Arde Malta 34
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La tienda de Mustafá Pachá huele a incienso, seda y ambición. El general descansa entre almohadones mientras bebe café a pequeños sorbos, rodeado por el murmullo de sus oficiales.

Pialí Pachá examina unos mapas extendidos sobre una alfombra persa. Los agás jenízaros intercambian comentarios en voz baja. El intérprete árabe aguarda en silencio.

Un soldado espahí se inclina ante Mustafá.

—Señor, el desertor cristiano está aquí.

—Hazlo pasar.

Mustafá deja la taza sobre un cojín bordado y endereza la espalda.

Santiago de las Cuevas entra flanqueado por dos soldados. Viene sucio y sudoroso, pero camina erguido. Sus ojos brillan con la determinación de quien ha cruzado un Rubicón sin retorno.

El general lo examina en silencio. Cicatrices de combate, manos callosas, postura de veterano. No es un cobarde que huye. Es otra cosa. Quizá algo más peligroso.

—¿Por qué abandonas a los tuyos? —pregunta a través del intérprete.

De las Cuevas no titubea.

—Los sanjuanistas nos envían a morir sin esperanza. Considero que ya he dado bastante por la paga que recibo.

El intérprete traduce al turco. Mustafá asiente levemente. Una respuesta honesta, sin lamentaciones ni excusas. Eso le gusta.

—¿Cuál es el estado de los defensores?

Ahora viene lo difícil. De las Cuevas traga saliva. Una cosa es desertar y otra muy distinta traicionar a quienes compartieron el pan y la pólvora. Piensa en Francisco, en los zapadores que recibieron treinta ducados mientras él no recibió nada. Piensa en la cadena de oro de Muñatones.

No hay vuelta atrás. Si quiere salir de esta de una pieza, tiene que sacrificar algo de honra.

—Agotados. Raciones escasas, poca pólvora, menos esperanza. Los hombres resisten por disciplina, no por fe.

—¿Cuántos?

—Los útiles no llegan a tres mil. El resto son heridos, malteses sin experiencia o cadáveres que aún caminan.

Pialí alza la vista de sus mapas e intercambia una mirada significativa con Mustafá. Los números confirman lo que sospechaban.

Durante media hora, De las Cuevas desgrana información valiosa.

Puntos débiles en las murallas, horarios de cambio de guardia, números exactos de cada puesto, moral quebradiza.

Todo lo que un desertor puede ofrecer a cambio de su pellejo.

Con cada palabra que pronuncia, siente como si depositara otra moneda en su propia tumba, pero no puede detenerse.

Mustafá parece satisfecho cuando la sesión termina. Sus oficiales sonríen, intercambian comentarios en voz baja. El asalto final será pronto. Muy pronto.

Pero entonces, la expresión del general se endurece.

—Hubo otro cristiano que vino con información —dice con voz súbitamente helada—. Un caballero francés. Adrien de la Rivière .

De las Cuevas siente el frío en las entrañas.

—Ese hombre mintió. Nos costó muchas vidas descubrir su engaño.

El intérprete traduce con voz neutra, pero De las Cuevas comprende perfectamente adónde conduce esto. Recuerda los rumores, las historias susurradas entre los soldados sobre el destino de La Rivière.

—¿Sabes qué le ocurrió? —Mustafá clava sus ojos en los del español—. Lo despellejamos vivo. Lentamente. Tardó un día entero en morir.

El silencio se espesa en la tienda como humo negro. De las Cuevas recuerda la cabeza de La Rivière clavada en una pica, paseada ante los muros de San Telmo. El horror grabado en sus facciones muertas, la boca abierta en un grito perpetuo.

—Si tu información resulta falsa —continúa Mustafá con suavidad de seda envenenada—, tu destino será idéntico. Solo que quizá tardemos dos días en vez de uno.

De las Cuevas comprende la trampa. No hay generosidad turca que valga. Si algo falla en el próximo asalto, si sus palabras no producen los resultados esperados, morirá del modo más horrible imaginable. No como soldado. Como traidor despellejado.

—Mi información es veraz —dice, y su voz apenas tiembla—. Arriesgo la vida al dárosla.

Mustafá lo estudia un momento más. Sus ojos oscuros parecen leer cada pensamiento, pesar cada mentira. Luego sonríe, pero la sonrisa no alcanza sus ojos.

—Eso espero por tu bien.

