Arde Malta 32
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En el campamento otomano, Kemiru despierta al sonido de Hasan arrastrándose hacia la entrada de la tienda.

El jenízaro apenas logra salir antes de que sus intestinos lo traicionen de nuevo.

Es la quinta vez esta noche. Cuando regresa, tambaleándose, Kemiru finge dormir para preservar la dignidad de su protector.

La luz del amanecer revela la verdad brutal: Hasan ha perdido mucho peso en apenas dos días.

Los pómulos se le marcan afilados bajo la piel, los ojos se hunden en las cuencas.

Pero lo peor es el olor. Ese olor pútrido y metálico de la sangre mezclada con heces que anuncia que la disentería ha entrado en su fase final.

El segundo sonido que escucha le hiela la sangre: Hasan vomitando en un rincón de la tienda, tratando de hacerlo en silencio.

Kemiru se vuelve hacia Hasan, que se limpia la boca con un paño manchado.

—¿Otra vez? —pregunta con voz ahogada por la preocupación.

—No es nada —miente Hasan, pero su voz suena ronca y débil—. Solo el estómago.

Kemiru ve la mentira en sus ojos hundidos, en la forma en que se agarra al poste de la tienda para mantenerse en pie.

Cuando Kemiru sale a transportar agua, se mueve entre las tiendas esquivando charcos de vómito y orina que nadie tiene fuerzas para limpiar.

Soldados que plantaron la media luna desde Belgrado hasta Bagdad ahora arrastran los pies, doblados por calambres intestinales.

Hay algunos charcos oscuros de sangre que es lamida por los perros.

Al regresar con el agua, encuentra a Hasan desplomado en su jergón, respirando con dificultad. Su túnica está empapada en sudor frío y tiembla a pesar del calor.

—Hasan, tienes que beber —insiste Kemiru, acercándole el agua.

—No puedo —susurra el jenízaro—. Todo lo que bebo lo devuelvo.

Una cola interminable de soldados aguarda frente a la tienda del médico. Veteranos de campañas de Hungría y Persia que son derrotados, no por el enemigo, sino por algo que no pueden ver ni combatir.

Kemiru mira hacia la cola de enfermos y luego hacia Hasan.

—Deberías ir al médico.

—¿Para qué? —Hasan intenta sonreír, pero es una mueca de dolor—.

¿Para que me diga que me voy a morir, como todos los demás?

—Los caballeros envenenaron las fuentes —le explica Hasan—.

Echaron cadáveres de animales en cada pozo de agua dulce.

Nos han convertido en prisioneros de nuestras propias necesidades.

Kemiru observa con creciente alarma cómo las manos del jenízaro tiemblan sin control. Ya no es la palidez cetrina de hace días. Ahora su piel tiene un tono grisáceo.

—Hasan, estás muy enfermo.

—Lo sé, muchacho. Lo sé. En la guerra, Kemiru, la muerte viene de muchas formas. Las más crueles son las que no puedes combatir con la espada.

Su voz es apenas un susurro. Cada palabra parece costarle un esfuerzo tremendo.

Desde fuera llega el sonido de otra pira funeraria siendo encendida. El humo negro se alza hacia el cielo.

Hasan intenta incorporarse, pero sus fuerzas no se lo permiten. Kemiru tiene que ayudarlo a acercarse a la entrada de la tienda, desde donde señala hacia las murallas cristianas con mano temblorosa.

—Mira. Sus defensas siguen en pie. Y nosotros nos desmoronamos desde dentro. ¿Sabes lo que eso significa?

Kemiru contempla el contraste: allí, las murallas resistiendo; aquí, el campamento pudriéndose. Pero lo que más le duele es ver a su protector deshaciéndose ante sus ojos.

—¿Qué?

—Que quizá estés presenciando el principio del fin de este asedio.

Kemiru traga saliva, luchando contra las lágrimas.

—¿Y el principio del fin para ti también?

Hasan le pone una mano helada en la mejilla. Ya no puede mentir.

—Sí, hijo mío. Creo que sí.

Esa noche, Kemiru se queda despierto velando el sueño agitado de Hasan, sabiendo que cada amanecer puede ser el último que compartan.

Mientras el campamento otomano se descompone, Francisco y De las Cuevas montan guardia en la muralla sur del Burgo, junto al puesto de Auvernia.

