Capítulo 7 El Alfa imposible
Darian
El salón se congeló como un lago bajo una helada de medianoche.
No necesité dar una orden para que los cuatrocientos nobles que abarrotaban la pista de baile retrocedieran hacia los zócalos de pórfido.
Bastó la presión sorda de mi lobo, esa marea pesada de cedro oscuro y hierro que se expandió desde el centro de mi pecho, empujando a los Alfas menores a encoger los hombros y a las damas de la meseta a replegar sus abanicos de seda contra el pecho.
A mi espalda, la voz de mi tío Odran sonó como un chasquido de látigo contenido:
—Darian. La heredera de la casa Karr está en el estrado norte. Si cruzas la sala hacia las terrazas, el Consejo considerará tu desplante como una ruptura del protocolo de Solsticio.
No me detuve.
—¿Estás seguro de eso, tío? —respondí, sin volver la cabeza ni aminorar el paso—. No uses el Consejo para disfrazar tus advertencias.
—El hecho es que tienes a doce señores con derecho a voto esperando una señal de alianza —siseó el anciano, apretando el paso para seguirme el ritmo, mientras el crujido de su túnica de brocado denunciaba su cólera—.
No puedes arrojar el invierno entero por la borda por lo que sea que haya llamado tu atención.
No era cualquier cosa.
El olor que había desgarrado el aire del salón a treinta pasos de distancia no era el perfume dulce de las hijas de los barones ni la lavanda rancia con la que los comerciantes disfrazaban su nerviosismo.
Era el mismo rastro de lluvia sobre piedra tibia, flor nocturna y sal marina que yo había rescatado casi dos semanas atrás del residuo carbonizado de la barcaza en la esclusa cuatro.
Pero esta vez no estaba muerto sobre un trozo de madera quemada.
Estaba vivo. Latía con una furia desesperada bajo una capa gruesa de resina de pino y humo de forja que intentaba, torpemente, imitar la presencia de un Alfa de sangre noble.
Mi bestia arañó el interior de mis costillas con un gruñido profundo que me tensó los músculos del cuello.
No era una orden de ataque; era una exigencia biológica absoluta, violenta y territorial que me nubló la vista con un destello de calor ambarino.
Reconocimiento. La certeza física de que esa criatura enmascarada que intentaba deslizarse hacia el deambulatorio oriental no era un espía cualquiera, sino la otra mitad de una balanza que llevaba años vacía.
«Mantiene el paso firme», registré con frialdad militar mientras esquivaba a un grupo de oficiales de la guarnición. «Pero apoya el peso sobre los talones y se pega a las sombras de los pilares. Conoce los ángulos ciegos de la sala».
A diez pasos del arco que conducía a las terrazas exteriores, el capitán Riven Thorne apareció desde la penumbra de un contrafuerte, con la mano izquierda apoyada en el pomo de su espada de gala y dos soldados de la guardia personal cubriéndole los flancos.
—Mi señor —dijo Thorne, cuadrándose en el centro del pasillo con una rigidez calculada—. Mis hombres detectaron una irregularidad en el deambulatorio de servicio. Si me permite cuatro guardias, aseguraré al intruso antes de que alcance los patios bajos.
Miré a Thorne a los ojos. El capitán tenía la mirada fija en la capa verde oscuro que acababa de desaparecer tras la cortina de terciopelo morado.
—No intervengas, capitán —ordené con voz baja, midiendo cada sílaba.
—Es una violación de seguridad en la noche del Solsticio, soberano.
—He dicho que no intervengas —repetí, dejando que el peso de mi presencia Alfa cayera sobre sus hombros como un bloque de granito—.
La guardia permanecerá en sus puestos de la galería.
Si alguno de tus hombres desenvaina una hoja en este salón sin mi orden expresa, lo haré colgar de las almenas al amanecer.
Thorne apretó las mandíbulas, tragándose la respuesta, y dio un paso atrás hacia el muro.
Aparté la cortina de terciopelo con el dorso de la mano enguantada y entré en el corredor de la terraza.
El aire del corredor era diez grados más frío que el del salón principal. La corriente helada entraba por los ventanales de arco apuntado que daban al abismo de los jardines cubiertos de nieve, agitando las llamas de los candiles de bronce colgados de las ménsulas.
La figura del jubón verde estaba a seis pasos del portal exterior.
Se había detenido con una mano apoyada contra la jamba de piedra, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo demasiado rápido para un Alfa que acababa de cruzar una sala sin correr.
—Las puertas exteriores están cerradas con cerrojo de guardia desde las nueve —dije, avanzando despacio por las losas de granito, cerrándole el ángulo de escape hacia la izquierda—. A menos que tengas las llaves de la intendencia militar, este pasillo solo tiene una salida.
La figura no saltó ni gritó. Se dio la vuelta con una lentitud deliberada, pegando la espalda a la mampostería, con la barbilla levantada y las manos abiertas a la altura de las caderas, a la vista.