Da una orden en turco. Los soldados se acercan a De las Cuevas.

—Te daremos comida y tienda. Permanecerás aquí hasta que se demuestre la verdad de tus palabras. Si son ciertas, serás recompensado generosamente. Si no...

No termina la frase. No hace falta.

Mientras lo escoltan hacia la salida, De las Cuevas piensa febrilmente. Debe escapar antes del próximo asalto. Esta misma noche, si es posible. Si se queda y algo falla, es hombre muerto. Y no cualquier muerte: una agonía de horas o días mientras le arrancan la piel a tiras.

El plan se forma mientras camina hacia la tienda que le han asignado: fingir lealtad unas horas, esperar la oportuni dad, huir hacia Mdina durante la noche. Hacerse pasar por cautivo fugado, ganar tiempo, llegar a Gozo, embarcar hacia Sicilia con el primer barco que zarpe.

Arriesgado, pero menos que quedarse esperando a que su traición dé los frutos que Mustafá exige.

Mucho menos.

Las colinas al norte del campamento otomano resguardan a ocho jinetes inmóviles. Sus caballos, adiestrados para la guerra, ni siquiera resoplan.

Sin luna, la noche permite a Vincenzo Anastagi observar las tiendas enemigas sin ser detectado. La oscuridad es total, apenas rota por las hogueras dispersas del campamento que se extiende como un mar de sombras.

Anastagi es el jefe de la caballería sanjuanista que permanece en Mdina.

Lleva quince días haciendo incursiones nocturnas.

Mapear defensas, capturar informadores, buscar oportunidades.

Sus ojos oscuros estudian ahora el campamento con paciencia de cazador profesional que sabe que una sola observación puede cambiar el curso de una guerra.

Lo que ve esta noche confirma sus sospechas.

—¿Veis trincheras en la retaguardia? —susurra a sus hombres.

Sus lugartenientes agudizan la vista. Miles de tiendas se extienden bajo las estrellas. Hogueras que se consumen, centinelas ocasionales, el murmullo lejano de un ejército que descansa antes del asalto que todos saben que vendrá con el amanecer.

—No veo ninguna, señor.

—Exactamente —dice Anastagi esbozando una sonrisa—. Los otomanos han construido sus defensas únicamente contra ataques desde las fortalezas cristianas. Su retaguardia carece de trincheras, empalizadas, de cualquier protección digna de mención.

Hace una pausa y añade con desprecio: —Claramente, el general turco no es Julio César.

Durante días ha observado un patrón revelador: cuando los otomanos lanzan asaltos generales, vacían prácticamente el campamento.

Todos los hombres útiles marchan hacia las murallas, dejando solo enfermos, heridos y servicios de retaguardia.

Cocineros, aguadores, muleros. Hombres sin armadura ni disciplina de combate.

Anastagi comanda apenas doscientos jinetes, pero un ataque de caballería por la retaguardia durante el próximo asalto general puede ser devastador.

Fuego en las tiendas de mando, destrucción de provisiones, pánico entre los no combatientes.

Un golpe a la moral enemiga que podría cambiar el curso del asedio.

No ganarán la guerra con una carga de caballería, pero pueden comprar tiempo precioso.

Y el tiempo es lo único que les queda.

Uno de sus hombres le toca el brazo sacándole de su ensimismamiento.

—Señor, mirad allí.

Anastagi sigue la dirección del dedo. Algo se mueve en los alrededores del campamento. Una figura solitaria se escabulle entre las tiendas, evitando obviamente ser detectada. No es un centinela en su ronda. Es alguien que trata de salir sin ser visto, moviéndose de sombra en sombra.

—Turco en misión nocturna —murmura uno de los jinetes—. ¿Espía o mensajero?

—En cualquier caso, alguien con información valiosa —responde Anastagi—. Vamos a seguirlo. Cuando esté lejos del campamento, cogedlo.

Los ocho jinetes inician una persecución silenciosa. Sus caballos se mueven sobre hierba seca sin hacer ruido, sombras entre sombras. Siguen a la figura que avanza trabajosamente por terreno rocoso, tropezando ocasionalmente.

El fugitivo camina con prisa pero sin correr, deteniéndose cada pocos minutos para orientarse o comprobar que no lo siguen.

Es evidente que no conoce bien el terreno, pero trata desesperadamente de llegar a algún sitio.

