Epílogo
Seis años después del Gran Asedio
Kemiru se arrodilla entre las dos tumbas, mientras las flores silvestres que crecen sobre ellas cada primavera cubren de colores la tierra donde descansan Francisco y Hasan. El pequeño cementerio es un lugar silencioso, donde solo el viento del mar rompe la quietud de los muertos.
A sus veinte años, el antiguo huérfano de guerra se ha convertido en un joven respetado: traductor oficial de la Orden, propietario de tierras, padre de familia. Pero en este lugar sagrado, sigue siendo el muchacho aterrorizado que encontró en dos enemigos a los únicos padres que conoció.
—Francisco, Hasan —susurra—. Mirad lo que ha crecido de vuestro sacrificio.
Su mirada se alza hacia el monte Sceberras, donde las grúas y andamios construyen la nueva ciudad de La Valeta, llamada así en honor de Jean Parissot de la Valette .
Seis años de trabajo han transformado la colina que una vez ocupó la artillería turca en una maravilla de piedra caliza.
Fra Antoine supervisa las construcciones con el celo de quien ha encontrado su vocación, dirigiendo al arquitecto maltés Gerolamo Cassar en la creación de la ciudad más moderna del Mediterráneo.
—Vosotros no podréis verla con vuestros ojos —continúa Kemiru—, pero La Valeta será una ciudad hermosa. Una ciudad entera construida sobre el lugar donde caísteis defendiendo lo que creíais justo.
Una brisa suave agita las flores sobre las tumbas. Kemiru se permite esa fantasía consoladora mientras se incorpora y contempla una vez más la ciudad que se alza detrás de él.
Malta ya no es la isla devastada de hace seis años.
Los campos vuelven a dar cosechas, los puertos se llenan de barcos mercantes, los niños juegan en calles donde una vez resonaron los cañones otomanos.
La vida triunfa sobre la muerte cuando los hombres tienen la paciencia de reconstruir lo que la guerra destruye.
El eco de aquella victoria aún resuena por toda Europa.
Las campanas de Roma repicaron durante días, hubo procesiones de acción de gracias en París, hogueras de júbilo encendidas en Londres pese a los recelos ingleses hacia la Europa católica.
Toda la Cristiandad suspiró de alivio cuando llegaron las noticias del fracaso turco.
Malta demostró que el poder otomano no era invencible y esa lección devolvió la esperanza a medio continente.
Felipe II, el Rey Prudente, envió a La Valette una espada y una daga de oro con una inscripción que resumía lo que Malta y La Valette habían significado para la Cristiandad: « Plus quam valor Valette valet ». Más que el valor vale La Valette.
Kemiru había visto aquellas armas en el palacio del Gran Maestre, testimonio imperecedero de que el sacrificio de los defensores no había pasado inadvertido.
Tras su visita mensual al cementerio, Kemiru camina de vuelta a su casa, donde Elena, su esposa, lo espera con una sonrisa, mientras su hijo Miguel juega con soldaditos de madera tallados por un carpintero de Mdina.
Caterina, su madre adoptiva, pela verduras para la cena con la tranquilidad de quien ha encontrado la paz después de tanto sufrimiento. Juntos han formado una familia feliz.
—¿Has estado otra vez en el cementerio? —pregunta Elena con esa intuición femenina que penetra los silencios masculinos.
—Cada día que paso aquí es un día que ellos me regalaron —responde Kemiru—. No olvido el precio que pagaron por mi felicidad.
Se acerca a su esposa y la besa en la frente, aspirando el perfume de su cabello. Después alza al pequeño Miguel y lo sienta en sus rodillas.
—¿Contra quién peleas hoy, general?
—¡Tucos, tucos! —grita el niño.
Kemiru tarda un momento en responder.
—Vaya. ¿Y ganas?
—¡Tucos!
Kemiru abraza a su hijo. La guerra es inevitable, pero la muerte no tiene por qué ser su única consecuencia. Malta lo ha demostrado: se puede sobrevivir al horror y construir algo hermoso sobre las ruinas.
