Arde Malta 38 #2
89%

38 #2

Es un espectáculo impresionante. El poder de la monarquía hispánica desplegado en toda su gloria.

Las primeras horas de navegación transcurren sin inci dentes. El sol brilla, el viento es favorable, los remeros mantienen un ritmo constante. Los soldados se instalan en sus posiciones, algunos durmiendo, otros jugando a los dados, unos pocos rezando en voz baja.

García de Toledo observa el horizonte constantemente. Malta está a dos días de navegación con buenas condiciones. Dos días que pueden parecer una eternidad o pasar en un suspiro.

Hacia media tarde, don Álvaro de Bazán se acerca con expresión preocupada.

—Excelencia, el piloto mayor dice que el barómetro está cayendo. El viento ha cambiado de dirección. Viene ahora del sudoeste.

García de Toledo mira hacia el horizonte. Es cierto. Unas nubes oscuras comienzan a formarse en la distancia, como manchas de tinta extendiéndose sobre un pergamino.

—¿Qué tan grave es?

—Difícil de saber. Podría ser solo una tormenta pasajera. O podría ser algo peor.

—Mantenemos el rumbo. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Pero conforme avanzan las horas, las nubes se acercan. El viento se intensifica. El mar, que al mediodía parecía un espejo, comienza a encresparse. Las galeras empiezan a cabecear sobre olas cada vez más altas.

Al caer la noche, la tormenta está encima de ellos.

El primer golpe llega como un puñetazo de un gigante invisible.

Una ola monstruosa se levanta desde la nada y golpea la proa de la galera capitana. El agua se derrama sobre la cubierta como una cascada, arrastrando todo lo que no está amarrado. Los soldados gritan. Los marineros corren a asegurar los cabos.

—¡Todas las manos a cubierta! —ruge el capitán de la galera—. ¡Asegurad las velas! ¡Remeros, mantened la boga!

Pero mantener el ritmo de boga es casi imposible. Las galeras, diseñadas para aguas tranquilas del Mediterráneo, se sacuden violentamente con cada ola. El agua se cuela por las portañolas de remo, empapando a los remeros encadenados a sus bancos.

García de Toledo se agarra a la borda con ambas manos mientras otra ola golpea la nave. El viento aúlla como mil demonios enloquecidos. La lluvia cae con tanta fuerza que apenas puede ver más allá de unos pocos metros.

—¡Excelencia! —grita don Álvaro de Bazán, tambaleándose por la cubierta empapada—. ¡Debemos buscar refugio! ¡No podemos continuar con este temporal!

—¡No! ¡Mantenemos el rumbo hacia Malta!

—¡Excelencia, perderemos la flota si seguimos así!

Pero sus palabras se pierden en el rugido de la tormenta.

Un rayo ilumina el cielo con luz cegadora.

En ese instante de claridad, García de Toledo puede ver el verdadero alcance del desastre: las galeras se han dispersado.

La formación perfecta se ha deshecho. Algunas naves luchan por mantenerse a flote a cientos de metros de distancia.

Otras han desaparecido completamente, tragadas por cortinas de lluvia.

—¡Señal a todas las naves! —ordena—. ¡Mantened la formación!

Pero es inútil. Las banderas de señales se desgarran apenas las izan. Los tambores quedan ahogados por el estrépito de la naturaleza desatada.

Un marinero se acerca arrastrándose, aferrándose a los cabos para no ser barrido por el siguiente golpe de mar.

—¡Excelencia! ¡La galera San Felipe hace señales de socorro! ¡Hace agua!

García de Toledo mira hacia donde señala el marinero. Entre las cortinas de lluvia, apenas distingue la silueta de una galera peligrosamente escorada. Una ola gigantesca se abate sobre ella. Cuando el agua se retira, la galera ha desaparecido.

Solo quedan escombros flotantes y algunos hombres afe rrados a pedazos de madera, gritando pidiendo ayuda que nadie puede darles.

