37
El caldero sagrado de los jenízaros pesa en los brazos de Kemiru como si estuviera lleno de plomo, aunque es el peso de su futuro lo que realmente lo agobia.
Se detiene junto a los restos de una tienda quemada, donde el olor a lona chamuscada y carne putrefacta aún flota en el aire matutino.
Mira hacia todos lados asegurándose de que no hay testigos de su robo.
El campamento turco duerme, descansa tratando de reponerse tras tres meses de derrotas, enfermedades y sufrimiento.
Todos están demasiado cansados como para preocuparse por los pasos ligeros de un chiquillo.
Con cuidado extremo, esconde el caldero bajo unos escombros de piedra y madera carbonizada. Lo cubre meticulosamente con cenizas y fragmentos de lona hasta que queda invisible. Solo alguien que sepa exactamente dónde buscar podría encontrarlo.
No tiene que esperar mucho para ver los resultados de su acción.
Los gritos comienzan con el cambio de guardia. Primero es solo la voz ahogada de un jenízaro que entra en la cocina —un lugar sagrado para los jenízaros— y no encuentra lo que espera ver. Luego otros gritos, más agudos, más desesperados.
—¡El caldero! ¡Ha desaparecido el kazán!
La noticia se extiende por el campamento como fuego en paja seca. En minutos, cientos de jenízaros se agolpan alrededor de la tienda vacía, gritando, maldiciendo, buscando desesperadamente algo que ya no está allí.
Kemiru observa desde la distancia cómo se desata la histeria colectiva.
Ve a hombres que han luchado con valor sobrehumano contra las murallas cristianas, ahora destrozados por la pérdida de un simple objeto de bronce.
Pero para ellos no es simplemente un caldero.
Es el alma misma de su hermandad militar, el símbolo que los une desde Estambul hasta los confines del imperio.
—¡Alguien lo ha robado!
—¡Tiene que estar aquí, en algún sitio!
—¡Registrad todas las tiendas!
El pánico se convierte en furia ciega. Los jenízaros empiezan a acusarse mutuamente, a pelearse entre ellos, a culparse por negligencia o traición. Los oficiales tratan desesperadamente de restaurar el orden, pero incluso ellos parecen deshechos por la pérdida.
Mientras los jenízaros se destrozan entre sí, Kemiru se escabulle hacia la tienda donde Hasan lucha su última batalla contra la disentería.
Su protector yace inmóvil sobre el jergón empapado de sudor. Su respiración es tan débil que el muchacho debe acercarse para comprobar que aún vive. La fiebre lo consume desde dentro, pero sus ojos mantienen una chispa de lucidez que se niega a extinguirse.
Con manos temblorosas, saca un trozo de papel que ha preparado durante la noche. Es una nota escrita con la torpe caligrafía que Hasan le enseñó durante las largas semanas de campaña: «Mi querido Hasan:
Cuando leas esto ya me habré ido. No puedo quedarme a verte morir. No puedo permanecer más tiempo en un mundo que se desmorona.
Gracias por protegerme cuando era solo un niño asustado. Gracias por enseñarme que incluso en la guerra puede haber bondad. Llevaré tu memoria conmigo hasta mi último aliento.
El caldero de vuestra orta está escondido bajo los escombros de la tienda del herrero Mahmud, la que ardió durante el ataque cristiano. Está cubierto por piedras y ceniza, a tres pasos de la entrada hacia el poste de madera quemado.
Que Alá te conceda la paz que mereces.
Kemiru».
Coloca la nota junto a la cabecera del lecho. Hasan no se mueve, perdido en algún lugar entre la vida y la muerte, su rostro marcado por la fiebre como una máscara de cera.
El muchacho maltés se dirige hacia la salida de la tienda con el corazón destrozado. Es la despedida más difícil de su vida.
—Kemiru...
La voz es apenas un susurro, pero lo detiene como si fuera un grito. Se da la vuelta y ve que Hasan tiene los ojos abiertos, mirándolo con una mezcla de tristeza y comprensión.
—Sabía que te irías —dice con voz ronca—. Lo he sabido siempre. Tienes un espíritu demasiado libre para vivir en nuestro mundo.
El muchacho se acerca al lecho, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—No puedo quedarme a verte morir. No puedo.
—Lo comprendo, hijo mío —Hasan trata de incorporarse, pero apenas puede levantar la cabeza—. Has visto demasiada muerte para tu edad. Es natural que busques la vida.
Se quedan en silencio durante unos momentos. Afuera continúan los gritos de los jenízaros buscando su caldero perdido, son voces cargadas de desesperación.
Se arrodilla junto al lecho y toma la mano febril de Hasan entre las suyas. La piel le arde como brasas, pero el apretón es firme.
—Fuisteis lo más parecido a un padre que he conocido. Si sobrevivo a esta guerra, contaré historias sobre vuestra bondad.
—No hagas de mí un héroe en tus historias —susurra Hasan—. Soy solo un soldado atormentado que encontró algo de paz cuidando de un niño perdido.
Los gritos del exterior se intensifican. Oye pasos corriendo, voces que ordenan registros más exhaustivos.
—Debo irme —dice.
