Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 1 Bajo la ceniza #2
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Capítulo 1 Bajo la ceniza #2

Celene soltó una risa baja. Yo no contesté. Maevra había aprendido que el trabajo imposible era más eficaz cuando llegaba envuelto en una instrucción razonable.

—Y el supresor —dije.

El silencio que siguió tuvo filo.

Maevra dejó su taza sobre el plato. No había bebido; el té seguía entero.

—¿Qué ocurre con él?

—La cápsula está vacía.

—Eso no es posible. Te di suficiente para la semana.

—Me diste seis dosis para nueve días.

Celene ladeó la cabeza.

—Tal vez lo tomaste de más.

—No.

—Tal vez no recuerdas haberlo hecho —añadió Maevra—. Tu madre siempre exageraba tus síntomas. Era una mujer de afectos intensos.

Me clavé las uñas en la palma, bajo el borde del delantal. El collar volvió a quemar.

—Necesito una dosis hoy.

—Necesitas aprender que esa palabra no es una excusa para descuidar tus obligaciones. —Maevra abrió el cajón de la mesa y sacó una botella pequeña, con líquido turbio hasta la mitad—. Te daré una al terminar el despacho.

No debía hacerlo. La dosis diaria no era un premio que pudiera distribuir a voluntad. Pero los registros de la finca me llamaban Beta enfermiza. Una Beta no tenía el derecho legal de preguntar por medicamentos destinados a un rango que fingía no poseer.

—El trabajo de la mañana—

—Ya terminaste de hablar —dijo Maevra.

La tarde arrastró las horas por el piso de la casa.

Limpié el despacho mientras Barel recorría el lindero con Maevra y Celene.

No podía oír sus palabras desde dentro, pero veía sus figuras a través del vidrio empañado: la capa azul, el sombrero negro, el abrigo crema de Celene.

Se detenían cerca de la acequia. Cuando Maevra señalaba, Barel anotaba.

Quité el polvo de los estantes uno por uno.

Los libros de contabilidad ocupaban la pared oeste; los tratados de cría, la legislación territorial y una colección de poemas que nadie abría ocupaban las estanterías de la pared sur.

El retrato de Elayne estaba junto a la chimenea, con el marco de plata oscurecido por el humo.

Mi madre miraba hacia un punto fuera del cuadro.

Siempre me había molestado ese gesto. Parecía que ya se hubiera ido.

Cuando el reloj del salón dio las cuatro, apoyé el paño sobre el escritorio y cerré el pestillo. Mis manos no dejaron de temblar, aunque las escondí en los bolsillos del delantal.

El retrato pesaba más de lo que recordaba. Levanté apenas la esquina inferior. El marco raspó la pared. Deslicé el índice por detrás de la moldura hasta encontrar el hueco.

Empujé.

El panel cedió con un clic sordo.

El aire que salió olía a madera encerrada y a pergamino viejo. Dentro había un espacio estrecho, del tamaño de una caja de pan. Vacío, salvo por una línea clara de polvo donde alguna vez había descansado algo largo y plano.

El testamento.

Me quedé con el brazo extendido, sin poder decidir si lo peor era que Maevra lo hubiera encontrado o que no hubiera dejado nada más. Elayne había guardado mi boleto de salida aquí, pero yo había llegado seis años tarde.

Un carro rechinó afuera. Bajé el retrato y escondí el paño bajo el escritorio justo antes de que la puerta se abriera.

Maevra entró sin tocar. Traía barro en el bajo de la falda y el rostro relajado de quien ha conseguido lo que vino a buscar.

—Qué diligente. —Miró el escritorio, luego mis mangas arremangadas—. ¿Encontraste algo interesante?

—Polvo.

—El polvo suele ser lo único que encuentra quien busca donde no debe.

No le di el gusto de moverme. Aun así, mi cuerpo ya se había apartado por dentro.

Noté el olor de Maevra antes que su paso, la sequedad del romero, el filo de su presencia Alfa rozándome la garganta.

Mi propia esencia respondió con un golpe de sal y tierra húmeda.

El collar no alcanzó a contenerlo del todo.

Maevra tomó la botella turbia de su bolsillo y la levantó entre dos dedos.

—¿Esto es lo que te preocupa?

Asentí.

—Mañana, Barel traerá el contrato de la parcela este. Si cooperas, quizá podamos hablar de tu situación después de la firma.

—Mi madre me la prometió.

La frase salió antes de que pudiera recogerla.

Celene apareció detrás de Maevra, apoyada en el marco de la puerta.

—Tu madre prometía muchas cosas cuando estaba enferma.

—No estaba enferma.

—Murió, Liora.

—Eso no hace que su enfermedad se convierta en algo real.

—¿Estás insinuando algo?

