Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 6 El salón del Solsticio
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Capítulo 6 El salón del Solsticio

Liora

En el patio bajo del Alcázar de Vhal, entregué las riendas del tordo a un mozo de cuadras que vestía la librea gris de la servidumbre real.

El muchacho ni siquiera se atrevió a levantar la cabeza para mirar la montura; en cuanto la ráfaga de cedro seco y humo mineral que salía de mi capa le rozó la cara,

retrocedió dos pasos arrastrando los zuecos por el fango helado y sujetó la brida con ambas manos como si estuviera recibiendo al semental de un general de frontera.

—Llévalo al cobertizo cubierto y dale avena seca —ordené, manteniendo la voz en ese tono bajo y áspero que la faja de lienzo me obligaba a usar—. Saldré antes de la medianoche.

—Sí, mi señor. De inmediato, mi señor.

Me ajusté la capa verde sobre los hombros y eché a andar hacia la escalinata de granito que conducía a la gran arcada del pórtico oriental.

El frío de la noche era intenso, de los que cuartean los labios en cinco minutos, pero mi piel seguía ardiendo bajo el jubón de cuero.

La fiebre del bloqueador de Soren no había remitido; corría por mis venas como una corriente de aceite hirviendo, empujando un latido sordo y pesado contra la base de mi cráneo.

En el bolsillo interior del jubón, la placa de latón del collar que me había quitado en la buhardilla estaba tan caliente que me quemaba la tela del forro a través de la camisa.

Bajo mis costillas, la loba no dormía. Estaba aplastada, doblada sobre sí misma bajo la costra de químicos y resina que me saturaba las glándulas, pero cada vez que el aire helado me entraba en los pulmones sentía sus garras invisibles arañando el fondo de mi garganta.

«Cuatro horas», me recordé mientras subía los peldaños de piedra pulida, esquivando a los criados que subían braseros de cobre humeantes. «Solo cuatro horas antes de que la resina se quiebre».

Me saqué la máscara del bolsillo y me la até sobre el rostro con los cordones de seda negra.

El terciopelo estaba frío contra mis mejillas afiebradas, y los bordes de filigrana de plata me cubrían desde la frente hasta el caballete de la nariz, dejando a la vista únicamente la línea de mi mandíbula y mis labios apretados.

En la entrada de la arcada, dos centinelas de la guardia personal con sobrevestas de terciopelo negro y lanzas de parada flanqueaban las puertas de roble tachonadas de bronce.

No me pidieron el salvoconducto. Bastó que me acercara a tres varas para que el aire entre las columnas se espesara con mi presencia impostada.

Uno de los soldados, un Alfa corpulento con la insignia de sargento en el hombro, cuadró los talones con un chasquido metálico y empujó la hoja derecha de la puerta hacia adentro, inclinando la cabeza con una reverencia seca y reglamentaria.

Crucé el umbral hacia el vestíbulo principal.

El calor del interior me golpeó como un muro de vapor perfumado.

El Alcázar de Vhal no celebraba el Solsticio con la sobriedad austera de los cuarteles de frontera; lo celebraba con el derroche de un reino que intenta ocultar sus grietas tras capas de cera virgen, aceites de jazmín importados del sur y ramas de abeto fresco colgadas de las balaustradas de mármol.

Había cientos de personas reunidas en el atrio de distribución: damas envueltas en terciopelos bordados con perlas fluviales, señores de los linajes del este con pieles de marta sobre los hombros y oficiales de la guarnición con bandas de seda roja cruzadas sobre el pecho.

El murmullo de las conversaciones era un rumor continuo de copas de cristal chocando, risas medidas y pasos arrastrados sobre las losas pulidas con cera de abejas.

Pero detrás de la música de los laúdes que bajaba desde la galería alta, el aire estaba saturado de tensión territorial.

Era una marea invisible pero asfixiante: decenas de Alfas de alto rango proyectando su presencia para impresionar a los heraldos del Consejo, Betas cortesanos midiendo distancias con miradas calculadoras y el rastro acre y nervioso de las candidatas que esperaban la apertura de los salones

interiores.

Mi cuerpo postizo —esa armadura de cedro noble y humo de forja que Soren me había fabricado con alcaloides— chocaba contra las ondas de los demás como una cuña de hierro en un estanque congelado.

Dos nobles de cabellos grises que discutían junto a una columna se callaron en seco al verme pasar; me miraron de soslayo, desconcertados por un aroma territorial que no reconocían pero cuya autoridad no se atrevían a cuestionar.

No me detuve a disfrutar del engaño.

Conocía la estructura del alcázar no por haber pisado sus alfombras, sino por los relatos que mi madre me susurraba en el desván cuando yo era niña y por los planos de intendencia que Maevra guardaba en el despacho de la finca.

Elayne había vivido en estas dependencias antes de que mi nacimiento la obligara a enterrarse en el anonimato rural; sabía que los documentos legales, las dotes registradas y los legados de las casas que acudían a la Gala no se subían al gran salón,

sino que se custodiaban en el archivo de la cancillería baja, en el ala norte del recinto.

