Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 2 Las invitaciones
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Capítulo 2 Las invitaciones

Liora

El jinete del alcázar llegó al cuarto día, cuando la escarcha todavía cubría las tablas del pozo.

Montaba un castaño de patas largas que resoplaba vapor blanco contra el frío de la mañana.

Traía la capa manchada de barro seco hasta los hombros y el broche de plata con el lobo de la Corona cerrado en el cuello.

No desmontó. Hizo sonar dos veces la aldaba de hierro con la contera de la fusta, un golpe seco que espantó a las gallinas del cobertizo y me obligó a soltar el haz de leña sobre el banco de la entrada.

Mina abrió la puerta de servicio con un delantal limpio sobre las manos, pero el mensajero ni siquiera la miró.

—Para la señora de la casa —dijo, con la voz tomada por el polvo de la ruta.

Extendió dos cilindros de pergamino grueso, sellados con la cera escarlata de la cancillería real y una cinta trenzada en hilo de cobre. Eran documentos de primer orden, del tipo que los mensajeros no entregaban a los peones.

Maevra ya bajaba la escalera principal. Llevaba el pelo recogido con una peineta de hueso oscuro y un chal de lana negra ajustado a los codos.

Caminaba sin prisa, pero sus botas de cuero fino sonaban con ese ritmo parejo y calculado que hacía que los mozos bajaran la vista antes de cruzarse con ella.

—Gracias, soldado —dijo Maevra, tomando los pergaminos con dedos firmes.

—Orden del Consejo de Ancianos, señora. La proclamación se lee en todas las casas nobles del distrito antes del mediodía.

El hombre giró las riendas y sacó al caballo al trote hacia el camino real. El barro helado crujió bajo los cascos.

Me quedé de pie junto al banco, con los brazos todavía marcados por el peso de la leña y las palmas ásperas por el frío. El collar de latón, con su dosis a medias todavía entumeciéndome la nuca, tiraba de la piel cada vez que movía la cabeza.

Maevra rompió el primer sello con la uña del pulgar. El chasquido de la cera sonó nítido en el zaguán.

Celene salió del salón con una taza de leche caliente entre las manos. Su bata de seda forrada en franela arrastraba el dobladillo por las tablas limpias. Olía a almendras amargas y al jabón caro que guardaba en su tocador.

—¿Son del alcázar? —preguntó Celene, y por primera vez en semanas no intentó disimular la prisa en su voz.

Maevra desplegó el pliego mayor. La tinta negra brillaba bajo el barniz de secado.

—La Gala del Solsticio de Invierno —leyó en voz baja, midiendo cada sílaba como si estuviera tasando un lote de grano—. El soberano Darian Corven abre los salones de Vhal para recibir a las casas registradas de Eryndor. Se convoca a las Alfas de estirpe libre para la presentación formal de alianzas.

Celene dejó la taza sobre la consola de la entrada con un golpe que derramó una gota blanca.

—¿Todas las Alfas?

—Las que cuenten con certificación de rango y linaje al día —puntualizó Maevra, levantando los ojos hacia su hija mayor—.

El Consejo no permitirá que la guardia filtre pretendientes sin tierras ni respaldo.

El señor Corven necesita cerrar un pacto matrimonial antes de que las manadas del norte rompan los acuerdos de tributo.

—¿Y el segundo pliego? —insistió Celene.

Maevra desenrolló el pergamino menor.

—Pase de acompañante para una Beta de la casa. —Miró hacia el fondo del pasillo, donde Oria asomaba la cabeza desde el cuarto de la plancha con una madeja de lana entre los dedos—. Para ti, Oria. Asistirás a tu hermana durante las presentaciones.

Oria no sonrió. Se limitó a asentir, encogiendo los hombros dentro de su vestido de diario, como si la invitación fuera una tarea más que añadir a la lista de la despensa.

Yo no me moví del umbral. Sabía qué lugar ocupaba en ese inventario.

En los registros de la cancillería de Asteria, la casa Valen constaba con tres mujeres vivas tras la muerte de mi madre: Maevra, como administradora viuda; Celene, como heredera Alfa de su primer matrimonio; y Oria, su hija Beta menor.

Mi nombre no figuraba en las actas de presentación social.

Para la corte, yo era una pariente lejana recogida por caridad, una muchacha enfermiza y sin rango certificado cuya presencia en los salones reales habría sido una falta de protocolo o una ofensa a los linajes limpios.

Maevra dobló los pergaminos con cuidado. Sus ojos se posaron en mí, en mis mangas arremangadas y en la leña amontonada a mis pies.

—Liora.

—Señora.

—El baúl de los vestidos de invierno está en el desván. Bájalo al salón de costura. Hay que soltar las pinzas del vestido verde de Celene y cambiar el forro de armiño de la capa de viaje. Tienes tres días antes de que llegue la modista con las telas de Asteria.

—El forro del desván tiene humedad —dije—. Habrá que limpiarlo con sal y cepillo antes de coserlo.

—Entonces empieza ahora. —Maevra guardó las invitaciones en el bolsillo de su chal—. Celene no se presentará ante el soberano con aspecto de provinciana.

