Arde Malta 35
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Francisco encuentra a Caterina en las ruinas de la iglesia de San Lorenzo. Las velas titilan entre los escombros, creando sombras danzantes en las paredes agrietadas por la metralla. El bombardeo ha cesado temporalmente, pero todos saben que es la calma antes de la tormenta final.

Ella está arrodillada ante los restos del altar, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados. Francisco intenta acercarse sin hacer ruido, aunque sus botas hacen crujir levemente los fragmentos de piedra. Caterina siente su presencia sin necesidad de mirarlo.

—¿También venís a rezar? —pregunta sin abrir los ojos.

—Vengo a buscaros.

Caterina se incorpora lentamente y se vuelve hacia él. A la luz vacilante de las velas, Francisco ve que ha estado llorando. Las lágrimas han dejado churretes en sus mejillas manchadas de polvo.

—¿Sabéis ya cuándo será?

—Creemos que al amanecer. —Francisco se acerca despacio, como si temiera romper algo frágil—. Mustafá no puede esperar más. Las tormentas de septiembre están cerca.

Caterina cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo, están secos.

—¿Qué posibilidades tenemos?

—Pocas. Muy pocas.

El silencio se instala entre ellos. Afuera, el viento nocturno sopla y se cuela entre las ruinas, haciendo temblar las llamas de las velas. En algún lugar lejano, alguien tose. Un niño llora. Malta aguarda su sentencia.

—Entonces esto es una despedida —dice Caterina.

No es una pregunta. Ambos comprenden la realidad con claridad meridiana: cuando salga el sol, Francisco irá a las murallas del puesto de Castilla. Y las probabilidades de que regrese son casi inexistentes.

—Caterina, yo...

—No. —Se levanta con súbita determinación, sacudiendo el polvo de su falda—. No voy a escuchar discursos sobre el deber o el honor. No esta noche.

Se acerca a él hasta que sus cuerpos casi se tocan.

Francisco puede sentir el calor que emana de ella en la iglesia fría.

Puede oler el aroma familiar a manzanilla en su cabello, ver las pequeñas pecas que el sol mediterráneo ha dejado en su nariz.

Se fija en la cicatriz fina en su ceja izquierda, recuerdo de algún accidente infantil del que nunca le ha hablado.

—Esta noche solo quiero que seáis Francisco. —Su voz es firme pero sus ojos brillan con lágrimas contenidas—. No el cabo. No el soldado. No el veterano de mil batallas. Solo el hombre que amo.

Es la primera vez que usa esa palabra sin vacilación, sin rodeos, sin miedo. Francisco siente como si algo dentro de su pecho se rompiera y se recompusiera al mismo tiempo. Como si una armadura que ha llevado puesta durante años cayera finalmente al suelo.

—¿Me amáis? —Su voz suena ronca—. ¿De verdad?

Caterina toma sus manos entre las suyas. Las manos de Francisco son grandes, callosas, marcadas por cicatrices de años de guerra. Las de ella son pequeñas pero fuertes, endurecidas por el trabajo.

—Sé que lleváis esa medalla de la Virgen porque era de vuestra madre —dice mirándolo a los ojos—. Que la tocáis cada vez que tenéis miedo, aunque jamás lo admitiríais. Sé que no podéis dormir cuando llueve porque os recuerda a las noches en el calabozo de Argel, esperando que vinieran a torturaros.

Francisco siente que algo se le atraganta a la altura de la nuez.

—Sé que cuidasteis de Kemiru como si fuera vuestro hijo —continúa Caterina—. Y sé que daríais vuestra vida por salvar la de cualquier inocente sin pensarlo dos veces.

Toma su rostro entre las manos.

—Y sé que fingís ser de piedra, pero tenéis el corazón más bondadoso que jamás he conocido.

Francisco siente las lágrimas correr por sus mejillas. No recuerda la última vez que lloró delante de alguien. Quizá cuando su madre murió, hace tantos años que parece otra vida.

—Y yo sé que os aterra amar a otro soldado —dice con voz quebrada—. Que fingís dureza para proteger un corazón que ha sangrado demasiado. Que trabajáis hasta el agotamiento para no tener tiempo de pensar en la soledad que os espera cada noche.

Caterina deja escapar un sollozo.

—Sé que cada vez que me veis marchar a las murallas, revivís ese momento en que os dijeron que vuestro esposo había muerto —continúa Francisco—. Y aun así, me habéis dejado entrar. Habéis vuelto a arriesgar vuestro corazón sabiendo que podría romperse de nuevo.

Se besan. No con la urgencia salvaje del deseo, sino con la ternura desesperada de quienes saben que el tiempo se les escurre entre los dedos como arena. Francisco la abraza estrechándola contra él, como si pudiera protegerla del mundo entero con la pura fuerza de sus brazos.

Cuando se separan, Caterina apoya la frente contra su pecho. Francisco puede sentir su respiración entrecortada.

—Francisco —susurra contra su jubón—, si esta va a ser nuestra única noche juntos...

