33
Francisco encuentra a Caterina en la bodega-hospital, donde apenas llega la luz dorada del mediodía.
Hay heridos por doquier. Es imposible que la mirada no se tope con alguna herida horrible, mutilación o muñón sangrante.
Se escuchan lamentos en todas las lenguas de Europa, estertores agonizantes, rezos, blasfemias y latines del capellán Éboli, que va y viene repartiendo extremaunciones con las dos manos.
Ella está arrodillada junto al jergón de un soldado calabrés con una herida de metralla en el pecho que le está robando la vida gota a gota.
—¿Cómo está? —pregunta Francisco, acercándose en silencio.
—Se va —responde Caterina sin levantar la vista—. Poco a poco, pero se va.
Francisco mira al soldado italiano. No puede tener más de diecinueve años, la edad que tenía Jacobo cuando murió en San Telmo.
—¿Hay algo que se pueda hacer?
—Acompañarlo. Es lo único que…
Francisco se sienta en el suelo junto a ella. Su propio brazo izquierdo le duele desde la herida de San Telmo, pero es un dolor soportable comparado con lo que ve en esta bodega.
—¿No descansáis nunca?
—¿Para qué? —Caterina moja un paño en agua fresca y se lo pasa por la frente al moribundo—. Los heridos no descansan. Sólo los que mueren pueden permitírselo.
Francisco la observa trabajar. Tiene ojeras profundas, las manos temblorosas de cansancio, el cabello pegado al cráneo por el sudor. Pero sus gestos siguen siendo precisos, gentiles.
—¿Cuándo comisteis por última vez?
—No me acuerdo.
—Caterina...
—No me sermonéis, Francisco. No ahora.
Pero su voz no tiene la fuerza habitual. Suena agotada, al límite de su resistencia.
Francisco se levanta y sale de la bodega. Vuelve diez minutos después con un pedazo de pan duro y un poco de queso que ha conseguido de las raciones militares.
—Comed —ordena, sentándose a su lado.
—No tengo hambre.
—No os he preguntado si tenéis hambre. He dicho que comáis.
Caterina lo mira con sorpresa. Es la primera vez que Francisco le habla con autoridad.
—¿Me estáis dando órdenes?
—Sí. De soldado veterano a civil testaruda.
Caterina sonríe. Es una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina.
—¿Civil testaruda?
—La descripción más benévola que se me ocurre.
Caterina toma el pan y come, aceptando que Francisco tiene razón. Mientras mastica, continúa vigilando la respiración del soldado a su cuidado.
—Francisco, ¿podéis quedaros un momento? —pregunta de pronto—. No quiero que muera solo.
—Por supuesto.
Francisco entiende. Es la petición de alguien que ha visto morir demasiados hombres en soledad, que sabe lo que significa la presencia humana en los últimos momentos.
Se sientan en silencio, escuchando la respiración cada vez más laboriosa del muchacho italiano. Fuera, el bombardeo otomano continúa su rutina, pero aquí abajo el ruido llega amortiguado.
—¿En qué pensáis? —pregunta Caterina.
—En vos. En cómo conseguís seguir haciendo esto día tras día.
—¿Y a qué conclusión llegáis?
Francisco considera la pregunta.
—Que sois más valiente que cualquier soldado que haya conocido.
—No soy valiente. Estoy asustada todo el tiempo.
—Eso es exactamente lo que os hace valiente.
El soldado italiano emite un gemido suave. Sus ojos se abren, vidriosos pero conscientes. Mira a Caterina con expresión de niño perdido.
— Mamma. .. —susurra en italiano.
Caterina toma su mano y se la aprieta.
— Sono qui, Matteo. Non sei solo .
— Ho paura...
— Lo so. Ma tutto andrà bene .
Francisco no habla italiano, pero comprende el tono, la ternura maternal con que Caterina tranquiliza al muchacho. Siente cómo sus propios ojos se llenan de lágrimas a pesar de que es la primera vez que ve a Matteo.
La respiración de Matteo se vuelve irregular, espaciada. Caterina le canta algo en maltés, una canción que suena a nana, a despedida.
—Francisco —susurra Caterina sin soltar la mano del moribundo—. ¿Podríais... podríais tocarme el hombro? Necesito saber que no estoy sola.
Francisco extiende la mano y la posa en su hombro. Siente cómo tiembla bajo su tacto, cómo contiene la emoción para poder seguir consolando al muchacho.
Matteo suspira una vez más y se queda inmóvil. Caterina le cierra los ojos con dedos suaves y se santigua.
— Requiescat in pace .
Solo entonces se permite llorar. Las lágrimas caen silenciosas por sus mejillas mientras continúa sosteniendo la mano inerte del soldado muerto.
Francisco la atrae hacia sí, envolviendo con sus brazos este cuerpo que ha cargado con tanto dolor ajeno. Caterina no resiste. Se apoya contra su pecho y llora con la intensidad de quien lleva días conteniéndose.
—No puedo más —susurra entre sollozos—. No puedo seguir viendo morir muchachos que podrían ser mis hijos.
—Sí que podéis. Porque sois lo único humano que les queda en sus últimos momentos.
