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Dos días antes del último asalto al Burgo

Son las cuatro de la madrugada cuando los primeros botes tocan la costa maltesa en Mellieah.

El agua chapotea contra los cascos mientras los soldados saltan a la playa con el equipo a la espalda.

Ocho mil hombres desembarcando en silencio bajo un cielo sin luna, con la disciplina mecánica de veteranos que han hecho esto muchas veces.

Don Álvaro de Sande es el primero en poner pie en tierra.

Besa el suelo rocoso con la devoción de un peregrino.

Ha llegado hasta aquí después de sobrevivir al desastre de Djerba y a cuatro años de cautiverio pudriéndose en las mazmorras de Constantinopla.

Para él, pisar Malta no es solo una misión. Es saldar una cuenta pendiente.

—Silencio en las filas —susurra a los sargentos—. Que no se oiga ni una voz hasta que estemos a dos leguas de aquí.

Los soldados se despliegan por la playa con eficiencia silenciosa.

Son veteranos curtidos: extremeños, andaluces, florentinos, lombardos, napolitanos…

soldados de los tercios que han convertido la formación española en el terror de Europa.

También hay caballeros de Malta venidos como voluntarios, aventureros italianos en busca de gloria, soldados pontificios enviados por el papa.

El aire huele a sal, sudor y metal. Algunos hombres vomitan el bizcocho del desayuno, todavía mareados tras días de tormenta en las galeras. Otros se persignan dando gracias por haber sobrevivido al temporal que casi los envía al fondo del Mediterráneo.

Ascanio della Corgna supervisa las maniobras con su único ojo brillando con intensidad.

—Tenemos que llegar a Mdina antes del amanecer —le dice a Sande en voz baja—. Si los turcos nos pillan desperdigados, nos harán trizas.

—Lo sé. Pero estos hombres necesitan unos minutos para encontrar las piernas.

Vincenzo Anastagi aparece cabalgando desde la oscuridad con una docena de jinetes malteses.

—¡Don Álvaro! Gracias a Dios que habéis llegado.

—¿Cómo están las defensas?

—El Burgo y Senglea resisten, pero por los pelos. Si hubierais tardado unos días más...

No necesita terminar la frase.

—¿Y los otomanos?

Anastagi señala hacia el sur, donde un resplandor rojizo tiñe el horizonte.

—No creo que hayan detectado el desembarco, pero no tardarán. Tengo mulas y caballos para el equipo. Debemos movernos ya.

Los soldados forman columnas bajo las órdenes de sus sargentos. Las picas se alzan bajo las primeras luces del alba. Don Álvaro monta su caballo de guerra y contempla a los ocho mil hombres bajo su mando: soldados que han cruzado el Mediterráneo embravecido para llegar hasta aquí.

En el horizonte, las galeras de García de Toledo ya no se distinguen. El virrey ha cumplido su parte: desembarcar las tropas y largarse antes de que la flota otomana pueda interceptarlo. Ahora los ocho mil están solos en territorio enemigo.

—En marcha —ordena Sande—. Mdina nos espera.

El sol asciende mientras la columna española avanza por los senderos polvorientos de Malta. El calor, ya opresivo al amanecer, promete convertirse en una tortura muy pronto.

Don Álvaro de Sande cabalga arriba y abajo por la columna. Su ojo experto detecta los signos de agotamiento: soldados que se tambalean, otros que empiezan a deshacerse del equipo no esencial.

Ascanio della Corgna se acerca galopando desde la vanguardia.

—Don Álvaro, mis exploradores informan de movimiento turco al sur. Patrullas de caballería que nos observan desde las colinas.

—¿A qué distancia?

—Dos millas, quizá tres. Aún no se han acercado, pero saben que estamos aquí.

Sande maldice entre dientes. La carrera contra el tiempo se ha vuelto literal.

—¿Cuánto nos falta para Mdina?

—Seis millas. Pero a este paso, tardaremos cuatro horas.

Vincenzo Anastagi aparece desde un sendero lateral con malteses locales cargando odres de agua y mulas de tiro.

—¡Don Álvaro! He traído refuerzos y agua fresca. Mis paisanos conocen un atajo hacia Mdina.

—¿Cuánto nos ahorrará?

—Una hora, quizá dos. Pero el sendero es más empinado, los soldados lo sufrirán.

—Tomamos el atajo.

La columna se desvía por un sendero serpenteante que sube hacia las colinas. Los soldados jadean mientras ascienden. Las armaduras se calientan bajo el sol hasta convertirse en hornos de metal. Algunos hombres se desploman por los efectos de la insolación.

Pero la disciplina de los tercios se mantiene. Los que pueden ayudan a los que no pueden. La columna sigue avanzando bajo el sol implacable.

Al mediodía, con el sol convertido en martillo de fuego, alcanzan las primeras casas de los alrededores de Mdina. Los soldados, agotados pero con la moral alta, prorrumpen en murmullos de satisfacción al ver las murallas de la antigua capital.

Desde las torres de Mdina comienzan a repicar las campanas. Los ciudadanos de Mdina se agolpan para contemplar el espectáculo: ocho mil soldados del rey de España desplegando sus banderas bajo el sol de Malta.

Ahora sí, el socorro español por fin ha llegado.

