Arde Malta 39 #2
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39 #2

El casco rebota sobre las piedras y desaparece entre los combatientes.

Francisco retrocede, mareado y aturdido. El mundo da vueltas a su alrededor. Ve al jenízaro acercarse para el golpe de gracia, pero parece moverse en un mundo submarino, lento e irreal.

Fra Antoine ve el peligro y se lanza hacia ellos. Clava su espada en el vientre del jenízaro con toda su fuerza.

El turco se arquea, escupe sangre, pero está tan lleno de furia que no cae inmediatamente. Gira hacia fra Antoine y lo golpea con la empuñadura de su yatagán, rompiéndole la nariz al caballero francés.

Francisco, medio ciego por la sangre, ve su oportunidad. Toma su daga y la hunde en el costado del jenízaro, entre las placas de la armadura.

Esta vez el gigante cae.

Pero al caer, agarra a Francisco con sus manos de hierro. Lo arrastra consigo. Ambos cuerpos se precipitan desde el parapeto al interior del Burgo.

Francisco siente el vacío bajo sus pies. Luego el impacto.

Golpea el suelo con violencia terrible. Su cabeza desprotegida rebota contra una piedra con un chasquido húmedo.

El mundo se oscurece de golpe.

Francisco no sabe cuánto tiempo ha pasado. Segundos. Minutos. Horas. Todo es confusión.

Está tendido en el suelo, sin poder moverse. La cabeza le duele como si una fiera le estuviese masticando el cráneo. La sangre forma un charco bajo su cabeza. Cada latido de su corazón envía nuevas oleadas de agonía.

Ve borrosas las figuras que luchan sobre su cabeza. Los cristianos resisten heroicamente, pero son demasiado pocos. Una cuarta torre de asedio se acopla a los muros.

El sonido de la batalla se aleja, como si se hundiera en agua profunda. Los gritos se vuelven ecos. El chocar de aceros suena cada vez más lejano.

Va a morir aquí. Lo sabe. Puede sentir la vida escapándose con cada gota de sangre que empapa las piedras.

Piensa en Caterina. En su rostro cuando la vio esta esta mañana. En sus ojos llenos de amor y terror. En el anillo de cobre que lleva colgado del cuello junto a la medalla de su madre.

Lo siento, amor mío. Te prometí volver. Te prometí...

Entonces, en medio de la confusión, distingue una figura pequeña que se acerca corriendo entre los combatientes. Es Kemiru, deslizándose entre las piernas de los luchadores con la agilidad de una comadreja, esquivando golpes, saltando sobre cadáveres.

—¡Cabo Paco! —grita el muchacho al verlo tendido.

Se arrodilla junto al soldado herido y examina sus heridas con ojos que han visto demasiado para su edad. En estos últimos tres meses, Kemiru ha visto hombres morir de mil maneras diferentes. Sabe reconocer una herida mortal cuando la ve.

Y esta puede serlo.

—Tranquilo, cabo Paco. Tranquilo. Voy a buscar ayuda.

Se quita su camisa con manos temblorosas y la presiona contra la herida de la cabeza para contener la hemorragia. Pero la sangre empapa la tela inmediatamente. Hay demasiada. Demasiada.

El muchacho sale corriendo, esquivando cuchilladas y balazos, gritando el nombre de Caterina una y otra vez. Francisco queda tendido en el suelo, contemplando el cielo azul de Malta que se oscurece lentamente ante sus ojos.

Desde algún lugar muy lejano le llegan los gritos de guerra, el chocar de aceros, el rugido de los cañones. Pero todo va perdiendo intensidad, alejándose por un túnel infinito hacia la oscuridad.

Se muere. Lo sabe con certeza absoluta. Ha visto morir a suficientes hombres para reconocer las señales. El frío que se extiende por sus extremidades. La debilidad que convierte los músculos en agua. La oscuridad que le invade desde los bordes de su visión.

Al menos morí luchando, piensa. No como un perro en un callejón. Como un soldado en las murallas.

Kemiru regresa corriendo con Caterina. La mujer se arrodilla junto al soldado herido, y Francisco ve su rostro sobre él como una aparición. Está llorando. Las lágrimas corren por sus mejillas manchadas de sangre y tierra.

—Francisco —susurra con voz quebrada—. Francisco, ¿me oyes?

Él intenta sonreir y decir algo, pero solo articula un gemido ahogado. Su boca se mueve pero no hay palabras.

Caterina examina la herida con manos expertas pero temblorosas. Ha curado cientos de heridos durante el asedio. Sabe exactamente lo grave que es esta.

—Está vivo —murmura, más para sí misma que para Kemiru—. Malherido, pero vivo. Tengo que detener la hemorragia. Tengo que...

Rasga su propia falda para hacer vendajes mientras Kemiru ayuda a mantener presión sobre la herida principal.

—Francisco —le susurra Caterina, acercando su rostro al de él—. Francisco, mírame. Mírame.

Los ojos de Francisco se enfocan con dificultad en su rostro. Quiere decirle tantas cosas. Quiere decirle que la ama. Que estos últimos días como su esposo han sido los más felices de su vida. Que no se arrepiente de nada.

Pero solo puede mover los labios en silencio, intentando articular palabras. Caterina acerca su oído.

—Kemiru... el muchacho... cuídalo...

—Shhh. No hables. Guarda tus fuerzas.

Pero Francisco necesita decirlo. Necesita que ella lo sepa.

—Te... amo... Cate...

No puede terminar la palabra. La oscuridad se cierra sobre él como agua negra.

En ese momento, un grito se eleva desde las murallas. Un grito diferente a todos los anteriores. No es un grito de dolor o de furia. Es un grito de... ¿incredulidad?

—¡Barcos! —grita alguien desde el parapeto—. ¡Vienen barcos!