—¿Sí?

Caterina alza la vista para mirarlo.

—Prefiero que sea como marido y mujer. No como amantes que se despiden en la oscuridad.

Francisco siente como si el mundo se detuviera a su alrededor. El bombardeo distante, el viento entre las ruinas, el murmullo de voces lejanas, todo desaparece. Solo existen Caterina y sus ojos oscuros mirándolo.

—¿Estáis segura? —Su voz apenas es un susurro.

—Lo estoy si vos también lo estáis. —Caterina pone una mano sobre su corazón—. Decidid vos, Francisco. ¿Qué queréis que seamos esta noche?

Francisco piensa en Isabel. En la traición que lo rompió hace tantos años.

En todas las mujeres a las que ha evitado desde entonces, construyendo muros a su alrededor, jurándose que nunca volvería a ser vulnerable.

Piensa en los años de soledad que ha elegido, convencido de que era más seguro no sentir nada.

Luego mira a Caterina y comprende algo fundamental: el amor verdadero no es evitar el riesgo. Es encontrar a alguien con quién merezca la pena correrlo. Es elegir la vulnerabilidad sabiendo que podría destrozarte, porque la alternativa es una vida sin luz.

—Quiero ser vuestro marido. —Las palabras salen con una certeza que lo sorprende—. Aunque solo sea por una noche. Aunque el mañana no llegue para mí. Quiero que esta noche seamos marido y mujer ante Dios.

Caterina sonríe a través de las lágrimas. Es una sonrisa radiante que ilumina toda la iglesia en ruinas.

—Entonces vamos a buscar al hermano Éboli.

Encuentran al hermano Éboli en la sacristía, remendando una casulla rasgada por metralla. El sacerdote está demacrado por el asedio, su rostro surcado por arrugas más profundas que hace tres meses. Pero hay dignidad en su porte cuando se levanta a recibirlos.

—Hijos míos —dice con voz quebrada pero firme—. ¿Qué os trae aquí a estas horas?

Francisco y Caterina intercambian una mirada. Luego Francisco habla: —Hermano Éboli, queremos que nos caséis. Esta noche.

El sacerdote parpadea, sorprendido. Mira a Francisco, luego a Caterina y de nuevo a Francisco. En sus ojos hay una mezcla de tristeza y comprensión.

—¿Estáis seguros de esto? —pregunta despacio—. Las circunstancias son... inusuales. Habitualmente se requieren amonestaciones, testigos, preparación...

—Completamente seguros, padre —responde Caterina—. Si va a ser nuestra única noche, que sea bendecida por Dios.

El hermano Éboli asiente lentamente. Ha casado a muchas parejas en sus décadas como sacerdote.

Bodas alegres en tiempos de paz, con flores y música.

Pero nunca ha casado a una pareja en vísperas de una batalla que probablemente sea la última.

Nunca ha visto tanto amor y tanta desesperación mezclados en dos rostros.

—Muy bien —dice finalmente—. Esperadme aquí.

Desaparece en la sacristía y regresa momentos después con una estola bordada, remendada en varios lugares pero aún digna. Se la coloca sobre los hombros con manos temblorosas.

—Deberíamos hacerlo ante el altar —dice.

Los tres caminan hacia los restos del altar mayor. Las velas proyectan sombras danzantes sobre las paredes agrietadas. En algún lugar del techo dañado, una paloma arrulla suavemente.

El hermano Éboli se coloca frente a ellos. Francisco y Caterina se toman de las manos.

—Francisco de Peralta —comienza el sacerdote con voz solemne—, ¿estáis aquí por vuestra propia voluntad, sin coacción alguna?

—Sí, padre.

—Caterina Sciberras, ¿estáis aquí por vuestra propia voluntad, sin coacción alguna?

—Sí, padre.

El hermano Éboli toma aire. Por un momento, su voz tiembla, pero luego se afirma: —Francisco de Peralta, ¿queréis tomar por esposa legítima a Caterina Sciberras, prometiéndole fe y lealtad, amarla y honrarla todos los días de vuestra vida, según manda la Santa Madre Iglesia?

Francisco mira a Caterina. Ve su vida entera reflejada en sus ojos oscuros. Ve un futuro que quizá nunca llegue, pero que desea con cada fibra de su ser.

—Sí, quiero.

—Caterina Sciberras, ¿queréis tomar por esposo legítimo a Francisco de Peralta, prometiéndole fe y lealtad, amarlo y honrarlo todos los días de vuestra vida, según manda la Santa Madre Iglesia?

Caterina aprieta sus manos.

—Sí, lo tomo.

—¿Tenéis anillos?

Caterina niega con la cabeza, pero entonces se lleva la mano al bolsillo de su delantal. Saca un trozo de alambre de cobre, pulido y retorcido, y con cuidado forma dos círculos imperfectos pero hermosos.

Francisco toma el anillo con dedos temblorosos y lo desliza en el dedo de Caterina.

