Arde Malta 31 #2
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31 #2

En el Burgo, la vida se adapta al ritmo de la artillería.

Los civiles aprenden a distinguir el silbido que anuncia peligro del que pasará de largo.

Los soldados duermen en turnos de minutos, despertando sobresaltados cada vez que un impacto sacude su refugio.

Las mujeres cocinan entre explosiones, los niños juegan en los sótanos, los heridos gimen en las enfermerías improvisadas mientras el polvo de piedra pulverizada lo cubre todo.

Francisco ha dejado de sobresaltarse con cada explosión. El cuerpo se acostumbra al horror, lo normaliza. Ahora solo se agacha cuando el silbido se acerca demasiado, cuando el instinto animal grita más fuerte que la resignación.

Está ayudando a despejar escombros en una calle cerca de la plaza principal cuando lo ve. Una bala de cañón traza un arco perfecto sobre los tejados y cae exactamente sobre la vivienda donde Caterina ha instalado su enfermería improvisada.

El impacto es directo. El techo se desploma en una nube de polvo gris. Las vigas crujen. Las piedras ruedan.

Francisco suelta la pala que sostiene y corre.

No es heroísmo. Es puro terror.

—¡Caterina! ¿Estáis herida? —grita por encima del estruendo.

—¡Aquí! —responde ella desde detrás de una viga caída.

Entre los dos logran despejar un hueco suficiente para que Caterina salga, pero cuando intentan abandonar el edificio, la escalera principal se derrumba. La salida lateral está bloqueada por vigas caídas que tardarán horas en mover.

Están atrapados.

Se refugian en el rincón más protegido de la planta baja, donde Caterina ha improvisado su reserva de medicinas. El espacio es pequeño, apenas tres metros cuadrados bajo una bóveda de piedra que ha resistido el impacto. Íntimo a la fuerza. Afuera, Malta arde bajo el fuego otomano.

Caterina se sienta en el suelo, sacudiéndose el polvo del vestido con manos que tiemblan ligeramente. La adrenalina del impacto está comenzando a disiparse, dejando en su lugar un cansancio profundo.

—¿Cuánto puede durar esto? —pregunta, señalando hacia arriba, hacia el bombardeo que continúa.

—Horas. Tal vez toda la noche. —Francisco se sienta frente a ella, dejando entre ambos la distancia prudente que han mantenido durante semanas—. Alguien vendrá a buscarnos cuando cese el fuego.

Un silencio incómodo se instala entre ellos. Llevan días rondándose, midiendo palabras, manteniendo distancias. Pero aquí, en este refugio forzado, las defensas parecen tan frágiles como los muros que se desmoronan afuera.

Caterina lo observa en la penumbra. Está sucio, agotado, con una nueva herida en la frente que aún sangra levemente. Pero hay algo más en su expresión, algo que ella ha visto crecer durante las últimas semanas: atención hacia ella.

—¿Por qué nunca habláis de vos mismo? —dice de pronto.

Francisco levanta la vista, sorprendido por la pregunta directa.

—¿Cómo?

—Conocéis mi vida entera. Mi matrimonio con Paolo, mi viudez, mis miedos, todo. Pero del vuestro solo sé que sois soldado y que venís de Extremadura. Nada más.

—No hay mucho más que saber.

—Mentira.

La firmeza de su voz lo descoloca. Caterina se inclina hacia adelante, sosteniéndole la mirada sin la cautela habitual.

—Hay algo que os persigue. Lo veo en cómo evitáis ciertos temas. En cómo cambiáis de conversación cuando hablo del futuro. En cómo me miráis cuando creéis que no me doy cuenta.

Francisco aparta la vista, concentrándose en una grieta de la pared.

—Todos tenemos pasados, Caterina. No todos merecen ser desenterrados.

—¿Y quién decide eso? ¿Vos?

—Sí. Yo.

El tono es más duro de lo que pretendía. Una explosión especialmente cercana hace temblar las piedras sobre sus cabezas. Polvo fino cae del techo. Ambos esperan, conteniendo la respiración, hasta que el estruendo pasa.

En el silencio que sigue, Caterina no se retracta. No cambia de tema. Simplemente espera, con esa paciencia implacable que Francisco ha llegado a conocer.

—No es justo —dice él finalmente, con voz más baja—. Que me preguntéis esto aquí, ahora, cuando no puedo escapar.

—¿Escaparíais si pudierais?

—Sí.

—¿Por qué?

Francisco cierra los ojos y se apoya contra la pared. El cansancio, el bombardeo constante de tres días, el estar atrapado en este espacio reducido con esta mujer que hace preguntas peligrosas... todo se acumula hasta que algo cede.

—Se llamaba Isabel —dice al fin, con voz que intenta ser neutra pero se endurece en las consonantes.

Caterina siente que el aire del refugio cambia. Se adentra en territorio peligroso, pero no retrocede.

—¿Quién era?

—Mi prometida. Nos íbamos a casar cuando regresara de campaña. —Abre los ojos, pero no la mira—. Tenía el pelo oscuro, los ojos más bonitos que he visto nunca, y una risa que... —Se interrumpe—. No importa.

—¿Qué pasó?

Francisco tarda en responder. Cuando lo hace, las palabras salen como si le costara arrancarlas.

—Volví a casa antes de lo previsto. La campaña terminó unas semanas antes. Quise darle una sorpresa. —Una sonrisa amarga cruza su rostro—. La sorpresa me la llevé yo.

Caterina espera. Afuera, otro cañonazo sacude el edificio. Pequeñas piedras caen del techo. Ninguno se mueve.

—La encontré en la cama con otro hombre. En la cama que yo había pagado, en la casa donde ella me esperaba escribiendo cartas de amor que llegaban cada semana diciéndome cuánto me echaba de menos.

El aire del refugio se vuelve más denso. Caterina ve algo oscuro cruzar los ojos de Francisco, algo que ha estado ahí todo el tiempo pero que solo ahora reconoce: traición sin sanar.

—¿Qué hicisteis?

Francisco por fin la mira directamente. Sus ojos están vacíos de todo excepto de una honestidad brutal.

—Se murieron.

El corazón de Caterina se detiene un instante.

—¿La matasteis?

Silencio. Una callada por respuesta que suena a confesión. Francisco sostiene su mirada sin apartar los ojos, sin pestañear. No confirma. No niega. No explica. Simplemente deja que la pregunta flote entre ellos como el polvo que cae del techo bombardeado.

Caterina siente cómo su corazón se acelera. Están solos, encerrados. Nadie vendría si ella gritara. Y este hombre acaba de admitir, con su silencio, que es capaz de matar a alguien que amaba.

¿Qué le impediría matarla a ella si algún día...?

Ve en ese silencio todo lo que necesita saber: que este hombre es capaz de violencia extrema, que carga con algo oscuro, que hay partes de su pasado manchadas de sangre. Y también ve otra cosa en sus ojos: que le está dando la oportunidad de marcharse. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

El miedo trepa por su garganta. Es real, visceral, animal.