Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 4 El médico sin sello
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Capítulo 4 El médico sin sello

Liora

El barro de los suburbios de Asteria no se congelaba nunca del todo; se volvía una pasta negruzca y espesa, cargada de salitre, ceniza de las fundiciones y desperdicios de los curtidores del muelle bajo.

Salí de la finca antes de que los mozos de cuadra encendieran las linternas del cobertizo.

Maevra y Celene llevaban dos días instaladas en la posada del León Dorado, en el barrio alto de la capital, ocupadas con las costureras del gremio y las audiencias previas con los secretarios del Consejo.

Me habían dejado a cargo de inventariar los sacos de harina del molino viejo y empaquetar las mantas de invierno para el carruaje de carga que saldría hacia Asteria el día anterior al Solsticio.

Tenía doce horas antes de que Mina subiera a la buhardilla a pedirme la llave de la despensa.

Doce horas para cruzar diez millas de caminos empantanados, encontrar una calle que no figuraba en los planos oficiales y regresar con una sustancia capaz de llevarme al cadalso.

Caminaba con la falda de lana gris remangada sobre las enaguas de cáñamo y una capa basta de paño pardo cerrada sobre el pecho con un alfiler de hueso.

Bajo el cuello, el collar de latón me quemaba la piel con una vibración seca y sorda.

La media pastilla que Oria me había dado una semana atrás se había agotado la noche anterior; sentía una punzada continua en la base de la lengua, el pulso acelerado y un calor aceitoso trepando por los costados del cuello cada vez que el viento me daba de frente.

Mi propio olor —esa mezcla de lluvia tibia y resina que mi madre me había enseñado a borrar con jabón de ceniza— empezaba a filtrarse por los poros de mis muñecas, débil pero inconfundible para cualquier sabueso de la guardia que cruzara mi rastro.

Apreté el paso entre los callejones de la ribera baja.

El barrio de los boticarios clandestinos estaba impregnado de vapores de azufre que salían por los tubos de barro cocido de los sótanos.

Aquí no había faroles de aceite con el lobo de la Corona ni patrullas con cotas de malla brillantes.

Las puertas de las casas eran tablones desiguales reforzados con planchas de hierro oxidado, y los pocos hombres que se cruzaban conmigo caminaban con las capuchas caladas hasta la nariz, arrastrando los pies para no resbalar en las canaletas de desechos.

Me detuve frente al número siete del callejón del Clavo.

La fachada había sido una perfumería en tiempos del abuelo del soberano, cuando los linajes menores todavía mantenían talleres de esencias en la ribera del canal.

Ahora, el rótulo de madera podrida mostraba un frasco de vidrio quebrado grabado a fuego sobre el dintel, casi borrado por el moho verde.

Las ventanas estaban tapiadas con tablas de pino cruzadas y un olor penetrante a vinagre de madera y alcohol alcanforado flotaba alrededor del escalón de entrada, lo bastante denso para marear a un perro callejero.

No toqué la puerta principal.

Rodeé el edificio por el pasadizo lateral, donde el agua del canal golpeaba contra los pilotes de madera podrida con un chasquido rítmico de espuma sucia.

Al final de la tapia, semioculta tras un montón de duelas de barril rotas, había una trampilla de hierro fijada al suelo de piedra con dos bisagras pesadas.

Golpeé el hierro tres veces con la contera de latón de la llave que llevaba en el bolsillo. Una pausa. Dos golpes más, secos y rápidos.

Pasaron diez segundos en los que solo se oyó el silbido del viento cortando las tejas y el goteo del desagüe sobre el barro. Luego, un cerrojo chirrió por debajo.

La trampilla se alzó dos pulgadas. Una rendija de oscuridad espesa, templada por un calor sofocante y un olor acre a sal amarga y raíces hervidas, me golpeó la cara.

—La botica cerró hace cinco años —dijo una voz seca desde la negrura—. Los mendigos duermen en el muelle de las barcazas.

—Busco al maestro Nhal —respondí, sin soltar la llave dentro de la tela de mi manga—. Traigo moneda de plata y una recomendación del canal del este.

La trampilla se abrió despacio.

—Baja antes de que el vapor llame la atención de los peones de la esclusa.

Descendí por una escalera de madera empinada, con los peldaños resbaladizos por una capa fina de grasa de sebo.

El aire se volvía más caliente a cada paso, cargado con el sonido metálico de un fuelle funcionando a ritmo lento y el burbujeo continuo de varios alambiques de cobre alineados a lo largo de las paredes de ladrillo visto.

Soren Nhal empujó la trampilla con una pértiga de roble y pasó dos trancas de hierro antes de darse la vuelta.

Era un hombre de unos cincuenta años, enjuto, con la espalda ligeramente encorvada por décadas de inclinarse sobre mesas de destilación.

Llevaba una camisa de lino crudo manchada de reactivos amarillentos en los puños, un delantal de cuero grueso atado a la cintura y unas gafas de cristales redondos sujetas a las orejas con alambres de plata.

Su olor era el vacío característico de un Beta que ha trabajado demasiado tiempo entre ácidos: jabón de sosa, aceite de linaza y un rastro metálico que anulaba cualquier intento de leer su estado de ánimo.