—Malditos turcos —murmura De las Cuevas escupiendo por encima del parapeto—. ¿Cuándo van a intentar algo nuevo?

Francisco hace como que escucha, pero en realidad su pensamiento está junto a Caterina.

Rememora los momentos antes de ser rescatados de los escombros y las confidencias que se hicieron.

Al recordar el beso, el cabo español piensa que no le importaría que hubiesen tardado un poco más en sacarlos, y ríe para sus adentros.

—¿Cabo? —inquiere De las Cuevas—. ¿Se puede saber qué diantre le pasa?

Pero viendo que Paco no suelta prenda, el cántabro re funfuña y se aleja unos pasos.

Contempla aburrido el terreno rocoso que se extiende ante las murallas cuando ve algo extraño: a unos quince metros del muro, una forma puntiaguda asoma entre las piedras del suelo y rota sobre sí misma.

Al principio piensa que es un pájaro o un animalillo, pero entonces la luz de luna se refleja sobre la figura. Es algo metálico en forma de… ¡lanza!

—¡Cabo! —grita—. ¡Venga aquí! ¡Rápido!

Francisco parece despertar de su ensoñación amorosa y se aproxima alarmado: —¿Qué pasa?

—Mire ahí. ¿Qué diantres es eso?

Francisco ve la extraña figura moviéndose, tanteando. Veterano de muchos asedios, comprende lo que ocurre. Es la punta de una lanza que emerge del suelo.

—¡Voto a tal, son minadores! Están midiendo cuánto les falta para llegar a los cimientos.

Un escalofrío recorre la espalda de Francisco. Si De las Cuevas no hubiera visto esa lanza por casualidad, en cuestión de horas los turcos habrían volado toda esa sección de la muralla.

—¡Alarma! —grita—. ¡Los turcos socavan las murallas!

En minutos, media guarnición se agolpa en los parapetos. Fra Antoine de Montmorency y el maestre de campo, Robles, estudian la situación con gesto grave, pero antes de que puedan decidir nada, una voz corta el aire: —¡Dejádmelo a mí!

Es Andrés de Muñatones, un oficial de Robles, que aparece corriendo con media docena de zapadores. Es un hombre corpulento, de barba negra y manos grandes. Sus ojos brillan con la determinación del profesional que conoce su oficio.

—¡Traed picos y granadas incendiarias! —ordena a sus hombres—. ¡Vamos a devolver la visita a esos perros!

Los zapadores se ponen a la obra, excavando justo encima del punto donde apareció la lanza. La tierra vuela, los picos muerden la tierra, el sudor empapa las camisas.

En menos de una hora han abierto una brecha que conecta con el túnel otomano. Un agujero negro que exhala aire viciado y olor a pólvora.

Muñatones se acerca, daga en mano, al borde del boquete con recipientes de fuego griego colgando del cinturón.

—¿Cuántos creéis que hay ahí abajo? —pregunta Francisco.

—Ni idea —responde Muñatones—. Pero no vamos a dejar ni uno con vida.

Sin más dilación, Muñatones se lanza de cabeza por el agujero, desapareciendo en las entrañas de la tierra. Tres españoles más lo siguen.

Francisco se asoma al boquete, pero no ve nada. Solo oscuridad y el resplandor rojizo de antorchas que se alejan.

El túnel es una pesadilla claustrofóbica. Muñatones se arrastra por un pasadizo tan estrecho que sus hombros rozan las paredes de roca. La antorcha que lleva en una mano apenas ilumina un metro en derredor.

Delante de él, las siluetas de los zapadores turcos huyen hacia las profundidades del túnel. Pero este es demasiado estrecho para correr y es una persecución donde todos se mueven a cuatro patas sobre codos y rodillas.

Muñatones avanza más rápido que los turcos. Se mueve con agilidad sorprendente en el espacio reducido. El primer turco se vuelve, desesperado al verse acorralado, blandiendo una daga curvada. Muñatones y el turco se enzarzan en una lucha a cuchillo en condiciones inhumanas.

La lucha es brutal. Los dos hombres se revuelcan en el túnel estrecho, intentando hundirse mutuamente el acero en el cuerpo.

Muñatones siente el filo del enemigo rozarle las costillas mientras hunde su propia daga en la garganta del turco.

La sangre sale de la herida abierta con un chorro tan fuerte que le salpica la cara en la oscuridad.

