sudor de la fiebre, pero la determinación que brillaba en su fondo era inquebrantable.

—Prefiero que me desgarre mi propia loba a vivir encerrada en una perrera con el collar que su corte considera legal —dijo, mirándome directamente a los ojos.

La música llegó a su acorde final con un redoble prolongado de los tambores de parada.

Nos detuvimos en el centro exacto de la sala.

La danza había terminado.

Nadie aplaudió.

El silencio en el Salón del Solsticio era tan denso que parecía una antesala de combate.

Odran bajaba ya los escalones del estrado con los escribanos del Consejo detrás de él, y en las arcadas de la galería alta vi a Riven Thorne haciendo una seña discreta a seis soldados con ballestas cortas para que tomaran posiciones en las salidas norte.

Podía dar la orden en ese instante. Podía decir una sola palabra y mis guardias rodearían a la enmascarada, la desarmarían y la llevarían a la torre oriental para interrogarla bajo custodia real. Tenía el derecho legal, la fuerza militar y la justificación política para hacerlo.

Pero miré sus dedos temblorosos, el sudor que le empapaba el nacimiento del cabello bajo la máscara y la forma en que su respiración luchaba por encontrar espacio dentro de la faja de lienzo.

Si la entregaba a la guardia, Thorne la arrojaría a un calabozo común para justificar su estado de excepción. Si la entregaba al Consejo, Odran la usaría como un trofeo de sangre para forzar un matrimonio de emergencia y anular cualquier reclamación legítima sobre su herencia.

Y mi bestia no permitiría que nadie pusiera una mano sobre ella.

Di un paso atrás y solté su mano despacio, dejando que sus dedos resbalaran de los míos.

—El protocolo de la danza se ha cumplido —dije en voz alta, con un tono firme y resonante que llegó hasta los rincones más alejados del salón—. El invitado de los valles del oeste tiene salvoconducto de honor durante el Solsticio.

Un murmullo de indignación recorrió las filas de los nobles.

Lord Odran llegó a tres pasos de nosotros, con el rostro descompuesto por la cólera:

—¡Darian! ¡Esto es una afrenta intolerable a las casas de la meseta! Exijo que la guardia identifique a este—

—El Consejo tendrá su audiencia a la medianoche, mi señor —lo interrumpí con frialdad implacable, interponiendo mi cuerpo entre mi tío y la figura enmascarada—. Ahora, despejen el centro de la sala. La segunda danza corresponde a los señores del norte.

Miré hacia la galería este, donde Iven Ardel observaba la escena desde la barandilla con su maletín de boticario al hombro.

Nuestras miradas se cruzaron.

Asentí una sola vez hacia el corredor de las terrazas, a la vista de la enmascarada.

Iven comprendió la orden al instante: no cazar, no capturar con violencia; seguir el rastro y estar preparado para intervenir cuando el cuerpo de la enmascarada colapsara. El médico real se dio media vuelta y bajó por la escalera de servicio sin hacer ruido.

Aprovechando la barrera que mi cuerpo formaba frente a Odran y los cortesanos, la figura del jubón verde dio dos pasos rápidos hacia atrás, se deslizó entre dos columnas de pórfido y desapareció en la penumbra del deambulatorio que conducía a las terrazas bajas.

A lo lejos, en la torre más alta del Alcázar de Vhal, la primera campana de las diez y media de la noche comenzó a tañer con un sonido grave y metálico que vibró en los cristales de las ventanas.

No me quedaba mucho tiempo antes de que el olor de la enmascarada, que por ahora solo mi lobo percibía, resultara evidente para todos los invitados.

Me ajusté la capa de lobo sobre el hombro, encaré a los consejeros enfurecidos que me rodeaban y sentí en la palma de mi mano el calor residual de sus dedos: un fuego ajeno que acababa de quemar todos los puentes de mi reino.