36 #2
Francisco se levanta jadeando. Mira hacia la bandera y ve que un soldado maltés ha logrado atraparla con un gancho de hierro. Tira con todas sus fuerzas. Otros cristianos se unen a él.
El asta cruje. Los turcos aúllan, tirando en dirección opuesta.
Entonces el asta se parte con un chasquido seco.
La bandera del sultán cae entre los escombros. Un soldado español la agarra y la arroja desde el muro. Cae revoloteando hasta el suelo, donde es pisoteada por los combatientes.
Un rugido de triunfo se eleva entre los defensores. Los turcos vacilan, mirando el espacio vacío donde ondeaba su estandarte.
Pero no es suficiente. Aunque la bandera ha caído, los atacantes siguen siendo demasiados. Francisco mira a su alrededor y ve solo desesperación. Quedan menos de cien hombres en pie en su sector. Están rodeados por tres lados. Las municiones se han agotado. Las fuerzas están al límite.
Es el fin.
Francisco piensa en Caterina. En la promesa que le hizo. Luchad por volver a mí.
Lo siento, amor mío. Lo he intentado.
El campamento otomano aguarda en silencio bajo el sol mortecino del atardecer. Todos los soldados útiles han marchado al frente, dejando atrás solo a enfermos, heridos, cocineros, aguadores y un puñado de centinelas somnolientos.
Kemiru ayuda en las cocinas, preparando caldos para los heridos que siguen llegando desde el frente. Hasan está ausente, combatiendo en primera línea del asalto al Burgo. Por primera vez en semanas, Kemiru se siente solo.
Es entonces cuando los ve.
Primero son solo puntos oscuros en la distancia, moviéndose entre los olivos y las rocas. Kemiru entrecierra los ojos tratando de distinguir qué son. Luego comprende: jinetes cristianos. Muchos jinetes avanzando sigilosamente hacia el campamento.
Reconoce las sobrevestes: cruces blancas de ocho puntas sobre fondo rojo. Son caballeros de Malta.
En cabeza de la columna cabalga Vincenzo Anastagi con doscientos jinetes. Caballeros hospitalarios y milicianos malteses armados con sables, lanzas y sed de venganza.
—¡ Tuitio fidei ! —ruge Anastagi alzando su espada.
—¡ Et obsequium pauperum ! —responden sus caballeros.
—¡Al ataque, hermanos, sin cuartel!
—¡Sin cuartel!
El grito de guerra rompe el silencio. Los doscientos jinetes se lanzan al galope contra el campamento desprotegido.
Kemiru ve la avalancha de caballos y sables acercándose y comprende inmediatamente que debe huir. Los malteses no van a distinguir entre otomanos y cautivos.
Echa a correr entre las tiendas mientras los jinetes se derraman por el campamento. El pánico estalla instantáneamente: —¡Los cristianos! ¡Nos atacan!
—¡Huyamos! ¡Ha llegado el socorro español!
Los jinetes arrasan todo a su paso sin piedad. Matan a enfermos indefensos en sus lechos, masacran a cocineros que huyen despavoridos, atraviesan con sus lanzas a aguadores que suplican misericordia.
Kemiru corre desesperadamente entre las tiendas que comienzan a arder. Un caballo le pasa tan cerca que siente su aliento caliente en la cara. El jinete trata de cortarlo con su espada, pero el muchacho se arroja al suelo y la hoja pasa silbando por encima de su cabeza.
Se desliza entre los cadáveres y se queda inmóvil, fingiendo estar muerto. Un cuerpo ensangrentado cae encima de él: un soldado turco al que acaban de degollar. Kemiru permanece quieto, respirando apenas, mientras los cascos de los caballos martillean la tierra a su alrededor.
Los jinetes destruyen todo lo que encuentran: sacos de grano, barriles de agua, municiones, medicinas. Convierten metódicamente el campamento en un infierno de fuego y sangre.
—¡Volvemos a Mdina! —grita la voz de Anastagi—. ¡Misión cumplida!
Los caballeros desaparecen tan rápidamente como llegaron, dejando tras de sí un rastro de devastación absoluta.
Kemiru emerge de entre los cadáveres cubierto de sangre ajena. Camina entre las ruinas. Cientos de muertos yacen desperdigados entre tiendas ardiendo. El humo negro se alza hacia el cielo.
En las murallas del Burgo, Francisco es consciente de que está a punto de morir.
La batalla continúa con furia sobrehumana. Francisco ha perdido la cuenta de cuántos enemigos ha matado. Sus brazos arden como si estuvieran en llamas. Sus pulmones jadean buscando aire en el humo denso. Pero sigue peleando porque no sabe hacer otra cosa.
Ve a La Valette luchando a pocos metros de distancia. El viejo maestre tiene la pierna empapada en sangre pero se niega a retirarse. Su pica se mueve con precisión mortal a pesar de su edad.
—¡No hasta que hayamos vencido o hayamos muerto! — grita con voz ronca.
Francisco, tiznado de pólvora y cubierto de sangre, comprende que han llegado al límite absoluto.
La lucha es demasiado cerrada para armas largas.
Se ha convertido en una carnicería a daga y puñal.
Los hombres caen uno tras otro. La sangre fresca forma charcos oscuros sobre los que resbalan los combatientes.
Un jenízaro gigantesco se abre paso hacia Francisco.
Francisco ha perdido su daga en el último combate. No tiene nada excepto sus manos vacías.
El jenízaro gruñe algo en turco. Levanta su yatagán. Francisco ve el filo brillar bajo el sol. Sabe que no lo puede esquivar. Está exhausto, herido, acabado.
Cierra los ojos.
Caterina. Perdóname.
El jenízaro lanza el golpe mortal.
Entonces, súbitamente, algo cambia.
El jenízaro se detiene a medio movimiento, mirando hacia atrás con expresión de alerta. Francisco ve confusión en sus ojos, luego pánico. Sin explicación alguna, el otomano da media vuelta y echa a correr.
—¿Qué demonios...? —jadea.
—¡Se retiran! —grita un soldado maltés con incredulidad absoluta—. ¡Los turcos se retiran!
Francisco no puede creer lo que ven sus ojos. Los otomanos estaban a punto de tomar las murallas. La victoria se hallaba literalmente al alcance de sus manos. Las banderas cristianas estaban cayendo. Los defensores estaban al borde del colapso total.
¿Por qué huyen en el momento del triunfo?
Se tambalea hacia el parapeto y mira hacia el campo de batalla. Lo que ve es un caos absoluto. Miles de soldados otomanos corren en todas direcciones, abandonando armas, pisoteándose unos a otros en su prisa por alejarse de las murallas.
En el campo de batalla, Mustafá Pachá cabalga furioso entre sus tropas, tratando desesperadamente de reagruparlas. Su rostro refleja perplejidad absoluta y furia impotente.
—¡Volved! ¡Cobardes! ¡Volved a la lucha! ¡La victoria es nuestra!