41
Caterina comprime el paño húmedo contra la frente de Francisco y observa cómo la sangre seca se disuelve lentamente.
Han pasado tres días desde que lo trajeron inconsciente del último asalto y la herida del cráneo no mejora.
El golpe contra las piedras del parapeto ha abierto una depresión en el hueso que no debería estar ahí.
Retira el paño ensangrentado. La piel aparece amoratada, hinchada.
—Maldito soldado terco —murmura mientras limpia la sangre coagulada—. Te dije que no debíamos enamorarnos.
Francisco permanece inmóvil, respirando trabajosamente. De vez en cuando murmura palabras inconexas, nombres de compañeros muertos, órdenes militares que ya no sirven para nada. Caterina conoce estos delirios. Siempre preceden al final.
Se sienta en el borde del jergón y toma la mano de su marido. Está fría. La herida ha dejado de sangrar, pero no es buena señal. Simplemente no queda mucha sangre que perder.
—No puedes morirte ahora —le dice en voz baja—. No después de casarte conmigo. No puedes hacerme esto.
Pero las palabras suenan huecas. Francisco se muere, lenta pero inexorablemente. Su cuerpo, curtido por años de guerra, finalmente ha encontrado heridas que no puede superar.
Caterina se levanta y camina hasta la ventana. Afuera, las calles del Burgo muestran los estragos del asedio. Casas derruidas, parapetos agrietados, soldados que se arrastran con vendajes sucios.
—Debería haber escuchado a mi madre —dice al aire matutino—. «No te enamores de soldados, Caterina. Los soldados siempre mueren antes de lo debido».
Se vuelve hacia Francisco. Su respiración es cada vez más irregular.
Francisco se agita, como si hubiera escuchado su voz desde muy lejos. Los párpados se le contraen, luchando por abrirse.
De pronto, desde la calle llegan voces excitadas. Gritos que despiertan hasta a los muertos.
Francisco abre los ojos con esfuerzo, arrastrándose de vuelta desde el umbral de la muerte.
—¿Qué pasa ahí fuera? —murmura con voz grave.
Caterina siente una punzada de alivio y dolor a la vez. Ha despertado, pero no le gusta el aspecto de su mirada.
—Las mismas voces de siempre —dice, fingiendo normalidad—. Soldados que no saben si morirse de miedo o ponerse a rezar.
—Dime la verdad, mujer —Francisco intenta incorporarse, pero las fuerzas le fallan—. ¿Qué pasa?
Kemiru irrumpe en la habitación con los ojos brillantes de excitación.
—¡Cabo Paco! Desde los muros se ven soldados acercándose. Muchos. Un ejército entero.
Francisco parpadea, como si las palabras tardaran en llegar a su cerebro.
—¿El socorro o los turcos?
—Nadie lo sabe, cabo. Las banderas están demasiado lejos para distinguirlas. Pero si son los turcos...
—Si son los turcos, esto se acabó para todos —termina Caterina sin dramatismo.
Francisco lucha por incorporarse. Cada movimiento le arranca una mueca de dolor que no puede ocultar.
La sangre vuelve a brotar de la herida de su cabeza, empapando el vendaje limpio que Caterina le había puesto hace apenas un momento.
—Ayúdame a llegar a las murallas. Necesito verlo con mis propios ojos.
Caterina le clava una mirada dura, aunque por dentro se le desmorona algo.
—Francisco, estás demasiado grave. No puedes...
Su voz se quiebra en la última palabra. Las lágrimas que ha estado conteniendo finalmente brotan, corriendo por sus mejillas.
—Por nuestro amor, Caterina. Déjame ver si hemos vencido o si vamos a morir juntos. Pero déjame verlo como un soldado.
Esas palabras la desarman. Por nuestro amor. El muy cabrón sabe qué cuerda tocar. Pero funciona, porque en el fondo sabe que es su última petición como marido.
—Maldito seas —susurra—. Kemiru, ayúdame. Si se nos muere por el camino, tú te encargas de explicárselo a San Pedro.
Entre los dos sostienen a Francisco, que se tambalea como un borracho. Cada paso hacia las murallas es una agonía que se ve reflejada en su rostro, pero él se obliga a seguir adelante con la terquedad del soldado viejo.
—Francisco —dice Caterina mientras avanzan por el pasillo oscuro—. Si son los turcos... si todo ha sido en vano...
—Si son los turcos —responde él con voz que se quiebra—, al menos habré sido tu marido. Unos días que han sido los mejores de mi vida.
Caterina aprieta los dientes y llora en silencio.
—Debería pegarte por hacerme esto. Por obligarme a quererte sabiendo que ibas a...
—Lo siento.
—No sientes una mierda… Los soldados nunca lo sentís de verdad.
Pero le aprieta el brazo con más fuerza, porque sabe que estas pueden ser las últimas palabras que intercambien como marido y mujer.
