Capítulo 3 Un reino sin consorte #3
Di un paso involuntario hacia el brasero, con los dedos crispados como si fueran a cerrarse sobre una garganta o sobre un cuerpo.
—¿De dónde salió esa tela? —exigí, y mi voz salió tan ronca, tan cargada del tono de mando primal, que Riven retrocedió medio cuerpo y apoyó la mano en la empuñadura de su espada por puro reflejo defensivo.
Iven apartó la espátula del fuego con rapidez, sofocando el humo con un tapón de barro.
—Estaba envuelta alrededor de uno de los frascos de destilación, señor —respondió el médico, con la voz cuidadosamente neutral, aunque sus ojos me estudiaban con una precisión quirúrgica—. El compuesto parece ser una resina de fijación aromática. Muy antigua. Muy compleja.
—No es una resina —dije, tratando de dominar el temblor que me recorría los antebrazos—. Eso no es una fórmula de boticario.
—Biológicamente, lo que acaba de quemarse es un residuo de glándula —precisó Iven, bajando el tono para que solo yo pudiera oírlo—.
La firma de una persona viva, no un perfume destilado.
Y por la respuesta de su pulso, me atrevería a decir que su lobo acaba de encontrar lo que llevamos dos años buscando en los salones de la corte.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
El olor ya se había dispersado en el aire frío de la cámara, pero la memoria de esa lluvia y esa sal seguía quemándome la parte posterior de la lengua como una brasa viva.
Mi bestia rascaba contra mis costillas, inquieta, exigiendo salir, rastrear, correr hacia el este siguiendo el canal congelado hasta encontrar el origen de esa presencia imposible.
La dominé con pura fuerza de voluntad. La obligué a retroceder, paso a paso, hasta encerrarla de nuevo bajo la armadura de mi disciplina.
—Riven —ordené, clavando la mirada en el capitán de la guardia.
—Señor.
—Confisca todo este cargamento bajo sello directo de la Corona. Nadie del Consejo, ni siquiera mi tío Odran, debe saber qué contenía esa bolsa.
—El conde Odran ya solicitó una copia del parte de aduanas de esta mañana —señaló Riven, con esa calma calculada que empezaba a resultarme peligrosa.
—Dile que el cargamento era aguardiente adulterado y cueros sin curtir. Y si una sola palabra sobre este residuo sale de esta habitación, te colgaré de las almenas de la puerta sur antes de que amanezca.
Riven me sostuvo la mirada durante dos segundos interminables. Luego inclinó la cabeza, recogió los frascos con movimientos metódicos y los guardó en la bolsa de lona.
—Entendido, mi señor.
Dio media vuelta y salió de la cámara con el paso firme de sus botas clavándose en el suelo.
Cuando la puerta se cerró, me apoyé con ambas manos en el borde de la mesa de mármol. El sudor frío me bajaba por la nuca, empapando el cuello de mi camisa de lino.
Iven se acercó con una toalla limpia y un vaso de agua fresca.
—Beba esto.
Tomé el vaso y lo vacié de un trago. El agua helada me calmó el ardor de la garganta, pero no apagó el fuego sordo que seguía latiendo en el centro de mi pecho.
—Eso no era una Alfa de linaje puro, Iven —susurré, mirando el fondo del vaso vacío.
—No, señor. Los Alfas no producen esa nota salina. Esa resonancia pertenece a una glándula Omega. Y una glándula de estirpe muy antigua, si la memoria de su lobo ha reaccionado con esa violencia.
—Las Omegas no existen en los registros de la nobleza de Asteria desde hace cincuenta años —dije, levantando la vista hacia él—.
El Consejo las clasificó como linajes protegidos bajo tutela de Estado y las dispersó por los distritos rurales para evitar que las manadas rebeldes formaran vínculos de poder fuera de la Corona.
—La ley puede escribir lo que quiera en los libros de la cancillería, señor Corven —dijo Iven, limpiando la espátula con un paño empapado en alcohol—. Pero la sangre de Eryndor no lee decretos reales.
Me puse derecho y me abroché los botones del jubón con dedos firmes.
—¿Cuánto falta para la Gala del Solsticio?
—Catorce días.
—Mantén preparados los laboratorios de la torre oriental. Y quiero que analices ese residuo hasta encontrar qué componentes de tierra o hierba acompañaban a la resina. Necesito saber en qué distrito, en qué finca y bajo qué techo se fabricó ese frasco.
—Será difícil sin levantar las sospechas de los alquimistas del Consejo.
—Entonces hazlo de noche.
Caminé hacia la salida de la cámara, pero me detuve con la mano en el picaporte de hierro.
Afuera, a través de la ventana alta del descansillo, el viento de la tarde arrastraba nubes densas y oscuras desde el norte, cubriendo las torres del Alcázar de Vhal bajo una sombra de plomo.
La nieve empezaba a caer sobre los tejados de Asteria, copos lentos y pesados que borraban las huellas en las calles bajas y cubrían los caminos que llevaban hacia los campos del este.
Toqué la empuñadura de mi espada corta.
Bajo mis costillas, la bestia seguía despierta, atenta al frío, esperando una señal que la ley de mi reino jamás me permitiría reclamar sin desatar una guerra.
—Dame algo —me susurré a mí mismo, empujando la puerta hacia el corredor helado.
El invierno apenas comenzaba.
Y la cacería ya no pertenecía al Consejo.