Arde Malta 31 #3
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Pero entonces Caterina piensa en las últimas semanas. En cómo Francisco la ha mirado desde la distancia, con cuidado, con respeto. En cómo ha cuidado de Kemiru. En cómo trata a sus hombres. En cómo, incluso ahora, mantiene la distancia entre ambos, sin acercarse, dándole espacio para retroceder.

Un asesino pasional no hace eso.

Un hombre roto que cometió algo terrible en un momento de traición absoluta... sí.

—Desde entonces no me he fijado en una mujer. —Francisco rompe el silencio finalmente, pero sin responder la pregunta—. Hasta ahora.

El peso de esa confesión cae entre ellos como una losa.

Caterina debe decidir: ¿huye del hombre que fue, o se arriesga con el hombre que es ahora?

Traga saliva. Su voz tiembla ligeramente cuando habla: —¿Y tenéis miedo de que yo...?

—Sé que no sois como ella. —Francisco se inclina hacia adelante, cerrando parte de la distancia entre ambos—.

Pero eso no cambia lo que pasó. No cambia que confié en alguien completamente y ese alguien me destrozó.

No cambia que ahora cada vez que empiezo a sentir algo, una voz en mi cabeza me recuerda que ya cometí ese error una vez.

Caterina no retrocede ante su intensidad.

—¿Y si yo tuviera miedo de que vos me abandonéis como Paolo me abandonó? No por elección, pero abandono igualmente. Cada día que salís a las murallas pienso que quizá no volváis. Cada vez que oigo un arcabuzazo, me pregunto si seréis vos el que cae.

—No es lo mismo.

—¿No? —Caterina se acerca más, sin amedrentarse—. Ambos hemos aprendido que amar duele. Vos porque os traicionaron. Yo porque me dejaron sola. ¿Cuál es la diferencia? El resultado es el mismo: dos personas aterradas de volver a arriesgarse.

Francisco la estudia con ojos cansados. Hay una verdad brutal en sus palabras que no puede refutar.

—¿Y entonces qué hacemos? ¿Quedarnos así? ¿Dos cobardes mirándose desde lejos, esperando que el otro dé el primer paso?

El desafío en su voz es claro. Caterina sostiene su mirada sin parpadear.

—O decidimos que el miedo no es forma de vivir. Que protegiéndonos de la pérdida, nos estamos perdiendo la vida.

—Caterina...

—No. Dejadme decirlo. —Su voz se endurece—.

Llevo semanas observándoos, Francisco. Cómo cuidáis de Kemiru como si fuera vuestro hijo.

Cómo tratáis a vuestros hombres con respeto.

Cómo nunca pedís nada para vos. Y también he visto cómo me miráis cuando creéis que no me doy cuenta.

Como si estuvierais constantemente decidiendo entre acercaros o huir.

Francisco siente que algo se encoge dentro de su pecho. Es demasiado expuesto, demasiado visto.

—No debería miraros así.

—¿Por qué no?

—Porque soy exactamente lo que Isabel no pudo soportar. Un soldado sin futuro, sin hogar, sin nada que ofrecer salvo la certeza de que un día no volveré de las murallas. Y en vez de aprender la lección, aquí estoy, arriesgándome a hacer exactamente lo mismo con vos.

Caterina lo mira en silencio durante un largo momento. Luego, lentamente, se acerca más. Tan cerca que Francisco puede ver las motas doradas en sus ojos verdes.

—¿Y si yo no fuera como Isabel? ¿Y si no necesitara promesas de futuro, sino solo honestidad en el presente?

—No sabéis lo que decís.

—Sé exactamente lo que digo. —Sus ojos brillan con determinación—.

He visto morir a demasiada gente en estos meses para desperdiciar tiempo fingiendo que no siento lo que siento.

La vida es demasiado corta, Francisco. Demasiado frágil.

Y vos sois demasiado tonto si creéis que voy a dejaros escapar por el fantasma de una mujer que no supo valoraros.

La franqueza brutal de sus palabras lo desarma comple tamente. Francisco siente cómo las defensas que ha mantenido durante años se agrietan.

—Caterina, si esto sale mal...

—Todo sale mal, Francisco. La pregunta es si queremos que nos importe.

El silencio que sigue está cargado de todo lo que no se han dicho durante semanas. Afuera, los cañones han callado momentáneamente, como si hasta la guerra contuviera la respiración.

Francisco alarga la mano lentamente, dándole tiempo para retroceder si quiere. Cuando ella no lo hace, toca su rostro con dedos que tiemblan ligeramente. La piel es suave, cálida, real.

—¿Estáis segura?

Caterina cubre su mano con la suya, sosteniéndola contra su mejilla.

—De esto, sí. Del mañana, nunca. Y por primera vez en años, me parece bien.

Francisco se inclina hacia adelante. El beso es tentativo al principio, casi tímido, como si ambos estuvieran probando algo que han olvidado cómo hacer. Luego se profundiza, urgente, alimentado por semanas de negación y la conciencia aguda de que cualquier momento podría ser el último.

Cuando se separan, ambos están sin aliento. Francisco apoya su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—Si os pasa algo...

—No penséis en eso ahora. —Caterina le toma la cara con ambas manos—. Ahora solo estamos aquí. Vivos. Juntos. Es suficiente.

Afuera, el bombardeo comienza de nuevo. El rugido de los cañones sacude las paredes.

Dentro, Francisco y Caterina permanecen abrazados entre los escombros. No hablan de mañana. No hacen promesas.

Por ahora, estar vivos y juntos es suficiente.