La luz del sol los golpea cuando salen al exterior. Francisco tiene que cerrar los ojos, cegado por la claridad después de tres días en la penumbra. Cuando los abre de nuevo, ve las ruinas del Burgo extendiéndose ante él como el esqueleto de un gigante muerto.
En los restos de la muralla se ha congregado la mitad de los supervivientes.
Soldados, caballeros y civiles que aguardan con el corazón en un puño mientras miran hacia el horizonte esperando el juicio final.
Algunos rezan en voz alta. Otros simplemente miran en silencio, demasiado agotados para mostrar emoción alguna.
—Las murallas —dice Francisco con voz cada vez más débil—. Necesito llegar arriba.
—Francisco, no puedes subir esas escaleras. Te vas a desplomar y nos vas a arrastrar contigo.
—Por favor.
Una sola palabra, dicha con la voz de un hombre que se muere, es suficiente para que Caterina ceda.
—Que Dios me perdone —murmura.
La escalera que sube al parapeto parece interminable. Cada escalón es un calvario. Francisco se agarra a las piedras con manos que tiemblan, pero consigue subir empujado por la voluntad férrea que mantiene a los soldados en pie cuando todo lo demás falla.
Fra Antoine de Montmorency está en lo alto, con la nariz rota del último asalto apenas vendada. Cuando ve a Francisco subir, sus ojos se abren con sorpresa.
—¡Francisco! Por todos los santos, deberías estar en cama.
—Necesito... ver... —jadea Francisco.
Cuando llegan a lo alto de la muralla, Francisco se desploma sobre el empedrado. Ya no puede tenerse en pie. Sus fuerzas se desvanecen como agua entre los dedos. Caterina y Kemiru lo sostienen, sentándolo con la espalda contra el parapeto.
—Kemiru, hijo —dice Francisco mientras Caterina le sostiene la cabeza—. Tu vista es mejor que la mía. ¿Qué ves?
Caterina siente cómo el cuerpo de Francisco se enfría en sus brazos. El corazón se le encoge. Puede sentir la vida escapándose de él con cada respiración trabajosa.
Kemiru se sube al parapeto agrietado y escudriña el horizonte con ojos que han aprendido a distinguir banderas y estandartes militares antes de tiempo.
El muchacho entrecierra los ojos contra el sol que brilla sobre los campos malteses. A lo lejos, una columna de polvo se eleva en el aire. Dentro de esa nube, formas oscuras avanzan hacia el Burgo.
Los minutos pasan como horas. Francisco lucha por mantenerse consciente, pero Caterina ve cómo se va apagando. Su respiración se vuelve más superficial. Sus labios adquieren un tono azulado.
—Kemiru —susurra Francisco—. ¿Qué ves, muchacho?
Kemiru se inclina más sobre el parapeto, arriesgándose a caer. El viento agita su cabello mientras estudia las banderas que ondean en la distancia.
Entonces su rostro se contrae. Ve algo que le hiela la sangre.
—Son... son banderas turcas —dice con voz que tiembla—. Veo el verde. Las medias lunas.
El silencio que sigue es absoluto.
En las murallas, los supervivientes se miran unos a otros. Algunos comienzan a llorar. Otros maldicen. Unos pocos simplemente se dejan caer donde están, sin fuerzas siquiera para procesar la noticia.
Francisco cierra los ojos. Caterina siente cómo algo se rompe en él, algo más profundo que las heridas del cuerpo. Un suspiro que suena a derrota final, a esperanza muriendo.
Cuatro meses. Cuatro meses de infierno. San Telmo, el hambre, la sed, la muerte constante. Los compañeros caídos. Las murallas destruidas. Los niños muertos. Todo... todo para nada.
—Mierda —susurra Caterina, y por primera vez su voz se quiebra completamente—. Después de todo esto... después de...
Las lágrimas corren por su rostro, cayendo sobre el de Francisco. Ha aguantado cuatro meses sin derrumbarse. Ha curado heridos, ha consolado moribundos, ha mantenido la esperanza cuando no había razón para tenerla. Pero esto es demasiado.
Francisco intenta hablar, pero no le salen las palabras. Solo un gemido ahogado.
Fra Antoine se deja caer de rodillas, sus labios moviéndose en oración silenciosa.
—Un momento... —dice de pronto Kemiru.
Su voz es diferente. Ya no temblorosa, sino aguda, cargada de una emoción que no logra identificar.
—¿Qué pasa? —pregunta Caterina con voz rota.
Kemiru se sube más alto en el parapeto, arriesgándose peligrosamente a caer. Se agarra con una mano mientras se hace sombra en los ojos con la otra.
—Las banderas turcas... no vienen hacia nosotros. ¡Van hacia el otro lado! ¡Corren!
—¿Corren? —repite fra Antoine, levantándose bruscamente—. ¿Qué dices, muchacho?
—¡Los turcos huyen! ¡Van en desbandada! ¡Y detrás de ellos...!
