Arde Malta 36
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El infierno se desata con las primeras luces del alba.

Setenta cañones escupen muerte sin descanso, iluminando la oscuridad con destellos anaranjados que convierten la noche en un baile infernal de luz y sombra.

El suelo tiembla bajo la violencia constante.

Cada impacto sacude los cimientos de las fortalezas, arrancando cascadas de polvo y fragmentos de piedra.

En la plaza central del Burgo, Jean Parisot de La Valette organiza lo que puede ser la defensa final. Sus oficiales se agolpan en torno al plano de las fortificaciones extendido sobre una mesa improvisada. A la luz de las antorchas, el viejo maestre parece tallado en granito.

—Escuchadme bien —dice con voz que se sobrepone al estruendo—. Mustafá lanzará todo lo que tiene. Doce mil hombres, tal vez más. Es su última oportunidad antes de las tormentas de septiembre.

Sus dedos trazan los puntos críticos en el mapa: el puesto de Castilla, los muros occidentales de Senglea, las brechas abiertas por semanas de bombardeo constante.

—Acumulad todos los artefactos incendiarios en estos sectores. Calderos de brea hirviendo, aros de fuego griego, todo lo que tengamos. Y disponed maderos con clavos en los accesos principales.

Fra Antoine de Montmorency estudia las posiciones mientras calcula recursos que no tiene.

—¿Dónde estaréis vos, excelencia?

—Aquí, en la plaza, con los últimos refuerzos móviles. —La Valette alza la vista, y sus ojos brillan con determina ción férrea—. Iré donde el peligro sea mayor. Como siempre.

El bombardeo incesante de los últimos días ha reducido los muros exteriores a colinas irregulares de escombros. Los parapetos se agrietan, los merlones yacen derribados, y por todas partes se ven cráteres del tamaño de un hombre.

—No es mucho lo que nos queda —murmura un alférez mientras distribuye las últimas municiones.

Cada soldado recibe una ración mínima: algunas balas de arcabuz, dos puñados de pólvora, una mecha de repuesto. Tendrán que hacer que cada disparo cuente. No habrá segunda oportunidad.

Francisco revisa su propio arcabuz por enésima vez.

La mecha está en buen estado, seca y bien trenzada.

La pólvora está protegida en una bolsa de cuero.

La bala encaja perfectamente en el cañón.

Sus manos realizan los movimientos con precisión automática, pero esta vez toca también la medalla de la Virgen bajo su jubón y luego el anillo de cobre que cuelga junto a ella.

Hace días que no ve a De las Cuevas. Nadie lo ha visto. Quizá haya muerto o quizá… Francisco comprende de pronto lo que ha ocurrido sin necesidad de pruebas. Lo supo en cuanto escuchó los rumores de que había desaparecido la cadena de oro de Mutañones. Una coincidencia que habla a gritos.

—Cobarde malnacido —murmura entre dientes—. Al final te has salido con la tuya.

Pero no hay ira en sus palabras. En el fondo el veterano comprende al desertor.

De las Cuevas ha visto morir a todos sus compañeros en San Telmo y ha alcanzado su cupo de horror en esta guerra.

No todos los hombres están hechos para morir por causas perdidas.

Y esta cada vez se parece más a una de ellas.

A su alrededor, los soldados aguardan en silencio. Algunos rezan en voz baja. Otros acarician medallas o cruces. Uno escribe una carta que probablemente nunca será enviada. Otro afila su espada.

Francisco reconoce ese ritual. Lo ha visto mil veces. Es la forma en que los hombres se preparan para morir.

Los tambores otomanos comienzan su redoble ritual. Un sonido que hiela el alma: profundo, constante, hipnótico. El ritmo golpea como un segundo corazón, como el latido de algo antiguo y terrible. Se mezcla con cánticos en árabe que brotan de miles de gargantas.

« Allahu Akbar. Allahu Akbar ». El grito se eleva hacia el cielo, una ola de sonido que hace temblar el aire.

Francisco se asoma por encima del parapeto agrietado y siente que se le hiela la sangre.

Desde los restos de la muralla, contempla una masa humana que se extiende hasta donde alcanza la vista.

Doce mil otomanos formados en líneas de batalla perfectas, sus armaduras brillando bajo la luz rosada del amanecer como escamas de un dragón gigantesco.

—Dios nos ampare —susurra alguien a su lado.

Los cristianos aguardan su destino tiznados de mugre, sangre, barro y humo de pólvora. Francisco mira a los hombres a su alrededor. Rostros demacrados por el hambre y el agotamiento. Ojos hundidos. Manos temblorosas que se aferran a armas melladas.

Pero en esos ojos también ve determinación. Estos hombres saben que van a morir. Y han elegido morir a pie firme.

Francisco revisa su arcabuz por última vez.

El rugido de los tambores se intensifica. En la distancia, miles de voces entonan el nombre de Alá. Las primeras filas otomanas comienzan a moverse, primero despacio, luego acelerando.

Ocho mil otomanos convergen sobre Senglea, mientras cuatro mil más se lanzan contra el Burgo. El rugido de arcabuces, bombas incendiarias y lanzallamas desgarra la madrugada. El aire se llena de gritos en turco, árabe, castellano, italiano y maltés.

