Capítulo 5 Piel prestada
Liora
Durante siete días, el desván olió a lana vieja, cera derretida y hollín frío.
La casa había quedado sumida en un silencio extraño tras la partida de Maevra y Celene hacia la capital.
Abajo, en las cocinas y en los almacenes del patio, Mina y los cuatro peones de temporada trabajaban con la lentitud de quienes saben que el látigo de la dueña está a diez millas de distancia.
Yo aprovechaba cada hora muerta entre la limpieza de los graneros y la cuenta de los sacos de avena para encerrarme en el antiguo cuarto de costura.
Sobre la mesa de pino tenía extendidas las prendas que mi madre había guardado en el fondo del arcón de cedro antes de morir: una camisa de lino crudo de corte amplio, un jubón de montar de cuero curtido con refuerzos de badana en los costados y una capa corta de paño verde oscuro,
ribeteada con cordón de seda negra descolorida por el tiempo.
Eran las ropas de mi padre. Pertenecían a un linaje menor de los valles del oeste que ya nadie recordaba en Asteria.
Con las tijeras de sastre descosí las pinzas de la espalda para ganar holgura sobre los hombros y rehíce las costuras de las sisas con hilo encerado doble.
Envolví mi pecho con una faja de lienzo grueso, apretando cada vuelta hasta que el aire entraba en mis pulmones en ráfagas cortas y medidas, aplanando cualquier curva bajo la tela rígida del jubón.
El frasco de vidrio cobalto descansaba en el fondo de mi jergón, envuelto en un retal de fieltro junto a la escama de cera azul y la llave de latón que Oria me había deslizado en el costurero.
Al atardecer del día veinte, la puerta de la buhardilla chirrió despacio.
No escondí las tijeras. Me quedé de pie junto a la ventana, con la espalda apoyada contra el marco de madera y las manos a la vista.
Oria se detuvo en el descansillo, envuelta en un chal de punto gris. Llevaba las mejillas enrojecidas por el viento que entraba por las rendijas del tejado y una cesta pequeña de mimbre en el brazo izquierdo.
—Mina dice que no has bajado a cenar —dijo, mirando de reojo el jubón de cuero sobre la mesa.
—Tenía que terminar de zurcir las mantas para el carro de carga —respondí.
Oria entró dos pasos en la habitación. Sus ojos oscuros, habitualmente esquivos, recorrieron la faja de lino sobre la silla, los retales de badana cortados en el suelo y las botas de montar que yo había limpiado con grasa de caballo esa misma mañana.
Olía a jabón de lavanda común y a masa de pan recién horneada; el olor templado y neutro de una Beta que intenta pasar desapercibida entre dos voluntades que la sobrepasan.
—Mi madre envió una nota esta mañana con el mensajero del correo —murmuró, sacando de la faltriquera de su delantal un pliego doblado con el sello de los escribanos del Consejo—. Celene pasó la primera criba de presentación. Mañana a medianoche entrarán al salón grande de Vhal.
—Lo sé.
—Dicen que el alcázar estará cerrado con tres anillos de guardias desde la puesta del sol.
Oria dejó la cesta sobre el borde de la mesa. En el interior había dos rebanadas de pan de centeno con manteca y una manzana asada que aún conservaba un poco de calor.
Bajo la servilleta de lino blanco asomaba una placa de latón del tamaño de una moneda de plata, perforada en el centro y sujeta a una anilla de alambre de hierro: el pase de peaje que los carromatos de la finca utilizaban para cruzar los puentes del canal sin pagar aduana.
—El viento tiró eso en el pasillo de la entrada —dijo, sin mirarme a la cara—. Alguien podría pisarlo y romperlo.
Extendí los dedos y toqué el borde gastado del latón.
—Oria.
—No me digas nada, Liora —me interrumpió con voz queda, y por primera vez en meses su tono no sonó sumiso, sino asustado y tenaz—.
No quiero saber a qué huele ese frasco que tienes escondido debajo de la paja.
No quiero saber por qué has cortado las mangas de la ropa de mi padre.
Solo… no dejes que te cuelguen en la plaza del mercado.
Si mi madre vuelve aquí y encuentra la finca vacía, me obligará a casarme con el administrador del molino antes del deshielo.
Se dio media vuelta y bajó los escalones de madera con pasos rápidos, dejándome sola con el pan, el pase de aduanas y el ruido de la lluvia congelada golpeando contra las tejas.
La tarde del día veintitrés cayó sobre el valle como una cortina de ceniza húmeda.
A las cuatro, el cielo ya era una bóveda de plomo amoratado que amenazaba con descargar una tormenta de aguanieve sobre los caminos de la meseta.
En el patio trasero, el último carro de víveres había partido hacía dos horas hacia Asteria.
Los establos estaban en penumbra; solo quedaba el tordo viejo de labor que los peones usaban para arrastrar los troncos de leña y una mula chúcara atada al pesebre del fondo.
Esperé a que el reloj del salón diera las seis. Entonces me encerré en la buhardilla por última vez.
Me vestí despacio: las calzas de paño negro ajustadas a las piernas, las botas de cuero alto con las suelas reforzadas con clavos de cabeza ancha, la camisa de lino atada al cuello con cordones de cuero y el jubón verde sobre la faja que me oprimía las costillas.