La máscara de terciopelo negro y filigrana de plata le cubría la frente, los pómulos y el caballete de la nariz, pero dejaba al descubierto una boca de labios firmes, pálidos por la tensión, y una mandíbula afilada que mostraba una blancura inmaculada bajo la sombra de la capucha.
Sus ojos, oscuros y brillantes como carbones encendidos, se clavaron en los míos sin parpadear.
No había sumisión en esa mirada. Había un desafío silencioso, tenso y desesperado que me hizo apretar los puños dentro de los guantes.
El olor que desprendía a esa distancia era un choque brutal: la corteza de cedro seco y la resina amarga del bloqueador llenaban el corredor con la autoridad fingida de un señor de frontera, pero debajo de ese disfraz químico, a cada exhalación que salía de sus labios entreabiertos,
una ráfaga pura de lluvia fresca, flor nocturna y sal marina me golpeaba el rostro como una ola en pleamar.
La bestia en mi interior gimió, un sonido sordo y hambriento que me vibró en el paladar.
—Un corte de jubón de los valles del oeste —dije, midiendo la distancia entre nosotros—. Paño de lino zurcido a mano en las costuras de las sisas y botas con herrajes de labor rural. No eres un enviado de las casas mayores.
—Los fueros antiguos de Eryndor no exigen diez generaciones de títulos para asistir a la Gala del Solsticio, mi señor —respondió.
La voz era baja, áspera y controlada, raspada en los bordes por una sequedad que intentaba esconder. Era un timbre modulado para parecer el de un joven señor de comarca, pero la cadencia contenía una precisión métrica que no pertenecía a los cuarteles ni a los establos.
—Los fueros antiguos exigen presentar el sello de linaje en la cancillería baja antes del toque de queda —repliqué, dando un paso más hacia adelante—. Y exigen no esconderse detrás de un pasadizo de intendencia cuando el soberano desciende al salón.
—No me estaba escondiendo. Buscaba aire limpio. El salón principal huele a cera rancia y a ambiciones que no me conciernen.
Una chispa de asombro cruzó mi mente. Nadie en Asteria —ni los duques del norte ni los consejeros de mi padre— se atrevía a hablar con semejante descaro frente a un Alfa primal sin bajar los ojos al suelo.
—¿Y qué te concierne a ti, señor de los valles? —pregunté, deteniéndome a dos pasos de ella—. ¿El archivo de dotes de la planta baja? ¿O las rutas de escape hacia los muelles del canal?
Su boca no tembló, pero vi cómo su garganta tragaba saliva con dificultad.
Bajo el cuello de la camisa de lino, la piel mostraba dos manchas rojizas sobre las glándulas laterales, inflamadas y calientes.
Su cuerpo irradiaba una temperatura anormal, una fiebre densa que traspasaba el cuero del jubón y que nada tenía que ver con el frío del corredor.
«Está sufriendo», comprendí con una punzada repentina en el estómago. «La droga que lleva en la sangre la está quemando por dentro».
Desde el gran salón, los primeros acordes de los violines y las violas comenzaron a elevarse, marcando el compás solemne y lento de la Rueda de Invierno: la danza ceremonial en la que el señor de la Corona debía tomar la mano de su primera pareja de la noche ante la mirada de todos los linajes.
Extendí mi mano derecha hacia adelante, con la palma abierta y los dedos firmes.
—Tu presencia en este corredor es una causa legal de arresto —dije, manteniendo la voz nivelada—. Pero el protocolo de la noche me otorga el derecho a reclamar la primera danza con cualquier noble que pise el recinto de Vhal.
Los ojos oscuros tras la máscara de plata se abrieron con una mezcla de pánico y furia contenida.
—Soy un Alfa, mi señor —dijo, con un tono cortante que intentaba erigir una muralla de formalidad—. Y un hombre.
—Te sorprendería la cantidad de cortesanos que eligen amantes masculinos.
Hace generaciones que las uniones entre hombres son legales.
Pero, por supuesto, los dos sabemos que mientes en ambas cosas —respondí, sin retirar la mano—.
Puedes entrar conmigo a esa pista y bailar tres compases, o puedo llamar a Thorne para que te conduzca al calabozo de la torre oriental y examine ese jubón hasta encontrar la muestra que llevas escondida en el pecho.
Ella miró mi mano enguantada como si fuera una brasa ardiendo en medio de la nieve.
Vi la duda cruzar su postura: calcular el espacio del corredor, medir la distancia hacia el portal trancado y comprender, con la lucidez implacable de quien sabe perder una escaramuza para salvar la guerra, que no tenía escapatoria física.
Despegó la espalda de la pared.
—Tres compases, mi señor —dijo, con una frialdad que me erizó la piel—. Y después me dejará marchar sin que sus perros me sigan por el camino real.
—Baila primero —contesté—. Después hablaremos de caminos.
Levantó su mano izquierda y la posó sobre mi palma abierta.
El contacto fue una sacudida brutal.
A través del cuero de mi guante, el calor de sus dedos me quemó como una plancha de hierro forjado.
Pero no fue solo la fiebre de la droga; fue la corriente inmediata, pura e incontrolable del vínculo biológico cerrándose entre nosotros.