36 #2
Anastagi contempla los últimos restos del tumulto desde las ventanas del palacio del gobernador. Los gritos de la turba todavía resuenan en sus oídos. La justicia popular ha sido brutal e implacable. Como suele ser. Ahora debe volver a pensamientos más urgentes: la defensa de Mdina.
Es entonces cuando el grito de alarma atraviesa el aire matutino como una flecha.
—¡Enemigos a la vista! ¡El ejército turco se aproxima!
El soldado que grita desde la torre de vigilancia señala hacia el sur con brazo tembloroso.
En la distancia, una nube de polvo se alza como una tormenta dorada sobre las colinas.
Dentro de esa nube, el destello ocasional del sol sobre metal revela la terrible verdad: miles de soldados otomanos marchan hacia la antigua capital.
Vincenzo Anastagi sube corriendo a los muros, seguido por el gobernador Mesquita. Ambos contemplan el espectáculo con creciente horror.
—¿Cuántos serán? —pregunta Mesquita, aunque teme la respuesta.
Anastagi cuenta las columnas que se acercan. Sus años de experiencia militar le permiten calcular números con precisión desalentadora: —Cuatro mil hombres, tal vez cinco mil. Infantería jenízara, sipahíes, auxiliares argelinos. Es una fuerza de asalto completa.
—¿Por qué ahora? Durante meses a nosotros nos han dejado en paz...
Anastagi comprende inmediatamente la lógica otomana.
Su ataque al campamento enemigo ha tenido consecuencias inesperadas: —Mustafá busca una victoria fácil para levantar la moral de sus tropas —explica—.
Después del fracaso del último asalto y de nuestro ataque a su campamento, necesita demostrar a los suyos que aún puede ganar batallas.
Anastagi repasa las defensas de Mdina con ojo crítico. La ciudad tiene murallas antiguas pero sólidas, construidas por los árabes siglos atrás y reforzadas por los caballeros hospitalarios. Pero su guarnición es ridículamente pequeña.
—¿De cuántos hombres disponemos? —pregunta a Mesquita.
El gobernador hace un recuento mental: —Ciento cincuenta soldados de la guarnición regular. Tal vez otros cien voluntarios malteses con algo de experiencia militar. Y unos trescientos civiles que podrían cargar piedras o defender los muros en caso extremo.
Las cifras son desastrosas. Quinientos hombres contra cinco mil. Una proporción de diez a uno.
—No podemos resistir un asalto directo —admite Anastagi—. Nos masacrarán en cuestión de horas.
Mesquita se apoya en el parapeto, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. El portugués ha jurado defender Mdina hasta la muerte, pero enviar a sus hombres a un suicidio inútil no servirá de nada.
—¿Qué proponéis?
Anastagi observa una vez más el ejército que se acerca. Los otomanos marchan con confianza, sin prisa, seguros de su superioridad. Esperan encontrar una ciudad débilmente defendida, atemorizada, lista para rendirse al primer asalto.
«Ahí está nuestra única oportunidad —piensa—: En su exceso de confianza».
—Vamos a engañarlos —dice finalmente —¿Cómo?
—Haremos que crean que Mdina está fuertemente defendida por tropas veteranas, bien armadas y con abundante pólvora. Si logramos convencerlos de que un asedio a Mdina será arduo y costoso, tal vez se retiren.
La idea es desesperada, pero es lo único que se le ocurre.
—Reunid a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad —ordena—. Todos. Hasta los más jóvenes que puedan sostener una lanza.
—¿Para qué?
—Los vamos a convertir en soldados. Al menos en apariencia.
Durante la siguiente hora, Mdina se transforma en un teatro de guerra. Anastagi organiza a la población civil con eficiencia militar. A cada hombre se le entrega un arma: pica, arcabuz, ballesta, incluso simples cuchillos de cocina que desde lejos pueden parecer armas de combate.
Las mujeres reciben morriones y coseletes que les quedan demasiado grandes, pero que desde la distancia dan apariencia de soldados. Los niños mayores de doce años son armados con lanzas y ubicados en los muros visibles para los atacantes.
—Recordad —dice Anastagi a la improvisada guarnición—. No sois civiles malteses aterrorizados. Sois soldados veteranos, bien alimentados, descansados, ansiosos por combatir. Moveos con orgullo. Hablad con confianza. Que vuestro aspecto diga que deseáis que vengan a luchar.
Mesquita organiza el engaño más audaz: reúne todos los cañones de la ciudad, desde las piezas de artillería real hasta los viejos falconetes y bombardas que llevan años sin usar. Los dispone en las murallas de forma que sean claramente visibles desde el exterior.
—¿Cuánta pólvora tenemos realmente? —pregunta Anastagi.
—Para tres descargas generales, como mucho —responde Mesquita con amargura—. El resto está toda en el Burgo.
—Pues haremos que parezca que tenemos para un año.
Los otomanos se detienen a medio kilómetro de las murallas, desplegándose en orden de batalla. Mustafá Pachá observa la ciudad, evaluando las defensas.
