38
Don García Álvarez de Toledo no puede dormir. Desde la ventana de su despacho contempla las aguas plomizas del Mediterráneo mientras el reloj de la torre marca las cuatro de la madrugada. En el palacio reina un silencio sepulcral sólo roto por el crujir de maderas viejas y el rumor lejano del mar.
Sesenta millas de distancia hasta Malta. Sesenta millas que se han convertido en una eternidad cuando cada hora puede decidir el destino de la Cristiandad.
Se sirve una copa de vino de Marsala. Sus manos, curtidas por décadas de guerra en el norte de África, tiemblan ligeramente. No por miedo, sino por el peso de una decisión que marcará su lugar en la historia.
Sobre la mesa de roble reposan las cartas de La Valette.
La letra temblorosa del Gran Maestre trasluce la desesperación que intenta ocultar en sus palabras: «Excelencia, los turcos nos acosan día y noche.
Nuestros muros se desploman. La gente muere de hambre.
Si el socorro no llega en días, Malta caerá».
Días. La Valette pide días y él lleva semanas rumiando la decisión.
Un golpe suave en la puerta interrumpe sus cavilaciones. Entra su secretario, un hombrecillo de cabello entrecano.
—Excelencia, don Juan de Cardona acaba de llegar y solicita audiencia urgente. Dice que trae noticias de Malta.
Don García asiente.
—Que pase.
Cardona entra con paso presuroso. Su rostro demacrado delata que acaba de llegar tras una navegación difícil. El olor a salitre y sudor lo acompañan.
—Excelencia —dice sin preámbulos—, acabo de regresar de la isla de Gozo. Los mensajeros de La Valette informan que la situación es desesperada. El Burgo es un montón de ruinas. Senglea apenas resiste. El final es inminente.
—¿Cuánto tiempo les queda?
—Días, tal vez horas. Los turcos preparan un asalto final. Si no llegamos antes...
No termina la frase. No hace falta.
García de Toledo cierra los ojos. Ve con nitidez el futuro que se avecina si no actúa: Malta en manos otomanas, Sicilia amenazada, toda Italia abierta a merced de las dagas turcas. Su nombre maldecido por la Historia como el hombre que pudo salvar la Cristiandad pero prefirió la prudencia.
Cuando vuelve a abrir los ojos, algo ha cambiado en su mirada.
—Convocad inmediatamente a todos los generales —ordena con voz que no admite réplica—. A don Álvaro de Sande, a Ascanio della Corgna, a don Álvaro de Bazán, a don Sancho de Londoño... A todos. Que vengan ahora mismo.
—¿Ahora, Excelencia? Aún es de noche y...
—¡Ahora!
El secretario se cuadra y sale corriendo. Sus pasos resuenan por los pasillos del palacio, despertando a todo el personal. En minutos, el edificio hierve de actividad: mensajeros que corren en todas direcciones, oficiales que se visten a toda prisa, el repiqueteo de botas sobre el mármol.
García de Toledo permanece solo ante la ventana, contemplando el horizonte donde pronto aparecerá el alba. La decisión está tomada. Ya no hay vuelta atrás.
Una hora después, la sala del consejo está llena de hombres adormilados pero expectantes.
Don Álvaro de Sande, a pesar de su edad y achaques, es el primero en llegar.
Le siguen Ascanio della Corgna, don Álvaro de Bazán, don Sancho de Lon doño, el marqués de Estepona y los demás comandantes.
Todos perciben que algo ha cambiado en el virrey.
García de Toledo los recorre con la mirada. Estos hombres han puesto sus vidas en sus manos. Malta aguarda su decisión. Y la Historia le espera.
—Señores —dice con voz clara y firme—, hemos esperado ya demasiado. Cada día que pasa es un día más que regalamos a Solimán. Malta se desangra mientras nosotros deliberamos.
Los generales intercambian miradas. Algunos asienten, otros permanecen inexpresivos.
—He tomado una decisión. Zarpamos al amanecer.
Un murmullo recorre la estancia. El marqués de Estepona se yergue en su asiento.
—Pero Excelencia, el riesgo sigue siendo inmenso. Si desembarcamos y quedamos aislados, sin acémilas ni artillería pesada, los turcos podrían masacrarnos. Y el clima... las tormentas de septiembre se acercan. Un temporal podría dispersar nuestra flota antes siquiera de avistar la isla.
—Lo sé —responde García de Toledo—. Conozco todos los riesgos. He pasado semanas calculándolos, sopesándolos, midiéndolos. Pero ha llegado el momento en que el exceso de prudencia se convierte en cobardía.
La palabra cae como una sentencia.
—No hablo de cobardía ante el enemigo —continúa—, sino cobardía ante la Historia. Prefiero arriesgar la flota en combate honorable antes que verla pudrirse en puerto mientras Malta agoniza.
El silencio que sigue pesa como plomo.
García de Toledo siente cómo se libera de un peso que lleva cargando durante meses. Mira a los hombres reunidos en torno a la mesa y comprende que Sande tiene razón. La decisión correcta no siempre es la más segura. A veces es simplemente la que te permite mirarte al espejo sin sentir vergüenza.
—Llevamos ocho mil infantes, cuarenta galeras y la bendición de Dios —dice con voz firme—.
