Capítulo 2 Las invitaciones #2
—Tu madre —dijo Maevra, con una calma que sonaba a sentencia— era una mujer sin juicio que creía que los títulos se heredan por capricho. La ley de Eryndor es muy clara, Liora. Una propiedad sin heredero certificado pasa a la tutela de la Corona o a quien sostenga sus cargas fiscales.
—Yo soy su heredera.
—Eres una Beta enferma que no puede pasar dos semanas sin medicación antes de que su cuerpo se descomponga.
—Maevra se puso de pie, rodeando la mesa con pasos lentos—.
No tienes rango que registrar ante el Consejo.
No tienes estirpe que presentar en el alcázar.
Si intentaras cruzar las puertas de Vhal para reclamar un palmo de tierra, la guardia te arrestaría antes de que llegues al patio de armas.
Se detuvo a dos palmos de donde yo seguía arrodillada. El olor a romero seco era tan fuerte que me quemó la garganta.
—Falsificar un rango ante los Alquimistas Reales es alta traición —continuó, mirándome desde arriba—.
Suplantar a una noble en la corte se castiga con las minas de la frontera o con la horca en la plaza de Asteria.
Tu madre lo sabía. Por eso murió escondida en esta finca, rogándome que no dejara que te murieras de hambre en un callejón.
Me apreté las uñas contra las palmas. La mentira era tan descarada, tan pulida por los años, que casi sonaba a verdad.
Mi madre nunca le había rogado nada a Maevra. Mi madre había muerto con las manos aferradas a las mías, susurrándome que buscara el sello de marea cuando fuera lo bastante fuerte para correr.
—Continúa con el dobladillo —ordenó Maevra, dándome la espalda—. Celene debe probarse los zapatos antes de la cena.
Me agaché de nuevo sobre el terciopelo verde. Mis dedos temblaban tanto que tardé tres intentos en enhebrar la aguja, pero no volví a hablar.
No hacía falta. Ya había aprendido lo que necesitaba saber: Maevra tenía miedo de los Alquimistas Reales. Si la venta de la parcela este fuera tan sencilla como decía, no necesitaría viajar a Asteria con dos baúles de documentos para convencer a la cancillería.
Al sexto día, la casa quedó envuelta en una niebla densa que bajaba de las colinas y borraba los límites de los corrales.
Maevra bajó al establo a media tarde para discutir con el carretero la tarifa del viaje a la capital. Celene se había encerrado en su dormitorio con un frasco de agua de rosas para aliviar el dolor de cabeza que le causaban las pruebas de peinado.
El salón de costura estaba en silencio.
Yo estaba sentada junto a la ventana, remendando la cinta de terciopelo negro que Celene planeaba usar en el cuello para tapar la marca pálida de una vieja quemadura. La luz gris del exterior apenas alcanzaba para distinguir las puntadas.
La puerta crujió.
Oria entró sin hacer ruido, descalza sobre las tablas para no alertar a las criadas de la cocina. Llevaba su costurero de mimbre bajo el brazo. Se sentó en el taburete bajo, frente a mí, y sacó una madeja de hilo encerado.
—Mamá tardará media hora abajo —dijo en un susurro—. El carretero exige cuatro monedas de plata por llevar los baúles grandes hasta Asteria.
Seguí cosiendo sin levantar la vista.
—Tu madre no le pagará cuatro monedas.
—Le pagará tres y le prometerá grano para cuando llegue la primavera. —Oria dejó la madeja sobre la falda—. Siempre hace lo mismo.
Tiré del hilo. El nudo encajó en el revés de la cinta.
—¿Por qué estás aquí, Oria?
Ella metió la mano en el fondo de su costurero, apartando tijeras, botones de hueso y trozos de tiza.
Cuando retiró los dedos, sostenía una llave pequeña de latón pulido, con dos dientes finos en el extremo.
No era la llave de la despensa ni la del desván.
Era la llave del secreter de viaje que Maevra guardaba en su dormitorio.
Oria no me la entregó en la mano. La deslizó dentro del carrete de madera del hilo encerado y colocó el carrete sobre la mesa de trabajo, justo al alcance de mis tijeras.
—Se le cayó del bolsillo del chal cuando revisaba las capas limpias —murmuró Oria, mirando hacia la puerta abierta—. Dijo que la buscaría después de la cena.
Me quedé con la aguja suspendida sobre la cinta.
—Oria…
—No me digas nada. —Se levantó del taburete y se alisó la falda con movimientos rápidos—. Yo solo vine a buscar hilo para el dobladillo de mi capa. Si pierdo un carrete, mamá me hará pagar por la madera.
—Si descubre que me ayudaste—
—No te ayudé a nada. —Sus ojos claros, tan parecidos a los de su hermana pero sin la dureza del mando, me sostuvieron la mirada durante un segundo interminable—. Solo soy torpe. Todo el mundo en esta casa sabe que siempre pierdo las cosas en los lugares equivocados.
Dio media vuelta y salió del salón de costura con el paso ligero de quien huye de un incendio antes de que empiece a salir humo.
Miré el carrete de madera sobre la mesa.
Dentro del cilindro hueco, el latón de la llave brillaba con un reflejo apagado. La tomé con la punta de los dedos y la deslicé dentro del dobladillo de mi manga izquierda, junto a la escama de cera azul que llevaba cosida desde hacía seis días.
El metal frío me tocó la piel de la muñeca.
La llave del secreter de viaje. El lugar donde Maevra guardaba los documentos que no confiaba a los estantes del despacho.
La noche cayó sobre la finca con un viento helado que hacía silbar las tejas del tejado.
Esperé a que el reloj del descansillo diera las once. A esa hora, las criadas ya dormían en la buhardilla del fondo, Mina se había retirado a su caseta junto al gallinero y el mozo de cuadra roncaba sobre la paja del pajar.
Salí de mi cuarto sin zapatos, llevando sobre los hombros la capa de viaje de Maevra que había terminado de cepillar esa misma tarde. Si alguien me encontraba en el pasillo, diría que subía a colgarla en el armario del descansillo antes de que la humedad de la noche estropeara el forro de piel.
El pasillo del primer piso estaba a oscuras. Una vela solitaria ardía en una palmatoria de barro al pie de la escalera, proyectando sombras largas y torcidas sobre los retratos familiares.
Me pegué a la pared norte, donde las tablas no crujían. Cada paso era un cálculo de peso y equilibrio.
El dormitorio de Maevra estaba al fondo del corredor, separado del cuarto de Celene por una sala de estar pequeña. Cuando me acerqué a la puerta entornada, vi una rendija de luz dorada cortando la penumbra del suelo.
Voces. Bajas, amortiguadas por la madera pesada, pero lo bastante claras para quien conocía sus tonos.
Me detuve junto al aparador de ropa blanca, conteniendo la respiración.
—El administrador Barel firmó la tasación preliminar esta tarde —decía la voz de Maevra.