Arde Malta 42
99%

42

Don Álvaro de Sande cabalga por las calles del Burgo con expresión sombría. Ha visto los horrores de la guerra en docenas de campos de batalla, pero nunca algo como esto.

El Burgo no es una ciudad. Es un cementerio a cielo abierto. Casas reducidas a escombros. Cadáveres aún sin enterrar. Supervivientes que parecen espectros, con los ojos hundidos y la piel estirada sobre los huesos.

A su lado cabalga Ascanio della Corgna, igualmente silencioso. El condottiero italiano, conocido por su lengua afilada, no encuentra palabras para lo que está viendo.

Jean Parisot de La Valette los recibe en la plaza central. El Gran Maestre ha envejecido veinte años en cuatro meses. Su armadura muestra las marcas de mil combates. Una venda ensangrentada asoma bajo su jubón.

—Don Álvaro —dice con voz cansada pero firme—. Bienvenido a Malta. O a lo que queda de ella.

Sande desmonta y se arrodilla ante el viejo caballero.

—Excelentísimo señor, lamento no haber llegado antes.

—Os presentasteis cuando hacía falta —responde La Valette—. Eso es lo que importa. Habéis salvado a la Cristiandad.

—No, señor. Vos la salvasteis. Nosotros solo llegamos a tiempo de presenciar vuestra victoria.

La Valette sonríe con cansancio.

—Pues celebremos ambas victorias juntos. Venid, hay mucho que discutir sobre la evacuación de los heridos y la reconstrucción de las defensas.

Mientras caminan por las ruinas, Sande pregunta: —¿Cuántos supervivientes quedan de la guarnición original?

—De los seis mil que estábamos al principio del asedio, quedan menos de seiscientos con capacidad de combate. El resto son heridos, enfermos, o civiles que cogieron armas cuando fue necesario.

—Dios misericordioso...

—Dios ha sido misericordioso, don Álvaro. Podría haber sido peor. Podríamos haber caído.

Pasan junto a un grupo de soldados que entierran cadáveres. Uno de ellos, un cabo español demacrado y cubierto de vendajes, se cuadra torpemente al ver pasar a los generales.

—¿Cuánto tiempo lleváis en Malta, cabo? —pregunta Sande.

—Llegué con el primer socorro, mi general.

—Habéis servido con honor. Decidme, ¿dónde puedo encontrar a sus capitanes, dónde están vuestros superiores?

—¿Capitanes, señor? —dice el cabo con un deje de tristeza—. Están todos… en fin. Creo que yo soy el soldado español con mayor graduación en la isla.

—¿Cómo todos? ¿Miranda, Medrano, Robles…?

—Todos, mi señor.

Sande asiente, resignado, y sigue caminando. Está impresionado. Poco después descubre que las bajas en el contingente español, contando los hombres enviados por Don García al inicio del asedio y los del pequeño socorro, han sufrido bajas superiores al noventa por ciento. Increíble…

Siguen caminando en silencio por las ruinas del Burgo. Por todas partes ven los mismos signos de heroísmo y tragedia. Soldados lisiados. Viudas llorando. Niños huérfanos. El precio de la victoria está escrito en cada rostro, en cada piedra derruida.

Don Álvaro de Sande contempla la escena y comprende algo fundamental: esta no ha sido una victoria. Ha sido una supervivencia. Malta no ha derrotado al Imperio Otomano. Simplemente se ha negado a morir.

Kemiru camina solo por las calles del campamento turco abandonado. Sus pasos resuenan en el silencio que ha sustituido al bullicio de miles de soldados. Las tiendas siguen en pie, pero vacías, mecidas por la brisa marina.

El muchacho conoce bien este laberinto de callejuelas improvisadas. Durante semanas fue su hogar, el lugar donde aprendió que los enemigos también sangran cuando se cortan. Ahora todo está desierto, abandonado en la prisa de la retirada.

Se dirige hacia la tienda de Hasan y sus pasos se vuelven más lentos a medida que se acerca. Sabe lo que va a encontrar, pero necesita verlo con sus propios ojos antes de que los soldados españoles quemen el campamento entero.

La tienda del jenízaro está tal como la dejó: los libros de oraciones apilados, la alfombra de rezo orientada hacia La Meca, el brasero donde Hasan calentaba el té que compartían por las noches.

Y en el jergón, cubierto por una manta, el cuerpo del hombre que lo protegió cuando nadie más lo habría hecho.

