40 #2
La batalla final por Malta está a punto de comenzar.
Los otomanos atacan al amanecer.
Los arqueros anatolios adelantan sus líneas y comienzan a lanzar nubes de flechas sobre las formaciones cristianas. Las saetas silban por el aire, clavándose en escudos, armaduras y, ocasionalmente, en carne.
Los arcabuceros españoles responden con descargas coordinadas que siegan las primeras filas enemigas. El aire se llena de humo acre mientras las dos fuerzas de infantería se acercan, disparando y recargando con eficiencia mortal.
Pero la verdadera batalla se decide en el control de la loma coronada por la torre medieval. Ambos ejércitos comprenden que quien domine esa altura dominará todo el campo de batalla.
Los jenízaros se lanzan al asalto de la colina con gritos de guerra que cortan el aire. Son soldados de élite, esclavos reclutados de niños y entrenados para no conocer más dios que Alá ni más señor que el sultán. Suben por la pendiente con las cimitarras relucientes y los arcabuces humeantes.
Los españoles aguardan en formación cerrada. Los piqueros han clavado sus lanzas en tierra, creando un erizo de hie rro impenetrable. Detrás de ellos, los arcabuceros descargan por turnos, manteniendo un fuego graneado constante.
—¡Firmes! —grita don Álvaro de Sande, cabalgando por detrás de las líneas—. ¡Que no digan que un español retrocedió ante un turco!
La primera oleada jenízara se estrella contra las picas españolas como olas contra un acantilado. Los turcos luchan con valor sobrehumano, intentando abrir brechas con sus cimitarras, pero las lanzas de cinco metros los mantienen a distancia mortal.
Un jenízaro enorme logra romper la primera fila de picas. Mata a dos piqueros españoles antes de que tres arcabuceros lo abatan con descargas simultáneas. Cae con tres disparos en el pecho, pero ya ha abierto una brecha.
Más jenízaros se precipitan por el hueco. Los españoles cierran filas desesperadamente. Un sargento extremeño grita órdenes mientras hunde su espada en el vientre de un turco. Cae él mismo un segundo después, al recibir una cuchillada en la garganta.
Mustafá Pachá, viendo que sus mejores soldados no consiguen tomar la colina, ordena un ataque general. Los sipahis cargan por el flanco izquierdo mientras los corsarios argelinos intentan envolver la posición cristiana por el derecho.
Es el momento decisivo de la batalla. Si los turcos consiguen romper la formación española, el ejército de socorro será destruido y Malta caerá.
Ascanio della Corgna ve venir la carga de caballería y grita a sus italianos: —¡Cuadros! ¡Formad cuadros!
Los soldados italianos se reorganizan con velocidad asombrosa, creando formaciones defensivas con las picas apuntando en todas direcciones.
Los sipahis golpean los cuadros como martillos contra yunques, pero no pueden romperlos.
Los caballos se encabritan ante el bosque de puntas de lanza.
Los jinetes disparan sus arcos y producen algunas bajas en el cuadro italiano.
—¡Mantened la formación! —ruge Ascanio, su espada ensangrentada brillando al sol—. ¡Por la Santísima Virgen, aguantad!
En el centro, don Álvaro de Sande ve el peligro. Los turcos están presionando desde tres direcciones. Sus soldados aguantan, pero no pueden hacerlo eternamente. No contra doce mil enemigos.
Necesita cambiar la inercia del combate.
—¡Reservas! —grita—. ¡Las reservas, conmigo!
Mil soldados frescos que ha mantenido ocultos detrás de la loma emergen corriendo. Son los mejores: veteranos de San Quintin, de Mühlberg, de las guerras de Italia. Hombres que han convertido el tercio español en una leyenda.
Se lanzan cuesta abajo con las picas en ristre, golpeando el flanco expuesto de los jenízaros que luchan por tomar la colina. El impacto es devastador. Los turcos, atacados por dos frentes, vacilan.
—¡Ahora! —grita Sande—. ¡A por ellos!
Los piqueros españoles que defendían la cima se lanzan al contraataque. De repente, son los jenízaros quienes retroceden.
Mustafá Pachá ve el cambio con horror. Sus mejores tropas están siendo rechazadas cuesta abajo. Monta su caballo y cabalga hacia el frente, gritando órdenes, intentando reagrupar a sus soldados.
Pero algo se ha roto en el ejército otomano.
No es solo esta batalla. Son cuatro meses de asedio infructuoso. Son miles de muertos por la disentería. Es el hambre, la sed, la desesperación acumulada de meses viendo morir a compañeros sin conseguir nada.
Los jenízaros, que durante siglos han sido invencibles, ahora dudan de todo.
