Arde Malta 39
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En el Burgo, la bruma del amanecer envuelve las ruinas como un sudario. Francisco de Peralta se despierta con un dolor sordo que le atraviesa todo el hombro izquierdo. La herida de San Telmo, aunque ya curada, todavía le duele algunos días.

Se incorpora lentamente, apoyándose contra las piedras frías del parapeto.

A su alrededor, los últimos supervivientes de la defensa se preparan para otro día que podría ser el último.

Rostros demacrados por el hambre, ojos hundidos que han perdido la capacidad de llorar, manos que tiemblan de agotamiento más que de miedo.

—Maldita sea —murmura entre dientes mientras se frota el hombro.

Fra Antoine de Montmorency se acerca con expresión preocupada. Lleva en las manos una jarra de agua turbia y un trozo de pan tan duro que podría usarse como proyectil.

—Francisco, tienes mala cara.

—Todos tenemos mala cara.

Acepta el agua pero rechaza el pan con un gesto. No le gusta comer antes de una batalla.

—Mira allí —dice Francisco, señalando hacia el campamento turco—. Algo está pasando.

Fra Antoine agudiza la vista. Es cierto: los otomanos despliegan una actividad inusual. No es el ritmo rutinario de un ejército atrincherado, sino el frenesí de quienes se preparan para jugárselo todo a una carta.

Columnas de soldados marchan hacia las posiciones de asalto. Se alzan nuevas banderas en puntos estratégicos. Y lo más inquietante: están moviendo torres de asedio hacia las murallas.

Francisco se incorpora completamente, olvidando el dolor. Ha visto torres de asedio antes, en grabados y relatos de batallas medievales. Pero nunca pensó que volvería a ver esa táctica antigua en acción.

Las estructuras de madera se acercan lentamente, empujadas por centenares de hombres.

Son construcciones imponentes, de tres o cuatro plantas de altura, coronadas por plataformas desde las que los jenízaros podrán disparar directamente sobre los defensores.

En sus bases, protegidos por tablones gruesos, soldados de asalto aguardan el momento de saltar a las murallas cristianas.

—Torres medievales… —dice Francisco con una mueca que podría ser sonrisa o expresión de dolor—. Los muy hideputas van a intentar el asalto a la antigua usanza.

—Van a por todas —murmura fra Antoine—. O toman Malta hoy…

Francisco asiente. Conoce esa desesperación. La ha visto en Mühlberg, en los muros de Argel, en docenas de asedios. Es la desesperación del atacante que sabe que se le acaba el tiempo y decide jugarse la vida en un último envite.

—¿Dónde está el Gran Maestre?

—En la plaza, organizando la defensa. Nos ha asignado defender este sector. Tú, yo, y ochenta hombres contra lo que sea que venga por esas torres.

—Ochenta hombres —repite Francisco con amargura—. Hace tres meses éramos seis mil.

—Y aquí seguimos. Eso es lo que importa.

El sol asciende lentamente, tiñendo de dorado las piedras maltesas destrozadas. Será un día hermoso para morir, piensa Francisco. El cielo está despejado, el aire es limpio a pesar del olor a muerte que impregna cada rincón del Burgo. Un día perfecto para asistir al fin del mundo.

Los primeros tambores otomanos comienzan a sonar con un ritmo hipnótico que se mete en los huesos. Boom-boomboom. Boomboom-boom. El latido del corazón de un gigante dispuesto a todo.

Francisco revisa su arcabuz por última vez.

La mecha está en buen estado, seca y bien trenzada.

La pólvora está protegida en sus apóstoles.

Tiene cuatro balas. Cuatro vidas turcas, si tiene buena puntería.

Luego será el combate cuerpo a cuerpo con su partesana.

Y después... bueno, después ya no importará.

—¡A vuestros puestos! —grita a los hombres de su sección—. ¡Los turcos vienen!

Los soldados se dispersan por el parapeto, cada uno buscando su posición asignada.

Algunos son veteranos del Tercio como Francisco, hombres de los refuerzos que trajo Melchor de Robles.

Si no fuera por ellos, ya no quedaría nadie para defender el Burgo.

El propio Robles murió el día anterior alcanzado por un disparo.

Francisco echa la cuenta y se da cuenta de que él es el último oficial español con vida en Malta.

Todos los capitanes españoles enviados a Malta antes durante el asedio han muerto ya.

Incluso el hijo de don García de Toledo, Fadrique, dejado en Malta para garantizar el regreso de su padre, murió hace unos días.

En su grupo también hay milicianos malteses. Hombres que nunca habían empuñado un arma antes del asedio. Unos pocos son caballeros hospitalarios, todavía con sus sobrevestes blancas manchadas de sangre y tierra.

Todos saben que este es el final.

Los tambores se intensifican. El ritmo se acelera. Y entonces todo se desata.

Lo que queda del ejército otomano se lanza al asalto de Malta.

Jenízaros con sus tocados de plumas blancas, arqueros de Anatolia, corsarios argelinos sedientos de botín y venganza.

Todos corriendo hacia las murallas cristianas con la ferocidad de quienes apuestan el honor, la fortuna y la vida en una sola jugada.

