Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1)
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Capítulo 1 Bajo la ceniza
Liora
La olla de lejía hervía cuando el collar empezó a arderme en la nuca.
No era un fuego de verdad. Era peor: una quemazón baja, enterrada bajo la piel, que avanzaba con la paciencia de una aguja.
Metí el remo de madera en el agua gris y seguí girando la ropa.
Las sábanas de Celene subían y bajaban entre la espuma, pesadas de jabón y del perfume dulce que ella derramaba en los cuellos.
El vapor me pegó el cabello a las sienes.
Afuera, el primer carro golpeó los adoquines del patio.
Conté hasta veinte antes de mirar hacia la puerta de la cocina. Nadie entró. Solo se oía el raspado de una pala sobre el suelo helado y la campana pequeña que usaban para llamar a los mozos desde los establos.
Me aflojé el cuello del vestido. La tira de cuero del collar estaba húmeda. Debajo, la cápsula de latón debía conservar dos días de supresor. Apreté la uña contra la ranura y encontré el borde vacío.
Me quedé quieta con el remo entre las manos.
La última vez que Maevra había vaciado la cápsula sin avisar, terminé con fiebre en el cobertizo de leña. Dijo que una Beta saludable no lloraba por una migraña. Después de eso, me hizo llevar cubetas de agua hasta que el olor a hierbas amargas desapareció de mi sudor.
La olla borboteó y una burbuja me salpicó la muñeca. El dolor me devolvió el aire.
No podía subir todavía. Si dejaba las sábanas, Celene encontraría una razón para que las lavara otra vez. Si preguntaba por la dosis delante de las criadas, Maevra buscaría cualquier excusa para negármela.
Seguí moviendo el remo. La lejía desprendía un olor tan fuerte que me quemaba las fosas nasales y empeoraba el malestar crónico.
Bajo ese olor, al fondo de mi garganta, apareció el rastro que trataba de aplastar cada mañana: piedra calentada por lluvia, una flor que abría de noche y algo salino, impropio de una finca rodeada de campos secos.
Lo tragué con saliva.
—Liora.
La voz de Maevra llegó desde el umbral. No levantó el tono. No era necesario: hacía tiempo que yo había aprendido que la sumisión daba mejores recompensas.
Solté el remo y me sequé las manos en el delantal antes de girarme.
Maevra llevaba una capa de lana azul oscuro sobre un vestido de mañana demasiado bueno para la cocina.
Los guantes negros ocultaban sus manos hasta los nudillos.
Detrás de ella, el señor Barel, administrador de las tierras vecinas, mantenía el sombrero contra el pecho y miraba mis pies descalzos como si fuesen parte del suelo.
—Señora.
—El carro del molino llega antes del mediodía. El patio debe estar listo, y las camisas del señor Barel no se han planchado. —Maevra paseó la mirada por la tina—. Comprendo que tu condición te vuelve lenta algunos días.
Una frase bien dicha podía cortar más que una orden.
—Las tendré listas.
—No te pedí una promesa. —Señaló con un dedo enguantado la pila de ropa—. Te pedí un resultado.
El administrador tosió en el puño. Maevra le dedicó una sonrisa de anfitriona.
—Mi difunto esposo insistía en conservar a la muchacha. Le tenía afecto. A veces eso pesa más que la utilidad.
No era el difunto esposo de Maevra quien había insistido.
Mi madre había dejado mi nombre escrito en cada cuaderno de gastos de la finca, en las etiquetas del almacén, en el lomo de los libros que Maevra mantenía cerrados.
Elayne, mi madre, no había previsto que una firma podía desaparecer detrás de una enfermedad inventada y una puerta con llave.
El señor Barel carraspeó.
—La parcela del este no depende de… asuntos domésticos, espero.
Maevra no me miró. Su aroma de Alfa, limpio y seco como romero machacado, ocupó la cocina sin esfuerzo.
—Nada doméstico interferirá. Firmaremos la valoración mañana.
La parcela del este.
Por un instante perdí el peso de los pies.
Vi el pedazo de terreno después de la acequia, la hilera torcida de ciruelos que mi madre podaba sin ayuda, la caseta de piedra donde guardaba semillas en frascos azules.
Elayne había dicho una vez que esa tierra era mía, aunque no me entregó ningún papel.
Lo había dicho junto al horno, con harina en la mejilla y la voz tan baja que parecía hablarle a la masa.
Maevra recogió del aparador un vaso de té que yo no había servido y lo puso en manos de Barel.
—La finca necesita orden. Mi hijastra entiende que todos contribuimos según nuestras capacidades.
Sus ojos se detuvieron en el borde abierto de mi cuello. Sentí el calor del collar como si tuviera una brasa pegada a la columna.
—Sí, señora —dije.
—Eso espero.
Cuando se marcharon hacia el salón, dejé escapar el aire por la nariz. No era alivio. Solo no quería que la esencia que desprendían se quedara conmigo.
Mina, la cocinera, entró con una cesta de nabos y me encontró de espaldas a la tina.
—Te van a llamar para las camisas.
—Lo sé.
—Estás tan pálida que pareces un fantasma.
—Es por la lejía y el vapor.
Mina apoyó la cesta junto a la mesa. Era Beta, como casi todos los trabajadores que Maevra dejaba permanecer en la casa.
Su olor a harina y lana húmeda nunca levantaba preguntas y pasaba desapercibido si no prestabas atención.
