Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 4 El médico sin sello #2
16%

Capítulo 4 El médico sin sello #2

El Consejo ha llenado los salones de Alfas territoriales con dotes de guerra y árboles genealógicos de cinco siglos.

Los guardias están acostumbrados a apartarse cuando una presencia Alfa de alta alcurnia les pasa por delante.

Tomó uno de los viales de cobalto con unas pinzas de madera y lo sostuvo contra la luz de la lámpara.

El líquido en el interior no era transparente como el agua de los supresores comunes; era denso, de un tono ambarino oscuro que brillaba con reflejos violáceos al moverse.

—Esto no es un supresor —dijo Soren, bajando la voz—. Es un bloqueador de inversión glandular. No apaga tu aroma; lo satura con una base de resina fósil y alcaloides de raíz negra que reaccionan con tu calor corporal para proyectar la firma de un Alfa de estirpe noble.

Sentí una sacudida fría en la boca del estómago.

—¿Convertirme en un Alfa?

—Imitar la presencia de uno durante unas horas —corrigió el médico—. Tu voz sonará más firme, tu piel despedirá un calor seco y dominante y cualquiera que se acerque a tres pasos creerá que está ante una heredera de los valles del oeste que no rinde cuentas a ningún capitán de guardia.

—¿Y el coste?

Soren dejó el frasco sobre la mesa de mármol, entre los dos.

—El coste biológico es severo. La fórmula engaña a tus receptores primarios, pero tu loba sabrá que la estás asfixiando bajo una piel que no es suya.

La temperatura de tu cuerpo subirá tres grados; sentirás una presión constante detrás de los ojos y tu corazón latirá al doble de su velocidad normal.

Tienes unas seis horas. El esfuerzo adelantará los síntomas, y una descarga feromonal intensa puede precipitar el colapso antes de que se cumpla la ventana.

—¿Y si paso de las seis horas?

—El compuesto colapsa. —Soren me miró a través de sus gafas, con una seriedad que no admitía dudas—.

Cuando la resina se degrada, las glándulas aromáticas se abren de golpe para expulsar la toxina acumulada.

Tu verdadero olor saldrá con una violencia diez veces mayor que la habitual, acompañado de una fiebre que te impedirá mantenerte en pie.

Y si en ese momento estás cerca de un Alfa primal o sufres una descarga feromonal intensa, tu cuerpo forzará una transformación involuntaria para defenderse del envenenamiento.

Apreté las manos sobre mis rodillas. La memoria de mi madre, advirtiéndome que nunca permitiera que la loba saliera fuera de los bosques profundos, me golpeó con la fuerza de una bofetada.

—Una transformación en medio del salón del Solsticio —susurré.

—Sería tu sentencia de muerte —dijo Soren con sencillez—. Te cazarían en los corredores antes de que alcances las puertas del patio.

Miré el vial de cobalto. En su interior estaba la única forma de cruzar los controles de la corte, entrar a la cancillería de Vhal, abrir el baúl de Maevra y recuperar el testamento de Elayne antes de que los notarios anularan mis derechos de sangre.

Si me quedaba en la finca, Maevra vendería la tierra, quemaría el anexo de mi linaje y me dejaría morir en un rincón.

Si tomaba el frasco, arriesgaba la vida en una sola noche, pero lo hacía de pie, bajo mis propios términos.

—Lo tomaré —dije.

Soren no extendió la mano hacia las monedas.

En lugar de eso, abrió un cajón de madera bajo la mesa y sacó una jeringa de émbolo de vidrio con una aguja larga de acero pulido y tres viales pequeños y vacíos sujetos en un soporte de corcho.

—La plata no paga esta fórmula, muchacha —dijo, colocando la jeringa sobre el mármol.

Se me erizó el vello de los brazos.

—Tengo cuatro monedas de plata pura de la cancillería antigua. Valen más que—

—No me interesa tu plata. —Soren se calzó un par de guantes de cuero fino, limpios y desinfectados con alcohol—.

El bloqueador de inversión no es una receta de cocina que sirva para cualquier cuerpo.

Para calibrar los fijadores de resina con la densidad de tus glándulas, necesito una muestra de tu sangre sin filtrar y dos gotas de linfa de la muñeca.

—¿Para qué quieres mi sangre?

—Para que la dosis no te mate a los veinte minutos de tragarla —respondió él, sin pestañear—.

Cada linaje asimila los alcaloides a un ritmo distinto.

Si te doy una mezcla estándar calculada para una Beta de Asteria, el choque de temperatura te reventará los vasos de los ojos antes de que llegues a la escalinata de Vhal.

Había algo en su tono, una precisión demasiado ensayada, que me hizo desconfiar. Pero la necesidad era un dogal apretado en mi garganta.

—Solo una muestra —dije, extendiendo el brazo izquierdo sobre la mesa.