Francisco ve la primera oleada estrellarse contra los escombros del puesto de Castilla. Los jenízaros suben por las piedras sueltas, sus yataganes brillando al sol naciente.

—¡Preparad! —grita.

Los arcabuceros alinean sus armas sobre el parapeto. Francisco ve el blanco de los ojos de los atacantes. Ve sus rostros contraídos en gritos de guerra. Ve la determinación fanática en sus expresiones.

—¡Fuego!

La descarga golpea como un puño. El humo blanco oscurece momentáneamente la visión. Cuando se disipa, Francisco ve la primera fila de atacantes caída sobre los escombros. Pero inmediatamente llega otra oleada, pisando literalmente sobre los cadáveres de sus compañeros.

—¡Recargad! ¡Recargad!

Las manos de Francisco se mueven por instinto: saca el taco, vierte la pólvora, mete la bala, comprime todo con la baqueta. Treinta segundos. Demasiado tiempo. Los turcos ya están casi encima de las murallas.

—¡Fuego a discreción!

Los arcabuceros disparan cuando pueden. Cada descarga derriba uno o dos atacantes. Pero por cada turco que cae, aparecen tres más. Son interminables.

Francisco dispara su arcabuz. Un jenízaro que trepaba por los escombros se desploma con un agujero en el pecho. Francisco ya está recargando antes de que el cuerpo toque el suelo.

A su izquierda, un soldado español grita cuando una flecha turca le atraviesa la garganta. Se desploma gorgoteando sangre. Francisco no tiene tiempo de mirar. Ya está apuntando de nuevo, disparando, recargando.

El humo de la pólvora es tan denso que apenas puede ver. Dispara hacia las formas que se mueven entre la nube gris. A veces acierta. A veces no. Ya no importa. Solo importa seguir disparando.

—¡Se acabó la pólvora! —grita alguien.

—¡Picas! —ruge Francisco—. ¡A las picas!

Deja caer el arcabuz inútil y toma su pica. Los primeros jenízaros alcanzan la cima del muro. Francisco ve un rostro barbudo, unos ojos negros llenos de furia, una boca abierta en un grito.

Clava la pica en el vientre del turco. Siente la resistencia de la carne, luego el crujido cuando el hierro encuentra hueso. El jenízaro se desploma aullando.

Pero ya viene otro. Y otro. Y otro.

Francisco lucha como un autómata. Clava, retira, clava de nuevo. Sus brazos arden. El sudor le ciega. La sangre —suya, de enemigos, imposible saberlo— le empapa el jubón.

A su derecha pelea el mariscal de campo, Melchor de Robles, con espada y rodela. Tiene una herida en el hombro pero sigue luchando. A su izquierda, un soldado maltés cae con el cráneo partido por un yatagán turco.

Los otomanos ganan terreno metro a metro, pisando literalmente sobre los cadáveres que se amontonan. Francisco ve cómo plantan estandartes en los escombros. Banderas verdes con la media luna. Símbolos de conquista.

—¡No podemos contenerlos! —grita alguien mientras retrocede.

Francisco ve la desesperación en los rostros a su alrededor. Los hombres comienzan a ceder terreno, retrocediendo hacia las calles del Burgo. Pronto los turcos estarán dentro de la ciudad. Y entonces todo habrá terminado.

Es en ese momento cuando lo ve.

En el muro principal del Burgo, a unos cien metros de su posición, los hombres de Pialí han logrado lo impensable: plantar el estandarte real del sultán sobre las piedras cristianas. La cola de caballo blanca bajo la bola dorada ondea triunfante.

Un rugido de victoria se eleva de las filas turcas. Un gemido de desesperación responde desde las filas cristianas.

—¡Abajo esa bandera! —grita una voz familiar.

Francisco se vuelve y ve a La Valette en persona, cojeando hacia el combate con pica en mano. El viejo maestre tiene la pierna vendada —herido por una esquirla— pero su voz no decae: —¡Abajo esa bandera, abajo!

Cristianos y musulmanes se lanzan sobre el estandarte en una disputa furibunda. Unos lanzan ganchos para cogerlo, tirando desesperadamente. Otros se aferran al asta, dispuestos a morir antes que perder su símbolo de victoria.

Francisco abandona su puesto y corre hacia la bandera. Otros soldados hacen lo mismo. Es instinto puro: si cae ese estandarte, cae la moral turca. Si se mantiene, caerá Malta.

Llega al muro principal donde la bandera ondea. Un grupo de jenízaros la defiende ferozmente. Francisco se lanza contra ellos pica en ristre.

Clava el hierro en el costado de un turco. El hombre gira aullando, casi arrancándole la pica de las manos. Francisco suelta el asta y saca su daga. Se enzarza en combate cuerpo a cuerpo con otro jenízaro, rodando por los escombros, cada uno tratando de hundir el acero en la carne del otro.

El turco es más joven, más fuerte. Francisco siente su fuerza menguando. El brazo le tiembla al resistir la daga enemiga que se acerca centímetro a centímetro hacia su garganta.

Entonces Melchor de Robles aparece de la nada y hunde su espada en la espalda del jenízaro. El turco se arquea, escupe sangre, y se desploma.

—¡Levantaos, cabo! —grita Robles ofreciéndole la mano.