Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 5 Piel prestada #2
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Capítulo 5 Piel prestada #2

No me había oído caminar sobre las losas de piedra; fue el olor lo que la alcanzó.

La mujer dejó caer el atizador sobre el ladrillo con un golpe metálico que resonó en el silencio de la estancia.

Se dio la vuelta con las manos temblorosas apretadas contra el delantal, encogiendo los hombros por puro reflejo biológico, con la mirada clavada en el suelo a dos palmos de mis botas.

—Mi señor… —tartamudeó, con la voz ahogada por el pánico de una Beta acostumbrada a ceder el paso a los Alfas de la casa—. No… no sabía que teníamos visitas de la meseta. ¿Desea que despierte al mozo para que ensille un caballo?

Sentí una punzada extraña en el estómago: una mezcla de asombro y amargura que me heló la sangre.

Llevaba seis años sirviendo a esa mujer, limpiando sus ollas, recibiendo sus reproches por la sal de la sopa y soportando sus miradas de lástima fingida.

Ahora, bastaba una gota de resina y un aroma prestado para que ni siquiera fuera capaz de levantar los ojos para ver mi rostro bajo la sombra de la capucha.

—No hace falta —respondí.

Mi propia voz sonó distinta: más grave, seca, modulada por la opresión del lienzo sobre mi pecho y la sequedad que los alcaloides habían dejado en mi garganta.

—Deje la puerta abierta y vuelva a sus quehaceres —añadí, sin detenerme.

—Sí, mi señor. Enseguida.

Salí al patio sin mirar atrás.

El aire exterior me golpeó como un latigazo de hielo. La ventisca comenzaba a arreciar, levantando remolinos de nieve en polvo sobre los adoquines del corral.

Caminé hacia los establos. Barek, el mozo de cuadras viejo, estaba ajustando la cincha del tordo de labor bajo la luz amarilla de una linterna de aceite colgada de una viga. El hombre tenía sesenta años, la espalda doblada por el reuma y el olor rancio de los peones que duermen sobre la paja.

Cuando entré en el cobertizo, el caballo bufó y dio un paso atrás, golpeando los tablones del pesebre con el casco.

Barek se giró con el ceño fruncido, pero antes de que pudiera abrir la boca, la onda de cedro y humo que salía de mi capa llenó el establo.

El viejo palideció al instante. Soltó la correa de cuero, se quitó la gorra de lana con un manotazo torpe y se pegó contra el poste de madera, doblando el cuello hasta que su barbilla tocó su pecho.

—Perdone, mi señor —dijo con la voz temblorosa—. Creí que era el peón de la leña. El carruaje de la señora partió al mediodía, pero si necesita montura para alcanzar el convoy de la corte, este animal es fuerte, aunque sea algo pesado de boca.

—Ensíllalo con la albarda de viaje y pon la manta encerada sobre el anca —ordené, manteniendo las manos dentro de la capa.

—En un minuto está listo, señor. En un minuto.

El hombre se movió con una prisa servil que jamás había visto en él. Ajustó la cincha con dedos apresurados, colocó el bocado de hierro en la boca del tordo sin que el animal protestara y me entregó las riendas de cuero con una reverencia que casi lo hizo tropezar con el cubo de la avena.

Monté de un salto.

El calor de la droga me quemaba los muslos a través de las calzas de paño, pero la fuerza que sentía en las piernas era real, tensa y precisa.

Acomodé el pase de aduanas en el bolsillo superior, me até la capa alrededor del cuello y saqué al caballo al camino real al trote corto, dejando a Barek inclinado bajo la nieve con la gorra entre las manos.

El camino hacia Asteria era un río de barro congelado y rodadas profundas cubiertas por una capa fina de nieve blanca.

A medida que me acercaba a los ramales principales del canal, el tráfico aumentaba.

Grupos de jinetes con capas forradas de piel, carruajes cerrados con los blasones de las casas de la meseta y partidas de guardias montados avanzaban hacia las murallas de la capital bajo el resplandor de decenas de antorchas de pez que chisporroteaban contra el viento del norte.

El frío era cortante, capaz de entumecer los dedos en diez minutos de marcha, pero mi cuerpo hervía bajo la ropa.

La fiebre del bloqueador mantenía mi temperatura alta, empujando una vibración continua a lo largo de mi columna vertebral.

Cada cierto tiempo, un espasmo involuntario me recorría los tendones de los brazos: la loba intentando romper la armadura química que la mantenía prisionera,

arañando la base de mi cráneo con una urgencia sorda que me obligaba a clavar los talones en los estribos para no perder el equilibrio sobre la montura.

En el bolsillo del jubón, el collar de latón estaba tan caliente que parecía una brasa de carbón apoyada contra mis costillas.

«Aguanta», me ordené, apretando las riendas con los guantes de cuero. «Solo cinco horas. Solo hasta tener el pergamino en las manos.»