Puede que no sea suficiente, pero es lo que tenemos.
Don Álvaro de Bazán, preparad la flota para zarpar en seis horas.
Don Álvaro de Sande, organizad el embarque de tropas.
Don Sancho, asegurad que cada soldado lleve provisiones para diez días. Nos vamos a Malta.
Ascanio della Corgna golpea la mesa con el puño.
—¡Por fin! Los turcos han tenido demasiado tiempo para afianzarse. Madonna, es hora de recordarles que el Mediterráneo es Mare Nostrum, no su Ak Deniz.
Los generales se levantan. El marqués de Estepona todavía muestra preocupación en su rostro, pero asiente con resignación. La decisión está tomada.
García de Toledo permanece sentado cuando la sala se vacía. Solo don Álvaro de Sande se demora unos instantes junto a la puerta.
—Excelencia —dice el viejo general—, habéis tomado la decisión correcta. Sea cual sea el resultado, habréis hecho lo que el honor exigía.
—Que Dios nos ayude —murmura García de Toledo—. Porque si fracasamos, la culpa será solo mía.
—Y si triunfamos —responde Sande con una leve sonrisa—, la gloria también.
Sale de la sala dejando al virrey solo con sus pensamientos.
Afuera, el alba comienza a clarear sobre las aguas del estrecho de Mesina. En pocas horas, la flota más poderosa que España ha botado desde Djerba se hará a la mar.
El último dado está echado y rueda por la mesa.
El amanecer rompe sobre el puerto de Mesina con una explosión de luz dorada.
Cuarenta galeras se mecen suavemente en las aguas tranquilas, sus cascos recién calafateados brillando bajo el sol naciente.
En sus cubiertas, ocho mil soldados se preparan para el viaje: tercios españoles de Sicilia y Nápoles, compañías italianas, caballeros de Malta que habían quedado en Sicilia.
Don García de Toledo permanece en el muelle, supervisando personalmente el embarque. Ve pasar ante él columnas de arcabuceros con sus armas al hombro, piqueros cargando sus largas astas, oficiales gritando órdenes, marineros corriendo de un lado a otro ultimando preparativos.
El aire huele a alquitrán, salitre y sudor. Es el olor de la guerra a punto de comenzar.
Don Álvaro de Bazán se acerca con una tablilla de madera donde lleva anotados todos los detalles del embarque.
—Excelencia, treinta galeras ya están cargadas y listas para zarpar. Las últimas diez estarán preparadas en una hora. El viento es favorable del oeste. Perfectas condiciones para la navegación.
García de Toledo asiente mientras observa el cielo. Está despejado, de un azul profundo sin una sola nube. El mar brilla como cristal pulido. Condiciones perfectas, en efecto. Demasiado perfectas, quizá. El Mediterráneo es traicionero y puede cambiar de humor en cuestión de horas.
Ascanio della Corgna aparece desde una de las galeras, saltando al muelle con la agilidad de un hombre veinte años más joven. Su ojo bueno brilla con entusiasmo apenas contenido.
—Excelencia, mis hombres están listos. Ansiosos, diría yo. Llevamos demasiado tiempo esperando esta orden.
—Que Dios os escuche, della Corgna. Vamos a necesitar ese entusiasmo.
A mediodía, la flota está lista. Cuarenta galeras alineadas en formación perfecta en la bahía de Mesina. Sus estandartes ondean al viento: la cruz de San Andrés de España, la cruz roja de San Jorge sobre campo blanco de Génova, las armas del Papa y la cruz de ocho puntas de Malta.
García de Toledo sube a bordo de su galera capitana. En la popa ondea su pendón personal junto al estandarte real de España. Los oficiales se reúnen a su alrededor mientras los tambores comienzan a redoblar la orden de partida.
—Señores —dice García de Toledo con voz que llega a todos los presentes—, dentro de dos días estaremos en Malta. Vamos a salvar a nuestros hermanos o moriremos en el intento. No hay más opción. Que Dios bendiga nuestras armas y la Virgen proteja nuestras naves.
—¡Amén! —responden los oficiales al unísono.
Los tamboriles resuenan. Los silbatos marcan el ritmo de boga. Uno a uno, los capitanes de las galeras dan la orden de levar fierros.
La flota comienza a moverse. Lentamente al principio, luego con mayor velocidad conforme los remeros encuentran su ritmo. Las palas golpean el agua al unísono, creando un sonido como el latido de un corazón gigantesco.
García de Toledo permanece en la popa de su galera, observando cómo Mesina se aleja. En el puerto, la gente se ha agolpado para despedir a la armada. Algunas mujeres lloran. Los niños agitan pañuelos. Los sacerdotes bendicen a la flota con cruces alzadas al cielo.
Don Álvaro de Sande se acerca a su lado.
—Hermoso espectáculo, ¿verdad? Una flota en formación perfecta bajo el sol mediterráneo. Casi hace que uno olvide a dónde vamos y por qué.
—Casi —responde García de Toledo—. Pero no del todo.
La flota sale del estrecho de Mesina y se adentra en mar abierto. El mar está tranquilo, apenas ondulado por una brisa suave. Las galeras avanzan en perfecta formación: tres líneas de trece naves cada una, más la galera capitana al frente.