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Kemiru es el primero en volverse. Se levanta lentamente, sin soltar la mano ensangrentada de Francisco, y mira hacia el mar, al norte.
Al principio no ve nada. Solo el azul profundo del Mediterráneo brillando bajo el sol. Pero entonces los distingue: puntos blancos en el horizonte. Pequeños al principio, pero creciendo con cada segundo que pasa.
Son velas. Docenas de velas que brillan bajo el sol mediterráneo como alas de ángeles descendiendo del cielo.
—¡Velas! —grita Kemiru con voz que se quiebra—. ¡Velas españolas! ¡Es el socorro! ¡El socorro ha llegado!
La noticia vuela de boca en boca más rápido que las balas de cañón. En cuestión de segundos, todos los supervivientes de Malta —defensores y atacantes por igual— se detienen y miran hacia el mar.
En minutos, todos se agolpan en los parapetos o se asoman desde las torres para contemplar el espectáculo más hermoso que han visto jamás.
Don García de Toledo ha llegado. Contra todo pronóstico, sobreviviendo al temporal que debería haberlo destruido, ha conseguido reagrupar su flota y traerla a Malta.
Las galeras españolas no se acercan al Gran Puerto donde la flota turca aguarda. En su lugar, navegan hacia el norte de la isla en perfecta formación. Cuarenta galeras —o quizá menos, es difícil contarlas desde la distancia— con sus estandartes desplegados al viento.
La cruz de San Andrés ondea orgullosa en los mástiles. Los pendones de Castilla y Aragón brillan como llamas rojas y doradas. Las banderas de los tercios italianos, las armas del Papa, la cruz de ocho puntas de Malta.
Es la visión más hermosa que los defensores han contemplado jamás.
Entonces resuenan las salvas.
Los cañones de las galeras rugen al unísono, no en combate sino en saludo triunfal. Boom. Boom. Boom. Una sin fonía de pólvora y hierro que anuncia una sola cosa: hemos llegado. Resistid. Ya estamos aquí.
El efecto sobre los atacantes es devastador e inmediato.
Los jenízaros, que hace minutos luchaban con denuedo sobrehumano, ahora se detienen y miran hacia el mar con expresión de incredulidad y horror. Las órdenes de retirada comienzan a resonar en turco y árabe, primero vacilantes, luego con urgencia creciente.
—¡Retiraos! ¡Los españoles han llegado!
—¡Volvemos al campamento!
En cuestión de minutos, el asalto que debía conquistar Malta termina en una desbandada desordenada. Los turcos abandonan las torres de asedio y corren hacia su campamento. Algunos arrojan sus armas para correr más rápido. Otros tropiezan en su prisa y son pisoteados por sus propios compañeros.
El pánico es contagioso. Se extiende como fuego en paja seca. Pronto miles de soldados otomanos huyen en desorden hacia sus líneas, perseguidos por los gritos de júbilo de los defensores.
Fra Antoine, con la nariz rota y la cara empapada de sangre, contempla la escena con incredulidad.
—Se retiran... Por Dios santo, se retiran...
Su voz se quiebra. Cae de rodillas sobre el parapeto y comienza a llorar. A su alrededor, otros soldados hacen lo mismo. Algunos lloran de alivio. Otros rezan. Unos pocos simplemente se desploman, agotados más allá de lo que el cuerpo humano puede soportar.
En las murallas se alzan gritos de júbilo que se extienden por toda Malta: —¡Victoria y socorro!
—¡Dios ha salvado Malta!
—¡Santiago y cierra, España!
—¡Viva el Rey católico!
Las campanas comienzan a repicar. Primero una, en la iglesia de San Lorenzo. Luego otra, en Senglea. Después todas a la vez, creando una sinfonía de bronce que anuncia al mundo que Malta resiste. Malta vive. Malta ha vencido.
Caterina y Kemiru, arrodillados junto a Francisco, contemplan las galeras que continúan su rumbo hacia el norte de la isla. Las lágrimas se mezclan con la sangre, la pólvora y la tierra de sus rostros.
—Ha llegado el socorro —susurra Caterina con voz entrecortada—. Francisco tenía razón. El Rey no nos ha abandonado.
Francisco abre los ojos con inmensa dificultad. Su visión está borrosa, manchada de rojo, como si mirara el mundo a través de una cortina de sangre.
—¿Las... velas españolas? —Su voz es apenas un susurro, tan débil que Caterina tiene que acercar su oído a sus labios para escucharlo.
—Sí, cabo Paco —dice Kemiru, apretando su mano con fuerza—. Han venido a salvarnos.
Una débil sonrisa se dibuja en el rostro ensangrentado de Francisco. Es una sonrisa de triunfo y alivio mezclados. Ha resistido. Todos han resistido. Malta no ha caído. Todos los muertos, los sacrificios no han sido en vano.
—Lo... logramos... —susurra.
Son sus últimas palabras antes de que la oscuridad lo envuelva completamente.
Sus ojos se cierran. Su cuerpo se relaja. La mano que Kemiru sostiene se vuelve flácida.
—¡Francisco! —Caterina grita su nombre con desesperación, buscando el pulso en su cuello con dedos temblorosos—. ¡Francisco! ¡No! ¡No me dejes!
Lo encuentra: débil, irregular, pero presente. Un latido tan tenue que casi desaparece entre sus dedos. Pero está ahí.
—¡Ayudadme! —grita a los soldados que corren por todas partes celebrando la llegada del socorro—. ¡Ayudadme a llevarlo al hospital! ¡Rápido!