Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 2 Las invitaciones #3
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Capítulo 2 Las invitaciones #3

Se oía el roce metálico de una cerradura y el chasquido de un pestillo que encajaba—.

Pero la venta no puede cerrarse en el distrito.

El registrador local teme las cláusulas de herencia que Elayne dejó registradas en el libro mayor de la parroquia.

—¿Y qué importa lo que diga un clérigo de pueblo? —respondió Celene, con impaciencia—. Tú tienes el sello de la casa.

—El sello de la casa no basta cuando hay una cláusula de estirpe directa.

—Maevra suspiró, un sonido seco que reveló más cansancio del que mostraba de día—.

Tuve que retirar el testamento original del archivo del despacho.

Si ese documento cae en manos de un escribiente honesto, el tribunal de Asteria exigirá la comparecencia de Liora para certificar que renuncia voluntariamente a la tierra.

Se me secó la boca. La espalda se me pegó contra la madera del aparador.

—Liora no renunciará jamás —dijo Celene con desprecio—. Preferiría ver los ciruelos podridos antes que darte la firma.

—No necesitará firmar. —La voz de Maevra sonó más cerca, como si estuviera guardando papeles en un baúl—.

Llevaré el testamento al alcázar. Durante la Gala del Solsticio, los Alquimistas Reales y los notarios de la Corona abren la cancillería de Vhal para ratificar títulos de dote de las casas que presentan candidatas.

Con el testimonio de dos médicos que certifiquen su incapacidad mental y su condición de Beta no apta, el Consejo anulará la cláusula de Elayne en diez minutos.

—¿Y el anexo? —preguntó Celene tras una pausa breve—. El pliego que estaba envuelto en el paño encerado.

—Ese pliego no saldrá de mi joyero hasta que la venta esté concluida.

—¿Qué contiene, madre? Nunca me dejaste leerlo.

—Contiene la prueba de que Elayne era una insensata que trajo la sangre de una manada proscrita a esta casa.

Si la guardia ve ese papel antes de que sellemos tu alianza con la corte, nos acusarán a todas de albergar a una rebelde.

Cuando el soberano acepte tu candidatura y la parcela esté vendida a Barel, quemaré ese anexo en la chimenea del alcázar.

El silencio volvió a la habitación. Se oyó el golpe sordo de una tapa de baúl al cerrarse y el giro de una cerradura pesada.

—Duérmete ya, Celene —dijo Maevra—. Mañana cargamos los carruajes. En tres días estaremos en Asteria, y tu vida en esta finca habrá terminado.

Me deslicé hacia atrás con la suavidad de una sombra.

No bajé la vista. No miré la rendija de luz. Crucé el pasillo en puntillas, subí la escalera de caracol que llevaba a mi cuarto bajo el tejado y cerré la puerta con el pestillo de madera antes de dejarme caer de rodillas sobre el jergón de paja.

El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje.

El testamento no estaba en el secreter de viaje.

Maevra lo había guardado en el baúl grande que viajaría a Asteria mañana por la mañana.

Lo llevaría directamente al Alcázar de Vhal, a los salones donde los notarios reales anulaban derechos de sangre con la firma de un Consejo que solo entendía de alianzas y títulos Alfas.

Si el carruaje salía de la finca, yo no volvería a ver ese documento. La tierra de mi madre pasaría a Barel, mi nombre desaparecería de los registros de Eryndor y mi vida quedaría reducida a servir en una cocina ajena hasta que el cuerpo no resistiera otra dosis de supresores podridos.

Y el anexo. El pliego que mencionaba la sangre proscrita de Elayne, la razón por la que mi madre me había enseñado a esconder mi olor desde que era una niña.

Metí la mano en la manga y saqué la llave de latón y la escama de cera azul. Las apreté en el puño hasta que el metal me cortó la piel.

No podía recuperar el testamento en esta casa. Maevra vigilaría los baúles hasta el momento de subir al carruaje.

La única forma de recuperarlo era entrar al Alcázar de Vhal antes de que los notarios ratificaran la venta. Entrar en la Gala del Solsticio, en medio de la nobleza de Eryndor, de los Alquimistas Reales y de un soberano Alfa primal cuya guardia ejecutaba a los impostores sin juicio.

Pero yo no tenía una invitación.

No tenía un vestido de seda ni un título de estirpe. Y mi cuerpo, debilitado por años de dosis baratas, despedía el aroma amargo de una Beta enferma que cualquier guardia de puerta rechazaría sin rechistar.

La imagen de una puerta estrecha, oculta bajo una botica en ruinas en los suburbios de Asteria, me vino a la memoria como un golpe de frío.

Soren Nhal.

El médico que había sido expulsado del gremio real por vender fórmulas prohibidas a los contrabandistas del río. El hombre que, según decían los mozos de cuadra cuando creían que nadie los oía, podía cambiar el olor de un lobo por el precio adecuado.

Me levanté del jergón y me acerqué a la ventana alta.

A través del cristal empañado, el camino real se perdía en la niebla hacia el oeste, hacia las torres de piedra del Alcázar de Vhal que se alzaban contra la noche como una hilera de dientes negros.

Toqué el collar de latón que me oprimía la garganta.

—Puedo soportarlo —susurré al cristal helado.

Esta vez, no era una mentira para calmar a Oria.

Era una promesa de guerra.