El salón de costura siempre era un desastre de telas que inevitablemente terminaban llenas de polvo o de virutas de cera por las velas que acompañaban el trabajo de costura hasta altas horas de la noche.

Durante los dos días siguientes, el suelo de madera desapareció bajo recortes de seda marfil, retales de terciopelo verde bosque y cintas de raso que Celene descartaba con un chasquido de lengua.

El fuego de la chimenea no se apagaba nunca; quemaba leña de pino que chisporroteaba con un olor resinoso y dejaba una capa fina de ceniza sobre los alféizares.

Estaba arrodillada sobre las tablas, con media docena de alfileres entre los labios y las rodillas doloridas. El dobladillo del vestido de baile de Celene caía sobre mis hombros mientras ella se miraba en el espejo de tres cuerpos traído desde el dormitorio principal.

—Más arriba en la cintura —ordenó Celene, girando sobre sus talones de cuero repujado—. El corte debe mostrar que puedo llevar la armadura de parada si hace falta. Los Alfas de la corte desprecian a las mujeres que parecen hechas de cristal.

Retiré un alfiler con cuidado de no pincharme la lengua y ajusté la tela sobre su cadera. El olor de Celene, cargado de esa sequedad vegetal que compartía con su madre, me llenaba la nariz a cada respiración.

Bajo mi propio cuello, el collar de latón se calentaba con el esfuerzo.

La media dosis que Oria me había dado en el cuarto azul empezaba a perder su fuerza; sentía un temblor fino en los tendones de las muñecas y un dolor sordo en la raíz de los dientes, como si el cuerpo intentara empujar contra la supresión.

—No te muevas —le dije, con la voz apagada por los alfileres restantes.

—Hazlo bien y no tendré que moverme. —Celene se miró el perfil en el cristal, alzando la barbilla—.

Dicen que Darian Corven mide más de seis pies y que su lobo es dos veces más grande que el de cualquier oficial de la guardia.

Un Alfa primal no busca una criatura sumisa.

Busca una consorte que sostenga la frontera mientras él negocia con el Consejo.

—Dicen que el Consejo ya le ha preparado tres candidatas de los linajes del norte —comentó Oria desde el rincón de la ventana, donde deshilachaba con paciencia una cinta de encaje viejo.

Celene torció el gesto.

—El Consejo propone nombres; la bestia decide. Si ninguna de esas Alfas ha logrado despertar su interés en dos años, es porque ninguna de ellas es la adecuada para él —dijo con tono prepotente.

—O porque el matrimonio es un contrato político y no una fábula de bardos —dijo Maevra, entrando al salón con un libro de cuentas encuadernado en cuero marrón.

Se sentó junto a la mesa de corte. Traía las gafas de lectura colgadas del pecho por una cadena fina.

—La corte no es un baile de primavera, Celene.

Es una subasta. Las familias presentan certificados de pureza, títulos de propiedad y garantías de tropas.

El señor Corven no elegirá a una consorte por la caída de sus hombros; la elegirá si su dote puede evitar que las manadas del oeste le corten los suministros de grano este invierno.

—Nuestra dote bastará —afirmó Celene, bajando los brazos para dejarme ajustar la sisa izquierda.

Maevra abrió el libro de cuentas. Pasó una página con un roce seco de papel.

—La dote bastará si la tasación de la parcela este se registra a tiempo en la cancillería de Asteria.

Clavé un alfiler en el terciopelo verde. La punta atravesó la tela y me rozó la yema del índice. Una gota roja brotó al instante.

Me llevé el dedo a la boca antes de que la sangre pudiera tocar la seda marfil del forro. El sabor ferroso me devolvió la memoria del despacho: el compartimento vacío tras el retrato de Elayne, la línea de polvo y la escama de cera azul oculta en mi dobladillo.

—Cuidado con esa tela —advirtió Celene, sin mirarme—. Cuesta más de lo que ganas en un año.

—No gano nada en un año —respondí, con el dedo todavía contra la lengua—. Me pagas con comida fría y un cuarto con goteras.

Celene se giró tan rápido que la falda me golpeó la mejilla.

—Te damos un techo que tu madre no supo conservar.

—Mi madre pagó por este techo —dije, levantando la vista desde las tablas—. Y por la tierra que ahora quieren vender.

A veces mi lengua me metía en aprietos. Aunque la mayoría de las veces podía controlar mis arrebatos, en ocasiones mi boca actuaba antes de que mi cerebro me recordara que la prudencia era más favorable.

El silencio cayó sobre el salón de costura como un paño húmedo. Solo se oía el crepitar de la leña en la chimenea y el viento de la tarde golpeando los postigos de madera.

Maevra no levantó la voz. Se quitó las gafas, las dejó sobre el libro de cuentas y apoyó ambas manos sobre la mesa.

Su presencia de Alfa se expandió por la habitación, densa y pesada, empujando el aire hacia los rincones.

Oria bajó la cabeza hacia sus encajes. Celene dio medio paso atrás, reconociendo el mando de su madre.

Yo sentí el peso de esa presión en el pecho, como una mano invisible que me apretaba las costillas, pero no bajé la mirada.