—¿Y si un día sois vos quien está en ese jergón? ¿Y si tengo que veros morir también?
Francisco siente cómo el miedo real de Caterina lo atraviesa. No es miedo abstracto a la guerra, sino terror específico a perderlo a él.
—Miradme, Caterina.
Ella alza el rostro, con los ojos enrojecidos pero valientes.
—No voy a prometeros que no moriré. Sería mentir, y ambos lo sabemos. Pero os prometo que, si me toca morir, lo haré sabiendo que valió la pena vivir porque os conocí.
—Francisco...
—No he terminado. —La toma por los hombros, mirándola directamente—. Y os prometo que lucharé por sobrevivir con todas mis fuerzas. Porque ahora tengo una razón.
—¿Cuál?
—Vos. Tengo una vida que construir con vos cuando esto termine.
Caterina cierra los ojos y apoya la frente contra la suya.
Se besan en la bodega que huele a muerte y medicina, rodeados de heridos que gimen en sueños. Es un beso que sabe a lágrimas y promesas, a esperanza contra toda desesperanza.
—Si vamos a intentarlo, tenéis que prometerme algo.
—Lo que sea.
—Nada de heroicidades innecesarias. Nada de gestos gloriosos. Quiero que volváis a mí entero, ¿entendido?
Francisco sonríe.
—¿Me estáis dando órdenes vos ahora?
—Sí. De mujer enamorada a soldado testarudo.
—Acepto las condiciones.
Pasan el resto de la tarde en la bodega, cuidando juntos a los heridos.
Francisco cambia vendajes, transporta agua, ayuda a incorporar a los que pueden beber.
Caterina cambia vendajes y limpia heridas, pero de vez en cuando sus manos se rozan al pasarse los instrumentos y cada contacto es una promesa silenciosa.
Cuando llega la noche, Francisco debe volver a su puesto en las murallas.
Allí, mientras monta guardia bajo las estrellas maltesas, Francisco piensa en Caterina cuidando heridos en la bodega. Piensa en el futuro que han empezado a construir con palabras, en la casa pequeña que tal vez tengan algún día, en los hijos que tal vez algún día tengan…
Por primera vez en treinta años, la idea de morir le parece no solo trágica, sino imperdonable. Porque ahora tiene demasiado que perder.
De las Cuevas mastica el pan duro de su ración mientras observa las murallas del Burgo.
Es mediodía y el bombardeo otomano ha cesado temporalmente.
Los soldados aprovechan para comer en sus puestos, intercambiar noticias, limpiar sus armas.
Es uno de los pocos momentos de calma en el infierno cotidiano del asedio.
Pero él sigue sin poder quitarse de la mente el oro de Muñatones.
—Maldito bastardo —dice para sí y escupe—.
Una cadena de oro para ese palurdo que apenas lleva unos días en la isla.
¿Y para mí qué? ¿Qué hay para Santiago de las Cuevas, superviviente de San Telmo, que descubrió el túnel turco?
¡Ni un miserable mendrugo! ¿Es esto justicia?
Ni los perros musulmanes tratarían así a un cristiano.
Mientras sigue su retahíla de quejas por lo bajo, de pronto ve aparecer a Muñatones.
El héroe de las minas se acerca hasta el puesto de Aragón, que está cerca del mar.
Lleva su morrión de arcabucero adornado con una pluma roja, porta su arcabuz al hombro con gesto desenvuelto y, por supuesto, luce con orgullo su cadena de oro.
A De las Cuevas le hierve la sangre.
—Cabrón vanidoso. Mira cómo presume de su oro.
Muñatones llega hasta el centinela del puesto y le dice algo que desde la distancia De las Cuevas no puede oír. El centinela asiente y se marcha, dejando solo a Muñatones.
De las Cuevas observa cómo Muñatones enciende meticulosamente la mecha de su arcabuz, la coloca en la serpentina y se asoma por encima del parapeto. Durante varios minutos estudia el terreno, vigilando los movimientos turcos.
Y entonces ocurre.
La detonación de un arcabuz. Pero no es el de Muñatones. Es un arcabuz turco disparado por uno de sus francotiradores.
Muñatones da un paso hacia atrás y cae desplomado.
De las Cuevas deja de comer pan y mira a un lado y a otro. Nadie parece haberse dado cuenta de lo ocurrido. Nadie salvo él.
Rápidamente corre hasta Muñatones.
—¿Estáis bien, amigo? —dice con voz nerviosa—. ¿Os han herido?
Pero Muñatones no pronuncia palabra, solo emite un gorjeo estridente mientras se ahoga en su propia sangre. A los pocos segundos, el héroe de las minas ha muerto.
El héroe del día anterior ha muerto hoy en el anonimato, perdido entre los cientos de víctimas del asedio. Sic transit gloria mundo, que dirían los Papas.
De las Cuevas está a punto de pedir ayuda cuando vuelve a fijarse en la cadena de oro de Muñatones. Entonces, sus ojos brillan como ascuas y una nube de pensamientos comienza a tomar forma. En su mente nace de pronto una idea obsesiva que da vueltas y vueltas…
Una idea que ya no hay forma humana de detener.