Capítulo 3 Un reino sin consorte
Darian
El mapa de Eryndor llevaba tres días clavado a la mesa de roble con cuatro dagas de parada.
En el norte, los linderos de la manada Karr estaban marcados con tinta roja.
Más de dos mil lanzas y los silos de grano que debían alimentar los cuarteles de Asteria durante el deshielo dependían de un único trazo sobre el pergamino.
Al oeste, las líneas de las costas se desvanecían en una franja en blanco donde la cancillería no se atrevía a dibujar caminos desde hacía veinte años: la frontera proscrita de la Marea Gris.
Apoyé los nudillos en el borde de la madera. El frío del granito subía por las suelas de mis botas, constante y tenaz como el viento que azotaba las troneras del Alcázar de Vhal. Olía a humo de enebro quemado en los braseros, a cera de sellar y al hierro de mi propia cota de malla.
—El conde Karr no enviará un solo saco de avena sin un contrato matrimonial ratificado ante el Consejo —dijo mi tío Odran.
Estaba de pie al otro lado de la mesa, envuelto en una capa de terciopelo forrada de marta cibelina que ocultaba la pérdida de masa muscular en sus hombros.
A sus sesenta y un años, Odran Corven conservaba la mirada pesada y paciente de los Alfas que han aprendido a gobernar mediante el desgaste ajeno.
Sus dedos, cargados de anillos de sello con el emblema de los antiguos pactos, tamborileaban sobre un legajo de pergaminos atados con cinta carmesí.
—El conde Karr tiene tropas en nuestra frontera y comida pudriéndose en sus graneros —respondí, sin levantar la vista del mapa—. Si retiene el grano, sus propios peones quemarán sus empalizadas antes del equinoccio de primavera.
—Sus peones comerán corteza de pino si él se lo ordena —replicó Odran con voz pausada, casi afectuosa—.
El norte no funciona como las calles bajas de Asteria, Darian.
Allí la sangre manda y exige una garantía de que la Corona no caerá en manos de una estirpe débil cuando tu bestia decida que este salón le queda pequeño.
Apreté los dedos contra el roble.
Bajo mis costillas, la presencia del lobo negro se revolvió con un gruñido sordo, una sacudida de calor que me tensó los tendones del cuello.
No era una voz; era un empuje físico, la memoria de los colmillos y el peso del músculo reclamando espacio contra la disciplina que me imponía desde el amanecer.
Mi padre había dejado que ese empuje gobernara sus audiencias durante sus últimos cinco años de vida.
Había destrozado tres mesas de consejo, arrancado la garganta a un emisario de los valles en medio de un arrebato territorial y terminado sus días encadenado a los muros de la torre baja mientras los clanes se repartían los distritos agrícolas como perros sobre un cadáver tibio.
La corte llamaba a eso grandeza primal. Yo lo llamaba ruina.
—Dame un hecho, tío —dije, enderezándome cuan largo era—. Deja los sermones sobre mi padre para los escribientes de la cancillería.
Odran deslizó el primer pergamino hacia el centro de la mesa. El sello de cera negra llevaba la marca de una cabeza de jabalí.
—Primera candidata: lady Vanya Karr. Veinticuatro años.
Alfa de estirpe pura, primera hija del conde.
Presenta quinientos jinetes pesados como dote directa y el control aduanero del paso de las Cumbres Blancas.
Los Alquimistas Reales examinaron su linaje en la luna llena pasada; su firma aromática es compatible con la casa Corven en un ochenta por ciento según las tablas de la corte.
—Lady Vanya intentó degollar a su hermano menor en el patio de armas para quedarse con la capitanía de su guardia —recordé, apartando el documento con el índice—. No busco un comandante para el flanco norte; busco estabilidad para este reino.
—La ambición en un Alfa no es un defecto, sobrino. Es una herramienta de mando.
—Es una grieta por donde sangran las fortalezas. ¿Quién sigue?
Odran cambió de pliego con un suspiro breve, ensayado para mostrar decepción sin perder la compostura.
—Lady Mirren Sarr, de los valles del este. Veintidós años. Alfa de segundo linaje, respaldada por la federación de molineros y los gremios de tejedores de la meseta. Su dote incluye el suministro de paño para la guardia durante cuatro inviernos y una renta anual de tres mil monedas de plata.
—Y su padre debe seis mil monedas a los prestamistas de la ribera baja —añadí—. Su alianza compraría nuestra deuda con el dinero que ellos mismos nos han robado en los peajes fluviales.
Odran apoyó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. El olor a tabaco seco y mirra que despedía su ropa se volvió más denso, cargado con esa autoridad calculada que solía paralizar a los Alfas jóvenes en las asambleas de clan.
—Estás descartando a las dos casas más poderosas de Eryndor a catorce días de la Gala del Solsticio. La guardia está inquieta, los distritos periféricos hierven con rumores de escasez y el Consejo no sostendrá tu derecho a veto si llegas a la noche ceremonial con las manos vacías.
—El Consejo ratifica mis tratados; no elige a la mujer que dormirá bajo mi techo.
—El Consejo protege la Corona de la extinción.
