Capítulo 3 Un reino sin consorte #2
—Maevra Valen afirma haber saneado las cuentas y ofrece una dote en parcelas de cultivo. —Iven tomó el frasco correspondiente, pero no lo abrió—. Aunque los informes médicos adjuntos son… peculiares.
—¿En qué sentido?
—La candidata Alfa está en perfecto estado, pero la casa registra a una pariente llamada Liora Valen, clasificada como Beta con deficiencia respiratoria crónica, que consume cantidades inusuales de supresores de baja graduación.
No es un delito, pero indica que la familia gasta más en boticarios clandestinos de lo que declara ante el fisco.
La puerta de la cámara de examen se abrió de golpe antes de que pudiera responder.
El capitán Riven Thorne entró en la habitación con el paso largo y ruidoso de quien trae noticias que no pueden esperar a los cambios de guardia.
Llevaba la capa de servicio de la Corona manchada de barro fresco en los bajos y la empuñadura de su espada corta atada con la tira de cuero reglamentaria de las patrullas de asalto.
A sus treinta y tres años, Riven era uno de los Alfas más eficaces de la guarnición de Asteria: mandíbula cuadrada, pelo oscuro cortado a ras del cráneo y unos ojos grises que registraban las esquinas de cualquier estancia antes de mirar a las personas.
Olía a cuero empapado por la niebla, herraduras calientes y esa sequedad marcial de los hombres que duermen con las botas puestas.
—Señor —dijo, cuadrándose con una inclinación de cabeza apenas suficiente para el protocolo—. La patrulla del muelle bajo interceptó un cargamento en la esclusa número cuatro hace dos horas.
Me puse de pie, agradeciendo la interrupción.
—¿Contrabando común?
—No exactamente. —Riven avanzó hacia la mesa de mármol y dejó sobre el borde una bolsa de lona encerada, empapada de agua de río—.
Dos contrabandistas con botes de fondo plano intentaban descargar esto en el cobertizo de los curtidores.
Huían cuando vieron las antorchas; uno cayó al agua y el otro se tragó una cápsula de veneno antes de que pudiéramos atarle las manos.
Iven frunció el ceño y apartó sus probetas de examen para hacer sitio a la bolsa.
—¿Veneno de acción rápida? Eso no es propio de los rateros del río.
—Por eso vine directamente aquí en lugar de enviar el informe a la guardia urbana —respondió Riven, desatando la cuerda de cáñamo con dedos diestros—. El cargamento no traía seda ni aguardiente. Traía esto.
Volcó el contenido sobre el mármol blanco.
Seis frascos de vidrio verdoso, sin etiquetas ni marcas de gremio, rodaron sobre la piedra. Junto a ellos cayeron tres trozos de tela impregnada en cera oscura, un juego de sellos de plomo vacíos y un paquete pequeño envuelto en badana de cordero.
Iven se calzó unos guantes de cuero fino antes de tocar los frascos.
—Son viales de destilación clandestina —murmuró el médico, levantando uno contra la luz de la lámpara de aceite—. El líquido es denso, con sedimentos en el fondo. Huele a corteza de sauce y a sales amargas. Supresores no registrados, de fabricación casera.
—Hay miles de esos en los barrios bajos —dije, mirando a Riven—. Los jornaleros los usan para ocultar que sus hijos son Omegas y evitar que los inspectores de linaje del Consejo los obliguen a registrarse en los libros de servicio.
—Los jornaleros no pagan a remeros con monedas de plata acuñadas en el oeste, señor —replicó Riven con voz seca—. Y los jornaleros no transportan esto.
Tomó el paquete envuelto en badana y lo abrió con la punta de su daga.
En el interior no había drogas ni monedas.
Había un fragmento de pergamino grueso, del tamaño de una palma abierta, rasgado en los bordes como si hubiera sido arrancado con prisa de un documento mayor.
En la esquina superior derecha todavía se distinguía la huella de un sello de cera azul oscuro, quebrado en diagonal, con el grabado incompleto de una ola coronada por una luna menguante.
La Marea Gris.
El aire de la cámara pareció volverse más pesado. Riven mantuvo la vista fija en el pergamino, con esa frialdad profesional que siempre me hacía preguntarme cuánto de lo que sabía se quedaba fuera de sus partes oficiales.
—¿Dónde encontraron la barca exactamente? —pregunté.
—En la esclusa cuatro, señor. La que conecta el canal del este con los ramales secundarios que van hacia los distritos agrícolas.
—Esa esclusa está bajo vigilancia de la guardia de la puerta norte —señalé, clavando los ojos en su rostro—. No es una ruta que un contrabandista elija si no sabe de antemano qué turnos tienen órdenes de no revisar los bultos menores.
Riven no pestañeó. Ni un solo músculo de su mandíbula traicionó incomodidad.
—He ordenado arrestar al cabo de guardia de ese sector para interrogarlo esta misma noche. La seguridad de los accesos fluviales se ha reforzado desde el mediodía.
—Asegúrate de que el interrogatorio lo dirija un oficial de mi confianza, no uno de los tuyos —le advertí, dando un paso hacia la mesa—. Y quiero un informe completo sobre las fincas que reciben carros desde ese canal antes de que termine la semana.
—A la orden, señor.
Iven, que había estado examinando los trozos de tela encerada con una espátula de plata, levantó de pronto la cabeza.
—Señor Corven.
Había algo en su tono —una tensión clínica, desacostumbrada en un hombre tan sobrio— que me hizo girarme al instante.
—¿Qué encontraste?
—Mire esto. —Iven acercó la punta de la espátula a la llama del brasero de carbón.
Un residuo pegajoso, adherido a uno de los paños que envolvían los frascos, comenzó a calentarse con un silbido mínimo. Un hilo de humo blanco subió hacia el techo abovedado.
El olor llegó a mí antes de que pudiera dar dos pasos.
No era el pino agresivo de lady Vanya. No era la miel domesticada de lady Mirren. No era el perfume de ninguna Alfa noble, ni el olor amargo de los supresores baratos que inundaban los suburbios de Asteria.
Era agua de lluvia cayendo sobre piedra caliente en medio de una noche de verano.
Era una flor silvestre que abría en la sombra de un bosque espeso, húmeda y viva, y debajo de todo eso, como una corriente subterránea que arrastraba arena y conchas trituradas, una punzada salina, limpia y salvaje, impropia de cualquier rincón de estos valles secos.
Bajo mi pecho, la bestia primal no gruñó.
Se puso en pie.
Fue una sacudida tan violenta que el aire se me atascó en la garganta.
El corazón me dio un vuelco brutal contra las costillas; la sangre me zumbó en los oídos con la fuerza de un torrente desbordado y sentí una oleada de calor animal trepándome por la columna hasta la base del cráneo.
Mis pupilas debieron dilatarse al instante, porque la luz de las lámparas de aceite se volvió cegadora, hiriente, recortando cada arista de la habitación con una nitidez insoportable.