Y la duda es mortal en combate.
Un grupo de azabs rompe filas y comienza a retroceder. Luego otro. Los oficiales turcos gritan, golpean a sus hombres con el plano de las espadas, intentan detener la retirada.
Pero es como intentar detener una avalancha.
Los sipahis, viendo a la infantería retroceder, también comienzan a retirarse. Necesitan su apoyo para cargar efectivamente, y está desapareciendo.
Ascanio della Corgna ve la oportunidad y grita: —¡Carga! ¡Por San Pedro y Santiago!
Los italianos rompen sus cuadros defensivos y se lanzan a la persecución. Los españoles los siguen. De repente, todo el ejército cristiano avanza como una marea de acero.
La retirada otomana se convierte en desbandada.
Mustafá Pachá intenta desesperadamente contener el pánico. Desmonta de su caballo y mata al animal para demostrar que no piensa huir.
—¡Soldados del sultán! —grita con voz que se quiebra—. ¡Formad! ¡Por el honor del islam!
Pero sus palabras se pierden en el caos. Los hombres que durante meses han obedecido sus órdenes sin cuestionarlas, ahora solo piensan en salvar la vida. Un grupo de jenízaros pasa corriendo junto a Mustafá sin siquiera mirarlo.
El pachá comprende que ha perdido no solo la batalla, sino también el respeto de sus soldados.
La persecución es implacable. Los soldados españoles, que han oído durante meses las historias de las atrocidades turcas en San Telmo, ahora tienen su venganza. Sus picas ensartan espaldas fugitivas. Sus espadas buscan carne enemiga sin piedad.
—¡No les deis respiro! —grita Sande—. ¡Que paguen por San Telmo!
Los campos malteses se llenan de cadáveres con turbantes. El calor es tan intenso que soldados de ambos bandos se desploman por el calor, pero la persecución continúa hasta que la columna de fugitivos alcanza las primeras estribaciones que descienden hacia la costa.
Las aguas azules de la bahía de San Pablo se tiñen de rojo cuando los supervivientes otomanos comienzan a luchar por embarcar en los botes que han de llevarlos a la seguridad de sus barcos.
Los soldados turcos, cargados con sus armaduras, se arrojan al agua sin importarles si saben nadar. Muchos se ahogan, lastrados por el peso del acero. Otros se encaraman como pueden a los botes, que se vuelcan por la desesperación de quienes intentan subir.
Don Álvaro de Sande contempla la escena desde las alturas con expresión sombría. Ha visto muchas batallas, muchas victorias, pero esta matanza en el agua le remueve algo en el estómago.
—Basta —ordena a sus soldados—. Dejad que embarquen a los supervivientes.
—¿Señor? —pregunta un capitán, sorprendido.
—Ya habéis oído. Retiraos a distancia de arcabuz. Que se marchen.
La disciplina de los tercios se impone. Los españoles se retiran a las colinas, permitiendo que los últimos otomanos embarquen sin ser molestados.
Mustafá Pachá es uno de los últimos en abandonar la playa. Con el agua hasta la cintura, ensangrentado y derrotado, mira por última vez hacia las colinas de Malta donde ondean los estandartes españoles.
Ha perdido más de la mitad de su ejército en esta maldita roca. Su carrera militar ha terminado en desastre. Pero conserva la dignidad hasta el final. Se vuelve hacia la isla y hace una reverencia militar antes de subir al bote que lo espera.
Cuando las últimas embarcaciones se alejan, don Álvaro ordena a sus hombres que busquen sombra. Los soldados, exhaustos, se refugian bajo los escasos árboles.
El campo de batalla queda cubierto de cadáveres. Turbantes, cimitarras, escudos con versículos del Corán, todo esparcido por la hierba chamuscada.
—Tres mil muertos, quizá más —murmura un soldado florentino.
Don Álvaro de Sande se persigna ante tanta destrucción y contempla el horizonte, allí donde las galeras turcas se alejan. Luego mira hacia el sur, hacia el Burgo, donde los caballeros han resistido cuatro meses de infierno.
—Enviad mensajeros —ordena—. Que sepan que hemos vencido. Que Malta está salvada.
Ascanio della Corgna se acerca, con una herida de arcabuz en el brazo que sangra pero que ignora completamente.
—Don Álvaro, ¿marchamos hacia el Burgo?
—Mañana. Hoy los hombres descansan. Se lo han ganado.
Esa noche, mientras los soldados duermen bajo las estrellas maltesas, las hogueras de victoria arden en las colinas. En el Burgo aguardan el amanecer sin saber aún que todo su sacrificio no ha sido en vano.
Malta está salvada.