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El comentario provoca murmullos entre los asistentes.
Todos conocen la historia de della Corgna: condottiero de fama legendaria, sobrino de un papa, hermano de un cardenal, pero también un hombre acusado de robo, violación y asesinato.
Solo la intervención personal de Felipe II y del emperador Maximiliano lo han liberado de las mazmorras del Castillo de San Ángel donde lo tenía preso el Papa.
Liberado con un solo propósito: ayudar en la dirección del socorro.
García de Toledo lo observa con mezcla de admiración y cautela.
Ascanio es exactamente el tipo de hombre que necesita: un soldado sin escrúpulos morales, pero con genio militar innegable.
Un poeta anónimo lo ha llamado «vero figliuol di Marte» (verdadero hijo de Marte).
Incluso después de perder un ojo en combate, sigue siendo capaz de batirse en duelo con los mejores espadachines de Europa.
—Bienvenido, della Corgna. Vuestra experiencia nos será de gran valor.
Ascanio se sienta sin ceremonias y se sirve vino de una jarra sin esperar invitación. Su ojo bueno recorre la sala, evaluando a cada hombre presente como un lobo alfa evalúa a otros machos rivales.
—¿Cuál es la situación actual? —pregunta sin preámbulos.
Don Sancho de Leyva, comandante de las galeras napolitanas, le pone al corriente con voz pausada: —Al menos quince mil turcos siguen sitiando Malta.
Nuestras fuerzas suman ocho mil hombres en treinta galeras.
Los defensores resisten, pero apenas. En las plazas del Burgo y Senglea, se estima que aguantan unos seiscientos combatientes.
—¿Y seguimos aquí parloteando en lugar de zarpar? —la voz de Ascanio es un latigazo—. Per Bacco, ¿desde cuándo los españoles necesitan superioridad numérica para combatir infieles?
Un caballero maltés que ha estado en silencio hasta ahora se levanta bruscamente de su silla. Su rostro está demacrado por la angustia acumulada y sus ojos brillan con desesperación apenas contenida. Las ojeras profundas bajo sus ojos hablan de noches sin dormir.
—¡Exacto! —grita—. ¡Mientras nosotros discutimos, mis hermanos mueren en las murallas! ¡Don García, vos debéis dar la orden de zarpar de inmediato!
Un silencio helado cae sobre la sala. El caballero ha perdido las formas y ha «voseado» al virrey.
García de Toledo se yergue lentamente, con la dignidad de un grande de España: —Comprendo vuestra inquietud, caballero, pero debéis entender las dificultades reales de esta empresa. Hay mucho en juego. En cualquier caso, ello no os excusa de dispensarme el título de «Excelencia» debido a mi cargo.
El caballero maltés lo mira con incredulidad.
—Si podemos acudir en auxilio de Malta a tiempo, señor excelentísimo, os llamaré Excelencia, Alteza, Majestad, y os otorgaré todos esos títulos elevados y poderosos que Vuestra Excelencia pueda desear. Pero si llegamos tarde por culpa de vacilaciones, no mereceréis ni el título de hombre.
Varios hombres se levantan y gritan. Unos reprochando la actitud del caballero. Otros apoyándole.
La tensión es máxima.
—¡Silencio todo el mundo! —ordena don García con voz glacial—. Y siéntense todos inmediatamente, si no quieren conocer las mazmorras del palacio virreinal.
Cuando los ánimos de todos parecen apaciguarse, don Sancho de Londoño, oficial de la infantería española de Lombardía, toma la palabra: —Volvamos al asunto que nos ocupa —dice—.
El pequeño socorro que enviamos en junio fue una apuesta calculada; una jugada en una ventana de tiempo muy específica, y contó con una suerte extraordinaria. Su éxito no se repetirá necesariamente.
Señala hacia las ventanas, donde las primeras tormentas otoñales comienzan a agitar el mar.
El sonido del viento se filtra por los postigos de madera: —Estamos a finales de agosto.
El clima es impredecible y el riesgo para la navegación crece cada día.
Si no existe una amenaza inmediata de colapso de Malta, nuestras naves podrían esperar hasta la primavera siguiente, cuando podrían zarpar y llegar antes que cualquier refuerzo proveniente de Constantinopla.
Don Juan de Cardona, el almirante que se encargó de transportar al pequeño socorro, apoya el argumento con gesto cansado: —¿Por qué arriesgar vidas y naves cuando se podría lograr lo mismo esperando?