Sus hombres le adelantan en la estrecha oquedad y van tras el resto de los zapadores turcos.

Pero el que va en cabeza grita cuando una daga turca le sale al paso y le atraviesa un ojo.

Primero hay gritos y pataleos, como si alguien estuviera degollando a un cerdo; y luego silencio.

Un silencio tenso, sólo interrumpido por el alborotado latir de los corazones y las respiraciones de los enemigos que se sienten en la oscuridad.

Los turcos han superado la sorpresa inicial y se han reorganizado. Esperan agazapados al final del túnel a los españoles, armados con picos y dagas.

—¿Qué hacemos? —jadea un zapador español—. Esos hideputas nos están esperando.

El aire viciado les roba el aliento, la claustrofobia les nubla la mente, y los turcos conocen mejor su propio túnel.

—¡Atrás! —ordena Muñatones—. ¡Los quemaremos!

Los cuatro cristianos retroceden. Muñatones saca los recipientes de fuego griego del cinturón y los prende.

—¡Tapaos la cara! —grita a sus hombres.

Lanza los recipientes al fondo del túnel y retroceden a toda velocidad, de vuelta a la salida.

El fuego griego explota en una floración de llamas verdosas que se extiende rápidamente.

—¡Corred, a la superficie! —aúlla Muñatones—. ¡El humo nos ahogará aquí dentro!

Los cuatro españoles se arrastran hacia la salida. El humo del fuego griego empieza a llenar la galería.

Unos gritos espantosos se escuchan a sus espaldas. Son los zapadores turcos atrapados y quemándose vivos. Sus alaridos resuenan por el túnel con ecos enloquecidos que persiguen a los cristianos en su huida hacia la superficie.

Francisco aguardaba junto al agujero con el corazón en un puño, escuchando los ecos amortiguados de la lucha que se libra en las profundidades. De pronto, ve emerger a los cuatro hombres tosiendo y jadeando. Muñatones sale el último.

Los gritos que llegan desde las profundidades gradualmente se extinguen.

Muñatones emerge cubierto de tierra, sangre y hollín, pero sonríe con la satisfacción del trabajo cumplido.

—¿Y el túnel? —pregunta Fra Antoine.

—Limpio de ratas, pero hay que sellarlo.

Alguien trae unos sacos de pólvora y los coloca en el interior. La explosión hace temblar toda la tierra. Una nube de polvo negro se eleva desde el boquete como si fuera el aliento de un dragón emergiendo de su madriguera.

Fra Antoine contempla al hombre que acaba de salvar la fortaleza.

—Andrés de Muñatones, venid conmigo. El gran maestre sabe recompensar el valor.

Ese día, Muñatones recibe de las manos del propio La Valette una cadena de oro macizo. Vale al menos trescientos escudos de oro. Sus zapadores reciben treinta ducados cada uno.

De las Cuevas, que ha presenciado toda la ceremonia a distancia, contempla la cadena de oro con brillo codicioso en los ojos.

—¿Y a mí qué? —escupe—. ¿A mí no me dan nada? Fui yo quien vio esa maldita lanza. Sin mí, ahora estaríamos todos volando por los aires.

Sus dedos se mueven nerviosamente, como si estuviera calculando algo.

—Treinta ducados —insiste, elevando la voz—. Al menos treinta ducados me deben. ¡Yo salvé la fortaleza!

—Tú viste una lanza —le corta Francisco—. Muñatones se arrastró a ese infierno para matar turcos con sus propias manos.

De las Cuevas masculla algo entre dientes y se aleja, con la cara enrojecida de rabia.

Francisco le deja ir. Ya está acostumbrado a las quejas continuas del cántabro.

De vuelta en su puesto, Francisco contempla el agujero humeante de la mina. En algún lugar bajo sus pies, los cadáveres de los zapadores turcos se carbonizan en soledad. A nadie le valen ya un ardite. Así es la guerra.

Senglea se ha salvado por un milagro y por el valor de unos pocos hombres excepcionales.

Pero mientras contempla la tumba improvisada de los zapadores, Francisco sabe que esto no ha terminado. Los turcos seguirán excavando. Seguirán atacando.

¿Cuántos hombres como Muñatones harán falta? ¿Cuántos milagros más les quedan antes de que la suerte se agote?