Capítulo 6 El salón del Solsticio #3
«Cruza hacia la puerta del pórtico norte», me dije, dando el primer paso a lo largo de la columnata. «No te detengas. No hables con nadie».
Entonces, la música de los violines calló de golpe.
Un silencio pesado, denso como el plomo derretido, cayó sobre las cuatrocientas personas que abarrotaban el salón.
Los cortesanos se abrieron hacia los lados en dos filas perfectas, inclinando los torsos en una reverencia que rozó el suelo con la seda de sus mangas.
Al fondo de la nave principal, sobre el estrado del dosel negro bordado con el lobo de invierno, una figura descendió los tres peldaños de pórfido.
Era Darian Corven.
Mi mirada se clavó en él antes de que mi mente pudiera procesar la orden de apartarla.
El soberano de la Manada de la Corona no vestía las galas recargadas de los cortesanos de Asteria.
Llevaba una túnica de paño negro de corte militar, ajustada a su torso ancho por un cinturón de cuero tachonado de plata antigua, y una capa corta de lobo cenizo sobre el hombro izquierdo, sujeta con un broche de hierro forjado.
No llevaba corona; solo el cabello oscuro cortado a la altura de la mandíbula y unos rasgos afilados, duros, tallados con la severidad de quien ha pasado más inviernos en tiendas de campaña que en salones de baile.
Caminaba con la cadencia pausada y letal de un depredador que conoce cada rincón de su territorio y no necesita apresurarse para imponer su dominio.
Pero no fue su aspecto lo que me heló la sangre.
Fue su presencia.
La onda territorial de su lobo primal no era un olor común; era una fuerza física, una vibración profunda que atravesó el salón como un trueno subterráneo.
Cedro oscuro, hierro frío y humo de enebro.
Un aroma tan denso, puro y antiguo que hizo que el vello de mis brazos se erizara de golpe bajo las mangas del jubón.
A su lado, Lord Odran caminaba con paso lento, susurrándole algo al oído mientras le señalaba con un gesto discreto el grupo donde se encontraban las candidatas de la casa Karr.
Darian ni siquiera giró la cabeza hacia los señores del norte.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos de un color ámbar encendido que recorrían la multitud con un fastidio contenido, buscando algo que no encontraba en los rostros empolvados de la corte.
Di medio paso atrás, buscando la sombra protectora de la columna de pórfido.
Fue un error.
El movimiento de mi bota sobre el mármol provocó un leve roce de tela, apenas un susurro en medio del silencio general.
Pero el Alfa primal no necesitaba un grito para detectar una anomalía.
Darian se detuvo en seco en medio del salón.
Su cabeza se giró con una lentitud deliberada, como si un hilo invisible hubiera tirado de su atención desde el fondo de la nave lateral.
Sus ojos ámbar barrieron las tres primeras filas de cortesanos inclinados, cruzaron el espacio vacío de la pista de baile y se clavaron directamente en mí.
Treinta pasos de distancia.
Cuatrocientas personas en medio.
Y sin embargo, cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un impacto físico tan brutal en el centro del pecho que tuve que apoyar la espalda contra el granito de la columna para no doblar las rodillas.
No fue el miedo a la guardia. No fue el pánico a ser descubierta.
Fue una sacudida eléctrica, salvaje y primitiva, que me atravesó la médula espinal como un relámpago de fuego puro.
Bajo la armadura química del bloqueador de Soren, bajo los alcaloides y la resina amarga que me sofocaban la garganta, mi verdadera loba despertó de golpe con una violencia que me desgarró el aliento.
No aulló de dolor.
Respondió.
Fue un tirón visceral, un reconocimiento biológico tan devastador que la faja de lienzo alrededor de mi pecho pareció romperse bajo la fuerza de mis propios latidos.
Mi cuerpo entero vibró con una resonancia que no entendía y que jamás había sentido: una atracción ciega, magnética, que me empujaba hacia ese hombre con la urgencia de quien se está ahogando y ve una bocanada de aire sobre la superficie.
En la parte posterior de mi lengua, el sabor a resina desapareció durante un segundo eterno, sustituido por una oleada ardiente de agua de lluvia y sal marina.
Darian no apartó la vista.
Sus ojos se entrecerraron con una intensidad feroz, casi animal. Vi cómo sus hombros se tensaban bajo la túnica negra y cómo sus fosas nasales se dilataban ligeramente, buscando en el aire saturado de perfumes la fuente de esa perturbación que acababa de quebrar su control.
El soberano dio un paso hacia la nave lateral.
Lord Odran le puso una mano en el antebrazo para detenerlo, diciéndole algo con expresión alarmada, pero Darian apartó el brazo de su tío de un manotazo seco, sin romper el contacto visual conmigo ni por una fracción de segundo.
El terror me heló las sienes con una claridad espantosa.
La máscara no lo engañaba. La droga podía engañar a los sabuesos de la puerta y a los soldados del patio, pero frente a un Alfa primal, la mentira empezaba a resquebrajarse como hielo fino sobre agua profunda.
Y él venía hacia mí.
Me despegué de la columna y di media vuelta hacia el corredor de la terraza, con el pergamino de mi madre quemándome el pecho y la certeza aterradora de que la cacería acababa de comenzar.