A dos millas de las puertas de Asteria, el camino se estrechaba frente al puente de la esclusa número cuatro.

Un destacamento de diez guardias de la Corona con capas enceradas y sobrevestas con el lobo negro controlaba el paso de carruajes.

Dos oficiales con linternas de latón examinaban salvoconductos mientras cuatro soldados con lanzas cortas obligaban a los conductores de carros a apartarse hacia la orilla del canal para registrar las cargas de heno y las cajas de provisiones.

Junto a la caseta del peaje, atados a dos argollas de hierro clavadas en la piedra, dos sabuesos de presa de pelaje oscuro y mandíbulas anchas olfateaban el aire con gruñidos bajos.

Sentí una sacudida helada en la garganta.

Eran los sabuesos de los Alquimistas Reales, entrenados para detectar el olor dulzón de los supresores clandestinos o la ausencia aromática de los Omegas no registrados.

El carruaje de cuatro caballos que me precedía —un coche cerrado con el escudo de un barón del sur— se detuvo frente a la barrera de madera.

El cochero mostró un pergamino con sello lacrado; los guardias revisaron el interior con una antorcha, intercambiaron dos frases secas con el ocupante y levantaron la tranca de hierro para dejarlo pasar.

Hice avanzar al tordo despacio, manteniendo el paso firme sobre las piedras mojadas del puente.

Uno de los soldados —un Alfa joven con la espada corta al cinto y una cicatriz reciente en la oreja izquierda— levantó la mano izquierda para ordenarme que me detuviera.

—Salvoconducto o registro de linaje para la noche del Solsticio —dijo con tono rutinario, sin levantar la vista de su cuaderno de guardias.

No respondí con palabras.

Me incliné sobre el arzón de la silla, dejando que el ala de mi capa se abriera un palmo hacia adelante.

La ola de aroma que se desprendió de mi cuello no fue sutil. Fue un golpe seco de cedro, resina amarga y humo de fundición que cortó el aire helado del puente como una navaja afilada.

El soldado se interrumpió a mitad de la frase. Sus ojos se abrieron con sorpresa; sus hombros se tensaron de inmediato y su barbilla cayó un par de pulgadas en un gesto involuntario de deferencia marcial.

Los dos sabuesos de presa junto a la caseta dejaron de gruñir. Uno de ellos bajó las orejas y se echó sobre las patas delanteras, gimiendo hacia el suelo; el otro dio dos pasos atrás, apartándose del borde del camino con el rabo entre las piernas.

—Pase de tránsito de los valles del oeste —dije, mostrando la placa de latón de la finca entre los dedos enguantados—. Vengo a la cancillería de Vhal antes de la medianoche.

El guardia ni siquiera tocó el metal. Miró el blasón desgastado de la placa, olió la presencia abrumadora que llenaba el espacio entre mi montura y su puesto y retrocedió un paso completo hacia la barandilla de piedra.

—Pase, señor —dijo, cuadrándose con el puño derecho sobre el pecho—. El carril izquierdo del patio de armas está despejado para los señores de la meseta. Que la noche le sea propicia.

—Y a la guardia —respondí, con la voz pareja.

Tiré de las riendas y crucé el puente al trote largo, oyendo a mi espalda el chasquido de la barrera de hierro al levantarse de nuevo.

El corazón me latía tan fuerte que me dolían las sienes.

Había pasado el primer control sin que nadie me pidiera un nombre, sin que revisaran mis alforjas y sin que los sabuesos dieran la alarma.

La mentira funcionaba. El veneno que Soren me había vendido en el sótano del canal era una llave maestra que abría las puertas que a mí me estaban vedadas por nacimiento.

Pero el precio estaba cobrándose ya.

Al final de la rampa empedrada que subía hacia las murallas de Asteria, un mareo repentino me nubló la vista durante dos segundos. Me llevé la mano a la boca para ahogar una arcada seca.

En la parte posterior de la lengua, mezclado con el amargor de la resina, sentí un regusto tenue, casi imperceptible, de agua de lluvia y sal marina.

La loba estaba arañando el cerrojo.

Apreté los dientes, tragué saliva y miré hacia lo alto de la colina.

Frente a mí, recortado contra el cielo negro de la tormenta, el Alcázar de Vhal se alzaba con sus torres de granito iluminadas por cientos de antorchas encendidas.

Las campanas de la torre del reloj comenzaron a doblar las ocho de la tarde, un tañido grave y profundo que resonó sobre los tejados de la ciudad como el anuncio de una batalla.

Me quedaban cuatro horas antes de que la máscara se rompiera.

Me ajusté la capa verde sobre los hombros, toqué la máscara de terciopelo en el bolsillo de mi pecho y espoleé al tordo hacia las puertas del alcázar.

No había vuelta atrás.

Iba a recuperar lo que era mío o moriría convertida en ceniza sobre el mármol de los Alfas.