Arde Malta 36 #3
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Pero sus hombres no le hacen caso. Corren hacia el campamento señalando hacia el horizonte y gritando algo que Francisco no puede entender desde la distancia.

Entonces lo ve.

Columnas de humo negro se elevan desde el campamento otomano. No es el humo gris de las fogatas normales. Es humo negro, denso, el humo de un incendio masivo.

El campamento está ardiendo.

—¡Los españoles! —grita un soldado turco cerca de las murallas—. ¡Han llegado los españoles!

El grito se repite como un eco: —¡Los españoles!

—¡El socorro ha llegado!

—¡Nos atacan por la retaguardia!

Francisco ve el pánico extenderse entre los otomanos como el fuego en paja seca. Y el pánico es contagioso e imparable.

Francisco contempla la retirada desde las murallas con mezcla de alivio y asombro absoluto. Sus piernas ceden y se deja caer, sentado, sobre los escombros. A su alrededor, otros soldados hacen lo mismo, demasiado agotados para mantenerse en pie.

Melchor de Robles se acerca tambaleándose, con sangre corriéndole por el brazo.

—¿Qué ha pasado? —jadea—. ¿Qué demonios acaba de pasar?

—No lo sé —responde Francisco con voz ronca—. Pero algo los ha asustado. Algo en su campamento.

Un oficial maltés llega corriendo desde la plaza central. Su rostro está iluminado por una sonrisa desencajada.

—¡No es un ejército español! —grita—. ¡Es Anastagi! ¡Vincenzo Anastagi ha atacado el campamento con su caballería!

La revelación se extiende por las murallas como una ola. Los defensores comienzan a comprender gradualmente la dimensión de lo ocurrido.

Francisco siente una risa burbujear en su garganta. Al principio es solo un temblor. Luego se convierte en carcajadas. Es una risa histérica, incontrolable, alimentada por el alivio y la incredulidad.

—¡Doscientos jinetes! —logra decir entre risas—. ¡Doscientos malditos jinetes han salvado Malta cuando nosotros ya estábamos perdidos!

Otros se unen a su risa. Algunos lloran mientras ríen. Otros simplemente se dejan caer al suelo, demasiado agotados para cualquier emoción.

Francisco mira el campo de batalla. Los otomanos se retiran en desorden hacia su campamento humeante. En el suelo quedan miles de cadáveres de ambos bandos. La tierra está empapada de sangre. El olor a muerte es abrumador.

Pero han sobrevivido.

Contra toda lógica, contra toda probabilidad, han sobrevivido.

En algún lugar del Burgo, las campanas comienzan a repicar. El repique se extiende por toda la isla. En Senglea, en Mdina, en cada pueblo y aldea, las campanas cantan victoria.

En las murallas se alzan gritos de júbilo: —¡Victoria y socorro!

—¡Dios ha salvado Malta!

—¡Santiago y cierra, España!

Francisco se une a los gritos, pero las lágrimas corren por sus mejillas. Son lágrimas de alivio, de agotamiento, de dolor por todos los compañeros que hoy han perecido.

Piensa en Jacobo, muerto en San Telmo hace meses que parecen años. Piensa en el capitán Medrano, en Miranda, en Pérez y Mané. Piensa en los cientos de rostros que conoció y que ya no volverá a ver.

Tantos muertos para llegar a este momento.

Melchor de Robles se sienta a su lado. Tiene una herida profunda en el hombro pero parece no notarla.

—Lo hemos logrado, cabo. Por todos los santos, lo hemos logrado.

Francisco asiente sin palabras. Mira hacia el Burgo, buscando con los ojos. En algún lugar allí abajo está Caterina. Viva. Esperándolo.

Tiene que llegar hasta ella. Tiene que cumplir su promesa.

Intenta levantarse pero las piernas no le responden. Robles lo ayuda a ponerse en pie.

—Vamos, cabo. Vámonos de aquí.

Caminan juntos por las murallas destrozadas, pasando junto a cadáveres amontonados, armas rotas, banderas caídas. El olor a pólvora y sangre es tan denso que casi se puede masticar.

En la plaza central, La Valette está sentado en un banco mientras un cirujano le venda la pierna. El viejo maestre está pálido por la pérdida de sangre, pero sonríe cuando ve a Francisco acercarse.

—Francisco de Peralta —dice con voz débil pero firme—. Bien luchado, hijo.

—Excelencia. —Francisco hace una reverencia torpe—. Vos sois quien...

—Nada de eso. —La Valette agita la mano—. Todos luchamos. Todos sobrevivimos. Eso es lo que importa.

Se escucha un murmullo de voces. Francisco se vuelve y ve una procesión emergiendo de las catacumbas. Los heridos que pueden caminar, las mujeres que trabajan en el hospital, los niños que ayudan cargando municiones.

Y entre ellos, con el delantal manchado de sangre y los ojos buscándole frenéticamente, está Caterina.

Sus miradas se encuentran a través de la plaza.

Por un momento ninguno de los dos se mueve. Luego Caterina echa a correr.

Francisco la recibe en sus brazos. La abraza con tanta fuerza que teme romperla.

Ella solloza contra su pecho, repitiendo su nombre una y otra vez.

No pueden ni hablar. Se besan mientras la plaza entera estalla en vítores.

Alguien comienza a entonar un Te Deum. Las voces se unen una a una, creando un coro desafinado pero hermoso.

El Turco aún no ha sido derrotado. Pero algo ha cambiado. Por primera vez desde que empezó el asedio, los cristianos se atreven a soñar.

A soñar con la victoria.