Kemiru grita tan fuerte que su voz se quiebra: —¡Hay más banderas! ¡Otras banderas! ¡Son rojas y blancas!
Francisco hace un esfuerzo sobrehumano por alzar la cabeza. Sus ojos, nublados por la agonía, intentan enfocar en el horizonte.
—¿La cruz de Borgoña? —susurra con voz apenas audible—. ¿El aspa roja de San Andrés?
Fra Antoine trepa al parapeto junto a Kemiru, para comprobarlo con sus propios ojos.
—¡Por todos los santos! —grita—. ¡Sí! ¡Es el aspa de San Andrés! ¡Son banderas españolas!
Por un momento nadie se mueve. Como si las palabras fueran demasiado grandes para creerlas. Como si el mundo hubiera dejado de girar y todos estuvieran suspendidos en ese instante imposible.
Kemiru se vuelve hacia Francisco, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¡Cabo Paco! ¡Los turcos huyen en desbandada hacia sus barcos! ¡Hemos ganado! ¡Nos hemos salvado!
Entonces explotan los gritos.
La ciudad entera prorrumpe en vítores que resuenan por toda Malta.
Las campanas empiezan a repicar con furia, todas a la vez.
Los soldados que apenas podían tenerse en pie saltan y se abrazan.
Los civiles lloran de alegría. Fra Antoine cae de rodillas con las manos alzadas al cielo, gritando oraciones de gratitud.
Pero Caterina solo tiene ojos para su marido, que se desvanece en sus brazos.
Francisco sonríe débilmente. Es una sonrisa de pura paz, como si acabara de resolver el enigma más difícil del mundo. Como si todas las heridas, todo el dolor, todo el sufrimiento de repente tuviera sentido.
—Malta está salvada —susurra apenas, y cada palabra le cuesta un esfuerzo inmenso—. Hemos vencido.
—Sí —dice Caterina, y ahora ya no trata de contener las lágrimas—. Hemos vencido, maldito soldado terco.
Francisco alza la vista al cielo azul de Malta. Sus ojos ya no enfocan bien, pero parece ver algo hermoso allí arriba. Algo que Caterina no puede ver.
—Y he sido tu marido —dice con voz que es apenas un suspiro—. He conocido lo que es el amor verdadero.
Caterina se inclina sobre él, acercando su rostro al suyo. Sus lágrimas caen sobre el rostro ensangrentado de Francisco.
—Y yo he sido tu esposa. Unos días... unos días que valían una vida entera.
—Caterina... —Francisco alza una mano temblorosa para tocar su mejilla—. ¿Te he hecho feliz? ¿Aunque solo hayan sido unos días?
Ella toma su mano y la aprieta contra su rostro, besándole los dedos fríos.
—Los días más felices de mi vida, maldito soldado. Los más felices de toda mi vida.
Francisco intenta responder, pero las palabras se desvanecen antes de formarse. Sus ojos se cierran lentamente, como si finalmente se permitiera descansar después de tantos años de lucha. Su respiración se vuelve casi imperceptible, apenas un susurro de aire.
—Francisco... —susurra Caterina—. Francisco, no me dejes. Por favor. No ahora. No cuando hemos ganado.
Pero él ya no responde. Su rostro permanece sereno, relajado. La sonrisa todavía curva ligeramente sus labios. Es la expresión de un hombre que ha encontrado la paz que buscaba, que muere sabiendo que su sacrificio no fue en vano.
Caterina lo abraza contra su pecho, sintiendo cómo su cuerpo se relaja completamente. Kemiru se arrodilla junto a ellos, tomando la otra mano de Francisco, llorando en silencio.
Las campanas de victoria siguen sonando a lo lejos. Los gritos de júbilo resuenan por todas las murallas. Malta celebra su salvación, su milagro, su victoria imposible.
Pero aquí, en este rincón del parapeto destrozado, Caterina solo escucha el silencio de su corazón roto.
Fra Antoine se acerca despacio, quitándose el morrión. Se arrodilla junto a ellos y hace la señal de la cruz sobre el cuerpo inmóvil de Francisco.
— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti ... —comienza a rezar con voz quebrada.
Kemiru solloza, aferrándose a la mano fría de Francisco. —No, cabo Paco. No. Tenías que ver la victoria. Tenías que...
—La vio, muchacho —dice Caterina con voz extrañamente calmada—. La vio. Y murió en paz sabiendo que habíamos ganado. Eso es... eso es más de lo que la mayoría de los soldados consiguen.
Se inclina y besa la frente de Francisco por última vez.
—Vuela, amor mío. Vuela con tus compañeros caídos. Cuéntales que Malta resistió. Que no murieron en vano.
El sol de Malta brilla sobre el Burgo destruido. Las campanas siguen repicando. La vida continúa su inexorable curso.
Pero Francisco de Peralta, veterano, superviviente de San Telmo, esposo de Caterina Sciberras durante apenas unos días, ha librado su última batalla.
Y la ha ganado.