Su silueta se recorta brevemente contra el cielo estrellado cuando cruza una loma, y luego desaparece de nuevo entre las rocas.

Anastagi hace una seña. Sus hombres se despliegan en abanico, rodeando silenciosamente al fugitivo.

Cuando han puesto suficiente distancia con el campamento, Anastagi da la orden con un silbido bajo.

Los ocho jinetes salen de entre las rocas desde todas direcciones, rodeando al caminante, que se detiene bruscamente y lanza un grito ahogado.

—¡No me matéis! ¡Soy cristiano!

Anastagi desmonta, sorprendido. El acento es español, inconfundible. A la luz de las estrellas ve a un hombre de mediana edad, vestido con ropas turcas pero de rasgos evidentemente europeos. Barba descuidada, rostro demacrado, ojos hundidos.

—¿Quién sois?

—Santiago de las Cuevas, señor. Del Tercio de Sicilia. —Las palabras salen atropelladas—. Me capturaron hace días cerca de Senglea, durante una salida.

Se arroja de rodillas, simulando el alivio de quien ha sido salvado en el último momento. Las lágrimas que corren por sus mejillas son reales, aunque no por las razones que Anastagi imagina.

—Logré cortar mis ataduras durante el cambio de guardia. Llevo toda la noche caminando, tratando de llegar a Mdina. Creí que moriría perdido en la oscuridad.

Anastagi estudia al hombre con ojo crítico. La historia suena verosímil. Los otomanos capturan prisioneros constantemente, y las fugas, aunque difíciles, no son imposibles. Ha oído de varios casos.

—¿Cómo os trataron?

—Mal, señor. Muy mal. —De las Cuevas se santigua con manos temblorosas—. Me interrogaron, me golpearon. Querían saber de nuestras defensas, de nuestros números.

—¿Les dijisteis algo?

—Jamás, señor. Preferí los golpes antes que traicionar a los míos.

Se santigua de nuevo y el gesto parece sincero. Anastagi siente una punzada de compasión. Este hombre ha sufrido por mantenerse leal.

—Los turcos os han maltratado, pero ya estáis a salvo. Sois un soldado valiente.

Se vuelve hacia dos de sus jinetes: —Escoltad a este hombre hasta Mdina. Llevadlo ante el gobernador. Merece cuidados y un lugar seguro donde recuperarse.

De las Cuevas agradece efusivamente, fingiendo lágrimas de alivio que no son del todo falsas. Ha escapado de Mustafá. Eso es lo que importa.

—Que Dios os bendiga, señor. Creí que moriría en manos de esos infieles. Vos me habéis salvado la vida.

—No es nada —dice Anastagi con genuina bondad—. Cualquier cristiano habría hecho lo mismo.

Los dos jinetes se acercan con un caballo de repuesto. Ayudan a De las Cuevas a montar. Él se agarra a las riendas con manos temblorosas, como si realmente fuera un hombre exhausto y aliviado.

—Id con Dios —dice Anastagi—. Y descansad. Ya habéis sufrido bastante.

Los tres jinetes se alejan hacia Mdina al trote. De las Cuevas no mira atrás. No puede permitirse ese lujo.

Mientras los ve alejarse, Anastagi vuelve su atención al campamento. Las hogueras siguen ardiendo perezosamente entre las tiendas. Todo parece normal, tranquilo. El ejército turco descansa antes de la tormenta.

—Continuamos la vigilancia —dice a sus hombres restantes—. Quiero saber exactamente cuándo preparan el próximo asalto.

—¿Qué tenéis en mente, señor? —pregunta uno de sus lugartenientes.

Anastagi señala la retaguardia desprotegida del campamento.

—Cuando lancen su asalto, cuando vacíen el campamento de soldados, nosotros atacaremos por aquí. Fuego, caos, destrucción. Les haremos pagar caro cada paso que den hacia nuestras murallas.

Sus hombres asienten en silencio. Es un plan audaz, pero puede funcionar.

En el horizonte despuntan las primeras luces del amanecer. El cielo se tiñe de gris perla, luego de rosa pálido. Otro día de asedio comienza.

Anastagi contempla el campamento enemigo una última vez antes de retirarse. Ha encontrado la grieta donde golpear a su enemigo.

Y De las Cuevas cabalga hacia Mdina, sintiéndose a salvo.

Ninguno de los dos sabe lo que el amanecer traerá.