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Santiago de las Cuevas despierta en Mdina con una sensación de triunfo que no ha experimentado en meses.
La luz dorada del amanecer se filtra por la ventana de la habitación que le han asignado en casa del gobernador.
Por primera vez desde que comenzó el asedio, duerme en un lecho limpio, entre sábanas que no huelen a pólvora y sangre.
Se incorpora despacio, paladeando la comodidad de quien ha burlado a la muerte. Su deserción, la información vendida a Mustafá, el encuentro con los jinetes de Anastagi, el papel del cautivo fugado representado con maestría consumada... cada pieza ha encajado en su lugar.
Se acerca a la ventana y contempla las calles empedradas de la antigua capital.
Mdina mantiene una calma que contrasta con el infierno del Burgo o Senglea.
Aquí no ruge el cañón constantemente, no llueven balas de mosquete, no flota el olor permanente a muerte.
Es como despertar de una larga pesadilla.
«Libre al fin», piensa mientras se viste con las ropas limpias que le han proporcionado. «Libre de La Valette y sus promesas vacías. Libre de morir por causas ajenas».
Su plan se despliega ante él como un mapa bien trazado.
Pedirá audiencia con el gobernador Mesquita, agradecerá la hospitalidad y solicitará abandonar la ciudad.
Una barca lo llevará a Gozo, donde algún pesquero lo trasladará más tarde hasta Sicilia.
Allí, con el oro de la cadena de Muñatones, podrá empezar una nueva vida lejos de guerras y asedios.
Se palpa la bolsa oculta bajo la camisa. La cadena de oro robada suena con un tintineo suave y reconfortante. Su seguro de vida, su pasaporte hacia un futuro mejor.
Baja a la sala principal de la casa del gobernador.
Los criados le sirven pan fresco, aceite de oliva y vino aguado.
Es la mejor comida que ha probado en meses.
Mientras desayuna, escucha las conversaciones de otros huéspedes: mercaderes malteses, clérigos refugiados del Burgo, algunos soldados heridos que se recuperan en la retaguardia.
Todos hablan del asedio con tono pesimista.
A pesar del golpe de mano de Anastagi y sus jinetes y del salvamento in extremis del Burgo, las noticias que llegan desde las fortalezas empeoran cada día.
Los muros se desmoronan, las provisiones escasean, apenas quedan hombres sanos con capacidad de luchar. Malta parece condenada.
«Mejor para mí», reflexiona. «Cuanto peor vayan las cosas, menos probabilidades hay de que alguien se preocupe por un desertor fugado».
Termina su desayuno y se dirige hacia la antecámara donde espera poder hablar con don Pedro Mesquita, el gobernador portugués. Pero antes de llegar, ve movimiento en la puerta principal. Un jinete llega al galope, cubierto de polvo, con evidente urgencia.
De las Cuevas se detiene entre las sombras, observando. El jinete desmonta precipitadamente y entra corriendo en la casa. Es un hombre joven, con la sobreveste de los caballeros hospitalarios, aunque sucia y desgarrada por el combate.
—Debo ver al gobernador inmediatamente —anuncia— . Traigo noticias del Burgo.
Los criados lo conducen hacia la sala de audiencias. De las Cuevas los sigue a distancia prudencial; siente curiosidad por saber qué noticias porta.
El gobernador Mesquita aparece en la sala de audiencias, acompañado por Vincenzo Anastagi. Ambos nobles muestran expresión de grave preocupación.
—Hablad: ¿Qué nuevas traéis? —pregunta Mesquita.
El mensajero hace una reverencia: —Excelentísimo señor, el Gran Maestre me envía para informar sobre la situación tras el último asalto. Los otomanos lanzaron doce mil hombres contra nuestras murallas. Estuvimos a punto de caer.
Mesquita y Anastagi intercambian miradas de inquietud.
—¿Qué os salvó?
—Vuestra intervención, señor Anastagi —dice el mensajero, dirigiéndose al capitán de caballería—.
El ataque de vuestros jinetes al campamento enemigo sembró el pánico entre los atacantes.
Vieron el humo, creyeron que había desembarcado un ejército español, y se retiraron cuando tenían la victoria al alcance.
Anastagi asiente con satisfacción. Su estratagema ha funcionado mejor de lo esperado.
—¿Y las defensas?
—Críticas, excelentísimo señor. Los muros del Burgo están prácticamente destruidos. Las provisiones casi agotadas. Agua racionada, pólvora para apenas dos batallas más, medicinas inexistentes. Pero lo peor es la falta de hombres. No sabemos cuánto más podremos resistir.
El mensajero entrega los despachos oficiales a Mesquita y se retira para descansar. Al salir de la sala principal, pasa junto a De las Cuevas que permanece escondido, esperando su oportunidad de hablar con el gobernador.
Pero la justicia divina a veces tiene formas inesperadas de alcanzar a los hombres.
Mientras De las Cuevas espera su turno, ocurre algo que no estaba en sus planes.
El mensajero al verlo se detiene bruscamente, como si hubiera visto un fantasma.
Sus ojos se clavan en el rostro de De las Cuevas, estudiándolo con detenimiento.