—Dios nos ampare —murmura García de Toledo.

Don Álvaro de Sande se arrastra hasta él, empapado de pies a cabeza.

—¡Es el propio diablo que no quiere que lleguemos a Malta! —grita.

Ascanio della Corgna aparece desde las escaleras que conducen a la bodega, escupiendo agua salada.

—¡Madonna! ¿El diablo? —Ríe como un loco—. ¡Entonces es un diablo idiota, porque también hundirá a los turcos! ¡Dios nos pone a prueba, amico, pero los pone a prueba a ellos también!

Otro chasquido seco resuena sobre el rugido del viento. La vela mayor de una galera cercana se desgarra de arriba abajo. La tela se agita violentamente antes de ser arrancada por completo y desaparecer en la oscuridad como un fantasma.

García de Toledo contempla horrorizado cómo su flota se desintegra. Es exactamente lo que el marqués de Estepona había advertido. El temporal los está destrozando antes siquiera de avistar al enemigo.

Una ola más grande que todas las anteriores se levanta delante de la galera capitana. Por un momento parece que va a engullirlos. García de Toledo ve la pared de agua negra elevándose sobre ellos como una montaña líquida.

Luego golpea.

El mundo se convierte en caos absoluto. Agua por todas partes. Gritos ahogados. Maderas crujiendo. El sabor salado del mar en la boca.

Cuando el agua se retira, García de Toledo sigue agarrado a la borda. Pero varios hombres han desaparecido, arrastrados por el mar.

—¡Excelencia! —Don Juan de Cardona aparece con expresión desesperada—. ¡Hemos perdido el contacto visual con más de la mitad de la flota! ¡No sabemos dónde están!

García de Toledo mira a su alrededor. Es cierto. Solo ve cinco o seis galeras cerca. Las demás han desaparecido en la oscuridad y la tormenta.

Su flota perfecta se ha convertido en fragmentos dispersos luchando cada uno por su supervivencia.

—¡Señal a todas las naves que puedan vernos! —grita—. ¡Virad hacia el norte! ¡Buscamos refugio!

Es la orden más difícil que ha dado en su vida. Significa admitir la derrota. Significa reconocer que el marqués de Estepona tenía razón. Significa abandonar a Malta cuando más lo necesita.

Pero no tiene opción. Si continúan, perderá toda la flota. Y entonces no habrá ninguna esperanza para nadie.

Las banderas de señales se izan con dificultad. Algunas galeras las ven y comienzan el tortuoso proceso de virar en medio del temporal. Otras siguen luchando hacia el sur, hacia Malta, sin saber que su comandante ha dado la orden de retirada.

La galera capitana comienza a girar. Es un proceso lento, peligroso. Por un momento parece que van a volcar. Los remeros luchan desesperadamente por mantener el control. Lentamente, dolorosamente, la proa apunta hacia el norte.

Hacia Sicilia.

Hacia la seguridad.

García de Toledo permanece agarrado a la borda, mirando hacia donde debería estar Malta. En algún lugar tras esas cortinas de lluvia, La Valette y sus caballeros resisten. Esperan el socorro que él prometió traer.

Y él está huyendo.

—Perdonadme —murmura, aunque sabe que nadie puede oírlo sobre el rugido de la tormenta—. Perdonadme, pero debo salvar lo que queda de esta flota.

Otra ola gigantesca golpea la galera. El agua inunda la cubierta. Los hombres gritan. Algunos rezan. Otros maldicen.

La tormenta continúa con furia implacable.

Y en la oscuridad absoluta de la noche mediterránea, la flota española se dispersa como hojas en el viento.

García de Toledo cierra los ojos mientras el agua salada le azota el rostro. Ha fracasado. Todos sus cálculos, todas sus deliberaciones, toda su prudencia... para nada.

Malta caerá.

Y la Historia lo recordará como el hombre que pudo salvarla, pero llegó demasiado tarde.