Se acerca y retira la manta con manos que ya no tiemblan. El rostro de Hasan está sereno, la disentería se lo ha llevado dulcemente durante el sueño. Tiene los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho.

—Padre —susurra, usando por primera vez esa palabra que nunca se atrevió a pronunciar cuando Hasan podía oírla.

Se arrodilla junto al cadáver y toma la mano fría del jenízaro. Es la misma mano que le enseñó a escribir en árabe, que lo protegió de otros soldados menos compasivos.

Busca entre las pertenencias del jenízaro y encuentra el pequeño Corán que Hasan leía cada noche. Las páginas están gastadas por el uso, marcadas con anotaciones en los márgenes. Este libro era lo más preciado que tenía Hasan.

Se lo guarda junto al pecho.

Fuera de la tienda oye pasos que se acercan. Son soldados españoles que registran el campamento en busca de prisioneros rezagados y cualquier cosa de valor que los turcos hayan dejado atrás.

—¡Alto! —grita uno al verlo—. ¿Quién va?

—Kemiru, del Burgo —responde saliendo de la tienda.

Los soldados lo reconocen. La historia del muchacho maltés que escapó del cautiverio ya ha corrido por todo el ejército de socorro.

—¿Qué buscas aquí, rapaz? —pregunta el sargento.

—A un amigo. Ya lo he encontrado.

Los soldados intercambian miradas, pero no hacen más preguntas. Han visto demasiadas cosas durante estos días para sorprenderse por nada.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta uno con tono más amable.

—Sí. Ayudadme a cargarlo. Quiero darle sepultura.

Los soldados entran en la tienda y contemplan el cadáver del jenízaro. Ven a un enemigo muerto, pero también ven la expresión en el rostro del muchacho maltés.

—Era un buen hombre —dice Kemiru—. Me protegió cuando era su prisionero.

El sargento asiente. Ha visto suficiente guerra para saber que la decencia no conoce fronteras de religión o bandera.

—Está bien, muchacho. Te ayudaremos a cargarlo hasta la ciudad.

Las sombras se alargan sobre Malta mientras Kemiru, ayudado por Caterina y Fra Antoine, excava dos tumbas en la tierra rocosa que hay detrás de las ruinas de la iglesia de San Lorenzo. Una para Francisco de Peralta, soldado español. Otra para Hasan ibn Yusuf, jenízaro del sultán.

Caterina trabaja en silencio, con las manos ensangrentadas por el esfuerzo de mover piedras. Ha comprendido sin ne cesidad de explicaciones lo que este momento significa para el muchacho que ha adoptado como hijo.

Fra Antoine maneja la pala con torpeza aristocrática. Sus manos, acostumbradas a sostener libros de rezo, no están hechas para este trabajo, pero no se queja. Algo en la determinación silenciosa de Kemiru lo ha conmovido.

—¿Estás seguro de que quieres enterrarlos juntos? —pregunta Caterina mientras descansa apoyada en su pala—. Francisco era cristiano, Hasan musulmán...

—Eran hombres buenos —responde Kemiru sin dejar de cavar—. Eso es lo único que importa ahora.

Cuando las tumbas están preparadas, bajan cuidadosamente los dos cuerpos. Francisco, con las manos cruzadas sobre el pecho y una expresión serena. Hasan, envuelto en su manta de oración, orientado hacia La Meca según la costumbre de su fe.

Kemiru permanece de pie entre las dos tumbas. En una mano lleva el rosario de Francisco, encontrado entre sus escasas pertenencias. En la otra, el pequeño Corán de Hasan.

—Francisco me enseñó el honor —dice con voz clara—. Hasan me enseñó la misericordia. Los dos me cuidaron cuando no tenía a nadie.

Se arrodilla y pone el rosario en el pecho de Francisco, el Corán en el de Hasan.

—Que Dios los acoja —susurra.

Caterina y Fra Antoine se persignan mientras Kemiru recita una oración que mezcla palabras cristianas y musulmanas aprendidas de ambos hombres. Es una plegaria extraña, pero sincera.

Cubren las tumbas con tierra y piedras maltesas. Cuando terminan, la noche ha caído sobre la isla.

—Ya está —dice Kemiru, limpiándose las manos en la camisa—. Ahora pueden descansar.

Caterina lo abraza y siente cómo el cuerpo del muchacho tiembla con los sollozos contenidos durante días.

