31
Las galeras del socorro español entran en el puerto de Nápoles. Don Álvaro de Bazán contempla desde su capitana el hervidero del muelle: autoridades napolitanas, oficiales militares, estibadores preparando grúas y poleas.
El primer hombre que sube a bordo irradia autoridad por cada poro. Pelo entrecano, ojos grises que han visto más batallas de las que la mayoría puede imaginar. Es don Álvaro de Sande, Maestre de campo del Tercio de Nápoles.
Se presenta sin sonrisa. Bazán estudia al hombre que tendrá a bordo. De Sande es una leyenda viviente del Imperio: veterano de las campañas del Sacro Imperio Germánico, héroe de Túnez, superviviente del cautiverio otomano tras los Gelves.
—¿Cuántos hombres os acompañan? —pregunta Bazán.
—Cuatro mil del Tercio de Nápoles. Los mejores que hayáis visto.
Su voz tiene el orgullo contenido de quien conoce el valor de sus soldados.
Bazán le muestra los últimos despachos de García de Toledo. Sande lee en silencio mientras su rostro se ensombrece. San Telmo cayó hace un mes. Mil quinientos hombres perdidos. Y ahora el cerco se estrecha sobre Senglea y el Burgo...
En el muelle, compañías enteras forman con precisión mecánica. Arneses engrasados a punto de ordenanza; petos, morriones, moharras de picas y caños de arcabuz relucen pulidos a conciencia. Es la disciplina de los tercios.
—¿Sabéis una cosa, don Álvaro? —De Sande observa a sus hombres—. He luchado contra el Turco veinte años. Son buenos soldados. Disciplinados. Valientes.
Una pausa. El olor a brea y salitre flota entre ellos.
—Pero tienen un defecto fatal.
—¿Cuál?
—Dependen del éxito temprano. Cuando una campaña se enquista, lejos de sus tierras y sin gloria a la vista, la duda empieza a filtrarse. Y la duda es contagiosa.
Bazán medita las palabras del veterano. No está seguro de que el ejército otomano sea inherentemente malo en los asedios largos, sino que se lo digan a Belgrado, a Rodas o a la mismísima Constantinopla.
Pero de lo que sí está seguro es de la esterilidad y aridez de Malta.
La isla no regala nada a los invasores que horadan su tierra.
—¿Cuánto tiempo necesitaréis para romper el cerco y expulsar al Turco de Malta? —pregunta el almirante.
Esta vez De Sande sonríe.
—El que tardemos en llegar con estos cuatro mil diablos.
Mustafá Pachá contempla la correspondencia acumulada en su mesa. Cartas de Trípoli, despachos de Argel, órdenes de Constantinopla llegadas con semanas de retraso. Entre ellas, un mensaje que lleva el sello personal del sultán Solimán.
La ha recibido hace días, pero no ha encontrado fuerzas para abrirla hasta ahora. Sus manos no tiemblan cuando rompe el lacre, pero deberían.
Las palabras del Padishá son directas: «Te envié a Malta hace mucho tiempo para que la conquistaras.
Pero no he recibido ningún mensaje tuyo.
He decretado que tan pronto como te alcance mi orden debes informarme sobre el sitio de Malta.
¿Qué hay de la armada enemiga? ¿Has conseguido conquistar Senglea o el Burgo? Debes escribir y contármelo todo».
Mustafá dobla la carta con parsimonia. El peso del Imperio descansa sobre sus hombros. Cada día sin victoria es un día que su posición se tambalea.
Llama a Pialí Pachá. El almirante llega con rostro macilento. Las últimas semanas han envejecido a todos.
—¿Qué sabemos del socorro enemigo?
—No hay novedad. No se han divisado barcos enemigos desde hace días.
¿Quién sabe? Igual el rey español no pretende asistir a la isla con más que ese pequeño contingente de setecientos hombres que llegó hace unos días.
Mis fuentes me dicen que, desde mi gran victoria en Djerba, el rey español teme, más que nada en el mundo, un nuevo desastre naval.
Mustafá se pasa una mano por la barba. Quizá Piali tenga razón.
Quizá no hay más socorro para los sanjuanistas.
¿Por qué deberían los españoles acudir en auxilio de Malta con toda su fuerza?
Al fin y al cabo, Malta no es territorio español.
Y si finalmente es cierto que vienen, su flota no es rival de la otomana.
Sería una gran ocasión para provocarles una nueva derrota marítima de la que tal vez ya no sean capaces de recuperarse.
Los asaltos masivos sobre Senglea y el Burgo han sido hasta el momento un fracaso.
Quizá el tiempo no esté jugando tan en su contra como pensaban.
Una estrategia de asedio diferente es posible.
—Cambio de planes —dice al fin el general otomano—. Por el momento, no habrá más asaltos generales. Quebraremos su moral y sus defensas con un bombardeo constante. Tanto de día como de noche.
Pialí levanta una ceja.
—¿Día y noche?
—Día y noche. Sin tregua. Setenta cañones disparando sobre el Burgo y Senglea. Que no puedan dormir. Que no puedan comer en paz. Que no puedan reparar murallas.
De vuelta en su tienda, Kemiru encuentra a Hasan tendido en su lecho.
Le trae agua y le revisa la herida con el cuidado que tendría con el padre que nunca conoció.
La herida del asalto a Senglea es apenas superficial.