De hecho, los turcos pueden haberse marchado ya.
Y aun si lograran tomar Malta, bueno, solo tendrían un montón de escombros que defender, fácilmente conquistables el año próximo.
Ascanio della Corgna escucha estos argumentos con expresión de incredulidad creciente.
Finalmente, golpea la mesa con el puño, haciendo saltar las copas de vino: —¡Macerie!
¿Llamáis escombros a la llave del Mediterráneo?
Malta en manos turcas significaría que ningún barco cristiano podrá navegar seguro desde Génova hasta Alejandría.
Don Álvaro de Bazán se levanta y con voz sosegada toma la palabra: —Debemos tener en cuenta que los argelinos patrullan de continuo el perímetro de la isla con treinta galeras, para impedir que alguien llegue.
Además, Malta no cuenta con recursos para abastecer con alimentos a ninguna fuerza de socorro.
La fuerza de desembarco deberá cargar con todas sus provisiones, lo cual la hará lenta en sus maniobras.
Su dedo índice, marcado por una cicatriz, traza las rutas marítimas en el mapa: —Pero tengo una propuesta.
Como no todas las galeras están al completo de dotaciones, propongo que se refuercen hasta alcanzar las sesenta unidades completas, dejando el resto aquí.
Siendo menos naves, el riesgo de interceptación por la flota turca será menor.
Embarcaremos diez mil hombres y los desembarcaremos en el norte de la isla con sesenta libras de pan cada uno en los sacos.
Estarán aún lejos de las fortalezas asediadas y tendrán una larga marcha que hacer a pie, pero el desembarco será más seguro.
Los ojos de Bazán brillan con la pasión del estratega.
La propuesta provoca un murmullo de discusión entre los asistentes. Algunos asienten con aprobación, otros mueven la cabeza negativamente mientras calculan riesgos.
El marqués de Estepona enumera las dificultades con voz nasal: —La operación de desembarco será lenta. Los hombres, si llegan a poner pie en tierra, quedarán abandonados a sus propios medios, sin acémilas ni artillería. Además, llegarán cansados del viaje.
Don Álvaro de Bazán escucha las objeciones con paciencia aparente, pero sus nudillos blancos sobre la mesa revelan su frustración creciente.
Finalmente, se yergue y su voz resuena por toda la sala: —Tengo aprendido de Horacio, y la propia experiencia me lo ha confirmado, que en las empresas, después de haber pesado las circunstancias, hay que dejar siempre algo a la fortuna.
Sus palabras caen como piedras en un pozo. García de Toledo contempla a sus generales y ve en sus rostros el mismo dilema que lo atormenta: la tensión entre la prudencia y el valor, entre la responsabilidad y la gloria.
Se levanta lentamente y camina hacia las ventanas que dan al puerto. Las galeras se balancean bajo la luz de la luna como animales encadenados, sus mástiles creando un bosque de sombras sobre el agua oscura.
—Levantamos el consejo —dice finalmente, su voz apenas audible por encima del rumor del viento—. Hablaré con los pilotos y los prácticos de mar. Ya decidiremos qué es lo que más conviene mañana por la mañana.
Los generales se dispersan murmurando entre ellos, sus pasos resonando sobre las baldosas de mármol, pero Don Álvaro de Sande permanece en la sala. No ha hablado en toda la reunión, pero su rostro curtido por mil batallas refleja una férrea determinación.
—Don García —dice cuando se quedan a solas—. ¿En verdad deseamos ser meros espectadores del desastre de nuestros hermanos, cuando tenemos la oportunidad de ser sus salvadores? ¿Con qué valor nos presentaremos ante el resto del mundo si dejamos caer Malta por miedo al mal tiempo?
Sus palabras quedan suspendidas en el aire como una acusación sin respuesta.
García de Toledo contempla el mar nocturno, donde las primeras espumas blancas de la tormenta que se acerca danzan sobre las olas.
Comprende que ha llegado el momento de la decisión más importante de su carrera.
En Malta, hombres valientes mueren mientras ellos vacilan.
En Mesina, tiene el poder para salvarlos o condenarlos.
El destino del Mediterráneo cristiano pende de un hilo tan frágil como la voluntad de un solo hombre: Don García Álvarez de Toledo Osorio.