Hasan lo estudia con ojos que siguen siendo agudos pese a la fiebre.
—¿Has tenido algo que ver con lo del caldero?
La pregunta cae como una piedra entre ellos. Baja la mirada, incapaz de mentir al hombre que lo ha cuidado las últimas semanas.
Hasan ve la respuesta en su rostro y asiente lentamente.
—Sabía que tenías algo planeado. Eres demasiado inteligente para huir sin más.
—¿Me odiáis por ello?
—¿Odiarte? —Hasan se las arregla para alzar una mano y acariciar la mejilla del muchacho—. Estoy orgulloso de ti. Has aprendido a sobrevivir en un mundo cruel. Eso es lo único que un padre puede enseñar realmente a su hijo.
—En la nota he explicado dónde está escondido. Cuando me haya ido lo suficientemente lejos, podéis...
—Lo haré —interrumpe Hasan—. Esperaré una hora después de tu partida, luego llamaré a los oficiales. Ya les contaré alguna historia.
Se miran por última vez. El muchacho comprende que este es el final definitivo de su infancia. Cuando salga de esta tienda, será un hombre adulto responsable únicamente de sí mismo.
—Ve con Alá, hijo mío —susurra Hasan—. Y si alguna vez tienes hijos propios, enséñales que la bondad puede existir incluso entre enemigos.
Kemiru besa la frente febril de Hasan y sale de la tienda sin mirar atrás. El sonido de su respiración laboriosa lo sigue como un fantasma. Sale de la tienda de Hasan con el corazón destrozado pero los pies ligeros. No puede permitirse el lujo de mirar atrás. No ahora.
El campamento otomano bulle con la histeria del caldero perdido. Los jenízaros siguen gritando, acusándose mutuamente, registrando tiendas. Es el caos perfecto para escabullirse sin ser notado.
Se desliza entre las sombras de las tiendas, agachado, tratando de hacerse invisible. Ha aprendido durante estos meses a moverse como un fantasma. Los soldados turcos pasan a su lado sin verlo, demasiado ocupados en su búsqueda desesperada.
Llega al perímetro del campamento sin incidentes. Aquí es donde comienza el verdadero peligro.
Los centinelas siguen en sus puestos a pesar del caos. Kemiru se agacha detrás de un carro volcado y estudia la situación. Dos guardias turcos vigilan el camino principal hacia el Burgo. Tendrá que rodearlos.
Se arrastra por el terreno rocoso, usando cada piedra, cada arbusto como cobertura. El ardiente sol maltés cae sobre su espalda. Sus manos se desuellan contra las rocas afiladas, pero no se detiene.
De repente, voces.
Se congela detrás de un olivo retorcido. Una patrulla de tres sipahíes pasa a menos de diez metros de su escondite. Hablan en turco, maldiciendo el calor, quejándose del comandante que los obliga a patrullar en pleno mediodía.
Kemiru contiene la respiración. Si lo encuentran ahora, si descubren que fue él quien robó el caldero...
No quiere pensar en lo que le harían.
Los sipahíes pasan de largo sin verlo. Sus voces se desvanecen en la distancia.
Kemiru espera cinco latidos más de su corazón desbocado. Luego continúa arrastrándose.
El terreno entre el campamento turco y las murallas del Burgo es tierra de nadie. Un kilómetro de rocas, matorrales y olivares donde ambos bandos envían patrullas, pero ninguno controla realmente. Es territorio de muerte súbita, de francotiradores escondidos, de encuentros fortuitos.
Cada roca podría ocultar un enemigo. Cada sombra podría ser una trampa.
Sus oídos captan cada sonido: el viento entre los olivos, el graznido lejano de un cuervo, el latido frenético de su propio corazón.
Pero entre los turcos la voluntad de combate ha caído a cero.
Ya nadie tiene ganas de espicharla en una escaramuza fortuita.
Kemiru cruza la tierra de nadie metro a metro, sin toparse con ningún obstáculo.
El sol está en su cenit cuando finalmente divisa las murallas del Burgo.
Están destrozadas, reducidas a montañas irregulares de escombros. Pero siguen en pie. Y sobre ellas ondean las banderas con la cruz de ocho puntas.
Su casa.
Todo el cuerpo le tiembla por la tensión acumulada y por el miedo que, finalmente, puede permitirse sentir.
Se incorpora lentamente, con las piernas entumecidas. Alza los brazos sobre la cabeza en señal de rendición, de paz, de súplica.
Y comienza a caminar hacia las murallas con paso decidido, por el sendero que tantas veces recorrió en tiempos de paz, en otra vida que pareció ocurrir hace siglos.
Los centinelas lo ven acercarse desde la distancia. Al principio alzan sus arcabuces, preparándose para enfrentar lo que podría ser un espía. Pero cuando reconocen la figura pequeña que avanza con los brazos alzados, sus expresiones cambian.
—Oye, ¿no es ese el huérfano? —grita un soldado maltés—. ¡Es Kemiru!
— ¡Por todos los santos! ¡Es Kemiru, el hijo del Burgo!
Las noticias vuelan por las murallas más rápido que las balas de cañón. En minutos, docenas de defensores se agolpan en los parapetos para ver al niño perdido que ha regresado.