Las torres de asedio se acercan inexorablemente. Sus ruedas chirrían contra las piedras con quejidos de animal herido. Desde sus plataformas elevadas, los tiradores turcos comienzan a disparar sobre los parapetos, obligando a los defensores a agacharse.

Francisco se asoma lo justo para apuntar. Ve a un arcabucero turco en la plataforma superior de la torre más cercana. El hombre está cargando su arma, preparándose para disparar.

Francisco aprieta el gatillo. El arcabuz ruge. A cien pasos de distancia, el turco se desploma y cae desde la plataforma. Su cuerpo golpea el suelo con un ruido sordo.

—¡Bien tirado, Francisco! —grita fra Antoine a su espalda.

Pero Francisco ya está recargando. No tiene tiempo para regodearse. Otro turco ocupa inmediatamente el lugar del caído.

A su alrededor, otros arcabuceros disparan. Cada descarga derriba uno o dos atacantes. Pero por cada turco que cae, aparecen tres más. Son como una marea interminable de carne y acero.

La primera torre de asedio llega a los muros. Francisco siente el impacto cuando la estructura golpea las piedras. Con un estrépito ensordecedor, la rampa frontal se abate sobre el parapeto como una lengua de madera.

Los jenízaros se lanzan al asalto gritando sus plegarias de guerra.

—¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar!

Lo que sigue es una carnicería. Turcos y cristianos se enfrentan cuerpo a cuerpo en los estrechos parapetos. Los sables curvos chocan contra las espadas. Las picas buscan carne. Las dagas encuentran gargantas.

La sangre salpica las piedras milenarias de Malta.

Francisco deja caer su arcabuz humeante y empuña su partesana. Un jenízaro se lanza sobre él con la cimitarra en alto. Francisco para el golpe con el asta de su arma, pero la fuerza del impacto lo hace retroceder un paso.

El turco es joven, fuerte, lleno de la energía del fanático. Francisco tiene treinta años de experiencia pero tres meses de hambre y agotamiento en sus músculos.

Ya no vence el más fuerte sino el menos agotado.

El jenízaro lanza una serie de tajos rápidos. Francisco los para todos, pero cada impacto envía ondas de dolor por sus brazos cansados. Retrocede otro paso. Luego otro.

Pero entonces Fra Antoine aparece de la nada y clava su espada en el costado del jenízaro. El turco grita y se gira hacia su nuevo atacante. Francisco aprovecha para hundir la punta de su partesana en la espalda del enemigo.

El jenízaro cae sin emitir sonido.

—¡Gracias! —jadea Francisco.

Pero no hay tiempo para más palabras. Ya viene el siguiente atacante. Y el siguiente. Y el siguiente.

Una segunda torre de asedio se acopla a los muros a veinte metros de distancia. Luego una tercera. Los turcos se desparraman sobre las murallas como agua rompiendo un dique.

Francisco lucha como un autómata. Clava, retira, clava de nuevo. Para golpes. Esquiva tajos y estocadas. Sus brazos arden como si estuvieran en llamas. El sudor le ciega. La sangre —suya, de enemigos, imposible saberlo— le empapa el jubón.

A su derecha cae un soldado maltés con la garganta abierta. A su izquierda, un jenízaro atraviesa con su yatagán a un caballero hospitalario. Fra Antoine mata al jenízaro, pero otro ocupa inmediatamente su lugar.

El empuje enemigo es interminable. Por cada turco que matan, aparecen dos más. Las torres vomitan atacantes sin cesar.

A un caballero maltés se le ocurre la genialidad de abrir un boquete en la base del muro, introducir la boca de un cañón y disparar contra la base de una torre de asedio una carga especial hecha de cadenas de hierro.

La jugada tiene éxito. La torre se parte y cae hecha pedazos como si un leñador la hubiese talado con un hacha gigante.

Pero el resto de torres siguen vomitando enemigos en el interior del Burgo.

Francisco ve con el rabillo del ojo cómo los defensores retroceden paso a paso. La línea se está rompiendo. En cuestión de minutos, los turcos estarán dentro de la ciudad.

Y entonces todo habrá terminado.

Un turco gigantesco se abre paso hasta Francisco. Es un monstruo de hombre, con brazos como troncos de árbol y un yatagán enorme. Lleva una armadura de placas que brilla bajo el sol. Sus ojos negros brillan con furia asesina y determinación.

Francisco reconoce a un campeón cuando lo ve. Este hombre no es un simple soldado. Es uno de los mejores, enviado específicamente a romper la resistencia cristiana.

El turco lanza un tajo demoledor. Francisco lo para con el asta de su partesana, pero esta se parte en dos.

El turco sonríe. Sabe que ha ganado.

Lanza otro golpe que Francisco apenas esquiva. La hoja pasa tan cerca que le corta un mechón de cabello. Francisco retrocede, tropezando con un cadáver.

El jenízaro aprovecha para asestar un tercer tajo, este dirigido directamente a la cabeza de Francisco.

Francisco trata de esquivarlo, pero el arma enemiga le golpea en el morrión. El impacto es tan fuerte que el morrión de Francisco sale volando por los aires.