Me miró un segundo de más y luego eligió el cuchillo para pelar los nabos.
—No te desmayes sobre mis verduras —dijo—. Después dicen que fue culpa de mi caldo.
Me habría gustado reír. En vez de eso, levanté otra sábana.
Antes del mediodía planché las camisas del administrador, barrí el barro que los hombres del molino dejaron frente a la puerta y llevé dos cubos de agua desde la bomba porque el mozo joven fingió no oír a Mina.
Las palmas me escocían. En cada viaje sentía un tirón bajo los omóplatos, como si mi espalda quisiera acomodarse en una forma que ya no recordaba.
No miré hacia los establos hasta que el cuarto cubo se vació en el abrevadero.
La yegua de mamá seguía allí, vieja y de pelaje rojizo, con la cabeza hundida en el heno.
Ella la había llamado Brasa. Maevra llevaba seis años amenazando con venderla y seis años descubriendo que ningún comprador quería pagar por una yegua que mordía a los tratantes.
Brasa me vio entrar y golpeó una pata contra la madera.
—No tengo manzanas —le dije.
El animal resopló sobre mi manga. El aliento tibio olía a avena y a cuero viejo.
Le rasqué detrás de la oreja mientras fingía revisar los clavos de una montura.
Desde el establo podía ver una esquina del despacho que se encontraba al frente de la casa.
La ventana alta estaba cerrada y las cortinas estaban corridas.
El panel estaba detrás del retrato de mi madre.
Lo sabía porque ella misma me había enseñado a empujar la moldura inferior con el dedo índice, no porque quisiera que lo abriera, sino porque quería que yo supiera dónde estaba la salida si algún día lo necesitaba. Ese día había llegado hacía seis años.
La primera vez que intenté abrirlo después de su muerte, Maevra me encontró en el despacho.
Me sujetó por la nuca hasta que mis rodillas tocaron el suelo y me explicó, con voz de acero, que los niños que hurgaban en papeles ajenos acababan sin techo.
Yo tenía quince años, pero entendía perfectamente que aquella advertencia no era en vano.
Desde entonces, Maevra nunca descuidaba las llaves y vigilaba atentamente cada vez que me acercaba a la habitación o cuánto tardaba en cruzar el pasillo.
La puerta del establo crujió. Retiré la mano de Brasa.
Oria entró con las botas llenas de barro y un pañuelo verde atado alrededor del cabello. No llevaba capa, aunque el aire cortaba las orejas. A sus diecinueve años, ya había aprendido a parecer distraída cuando su madre la observaba y a no serlo nunca.
—Mamá te busca —dijo.
—¿Para qué?
—No me lo contó.
—Entonces no me busca a mí. Busca a alguien a quien culpar.
Oria arrugó la boca. Era el gesto más parecido a una protesta que se permitía en voz alta.
—Celene está con ella.
Eso explicaba el abrigo bueno y el té servido en la cocina. Celene solo bajaba cuando necesitaba que alguien la viera siendo amable.
—Gracias.
Oria me siguió dos pasos cuando salí al patio.
—Liora…
Me detuve junto a la bomba.
Ella abrió la mano. Había una pastilla de supresor, amarillenta y partida por la mitad. El olor amargo llegó antes de que pudiera tomarla.
—Encontré esto en el cajón de las vendas —murmuró—. No sé cuánto tiempo llevará allí.
El instinto me hizo estirar los dedos, pero la razón me prohibió aceptar la pastilla.
—Si falta una pastilla, tu madre revisará tus cosas.
—No es tu problema.
—Todo lo que falta en esta casa termina siendo mi problema.
Oria bajó la vista hacia el barro de sus botas.
—Puedes soportarlo, ¿verdad?
La pregunta me golpeó con más fuerza que la burla. Yo había usado esas palabras tantas veces que ya sonaban como el apellido que Maevra había puesto junto al mío en los registros: una cosa útil, pequeña, preparada para obedecer.
—Puedo soportarlo —dije.
La mentira dejó un gusto metálico.
Oria guardó la mitad de pastilla en el puño. No insistió. Su silencio era una forma de supervivencia; lo sabía porque el mío se parecía demasiado.
En la cocina, Maevra esperaba sentada a la mesa de trabajo.
Celene estaba a su derecha, revisando unas cintas color marfil.
La luz de invierno caía sobre el cabello rubio de mi hermanastra y hacía que su piel pareciera más pálida.
Olía a flores secas y papel nuevo. A diferencia de su madre, Celene no fingía no verme.
Me veía y decidía qué podía obtener de ello.
—Ahí está —dijo, sin levantar la cabeza—. Pensé que se había quedado dormida entre las vacas.
—Las vacas no hablan de mí cuando creen que no las escucho —respondí.
Celene dejó las cintas sobre la mesa. Una sonrisa breve le marcó una mejilla.
—Con ese humor, no extraña que nadie haya querido llevarte a la ciudad.
Maevra alzó una mano. Celene se calló.
—El señor Barel regresará al amanecer. Quiero el despacho limpio y los libros de cuentas ordenados para su revisión. También prepararás el cuarto azul para su escribiente.
—Ese cuarto tiene humedad en la pared norte.
—La repararás.
—No puedo reparar una pared antes del amanecer —protesté.
—Entonces procura que no la mire —me cortó con voz severa.