Arde Malta 37 #2
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37 #2

Francisco está reparando una sección del parapeto cuando escucha los gritos.

Deja caer la piedra que estaba colocando y corre hacia el muro principal.

Su corazón late con fuerza inusual. Durante semanas se ha preguntado qué había sido del muchacho que los ayudó a escapar de San Telmo, el niño que se quedó atrás cuando ellos huyeron.

Se abre paso entre los soldados agolpados en el parapeto y mira hacia abajo.

Ahí está. Kemiru avanza con paso cansado pero decidido, los brazos aún alzados, el rostro vuelto hacia las murallas. Está más delgado, más sucio, con la ropa hecha jirones. Pero está vivo.

Francisco siente algo rompiéndose en su pecho. No sabía cuánta tensión había estado cargando, cuánta culpa por haber dejado al muchacho atrás.

—¡Kemiru! —grita con voz que no reconoce como suya—. ¡Echadle una cuerda! ¡Rápido, ayudadlo a entrar!

Los soldados obedecen inmediatamente. Tres sogas caen desde diferentes puntos del muro. Kemiru agarra la más cercana y comienza a trepar con la agilidad que Francisco recuerda, aunque sus movimientos son más lentos, más cuidadosos. Las manos le tiemblan ligeramente.

Cuando finalmente pone el pie en las murallas del Burgo, es recibido por un círculo de rostros sonrientes. Hombres que llevan meses sin tener razones para sonreír de repente ríen y le palmean la espalda.

Francisco se acerca y se arrodilla para quedar a la altura del muchacho. Lo examina buscando heridas graves, señales de tortura, cualquier indicio de daño permanente.

—¿Te cogieron los turcos? ¿Cómo lograste escapar? —pregunta, aunque una parte de él no quiere saber los detalles. No quiere imaginar lo que el muchacho ha tenido que hacer para sobrevivir.

Kemiru lo mira con ojos que ya no son de niño. En esos meses ha envejecido tres años.

—Con astucia, cabo Paco. Como vos me enseñasteis.

La respuesta arranca una sonrisa a Francisco. Es exactamente lo que habría dicho él mismo a esa edad. Se levanta y revuelve el cabello del muchacho con afecto.

Caterina aparece corriendo; ha escuchado los gritos desde su puesto en el hospital improvisado.

El dobladillo de su falda está manchado de sangre seca y su rostro muestra el cansancio de quien ha cuidado heridos durante semanas sin descanso.

Cuando ve al muchacho sano y salvo, el cansancio desaparece.

—¡Kemiru!

Corre hacia él con los brazos extendidos. El muchacho apenas tiene tiempo de prepararse antes de que ella lo envuelva en un abrazo tan fuerte que apenas puede respirar.

—Niño mío, Dios mío, niño mío —repite una y otra vez, con voz entrecortada—. Creíamos que te habían matado. Creíamos que...

No termina la frase. No hace falta.

Kemiru se aferra a ella y, por primera vez desde que salió de la tienda de Hasan, se permite llorar. Son lágrimas silenciosas que empapan el hombro de Caterina, lágrimas de alivio y dolor mezclados.

—Estoy bien, señora Caterina —dice cuando finalmente puede hablar—. Estoy en casa.

La palabra «casa» suena extraña en sus propios oídos. Durante semanas, «casa» había sido la tienda de Hasan en el campamento otomano. Ahora está de vuelta en el Burgo, entre su propia gente, y se siente... dividido. Como si hubiera dejado parte de sí mismo al otro lado de las murallas.

Francisco observa la escena con una mezcla de alivio y algo más profundo que no sabe nombrar. Este muchacho representa algo importante: la prueba de que no todo está perdido, de que la vida puede continuar incluso en medio del infierno.

Caterina finalmente suelta a Kemiru pero mantiene las manos en sus hombros, estudiando su rostro.

—Te han dado de comer, ¿verdad? Estás más delgado.

—He comido, señora. Los turcos... —vacila buscando las palabras correctas—. No todos los turcos son monstruos.

Francisco y Caterina intercambian una mirada. Hay una historia ahí, comprenden. Una historia que tal vez el muchacho contará algún día, cuando las heridas no estén tan frescas.

Las noticias llegan rápidamente a oídos del Gran Maestre. La Valette ordena que traigan al muchacho a su presencia inmediatamente. La información que puede aportar un fugitivo del campamento enemigo es muy valiosa en estos momentos.

Kemiru es escoltado a través de las ruinas del Burgo hacia el palacio del Gran Maestre.

El niño ve por todas partes los signos del implacable bombardeo turco: casas derruidas, calles llenas de escombros, rostros demacrados por el hambre y el agotamiento.

Pero también ve algo más: determinación inquebrantable en los ojos de quienes no se han rendido.

Los muros del palacio del Gran Maestre están agrietados como una cáscara de huevo, pero aún se mantienen en pie. Los escudos de armas tallados en piedra muestran impactos de balas de cañón, pero las cruces de ocho puntas siguen siendo claramente visibles.

La Valette lo recibe en su sala de audiencias, rodeado por sus oficiales supervivientes. Su armadura muestra abolladuras y rasguños, y una venda ensangrentada asoma bajo su jubón.

—Kemiru —dice con voz que combina autoridad y calidez—. Nos alegra verte de regreso sano y salvo. Todos hemos llegado a apreciarte durante tu tiempo con nosotros.

El muchacho hace una inclinación de cabeza ante el Gran Maestre, imitando lo que ha visto hacer a otros.

—Excelentísimo señor, he regresado a casa. Este es mi lugar, con mi gente.

—¿Y cómo están los ánimos en el campamento turco? — pregunta La Valette—. ¿Qué has visto durante tu cautiverio?

Alza la mirada. Ha ensayado esta respuesta durante toda la caminata hacia las murallas. Debe ser honesta, pero también debe dar esperanza a quienes la necesitan.

—Excelentísimo señor —dice con voz clara y firme—, los turcos están rotos.

Rotos de cuerpo y rotos de espíritu. La mitad de su ejército se muere de peste.

Los soldados pelean entre ellos por cosas sin importancia.

Sus generales discuten constantemente. Y todos, desde el último soldado hasta Mustafá Pachá, saben que han perdido demasiado tiempo y demasiados hombres en Malta.

Las palabras caen en el silencio de la sala como lluvia en tierra seca. Los oficiales intercambian miradas esperanzadas por primera vez en semanas.

—¿Creéis que se retirarán pronto? —pregunta Fra Antoine de Montmorency .

Kemiru contempla los rostros expectantes que lo rodean. Hombres que han dado todo lo que tenían por defender esta isla. Hombres que necesitan creer que su sacrificio no ha sido en vano.

—No lo creo —dice lentamente—. Creo que ya no tienen estómago para más combate. Pero en el campamento hay rumores de que Mustafá Pachá quiere solicitar refuerzos y suministros a Constantinopla e invernar en la isla. Nunca se irán por voluntad propia.

Las palabras destapan una avalancha de murmullos de preocupación.

—Bien, muchacho —dice La Valette dando la entrevista por terminada—. Puedes irte ya.

Esa noche, antes de cerrar los ojos y entregarse al sueño agradecido de los niños, Kemiru piensa en la tienda de Hasan. En su respiración laboriosa. En sus últimas palabras.

Y llora.

Está de vuelta en su mundo cristiano. Pero comprende que parte de su alma ha quedado atrás, junto a un hombre moribundo al otro lado de las murallas.