—Odran golpeó la madera con el anillo de canciller, un sonido seco que resonó en la piedra helada—.
Tu condición primal te hace fuerte en el campo de batalla, Darian, pero te convierte en una amenaza si no tienes una consorte Alfa capaz de anclar tu territorio.
Si tu bestia no reconoce a una compañera política entre las grandes estirpes registradas, el Consejo tiene la potestad de nombrar una regencia temporal hasta que cumplas con la ley de sucesión.
Lo miré a los ojos. No parpadeé.
El aire entre los dos se enfrió como si alguien hubiera abierto una tronera sobre la nieve.
Mi aroma de cedro y hierro quemado se expandió por el salón de mando, pesado, dominante, borrando la mirra de Odran hasta arrinconarla contra los tapices de la pared este.
El viejo noble retrocedió medio palmo, un movimiento involuntario que sus años de diplomacia no pudieron ocultar.
—Intenta redactar ese decreto de regencia, tío —le dije, con la voz baja y pareja—. Y comprueba cuántos capitanes de la guardia ponen su espada sobre tu mesa antes de que termine la tarde.
La cámara de examen aromático, en el ala oriental del alcázar, olía a alcohol purificado, vinagre de manzana y cristal caliente.
Las paredes de granito estaban cubiertas de estantes con frascos cilíndricos de vidrio oscuro, cada uno sellado con cera y marcado con una cifra en tinta indeleble.
Dos braseros pequeños de carbón vegetal mantenían la temperatura templada para evitar que los extractos feromonales se condensaran en el fondo de las ampollas.
Iven Ardel me esperaba junto a la mesa de mármol blanco, con las mangas de su camisa de lino sujetas con tiras de cuero en los codos.
El médico real era un Beta de cuarenta años, con el pelo castaño cortado al rape y unas manos firmes que habían suturado más heridas de garra que cualquier otro cirujano de Asteria.
Su presencia olía a jabón neutro y a hierbas secas, un vacío aromático que para mí siempre resultaba un alivio en medio del hervidero de la corte.
—Su tío parece molesto, señor —dijo Iven, sin levantar la vista de las tres probetas de cristal que alineaba sobre una gradilla de latón.
Me senté en el taburete alto frente a él y me desabroché los dos primeros botones del jubón de cuero.
—Mi tío cree que gobernar es un ejercicio de sumas en un libro de cuentas.
—Desde su perspectiva, lo es, pero los libros de cuentas no sangran cuando las negociaciones en la frontera salen mal.
Iven tomó unas pinzas de plata y rompió el sello del primer vial. Un vapor tenue, casi invisible, escapó del cuello estrecho.
—Muestra número uno: lady Vanya Karr. Extracto recogido durante su última fase de luna llena, fijado con aceite de almendras dulces según el protocolo de la cancillería.
Acercó la varilla de vidrio a cuatro dedos de mi rostro.
Inhalé por la nariz, despacio.
El olor me golpeó como una bofetada de viento seco: pino resinoso, sudor metálico y una nota acre de dominio Alfa tan cargada que me provocó un chasquido en la mandíbula.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato, no con interés, sino con una hostilidad puramente territorial.
Los músculos de mis hombros se endurecieron; los dientes posteriores buscaron morder.
—Rechazo de combate —anotó Iven en su cuaderno, mojando la pluma en tinta negra—. Su bestia la interpreta como una amenaza a la jerarquía de la manada, no como una potencial consorte. Si se encierran en una habitación durante tres días, uno de los dos saldrá en una camilla.
—Dile eso a Odran.
—Se lo he dicho dos veces esta semana. Me respondió que la fricción entre Alfas fortalece la estirpe.
—La fricción entre dos Alfas que no se toleran produce viudas y guerras civiles —dije, apartando la varilla con la mano—. Abre la siguiente.
Iven tapó el frasco y tomó el segundo cilindro.
—Lady Mirren Sarr.
El aroma que brotó de la segunda ampolla era diferente: lirios de agua macerados, miel tibia y una base de almizcle suave, deliberadamente atenuada por los boticarios de su casa para parecer dócil.
Inhalé otra vez.
Nada.
No hubo rechazo violento, pero tampoco hubo respuesta. Mi bestia ni siquiera se levantó de su letargo interior; el pulso siguió parejo, frío, indiferente como si estuviera oliendo un trozo de pan duro sobre una mesa vacía.
—Cero resonancia biológica —dictaminó Iven, rascando la superficie del papel con la pluma—. Una unión puramente protocolaria. Funcional para firmar tratados comerciales; inútil para estabilizar su transformación primal bajo presión de combate.
—¿Quedan más en la lista oficial?
—Media docena de casas menores de la meseta y del valle este.
—Iven señaló una bandeja con siete frascos más pequeños—.
Incluida una solicitud de última hora enviada desde el distrito agrícola: lady Celene Valen, presentada por su madre con una tasación de tierras y un árbol genealógico certificado por el registrador local.
—¿La casa Valen? —pregunté, frunciendo el ceño—. Creí que esa finca estaba hipotecada a los administradores de la ribera.