Lo que ve le resulta desconcertante.
Las murallas bullen de soldados. Centenares de hombres armados se mueven con disciplina militar por los parapetos. Las torres están repletas de arcabuceros. Y la artillería... la artillería es impresionante. Cuenta al menos veinte cañones de diversos calibres apuntando hacia sus posiciones.
—¿Qué opináis? —pregunta a Pialí Pachá, que lo acompaña.
—Están mejor defendidos de lo que esperábamos —responde el almirante—. Y parecen... confiados.
En ese momento, Anastagi ejecuta la parte más arriesgada de su plan. Da la orden que ha estado preparando: —¡Fuego general! ¡Todas las piezas!
El rugido que sigue es ensordecedor. Los veinte cañones de Mdina disparan simultáneamente, llenando el aire de humo y estruendo.
Las balas caen inofensivamente, pues los otomanos aún no están a tiro.
Pero eso es intencionado: un disparo de demostración que dice claramente «tenemos pólvora suficiente para desperdiciarla en salvas de advertencia».
El efecto psicológico es devastador. Los soldados otomanos, ya desmoralizados por las derrotas recientes, ven en esta demostración la prueba de que Mdina está preparada para un asedio largo y sangriento.
Mustafá maldice con expresión sombría. Había esperado encontrar una ciudad indefensa. En cambio, se enfrenta a lo que parece una fortaleza bien artillada y defendida por tropas veteranas.
Sus propios soldados murmuran con inquietud. La moral, ya dañada por el fracaso de los asaltos al Burgo y Senglea, se resiente aún más.
—¿Damos el asalto? —pregunta un agá jenízaro.
Mustafá contempla las murallas humeantes. Calcula el coste probable: miles de bajas para tomar una ciudad con poco valor estratégico real. Mdina no es el Burgo. No controla el puerto grande. Su conquista no decidiría el destino de Malta.
—Nos retiramos —dice finalmente—. No vale la pena la sangre que costaría.
La orden de retirada se extiende por las filas otomanas. Lentamente, renuentemente, el ejército de Mustafá da media vuelta y se aleja de Mdina.
Desde las murallas, Anastagi observa la retirada enemiga con alivio casi físico. Su engaño ha funcionado. Una ciudad defendida por civiles disfrazados ha hecho retroceder a cinco mil soldados veteranos.
—Funcionó —murmura Mesquita, incrédulo—. Realmente funcionó.
—El miedo puede más que el valor cuando la moral está rota —responde Anastagi—. Los otomanos están más cansados y desmoralizados de lo que creíamos.
Anastagi medita un instante sus propias palabras mientras contempla las columnas enemigas alejándose, y comprende algo fundamental: el poderoso ejército de Solimán está al borde del colapso. Han invertido demasiado tiempo y sangre en Malta sin conseguir resultados decisivos.
«Puede que, si el socorro llega pronto —piensa—, los turcos se retiren sin plantarle batalla». Pero, claro, para eso tiene que llegar y debe hacerlo antes de que el Burgo se rinda.
Mesina, Sicilia. Palacio Virreinal
Al mismo tiempo que Anastagui combate en Malta y se pregunta por el socorro español, los responsables de ese mismo socorro se encuentran reunidos en el Palacio Virreinal de Mesina.
La tensión en la sala es tan espesa que podría cortarse con cuchillo.
Los mapas de Malta cubren la mesa como sudarios manchados de tinta.
Velas de cera virgen iluminan rostros marcados por la preocupación, mientras el aroma a sebo quemado se mezcla con el olor a humedad que entra por las ventanas abiertas.
Afuera, las galeras del socorro se balancean en el puerto como bestias impacientes esperando la orden de cargar.
Don García Álvarez de Toledo, virrey de Sicilia, contempla a los hombres reunidos en torno a la mesa. Son lo mejor que España puede ofrecer, pero en este momento parecen un rebaño de ovejas sin pastor. Nadie parece ponerse de acuerdo sobre el modo de llevar a cabo el socorro a Malta.
Don Álvaro de Bazán, almirante de la flota del estrecho, tamborilea impaciente con los dedos sobre la madera pulida.
Juan Andrea Doria, el genovés, estudia las cartas de navegación con expresión sombría, sus ojos cansados siguen las líneas de profundidad.
Don Álvaro de Sande, veterano de mil batallas, mueve nerviosamente las piezas de un tablero de ajedrez como si fueran soldados reales.
La puerta se abre con estruendo y entra un hombre que hace que todos los presentes vuelvan la cabeza.
Ascanio della Corgna llega cubierto del polvo del camino, con las botas llenas de barro siciliano y la barba sin afeitar.
Pero su mirada brilla con la luz feroz de un depredador nacido para la guerra.
—Perdonad la tardanza, excelentísimo signore —dice dirigiéndose a García de Toledo, sacudiéndose el polvo del jubón con gestos amplios—. Madonna, los caminos desde Roma no son exactamente seguros para un hombre recién salido de las cárceles del papa.