—Cierra la capa —dijo, señalando con la barbilla un taburete de tres patas junto a una mesa de trabajo cubierta de probetas—. Apestas a miedo y a supresor barato. Si dejas que ese olor se mezcle con los vapores de éter, tendré que ventilar el sótano durante tres días.

Me senté en el borde del taburete, manteniendo las manos dentro de las mangas.

La habitación era amplia, excavada bajo el lecho de la calle, con un techo abovedado de piedra por donde cruzaban tuberías de plomo cubiertas de escarcha.

En las estanterías de pino no había frascos de botica común con etiquetas en lengua culta; había cientos de viales de vidrio oscuro, retortas de cuello torcido y bandejas de barro con polvos de minerales triturados que brillaban bajo la luz mortecina de dos lámparas de manteca.

—¿Quién te dio la señal de la trampilla? —preguntó Soren, acercándose a la mesa con un trapo sucio entre las manos para limpiar una espátula de plata.

—Un barquero de la esclusa cuatro —mentí, escogiendo una ruta que los mozos de la finca mencionaban al hablar del mercado negro—. Dijo que usted prepara compuestos que no pasan por el registro del Círculo Alquímico.

Soren soltó una risa breve, un sonido que pareció rasparle la laringe.

—Los barqueros de la esclusa cuatro hablan demasiado cuando tienen aguardiente en la tripa. Uno de ellos apareció flotando boca abajo en el muelle bajo hace dos noches con los bolsillos llenos de piedras. —Dejó la espátula sobre la mesa con un golpe seco—. Quítate el collar.

Dudé medio segundo.

—Quítatelo —repitió, con una frialdad que no admitía regateos—. No puedo saber qué necesitas si tienes tres onzas de latón prensado tapándote las glándulas como si fueras una yegua con muermo.

Me llevé las manos a la nuca. Mis dedos, entumecidos por el frío de la calle, tardaron en encontrar el pasador de seguridad.

Cuando el metal cedió y el collar se abrió, un ardor agudo me recorrió las vértebras cervicales.

El aire templado del sótano me tocó la piel sudorosa y sentí una punzada de mareo tan violenta que tuve que apoyar la palma en el borde de la mesa para no caer hacia adelante.

El aroma que se liberó no fue un estallido, pero llenó el espacio entre los dos con la fuerza de una marea tibia: lluvia limpia, piedra oscura y esa sal profunda que llevaba diez años intentando sofocar.

Soren no retrocedió. Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y me miró con una atención casi quirúrgica, inmóvil como una garza sobre un estanque.

—Vaya —murmuró, y por primera vez su voz perdió la aspereza de tendero clandestino—. Una Omega pura, criada en corral ajeno y drogada con residuos de corteza de sauce desde la pubertad. Es un milagro que tus pulmones no se hayan convertido en una esponja podrida.

—Necesito una dosis para la noche del Solsticio —dije, tragando saliva para calmar el ardor de la garganta—. Una fórmula concentrada que no deje rastro en los viales de los inspectores de puerta.

—¿Para la Gala del Solsticio? —Soren levantó una ceja canosa—. ¿Quieres entrar a los salones de Vhal oliendo a sirvienta Beta para servir vino en las mesas bajas?

—Quiero entrar como invitada.

El médico se quedó mirándome en silencio durante varios segundos. Luego, dejó el trapo sobre la mesa, cruzó los brazos sobre el delantal de cuero y se apoyó contra el borde del anaquel de destilación.

—Las invitadas nobles pasan por tres filtros antes de pisar el mármol del gran salón, muchacha.

El primer filtro es la guardia de la puerta exterior, que revisa pergaminos y armas.

El segundo es la cámara de vapor de los Alquimistas Reales, donde dos sabuesos entrenados huelen los dobladillos de las capas para detectar supresores comunes.

Si llevas una dosis de corteza o sales amargas, las bestias te marcarán antes de que cruces el patio de armas y los hombres de Thorne te colgarán de los tobillos en las mazmorras del foso.

—Por eso vine aquí —insistí, sacando de mi faltriquera una bolsita de tela que contenía cuatro monedas de plata que Elayne había dejado ocultas en el forro de su costurero y tres piezas de cobre que había ahorrado durante el otoño—. Me dijeron que usted puede ocultar cualquier rango.

Soren miró la bolsita sin tocarla.

—Ocultar no sirve de nada en el Alcázar de Vhal.

Una Omega sin olor es un hueco en el aire; los Alfas de la corte huelen el vacío como un lobo huele una trampa de hojas secas.

Si quieres cruzar las puertas sin que nadie te haga preguntas, no puedes esconder lo que eres.

Tienes que parecer algo tan peligroso que los inspectores no se atrevan a mirarte a los ojos.

Fruncí el ceño, tratando de entender lo que proponía.

—¿Un Beta de alto linaje?

—Los Betas no interesan a nadie en la noche del Solsticio —dijo Soren, caminando hacia el fondo del sótano, donde una hilera de frascos de cristal azul cobalto descansaba dentro de una caja de madera forrada de arena húmeda—.

El soberano necesita una consorte Alfa para no perder el norte.