No puede ser eso lo que tiene a Hasan de esa guisa.
Hay algo más que está acabando con su protector turco.
Hasan se incorpora con esfuerzo y Kemiru nota cómo se lleva una mano al estómago con gesto involuntario.
—¿Te duele algo? —pregunta el muchacho.
—No es nada —responde Hasan, pero sus ojos evitan la mirada de Kemiru—. Sólo un poco de cansancio y esta comida rancia que nos dais en las cocinas.
Kemiru sonríe por fuera, pero se preocupa por dentro. De pronto, los cañones turcos comienzan a atronar.
Kemiru y Hasan salen de la tienda y observan el espectáculo.
Los setenta cañones desplegados en línea sobre las alturas abren fuego sin cesar contra las posiciones cristianas.
Todas las piezas de artillería del Turco, desde bombardas hasta basiliscos gigantescos, están en funcionamiento.
El estruendo es tal que debe poder oírse desde Sicilia.
Es un rugido continuo que sacude la tierra e impregna el aire de nubarrones.
Kemiru se tapa los oídos. El ruido le atraviesa los tímpanos y le hace temblar hasta los huesos.
Ve como, poco a poco, una densa nubarrada gris cubre el monte Sciberras como si fuese una niebla invernal.
En la distancia, las murallas del Burgo y Senglea reciben el castigo.
Piedras que saltan. Casas que se derrumban.
Defensas que se desmoronan metro a metro.
—Impresionante, ¿verdad? —dice Hasan.
—¿Impresionante? Es horrible.
—Horrible es que llevemos ya dos meses en esta isla del diablo. Si tus amigos sanjuanistas se hubieran rendido ya, nada de esto sería necesario. Tu pueblo sufre por apoyar a esos hijos del Error.
Kemiru no responde. Ve las murallas de su tierra siendo machacadas y siente rabia, impotencia, dolor. El bombardeo no cesa ni al caer la noche. Los cañones siguen rugiendo bajo las estrellas.
Ali Çelebi pasa de pronto por delante de la tienda arras trando los pies. Como tantos otros en el campamento, su rostro enfermizo muestra las huellas de la disentería.
—Muchos hermanos enfermos —murmura al verlos—. Agua mala. Comida mala. Malta nos mata desde dentro.
Al poco, un corsario argelino mete a empujones a una mujer maltesa en su tienda. La mujer no llora. Camina con dignidad rota pero no vencida.
Kemiru nota cómo Hasan cambia su expresión facial. Una sutil sombra cruza su rostro.
—¿Te molesta?
Hasan tarda en responder. Se sirve agua de un botijo de barro con manos que tiemblan ligeramente.
—Sí.
—¿Y por qué no haces nada?
—No es asunto mío.
Kemiru estudia al jenízaro. Hay algo más que reproche moral.
—¿Tienes esposa esperándote en casa?
La pregunta arranca una risa amarga en el rostro cansado de Hasan.
—¿Esposa, casa..? Los jenízaros no podemos casarnos. Tenemos voto de celibato.
Kemiru lo mira sorprendido.
—¿Nunca?
—Nunca. El sultán es nuestro padre. Los hermanos de armas, nuestra familia.
—¿Pero tú querrías tenerla?
Un silencio largo. Hasan suspira y se recuesta de nuevo, como si mantener esa conversación le costara un esfuerzo extra.
—Cuando era niño tenía una madre que me cantaba y hermanos que jugaban conmigo. Un padre que me enseñó a tallar la madera.
Su voz se suaviza.
—A veces sueño que tengo una esposa esperándome. Hijos que corren a abrazarme. Una casa de verdad. Pero los jenízaros no tenemos derecho a esos sueños. Forma parte de nuestro deber.
—Yo tampoco tengo familia —dice Kemiru—. Mis padres fueron cautivados cuando yo era muy pequeño.
Mira sus propias manos, pequeñas, sucias de trabajar en las cocinas. Dos hombres de mundos opuestos. La misma herida: ausencia de amor verdadero.
—¿Y si el deber está equivocado? —pregunta Kemiru con ingenuidad infantil.
La pregunta flota en el aire tenso. Hasan mira a Kemiru con sorpresa. Nadie ha cuestionado nunca la doctrina jenízara así.
—No puedo permitirme pensar eso. Si empiezo a dudar del deber, ¿qué me queda?
—La posibilidad de ser feliz.
Un cañón ruge en la distancia. El suelo vibra. Hasan cierra los ojos y respira profundo, como si el ruido le atravesara el cráneo.
—Si yo no cumpliera con mi deber, no podría ser feliz. Aunque ese deber implique sacrificios que duelen.
Kemiru asiente aunque no entiende la filosofía del jenízaro. El chico entonces repara en que Hasan no ha probado bocado. Cuando se lo reprocha, este alega falta de apetito. Pero Kemiru no es tonto. Hasan no está bien.
El bombardeo continúa. El rugido de los cañones resuena de continuo. Esa noche no duerme bien, pero no es por causa de los cañonazos. Está inquieto por algo que no sabe nombrar pero que siente que flota amenazadoramente en la tienda.
El bombardeo no cesa.
Durante tres días y tres noches, los setenta cañones turcos rugen sin tregua. El estruendo se convierte en parte del paisaje sonoro de Malta, un trueno constante que erosiona los nervios tanto como las balas erosionan las murallas.