Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 7 El Alfa imposible #2
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Capítulo 7 El Alfa imposible #2

Una vibración salvaje me recorrió el antebrazo, subió por mi clavícula y golpeó el núcleo de mi lobo con la fuerza de un rayo cayendo sobre un roble centenario.

Ella dio un respingo visible; sus labios se abrieron para soltar un jadeo mudo y sus dedos se crisparon sobre mi palma, clavando las uñas con una fuerza instintiva que casi atravesó el cuero.

Durante un segundo eterno, en el silencio del corredor helado, la máscara de resina y cedro se desvaneció por completo.

El aire entre los dos se inundó de un aroma tan denso y luminoso a lluvia de verano, musgo mojado y sal de marea que tuve que apretar los dientes para no inclinar la cabeza sobre su cuello y reclamar con la boca esa piel que la mentira intentaba ocultarme.

«Omega», rugió la voz antigua en mi sangre. «Una Omega de estirpe pura».

Cerré mis dedos alrededor de los suyos con una firmeza que no admitía resistencia, sosteniendo su mano como si fuera la única cosa sólida en un mundo a punto de desmoronarse.

—Respira —le susurré, sintiendo el temblor que le recorría el brazo—. Si te desmayas aquí, Odran y Thorne decidirán tu destino antes de que termine la noche.

Ella apretó la mandíbula, tragó aire helado por la nariz y me sostuvo la mirada con una ferocidad que me cortó el aliento.

—Puedo soportarlo —dijo, con la voz rota pero firme como el acero templado.

Aparté la cortina con mi hombro izquierdo y la conduje de vuelta hacia la luz dorada del Salón del Solsticio.

El silencio que cayó sobre la sala cuando cruzamos el umbral fue tan absoluto que se pudo oír el chasquido de la cera de los candelabros goteando sobre las bandejas de plata.

Las cuatrocientas personas congregadas en el salón se quedaron inmóviles.

En el estrado de honor, Lord Odran se puso de pie con el rostro encendido por una furia lívida, derramando su copa de vino sobre el paño de terciopelo de la mesa.

A tres pasos de él, Lady Celene Valen y su madre permanecían petrificadas; la joven Alfa tenía los ojos desorbitados por el asombro, mientras que Maevra entrecerraba los suyos, escudriñando con una sospecha helada la figura del enmascarado que caminaba a mi lado,

buscando en la ropa un rastro que su mente se negaba a aceptar.

No les di tiempo a reaccionar.

Conduje a mi acompañante al centro exacto del círculo de mármol blanco y negro, donde los cuatro grandes candelabros de araña vertían una lluvia de luz sobre las baldosas.

Los músicos de la galería alta, desconcertados por la anomalía pero entrenados para obedecer el protocolo soberano, atacaron los compases principales de la danza con un golpe seco de timbal y el lamento sostenido de los violonchelos.

Nos colocamos frente a frente.

Hice la reverencia reglamentaria de la Corona: el puño derecho sobre el corazón, el cuerpo erguido y la cabeza apenas inclinada.

Ella respondió con la reverencia de los fueros del oeste: un paso atrás con la pierna izquierda, la mano derecha cruzada sobre la cintura y una inclinación profunda y medida que mantuvo su máscara a la altura de mi esternón.

El movimiento fue fluido, limpio y aristocrático; ninguna criada de granja y ningún peón de camino se movía con semejante memoria corporal.

Me acerqué un paso.

Coloqué mi mano derecha en su espalda, justo debajo del omóplato izquierdo.

Bajo el cuero del jubón sentí de inmediato la rigidez anormal de la faja de lienzo: una atadura apretada y asfixiante que le aplastaba el torso para ocultar cualquier curva femenina.

Su respiración golpeaba contra esa coraza textil en sacudidas cortas y superficiales.

Su cuerpo entero ardía; la tela de su ropa desprendía un calor que me quemaba la palma del guante, mientras sus glándulas aromáticas continuaban bombeando una mezcla caótica de resina química y pulsos intermitentes de sal marina.

Ella posó su mano izquierda sobre mi hombro derecho.

Iniciamos el primer giro de la Rueda de Invierno.

Nuestros pasos se acoplaron sobre el mármol con una naturalidad desconcertante.

Para los nobles que nos rodeaban en un círculo silencioso, la escena era un enigma político incomprensible: el soberano de Eryndor abriendo el Solsticio con un Alfa desconocido que vestía ropas de un feudo menor y ocultaba su rostro tras una máscara de plata.

Podía oír los murmullos contenidos, las apuestas que se cruzaban entre los barones del sur y las miradas acusadoras de los emisarios de la casa Karr.

Me incliné ligeramente hacia su oído mientras completábamos la primera vuelta del compás.

—El jubón es de lana tejida en telar de peine ancho —dije en un murmullo que solo ella podía escuchar—. Ese patrón no se fabrica en Asteria desde hace veinte años. Pertenecía a la casa Valen antes de la peste del río.

Sentí cómo los músculos de su espalda se tensaban bajo mi mano.

—La casa Valen tenía tierras libres en la meseta —respondió, sin mirar a la multitud, con la vista fija en el broche de hierro de mi capa—. Las telas antiguas duran más que las promesas de la corte.

—Tu perfume dice que eres un señor de sangre pura —continué, guiándola en el segundo compás hacia el centro de la pista—.

Pero tus ojos me dicen que estás a punto de colapsar por la fiebre.

Y mi bestia me dice que la resina que compraste en el mercado negro no podrá tapar tu verdadero aroma por mucho tiempo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga y desafiante.

—Entonces aproveche la danza, mi señor —susurró, con un destello de fuego en los ojos—. Porque cuando den las doce, no encontrará a nadie a quien colgar en sus almenas.

—¿Por qué viniste a Vhal? —pregunté, aumentando la presión de mi mano sobre su cintura para obligarla a no apartarse en el giro—. ¿Quién te dio la fórmula? ¿La Marea Gris?

La palabra «Marea Gris» resonó entre nosotros como un trueno silencioso.

Vi una sombra de auténtico desconcierto cruzar su mirada tras la filigrana de plata.

—No sé de qué marea me habla —respondió, y por primera vez su voz no sonó calculada, sino áspera, directa, desprovista de adorno—. Vine a este alcázar a recuperar lo que una ladrona me robó bajo la complicidad de sus escribanos. Nada más.

—¿Un documento de la casa Valen? —pregunté, arriesgando la única relación que podía trazar entre la tela y los informes de Iven.