De las Cuevas siente un escalofrío helado recorriendo su espalda. ¿Es posible que ese hombre lo esté reconociendo?
Luego, sin decir palabra, el mensajero regresa discretamente hacia donde se encuentran Anastagi y Mesquita.
—Señor Anastagi —dice en voz baja—, ¿podría hablar con vos en privado un momento?
Anastagi, intrigado, se aparta con él hacia un rincón de la sala. El mensajero señala discretamente hacia donde está De las Cuevas y dice algo en tono de confidencia.
Anastagi enarca una ceja y mira a De las Cuevas.
—¿Deserción? —dice el jefe de la caballería hospitalaria—. Esa es una acusación muy grave. ¿Tenéis pruebas?
El mensajero medita un instante su respuesta: —Hay sospechas de que el hombre del que os hablo robó una cadena de oro que pertenece al mismísimo La Valette. Dicha cadena desapareció el mismo día que el desertor. Si la lleva encima, es él.
El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con cuchillo. Anastagi mira hacia las sombras donde De las Cuevas trata de esconderse, pero ya es demasiado tarde.
—¡Vos! —dice Anastagi con voz que destila veneno—. Acercaos.
De las Cuevas no tiene más opción que mostrarse. Sale de las sombras con el corazón desbocado, tratando desesperadamente de mantener la compostura.
—Vaciad las faltriqueras ahora mismo.
—Pero mi señor, ¿por qué este trato...?
—Si no queréis que os ensarte ahora mismo con mi espada —interrumpe Anastagi—, haced lo que os ordeno.
De las Cuevas entiende que el juego ha terminado.
Su engaño perfecto se ha desmoronado en cuestión de segundos por culpa de un mensajero que no podía prever.
¿Cómo es posible que un mensajero le haya reconocido?
Entonces su mente piensa a toda velocidad.
Claro… San Telmo. Ser uno de los únicos supervivientes del fuerte le ha hecho llamar una atención que no estaba en sus cálculos.
Vacía el contenido de su bolsa en el suelo. Entre sus pertenencias brilla con candor delator la cadena de oro.
—¿Podéis explicar esto?
Mesquita y Anastagi reconocen la cadena al instante. Se la han visto al Gran Maestre en numerosas ocasiones.
De las Cuevas está a punto de inventar que es una recompensa pagada por La Valette por sus servicios, pero se detiene. ¿Para qué mentir? ¿Para retrasar lo inevitable un día o dos hasta que alguien nuevo le desmienta?
Prefiere asumir lo que venga con lo poco que le queda de honor y baja la cabeza en silencio.
Mesquita se acerca. Sus labios enarcan una expresión de asco profundo: —¡En mi casa! ¡Habéis comido en mi mesa después de traicionar a vuestros compañeros!
De las Cuevas habla al fin, rompiendo el silencio de sus labios: —Hice lo que debía hacer para sobrevivir. Malta está perdida. La Valette es un loco que nos conduce a todos a la muerte.
Anastagi lo agarra por el cuello de la camisa y lo arrastra hacia la puerta.
—¡Guardias! ¡Guardias! ¡Arrestad a este traidor!
Los soldados de la guarnición se abalanzan sobre De las Cuevas, inmovilizándolo con brutalidad.
—¿Qué información vendisteis a los turcos? —pregunta Mesquita.
De las Cuevas permanece en silencio. Ya no tiene sentido contar más. Su destino está sellado.
Anastagi toma la decisión con la frialdad de un hombre acostumbrado a la guerra: —Entregadlo al populacho. Que sea el pueblo de Malta quien juzgue al que los ha traicionado.
Los gritos comienzan inmediatamente. La noticia de que hay un traidor en Mdina se extiende por las calles como pólvora encendida. En minutos, una multitud furiosa se agolpa ante la casa del gobernador.
—¡Traidor! —gritan—. ¡Ha vendido la sangre de nuestros hijos!
—¡Que pague por sus crímenes!
—¡Muerte al desertor!
De las Cuevas es arrastrado fuera de la casa entre empujones y escupitajos. Ve las caras deformadas por la ira, los puños alzados, los ojos que brillan con sed de venganza. Son las mismas personas que hace unas horas lo veían como un héroe fugado de la cautividad turca.
La turba lo arrastra hasta la plaza principal de Mdina.
La multitud, cargada con meses de miedo, frustración y odio hacia el enemigo, descarga toda su furia sobre el traidor que tienen al alcance.
Cuchillos, navajas, tijeras, hoces de arar...
todo lo que tienen a mano es utilizado para herir, cortar y descuartizar a Santiago de las Cuevas.
La plaza se tiñe de sangre con sus vísceras pisoteadas.
Su cara queda convertida en un amasijo de carne irreconocible.
Unos perros pelean por uno de sus brazos desmembrados.
Santiago de las Cuevas, veterano superviviente de mil batallas, muere destrozado por las mismas manos de aquellos a los que había jurado proteger.
Dos días después, el hedor a sangre y vísceras aún flota sobre la plaza mientras los criados arrojan baldes de agua para limpiar las piedras enrojecidas.