Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 6 El salón del Solsticio #2
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Capítulo 6 El salón del Solsticio #2

Rebusqué bajo las capas de tela hasta que mis dedos tocaron una carpeta rígida de vitela oscura, sellada con una cinta de lino azul.

La saqué con las manos temblorosas por la urgencia.

El encabezado, escrito con la caligrafía apretada y firme de mi madre, era inconfundible: *Disposición patrimonial y reconocimiento de heredera legítima de la casa Valen*.

Rompí la cinta de lino y desdoblé el pergamino bajo la luz temblorosa del candil más cercano.

Mis ojos recorrieron las cláusulas notariales con rapidez, buscando las líneas que Maevra había intentado borrar de la historia:

*«Yo, Elayne Valen, en pleno uso de mis facultades y bajo la fe de los antiguos fueros de la meseta, declaro que todos los derechos sobre las tierras, aguas, molinos y edificaciones de la heredad Valen corresponden de manera exclusiva y perpetua a mi única hija biológica, Liora Valen,

nacida de mi carne y reconocida en el registro de sangre de mi estirpe. Ningún consorte, administrador o tutor designado tras mi muerte tendrá autoridad para enajenar,

gravar o dividir dicha heredad sin el consentimiento expreso y la firma sellada de la citada heredera al cumplir su vigésimo primer año…» *

Sentí un nudo apretado en la garganta.

Era la prueba legal. El documento que Maevra pensaba entregar a los notarios de la Corona esa misma noche para alegar mi supuesta incapacidad física y registrar la venta de la finca a espaldas de la ley.

Pero cuando pasé a la última hoja buscando el anexo del que Maevra había hablado en su dormitorio —el pliego que probaba el origen de mi madre y su vínculo con la Marea Gris—, me encontré con un borde rasgado.

Alguien había cortado la hoja final con una navaja fina.

El texto se interrumpía bruscamente tras la cláusula de mayoría de edad.

El anexo con el linaje proscrito no estaba en el baúl; Maevra lo había arrancado para guardarlo en su propio joyero o llevarlo cosido en el forro de su corpiño, temerosa de que los notarios reales descubrieran la sangre rebelde antes de asegurar el matrimonio de Celene.

Apreté los dientes con rabia contenida.

No tenía el anexo, pero tenía la cláusula principal: el pergamino que me devolvía mi nombre y mi tierra ante cualquier tribunal civil de Eryndor.

Doblé el documento con cuidado, lo envolví en el paño encerado que llevaba en la faltriquera y me lo metí en el pecho, asegurándolo entre la faja de lienzo y el forro interior de mi jubón de cuero.

El papel rígido me oprimía las costillas, pero ese peso era el primer trozo de verdad que sostenía en seis años de servidumbre.

Cerré la tapa del arcón, pasé el pestillo con la llave de Oria y me puse de pie.

En ese instante, un sonido metálico y prolongado bajó por el tiro de la escalera de servicio.

Eran los clarines de plata del Alcázar de Vhal, tocando la llamada de apertura del gran Salón del Solsticio.

Las campanas de la torre sonaron tres veces: eran las nueve de la noche.

Me quedaban tres horas antes de que la fórmula de Soren colapsara por completo.

Me ajusté la máscara de terciopelo, me aseguré de que la capa cubriera cualquier abultamiento en mi costado y eché a andar hacia la escalera que subía a la galería principal.

Tenía el pergamino. Ahora tenía que cruzar el salón, encontrar una salida hacia las caballerizas y desaparecer en la noche antes de que mi verdadero cuerpo despertara.

El Salón del Solsticio era un abismo de luz dorada, espejos de cristal veneciano y columnas de pórfido rojo que sostenían una bóveda pintada con constelaciones de plata.

Cuando empujé la puerta lateral que comunicaba con el deambulatorio de la galería alta, la música de la orquesta de cuerda me envolvió con la fuerza de una marea sonora.

Cuatrocientos cortesanos llenaban la pista central, moviéndose en un círculo concéntrico de reverencias pausadas, giros de terciopelo y capas de seda que arrastraban sus colas sobre las baldosas de mármol blanco y negro.

El aire era espeso, caliente y sofocante.

Oliendo a cera virgen de los grandes candelabros de araña, a vino especiado con canela y a los perfumes pesados que las casas nobles utilizaban para enmascarar la feromona de sus hijas, el salón entero parecía un inmenso hervidero de ambiciones contenidas.

Me mantuve junto a las columnas de la nave lateral, buscando con la mirada las salidas que daban a las terrazas del jardín bajo.

A veinte pasos de donde yo estaba, en el estrado reservado a las familias de la meseta oriental, divisé a Maevra y a Celene.

Mi madrastra vestía un traje de terciopelo morado con mangas acuchilladas en raso plateado y un tocado de perlas que le recogía el cabello oscuro en un moño rígido.

Tenía la espalda erguida como una pica de guardia, y sus ojos pequeños y afilados escudriñaban a cada caballero que pasaba frente a su posición con la frialdad de un tasador de caballos.

A su lado, Celene parecía una estatua de cera embutida en brocado azul marino; tenía las manos crispadas sobre el abanico de plumas y su aroma de Alfa joven —habitualmente agrio y dominante en la cocina de la finca— estaba diluido por el miedo y la sumisión que la presencia de los grandes señores

le imponía.

Ninguna de las dos miró hacia mi rincón. Para ellas, yo era una sombra arrodillada sobre el piso de ceniza del cuarto de costura a diez millas de distancia.

Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me secaba por el calor de los braseros.

Mi corazón martilleaba contra mis costillas a un ritmo frenético. El sudor me corría por la nuca, empapando el cuello de mi camisa de lino, y la presión en mis glándulas se volvía más densa a cada minuto, como si dos piedras calientes me apretaran los laterales del cuello.