Una sonrisa perversa curvó los labios de Celene y me maldije por caer en su provocación. Me contuve para no sellar mi destino por el capricho de una niña altanera.

Maevra cerró los dedos sobre la botella. El vidrio crujió contra sus guantes.

—Tu madre dejó de entender qué necesitaba esta casa. Yo he mantenido el techo, los salarios y tu medicina. No posees la parcela, ni este despacho, ni el derecho de cuestionar una decisión que evita que todos terminemos en la calle.

No éramos todos. Maevra había pagado el coche nuevo de Celene con las reservas de grano y planeaba pagar su presentación en Asteria con los ciruelos de mi madre. El resto era una historia que contaba con voz serena, porque las historias dichas así parecían documentos.

—Dame la dosis —pedí.

—Cuando dejes de comportarte como una niña.

El cuello me ardió. La habitación se inclinó un poco hacia la chimenea. Apreté los dientes y busqué el borde del escritorio con una mano. No debía dejar que la loba empujara ahora. No con Maevra a dos pasos. No con Celene bloqueando la puerta.

—Bien. Puedo soportarlo un poco más.

El doble sentido de mis palabras pasó desapercibido.

Maevra sonrió. No con la boca: con la decisión de que yo siguiera allí mañana para barrer las cenizas de su venta.

—Entonces hazlo. El cuarto azul te espera.

Guardó la botella en el bolsillo y salió. Celene la siguió, pero antes de cruzar el umbral se volvió hacia mí.

—Si te pones peor, avisa. No quiero que Barel piense que tenemos una criada enferma en la casa.

La puerta quedó abierta. El frío del pasillo alcanzó el despacho.

Esperé hasta que sus pasos se apagaron en la escalera. Luego levanté el retrato otra vez. El compartimento seguía vacío. Pasé los dedos por la línea de polvo, buscando una astilla, un sello, cualquier cosa que demostrara que Maevra no podía vender la tierra con la facilidad que fingía.

Solo encontré una escama diminuta de cera azul pegada en la esquina del fondo.

La guardé en la palma y cerré el panel.

No era una prueba. Todavía no. Pero Maevra había sacado el testamento de su escondite, y eso significaba que no podía destruirlo sin arriesgar algo que necesitaba.

El collar me quemó de nuevo. Afuera, en el patio, la campana de la cocina llamó a la cena. Me envolví la muñeca con el paño para ocultar el enrojecimiento de la lejía y salí del despacho antes de que el cuerpo decidiera por mí.

El cuarto azul estaba al final del pasillo de arriba, junto a los dormitorios que Maevra reservaba para las visitas con dinero.

La mancha de humedad ocupaba una esquina del techo como un mapa mal dibujado.

Dejé la ventana abierta apenas lo suficiente para que saliera el olor a moho y cambié las sábanas con los dedos torpes.

Cada vez que levantaba un brazo, los músculos de mi espalda protestaban.

La loba no era una voz. Era un peso bajo la piel que empujaba donde no cabía.

Oria apareció cuando estaba metiendo la funda limpia en una almohada.

Ella cerró la puerta con cuidado. Sacó la media pastilla del bolsillo y me la ofreció de nuevo.

—Tómala. Mamá está con Barel; no te dará otra dosis hoy.

Miré el comprimido. El borde deshecho indicaba que llevaba tiempo expuesto al aire. Podía ser inútil. Podía enfermarme más. Aun así, el olor de mi propia piel empezaba a trepar por encima de la ceniza y el jabón.

—Si nota que esto falta…

—Asumiré la responsabilidad. Diré que lo tiré al pozo.

—No quiero que mientas por mí.

Oria me miró con una paciencia triste que no le correspondía tener a su edad.

—Entonces no me obligues a verlo y no hacer nada.

Tomé la pastilla.

En la jofaina quedaba un dedo de agua fría.

La deshice entre los dedos y bebí el líquido turbio.

La lengua se me adormeció al instante; después llegó el sabor de metal oxidado y raíces quemadas.

Me apoyé en el poste de la cama hasta que el suelo dejó de balancearse.

El ardor del collar no desapareció, pero cedió lo bastante para que pudiera respirar sin sentir cada latido de mi corazón en las sienes.

Oria no dijo nada. Recogió una hebra de hilo del suelo y la enrolló en su pulgar.

—Gracias —murmuré.

—No me debes nada.

Quise creerle. Guardé la escama de cera azul en el dobladillo interior de mi manga, donde Maevra no revisaba porque esperaba encontrar las cosas importantes en mis bolsillos.

Al amanecer, Barel regresaría con un contrato para vender la parcela del este.

Yo tendría una dosis a medias, una marca de cera y la certeza de que el testamento seguía en alguna parte de la casa.

No era mucho.

Era lo que tenía.