Soren me sujetó el antebrazo con dedos firmes, profesionales, pero implacables. Con un paño empapado en vinagre blanco me frotó la flexura del codo hasta que la piel enrojeció por el frío. Luego, tomó la aguja de acero.

El pinchazo fue hondo, un dolor agudo y punzante que me tensó los tendones de la mano.

El émbolo de vidrio retrocedió despacio.

La sangre oscura, densa y caliente, subió por el cilindro con un brillo rubí bajo la lámpara de aceite.

Soren llenó dos viales enteros, los tapó con cera caliente y los colocó con extremo cuidado en una caja de madera acolchada que guardó de inmediato en el estante inferior, lejos de mi vista.

Cuando retiró la aguja, me presionó un tapón de lino contra la vena.

—Aprieta ahí durante dos minutos —ordenó, dándome la espalda para manipular tres frascos sobre la balanza de precisión.

Lo observé trabajar mientras la sangre dejaba de manar.

Sus movimientos eran rápidos y metódicos: vertió dos gotas de un aceite espeso en el vial de cobalto, añadió una pizca de polvo grisáceo que pesó con una lámina de cobre y agitó la mezcla con movimientos circulares hasta que el líquido adoptó una textura sedosa, homogénea,

que despedía un vapor tenue con olor a cedro quemado y corteza amarga.

Soren selló el cuello del frasco con una cinta de lino impregnada en cera oscura. Luego, tomó un sello de latón pequeño que llevaba colgado del cuello por un cordel de cuero y lo presionó con fuerza sobre la cera tibia.

La marca quedó grabada con nitidez: una ola coronada por una línea quebrada. El trazo parecía demasiado elaborado para una simple marca de boticario.

Mi pulso dio un salto.

—¿Qué es esa marca? —pregunté, señalando el sello.

Soren levantó los ojos, pero su expresión no cambió en absoluto.

—Es la marca de grado de destilación para compuestos volátiles. Indica que la mezcla debe mantenerse en frío hasta el momento de su consumo.

—Parece el blasón de una casa noble.

—Los alquimistas usamos signos geométricos para clasificar reactivos, no para jugar a la heráldica —replicó él con voz seca, empujando el vial hacia mi lado de la mesa—.

Tarda treinta minutos en actuar. No lo bebas con alcohol ni con agua caliente.

Y no intentes comer nada sólido mientras dure el efecto; tu estómago no procesará alimentos mientras la loba esté dormida bajo el bloqueador.

Tomé el frasco de cobalto. El vidrio estaba frío, pero el líquido en su interior parecía vibrar con una energía contenida que me hizo cosquillas en las yemas de los dedos.

—¿Y el collar? —pregunté, mirando la pieza de latón que seguía sobre la mesa.

—Llévalo puesto apagado hasta el momento de beber la fórmula —dijo Soren—. Si los guardias de la puerta exterior ven que llevas el cuello libre, sospecharán antes de que la sustancia haga efecto. Cuando tomes el bloqueador, retíralo y déjalo en un bolsillo interior, lejos de las glándulas.

Guardé el vial en el bolsillo interior de mi corpiño, contra el calor de mis costillas, y me puse de nuevo el collar de latón, cerrando el pasador con un chasquido que me devolvió la opresión habitual en la nuca.

Dejé las cuatro monedas de plata sobre la mesa.

Soren no las tocó, pero tampoco las apartó.

—Una última advertencia, muchacha —dijo mientras me acompañaba hacia la escalera de madera—.

Si en algún momento de la noche sientes que tu piel se enfría de golpe y el sabor a sal te llena la boca, el colapso habrá empezado.

No intentes terminar lo que hayas ido a buscar.

Sal del alcázar de inmediato. Pueden quedarte minutos o una hora; no habrá una segunda advertencia.

—Lo tendré en cuenta —respondí, subiendo el primer peldaño.

—No lo tengas en cuenta —murmuró él desde la penumbra del sótano—. Hazlo. He visto a hombres más fuertes que tú desgarrarse los tendones al intentar pelear contra su propia sangre.

Empujé la trampilla de hierro.

El aire helado de Asteria me golpeó el rostro con la fuerza de un vendaval húmedo, trayendo consigo el olor a humo de chimenea, barro podrido y nieve inminente. Salí al callejón, bajé la tapa con cuidado de no hacer ruido y eché a andar hacia el camino del este con la capucha calada hasta los ojos.

La noche caía sobre los suburbios como un manto de plomo.

En mi pecho, el frasco de cobalto pesaba más que cualquier cadena de servidumbre.

Tenía nueve días antes de la Gala del Solsticio.

Nueve días para preparar la ropa, memorizar las entradas de servicio del Alcázar de Vhal y aprender a caminar con el peso de una mentira que podía costarme la cabeza.

Toqué el vidrio frío a través de la tela de mi vestido.

—Puedo soportarlo —me dije al viento que soplaba desde las colinas.

Y por primera vez en mi vida, el miedo no me impidió seguir caminando.