Avancé hacia la izquierda, bordeando la multitud que se agolpaba frente a la gran escalera de honor.

Junto al corredor que llevaba a las cocinas y a los almacenes de bodega, un tapiz antiguo de lana cruda —que representaba la fundación de Asteria bajo el lobo de piedra— cubría una puerta de servicio estrecha, casi invisible en la penumbra de las columnas.

Miré a mi alrededor. Nadie me prestaba atención; los ojos de los cortesanos estaban fijos en lo alto de la escalinata, esperando el toque de clarines que anunciaría la entrada del Consejo.

Deslicé la mano bajo el borde del tapiz, encontré el pestillo de hierro y empujé la madera.

Entré en el pasadizo y cerré a mi espalda.

El ruido de la fiesta se apagó de golpe, sustituido por el silbido del viento colándose por las aspilleras del muro exterior y el goteo rítmico del agua de deshielo sobre las canaletas de plomo.

El corredor de servicio era estrecho, frío y olía a humedad vieja y aceite de lámpara barato. Las paredes de piedra sin desbastar conservaban la escarcha del invierno en las juntas, y el suelo de adoquines desiguales estaba marcado por el paso constante de carretillas de leña.

Apreté el paso. El contraste térmico entre el vestíbulo caldeado y la corriente helada del pasadizo me hizo castañear los dientes, pero el calor de la fiebre que me quemaba el pecho no cedió ni un ápice. El collar en mi bolsillo parecía hervir contra mis costillas.

Al llegar al recodo que descendía hacia la cancillería baja, me detuve en seco.

Una luz amarilla temblaba en el rellano inferior, acompañada por el sonido de pasos pesados sobre la grava y el roce metálico de vainas de espada chocando contra tachuelas de cuero.

Me pegué contra la sombra de un contrafuerte de piedra, conteniendo la respiración.

—El capitán Thorne fue muy claro con las órdenes de puerta —dijo una voz áspera desde el descansillo, con la cadencia nasal de los soldados de la guarnición central—.

Todo carruaje que no lleve el sello de los cinco linajes mayores debe ser desviado al patio de carretas para una inspección secundaria.

Especialmente los que vienen de los distritos fluviales.

—Los Alquimistas Reales ya revisaron los primeros diez convoyes, sargento —respondió otra voz, más joven y vacilante—. Lord Odran ordenó que no se demorara a las familias que traen candidatas con carta de presentación del Consejo.

—A Odran le interesa cerrar una boda antes de que termine la semana, muchacho —replicó el primero con un bufido despectivo—.

A Thorne le interesa que las esclusas del río sigan bajo control militar durante la primavera.

Si esta noche se declara una brecha de seguridad en el alcázar, el Consejo tendrá que firmar la prórroga del estado de excepción y cederle a la guardia el mando de las aduanas del oeste.

Así que mantén los ojos abiertos en el corredor del archivo.

Los pasos se alejaron hacia la galería de las caballerizas, acompañados por el chasquido rítmico de las botas sobre la piedra.

Esperé a que el eco se disipara por completo en la oscuridad del túnel.

«Una brecha de seguridad fingida para tomar las aduanas», pensé, sintiendo una punzada de frío en el estómago. La corte no era más pura que la finca de Maevra; solo tenía alfombras más caras y guardias mejor armados para disfrazar sus robos.

Bajé los últimos seis escalones con pisadas ligeras.

Al final del tramo se abría la antesala de la cancillería baja: una estancia abovedada con dos mesas de roble repletas de libros de registro encuadernados en badana, tres candiles de sebo parpadeando sobre repisas de hierro y una hilera de arcones de viaje alineados contra el muro oriental.

Eran los baúles que los criados de las familias nobles habían depositado esa misma tarde para que los notarios reales examinaran títulos de propiedad, dotes matrimoniales y certificados de linaje antes de las audiencias de la medianoche.

Caminé entre los arcones, leyendo las placas de latón grabadas con los blasones familiares.

Casa Karr. Casa Sarr. Casa Vane.

En el extremo de la hilera, casi oculto bajo una manta de paño pardo, encontré el baúl grande de madera de nogal reforzado con cantoneras de hierro negro: el arcón de viaje de Maevra Valen.

Me arrodillé sobre una rodilla, con el jubón tensándose sobre mi espalda.

La cerradura era de doble pestillo, de manufactura antigua de la meseta. Metí la mano en la manga izquierda y saqué la llave de latón que Oria me había escondido en el carrete de hilo hacía dos semanas.

El metal encajó en la ranura con una precisión perfecta.

Giré la muñeca despacio. El mecanismo cedió con un chasquido sordo que resonó en la bóveda vacía como un disparo de ballesta.

Abrí la tapa de nogal.

El interior olía a lavanda seca, alcanfor y al perfume dulzón de madreselva que Maevra utilizaba para tapar su aroma agrio de Alfa menor.

En la parte superior había dos vestidos de seda de Celene doblados entre pliegos de papel de seda, una caja de rapé de plata y varias carpetas de cuero atadas con cintas de cáñamo.