Mustafá Pachá recibe la noticia del desembarco español mientras desayuna en su tienda. El pan sin levadura se le atraganta.

—¿Cuántos son? —pregunta con voz peligrosamente calmada.

El oficial traga saliva.

—Los exploradores hablan de diez mil hombres, pachá. Quizá más. Han desembarcado en la costa norte y marchan hacia Mdina.

Mustafá golpea la mesa con el puño. Cuatro meses sitiando esta maldita roca para que, al final, los cristianos consigan reforzarla cuando parecía al alcance de la mano.

Pialí Pachá entra en la tienda con expresión sombría.

—Las galeras enemigas han desaparecido en el horizonte. No hemos podido interceptarlas.

—Porque llegasteis tarde, como siempre —replica Mustafá con aridez.

La tensión entre los dos generales otomanos, latente durante todo el asedio, aflora ahora que la situación se hace desesperada.

—Mis galeras estaban fondeadas por el mal tiempo —responde Pialí.

—¡Basta de excusas! —grita Mustafá—. Además da igual. El enemigo está aquí. Ahora debemos decidir qué hacer.

Pialí se acerca al mapa desplegado sobre la mesa.

—Tardarán dos días en organizarse y salir de Mdina. Si nos ponemos en marcha esta noche, les cortaremos el paso antes de que puedan elegir el terreno de batalla.

Mustafá estudia el mapa. Todavía le quedan doce mil soldados Y el enemigo tiene unos diez mil cristianos. En campo abierto, con sus jenízaros y sipahis, su idea puede funcionar.

Es la jugada más arriesgada de toda la campaña. Si triunfa, Malta caerá y el Mediterráneo será un lago otomano. Si fracasa, cuatro meses de asedio habrán sido en vano.

Pero es su única oportunidad.

—Preparad las tropas —ordena—. Marchamos al anochecer.

Las tropas otomanas marchan en silencio bajo las estrellas. Doce mil soldados del sultán —jenízaros de élite, sipahis, arqueros anatolios, corsarios argelinos— avanzan por los senderos malteses mientras sus comandantes distribuyen las órdenes de batalla.

Mustafá Pachá cabalga a la vanguardia, contemplando a su ejército.

Se parecen poco a los hombres que trajo desde Estambul hace cuatro meses: entonces eran las mejores tropas del imperio, veteranas de docenas de campañas victoriosas.

Hoy son soldados desmoralizados, agotados, incapaces de creer en la victoria.

Pero siguen siendo más numerosos que los cristianos. Y en una batalla campal, los números pueden decidirlo todo.

—¡Soldados del sultán! —grita con voz que resuena por toda la columna—. ¡Hoy decidimos el destino de Malta! ¡Los cristianos han enviado a sus mejores guerreros, pero son pocos y están agotados! ¡Destruyamos su ejército y Malta caerá!

Los gritos de «¡Alá es grande!» se alzan hacia el cielo pálido del amanecer, pero Mustafá nota que suenan más a obligación que a convencimiento.

Mientras el ejército otomano avanza, Mustafá recibe informes constantes de sus exploradores. Los cristianos han salido de Mdina durante la noche y se están desplegando para la batalla en terreno elevado, cerca de una torre de vigilancia medieval.

Terreno elevado. Los españoles han conseguido elegir la posición.

Pero no importa. Doce mil soldados otomanos pueden desalojar a cualquier enemigo de cualquier colina.

O eso espera.

Don Álvaro de Sande recorre las filas de sus soldados con orgullo de veterano. Dos días de descanso y comida abundante en Mdina han obrado milagros. Los soldados que llegaron tambaleándose ahora forman cuadros perfectos, con las picas relucientes y los arcabuces cargados.

El terreno elegido para la batalla es una loma alargada coronada por los restos de una torre medieval. Desde allí se domina todo el valle por donde deben avanzar los turcos. Es una posición defensiva ideal: los enemigos tendrán que atacar cuesta arriba, bajo el fuego de los arcabuceros españoles.

—¡Españoles! —grita Sande desde su caballo—. ¡Habéis venido hasta Malta para salvar a la Cristiandad! ¡Los turcos creen que, porque somos menos, somos débiles! ¡Vamos a demostrarles lo que vale un soldado de Cristo!

—¡Viva España! ¡Viva el Rey!

Ascanio della Corgna forma a sus soldados italianos en el flanco derecho. El condottiero tuerto sonríe con feroz anticipación.

—Madonna, finalmente vamos a darles su merecido a estos perros turcos.

Las banderas se despliegan al viento matutino: el estandarte real de España, las cruces de los caballeros de Malta, los colores pontificios, las enseñas de los tercios. Los tambores baten un ritmo marcial que se escucha hasta en las murallas de Mdina.

Los exploradores malteses traen noticias del avance enemigo.

—¡Ahí vienen! —grita alguien desde las primeras filas.

En el horizonte aparece una línea oscura que se extiende de un extremo al otro del campo visual. Es el ejército otomano: miles de soldados marchando en formación, con el sol arrancando destellos de sus armas.

Los tambores turcos comienzan a sonar. Boom-boomboom. Boomboom-boom.

Don Álvaro de Sande desenvaina su espada y la alza hacia el cielo.

—¡Por Cristo, por España y por Malta!

—¡Por Cristo, por España y por Malta! —responden miles de voces.