Caterina los observa desde su rincón con la sonrisa serena de quien ha visto crecer una familia donde antes solo había soledad. A los cuarenta y seis años, se ha convertido en la abuela que acoge, en la que cura heridas con caldo caliente y palabras suaves.
—La cena estará lista pronto —dice—. Elena, siéntate y descansa. Kemiru, ayúdame con la mesa.
Es uno de esos momentos perfectos, de esos instantes de felicidad doméstica que justifican todos los sacrificios.
La luz dorada del atardecer entra por las ventanas, el niño ríe jugando con sus soldaditos, Elena tararea una canción maltesa, Caterina prepara la comida con gestos que hablan de amor sin necesidad de palabras.
Kemiru contempla su hogar y comprende que ha encontrado lo que Francisco y Hasan desearon en vida: una familia, un lugar en el mundo, la paz.
Tres golpes secos resuenan en la puerta principal.
Kemiru se levanta, extrañado. No esperan a nadie a esa hora y los visitantes habituales suelen anunciarse desde el patio. Los golpes se repiten, más urgentes esta vez.
Abre la puerta y se encuentra ante una figura encapuchada que tarda un momento en reconocer.
—Fra Antoine —dice sorprendido—. ¿Por qué os cubrís así?
El caballero francés se descubre el rostro y Kemiru ve en él una expresión que no le ha visto desde los días del asedio: excitación contenida, urgencia mal disimulada.
—¿Puedo entrar? Traigo noticias que os conciernen.
—Por supuesto.
Fra Antoine saluda a Elena y Caterina con cortesía, pero su nerviosismo es evidente. Saca de su túnica un pergamino lacrado con el sello papal.
—¿Recordáis lo que siempre decíamos? ¿Que Malta había sido solo el comienzo, no el final?
—Sí —responde Kemiru con voz extrañada, presintiendo ya el rumbo de la conversación.
—Su Santidad Pío V ha convocado una Liga Santa. España, Venecia, Malta y otros estados cristianos formarán una flota común para enfrentarse al Turco. El mando se ha confiado al mismísimo Juan de Austria, el hermanastro del rey de España.
Elena deja de tararear. Caterina permanece inmóvil con las verduras a medio pelar. Solo el pequeño Miguel continúa jugando, ajeno a la tensión que se ha apoderado de los adultos.
Kemiru toma el pergamino y lo lee. Cuando termina, permanece en silencio durante largo rato, contemplando las líneas que convocan a una nueva guerra santa contra el poder otomano.
—La flota se reunirá en Mesina en septiembre —continúa Fra Antoine—. La guerra que comenzó hace seis años va al fin a decidirse. Pero será en el mar. En algún lugar del Mediterráneo oriental.
Mira a su alrededor: su esposa, su hijo jugando, su madre adoptiva que ha encontrado la tranquilidad después de tanto sufrimiento. Después contempla el pergamino papal, con la llamada a una batalla que puede cambiar para siempre el equilibrio del Mediterráneo.
—Malta fue la primera piedra —dice—. Si la Liga Santa fracasa, todo lo que construimos aquí no habrá servido de nada. Si vencemos, el Mediterráneo volverá a ser cristiano para siempre.
Fra Antoine asiente gravemente.
—Es lo que yo he pensado. La decisión es vuestra, pero… —hace una leve pausa y añade—: Francisco y Hasan no dudarían sobre lo que hay que hacer.
Se acerca a la ventana que da al puerto, donde se ve el perfil de La Valeta recortado contra el cielo estrellado.
En algún lugar de esas calles en construcción están enterrados los huesos de los hombres que le enseñaron a vivir y a luchar.
En algún lugar del horizonte marino se está forjando el destino final de todo lo que ellos defendieron.
Vuelve junto a su familia y abraza a Elena sin decir palabra. Ella comprende, ha comprendido siempre, que hay deberes que un hombre no puede eludir cuando la Historia llama a su puerta.
—La Liga Santa —murmura Kemiru en voz baja.
Y en esas palabras queda contenido el futuro del Mediterráneo.
Fin