—Con este anillo, yo te desposo —dice, recordando las palabras de la ceremonia que ha oído tantas veces—. Y te entrego mi corazón.

El hermano Éboli alza las manos sobre sus cabezas.

—Por el poder que me otorga la Santa Madre Iglesia, y ante la presencia de Dios Todopoderoso, os declaro marido y mujer. —Hace la señal de la cruz—. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Los recién casados se miran. Por un momento, el peso de lo que acaban de hacer los abruma. Luego, casi al mismo tiempo, comienzan a reír. Es una risa entrecortada por lágrimas, una mezcla de alegría y tristeza tan profunda que no hay palabras para expresarla.

Caterina tiene una pequeña habitación en las catacumbas bajo la enfermería. Es un espacio diminuto, apenas más grande que una celda: un jergón, una mesa de madera, un baúl, una vela. Pero es privado, y esta noche eso es todo lo que necesitan.

Francisco entra tras ella y cierra la puerta. De repente se siente torpe, inseguro. Han pasado demasiados años desde la última vez que estuvo con una mujer de esta manera. Y nunca con una mujer que significara tanto.

Caterina enciende la vela sobre la mesa. La luz dorada ilumina su rostro mientras se vuelve hacia él.

—¿Estáis nervioso?

Francisco asiente, incapaz de mentir.

—Hace mucho tiempo que... —Se interrumpe, sin saber cómo continuar.

Caterina se acerca y toma sus manos.

—Yo también estoy nerviosa. —Su voz es suave.

Se miran en silencio. Francisco puede sentir el pulso acelerado de Caterina bajo sus dedos.

—No tenemos que hacer nada que no queráis —dice.

Caterina sonríe.

—Os he elegido, Francisco de Peralta. Os he tomado por esposo ante Dios. —Se lleva sus manos al pecho—. Quiero estar con vos esta noche. Completamente.

Lo besa, y esta vez el beso es diferente. Las manos de Francisco encuentran su cintura, tirando de ella.

Se desvisten mutuamente con manos temblorosas. Los dedos de Caterina luchan con las correas del jubón de Francisco. Él la ayuda, quitándose la prenda y dejándola caer al suelo. Debajo lleva solo una camisa de lino manchada de sudor y polvo.

Francisco desata los cordones del vestido de Caterina con cuidado reverente, como si estuviera desenvolviendo algo sagrado. La tela cae al suelo con un susurro suave.

Cuando finalmente están desnudos, uno frente al otro, Francisco no puede evitar mirarla.

Su cuerpo está marcado por la vida: cicatrices finas de quemaduras en los brazos, de trabajar tanto tiempo en el hospital.

Su vientre no es plano sino levemente redondeado, marcado por líneas plateadas que Francisco no comprende al principio.

Caterina sigue su mirada y sonríe con tristeza.

—Tuve un hijo. Hace años. Murió a los tres días de nacer.

Francisco siente una punzada en el corazón. Toca las marcas con dedos suaves.

—Lo siento.

—Fue hace mucho tiempo. —Caterina acaricia su pecho desnudo, trazando las cicatrices que lo cruzan—. Vos también lleváis vuestras marcas.

Francisco mira su propio cuerpo. Está cubierto de cicatrices: tajos de espada, quemaduras de pólvora, marcas de flechas, los latigazos de Argel. Un mapa de tres décadas de guerra grabado en su carne.

—Cada una tiene su historia —dice.

Caterina lo besa en el pecho, justo sobre una cicatriz larga que va desde el hombro hasta las costillas.

Se tumban en el jergón estrecho. Es incómodo, demasiado pequeño para dos personas, pero ninguno de los dos lo nota. Francisco la abraza, sintiendo el calor de su piel contra la suya. Sus bocas se encuentran de nuevo mientras sus cuerpos se aprenden mutuamente.

Hacen el amor despacio, con ternura.

Francisco entierra el rostro en su cuello, respirando su aroma, memorizando cada sensación. El tacto de su piel, el sonido de su respiración, el modo en que sus dedos se hunden en su espalda. Quiere recordarlo todo. Si mañana es su último día, quiere llevar este recuerdo con él a la tumba.

Cuando todo ha concluido, se abrazan el uno al otro como náufragos en medio de la tormenta. Francisco siente lágrimas en sus mejillas, pero no sabe si son suyas o de Caterina.

Permanecen abrazados en el jergón estrecho, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones acompasándose lentamente.

—Francisco —susurra Caterina en la oscuridad.

—¿Sí?

—Prometedme algo.

—Lo que sea.

—Mañana, cuando vayáis a las murallas, no os comportéis como un héroe. No busquéis la muerte gloriosa. —Su voz tiembla—. Luchad, sí. Cumplid con vuestro deber. Pero luchad por volver a mí. ¿Lo prometéis?

Francisco la abraza más fuerte.

—Volved a mí —susurra a la oscuridad vacía—. Por favor, volved a mí.

Pero solo el silencio le responde.