—Llora, hijo mío —le susurra—. Se lo merecen.

Y Kemiru llora como no ha llorado jamás. Llora por Francisco, que murió defendiendo una tierra que apenas conocía. Llora por Hasan, que murió lejos de la patria a la que nunca pudo regresar. Llora por todos los muertos que ha dejado esta guerra sin sentido.

Fra Antoine contempla la escena con el corazón encogido. Durante años había creído que la guerra era una aventura romántica, una ocasión para demostrar valor. Pero la guerra, comprende ahora, es simplemente hombres buenos que mueren por causas que no eligieron.

—Kemiru —dice cuando los sollozos se calman—, lo que has hecho es lo más noble que he visto jamás.

El muchacho alza la vista, con los ojos anegados de lágrimas.

—Solo hice lo que ellos me enseñaron. Que todos los hombres merecen respeto en la muerte.

Desde las murallas del Burgo, los supervivientes del asedio contemplan el espectáculo que llevaban meses esperando: la flota otomana abandonando las aguas maltesas.

Una tras otra, las galeras imperiales se alejan perdiéndose por el horizonte. Ciento sesenta naves que llegaron con la furia del sultán ahora se retiran derrotadas.

Jean Parisot de La Valette , apoyado en su bastón, contempla la retirada enemiga con expresión grave. No hay triunfalismo en su rostro, solo el cansancio infinito de quien ha llevado sobre sus hombros el peso de una guerra.

—Se marchan —dice Fra Antoine, que acaba de regresar del cementerio.

—Sí —responde La Valette—. Pero mira lo que queda.

Su mirada recorre las ruinas que fueron el Burgo. De los edificios que conoció durante décadas, apenas quedan muros derruidos y montañas de escombros. La iglesia de San Lorenzo conserva sus muros principales, pero su techo es un agujero abierto al cielo.

—Seiscientos hombres —murmura—. De ocho mil defensores, seiscientos pueden aún empuñar un arma.

Los números son brutales, pero no sorprenden a nadie. Todos los supervivientes han pagado un precio personal por esta victoria.

Caterina sube por las escaleras de piedra con Kemiru a su lado.

—¿Qué será de nosotros ahora? —pregunta con voz cansada—. No hay casas, no hay cosechas, no hay nada.

La Valette la mira con ojos que han visto renacer ciudades de las cenizas.

—Reconstruiremos, señora Caterina. Como hemos hecho siempre después de cada guerra.

Kemiru se acerca al parapeto y contempla las galeras turcas que se alejan. En una de ellas podría viajar el cuerpo de Hasan, si alguien se hubiera molestado en llevárselo. Pero su alma, piensa, quedará para siempre en Malta.

—¿Volverán? —pregunta.

—No este año —responde La Valette—. Quizá nunca. Hemos roto algo más que su ejército.

Fra Antoine contempla las naves enemigas que desaparecen en el horizonte. Piensa en su Francia natal, en los castillos del Loira donde creció oyendo historias de caballeros andantes. Todo eso parece ahora tan lejano.

—¿En qué pensáis, Fra Antoine? —le pregunta La Valette.

—En casa. En si debería regresar a Francia, ahora que la guerra ha terminado.

—¿Y qué os dice el corazón?

Fra Antoine mira a su alrededor: las ruinas humeantes, los supervivientes que ya trabajan en retirar escombros, Caterina cuidando heridos, Kemiru ayudando a una anciana.

—Que mi lugar está aquí.

La Valette sonríe por primera vez en semanas.

—Entonces bienvenido a Malta, Fra Antoine. No como visitante, sino como hermano.

El sol se pone sobre la isla devastada, pintando de oro las ruinas que fueron el orgullo de la Orden. En el mar, las últimas velas otomanas desaparecen.

Malta ha sobrevivido, pero al precio más alto imaginable: una isla arrasada, miles de muertos, vidas rotas. Caterina toma de la mano a Kemiru mientras contemplan el atardecer.

—¿Qué haremos mañana? —pregunta el muchacho.

—Vivir —responde ella—. Vivir y recordar.

Las campanas de San Lorenzo comienzan a tocar, ya no por alarma sino por los muertos. Cada campanada es un nombre, un recuerdo, una vida que se ha ido demasiado pronto.

Mañana comenzarán a reconstruir Malta. Piedra sobre piedra, Malta volverá a alzarse.