Me ajusté la capa corta sobre el hombro izquierdo, dejando libre el brazo derecho para manejar las riendas.
En el bolsillo interior del forro deslicé la máscara de gala de terciopelo negro y plata que había rescatado del arcón de Elayne.
Me senté en el borde del taburete y saqué el frasco de vidrio cobalto.
La cera oscura del tapón estaba intacta. El grabado de la ola y la luna quebrada brillaba débilmente bajo la luz de la única vela de sebo que tenía encendida.
Mis dedos temblaban.
Me llevé las manos a la nuca y abrí el pasador del collar de latón.
El metal salió con un chasquido frío. Lo guardé en el bolsillo interior del jubón, tal como Soren me había ordenado; la placa estaba fría, pero la piel de mi cuello ardía al contacto con el aire libre, hipersensible, bombeando pequeñas oleadas de calor hacia la mandíbula.
Rompí el sello de cera con la uña del pulgar.
El olor que escapó del vial fue inmediato y violento: resina fósil concentrada, corteza amarga de pino negro, alcohol purificado y una nota penetrante de humo de carbón que me secó la mucosa de la nariz en un segundo.
Recordé las palabras del médico en el sótano del callejón del Clavo: *Treinta minutos para que actúe. Unas seis horas. Si el frío te alcanza de golpe y la sal te llena la boca, sal de inmediato.*
Me llevé el cuello de cristal a los labios y tragué el líquido de un solo golpe.
El compuesto era espeso como aceite tibio y amargo como hiel de buey. Me quemó la lengua, raspó las paredes del esófago y cayó en mi estómago con el peso de una piedra al rojo vivo.
Durante diez segundos no pasó nada salvo la náusea sorda del sabor metálico en la boca.
Luego, el fuego se expandió.
Fue una sacudida brutal, un estallido térmico que me recorrió las arterias como si alguien hubiera inyectado plomo fundido directamente en mi sangre.
El corazón me dio un vuelco salvaje contra el esternón, acelerando su marcha a un ritmo enloquecido que me ensordeció los oídos con un zumbido continuo.
El sudor me brotó en la frente, en la nuca y en las palmas de las manos; sentí que la habitación entera daba una vuelta completa sobre mi cabeza y tuve que clavar los dedos en el borde de la mesa de pino para no desplomarme sobre el entarimado.
Bajo mis costillas, la loba no despertó con cautela.
Chocó contra una pared de hierro.
Fue una sensación asfixiante, desgarradora: el instinto animal intentando expandirse ante el calor de la droga y encontrándose atrapado, sofocado bajo una capa artificial de químicos que le aplastaban las fauces y le doblaban las extremidades hacia adentro.
La loba aulló en mi interior, un impulso mudo de dolor y desconcierto que me arrancó un gemido ronco entre los dientes apretados.
—Puedo soportarlo —susurré, clavando las uñas en la madera hasta que la piel de los nudillos se volvió blanca—. Puedo soportarlo.
El ardor comenzó a mutar.
La fiebre no bajó, pero la dirección del calor cambió. Dejó de quemarme el estómago y subió hacia las glándulas aromáticas a ambos lados de mi tráquea, hinchándolas con una presión densa, pesada, casi sólida.
Me acerqué la muñeca izquierda a la nariz.
El olor a lluvia y a piedra tibia había desaparecido.
En su lugar, mi propia piel despedía una presencia árida, dominante y altiva: madera de cedro viejo secada al sol, humo de brasero noble y una base metálica y cortante que llenaba el aire de la buhardilla con una autoridad que no dejaba espacio para respirar.
No era una fragancia; era una orden territorial.
Era el olor de alguien que nunca ha tenido que pedir permiso para entrar a una habitación, de alguien que da por sentado que los demás bajarán los ojos al cruzarse en su camino.
Me miré en el pequeño espejo de metal pulido colgado de la pared.
Mis ojos estaban brillantes, con las pupilas dilatadas por la fiebre química, y el cuello mostraba dos manchas rojizas sobre las glándulas tensas.
Pero los hombros parecían más anchos bajo el cuero del jubón y mi postura —erguida por la tensión de la droga y el dolor contenido— proyectaba una solidez fría que no reconocí en mi propio reflejo.
La fórmula no había cambiado mi rostro. El disfraz dependía de la faja, el jubón masculino de corte antiguo, la capucha, la voz reseca y aquella postura territorial.
El resto lo hacía el aroma: quien percibiera a un Alfa noble bajaría la mirada antes de comparar mis facciones con las de la criada a la que conocía.
En el bolsillo del jubón, el collar de latón que acababa de quitarme empezó a calentarse contra mi costado, absorbiendo por simpatía el exceso de radiación que mi cuerpo despedía.
Faltaban menos de seis horas para la medianoche.
Bajé la escalera trasera con pasos silenciosos y seguros.
El suelo de la cocina estaba en penumbra. Mina estaba de espaldas, atizando el fuego del hogar grande con un atizador de hierro para dejar las cenizas cubiertas antes de irse a dormir al ala de servicio.
Pasé a tres varas de ella hacia la puerta del corral.
Mina se detuvo en seco.